Cuando la noche es púrpura Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Siguió trabajando sin responderme. Le observé un largo rato apoyada en la puerta.

Se desenvolvía con muchísima naturalidad, como si hubiera hecho ese trabajo durante toda su vida.

Utilizaba con gran precisión las herramientas y las depositaba con cuidado en su caja después de usar cada una de ellas.

Tras fijar otro tablón contra la pared, se detuvo para secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano. Después me miró.

—¿No deberías estar estudiando?

—Estoy haciendo un descanso —justifiqué—. ¿Te estoy distrayendo? Perdona.

Él volvió a secarse el sudor sin dejar de mirarme.

—Bueno, un poco —confesó—. Pero no importa.

Me dedicó una de sus prodigiosas y puras sonrisas y creí que el mundo se detenía en ese momento. Menos mal que él pareció no darse cuenta de mi atolondramiento y siguió hablando.

—Perdona que hasta ahora no se me haya ocurrido nada que pudiera necesitar. Veo que no tienes muchas ganas de estudiar.

«¡Lo sabía!», me dije a mí misma. El guiño tenía el significado que había pensado. Aterricé de nuevo en el desván cuando la tierra volvió a rotar.

—A mí sí se me ocurre. —El sudor de su frente me dio una pista—. ¿Tienes sed?

—Algo frío no me vendría mal —aceptó.

—Vamos a ver qué hay en la nevera —le invité. Prefería que bajara y descansara él también a tener que subírselo al desván.

Bajamos hasta la cocina y le ofrecí una silla. Se sentó con los dedos entrelazados sobre la mesa, a la espera de su bebida.

—Vamos a ver, además de agua, tenemos zumo de manzana o de piña..., tónica, té al limón y... —saqué la cabeza de dentro de la nevera— ¿cerveza?

—No gracias, no bebo alcohol.

Otra cosa más para que me gustara. Al final Nuria tenía razón.

—También queda un refresco de naranja —dije volviendo a echar una ojeada a la nevera.

—¿Tú que vas a beber? —Se incorporó sobre la mesa. Pude ver más de cerca su cara y sus ojos, que hoy no se mostraban tristes en absoluto.

—Zumo de manzana. —Le mostré la botella.

—Lo mismo para mí, por favor.

Cerré la nevera y abrí la puerta del armario sobre la fregadera. Me puse de puntillas para alcanzar los vasos más grandes, que estaban en el último estante. El primero lo cogí enseguida, pero, por mucho que me estiraba, no conseguía llegar al segundo.

—Espera. —Me estremecí ante esa palabra tan familiar.

En un momento estaba a mi lado y cogía el vaso sin ninguna dificultad. Era la primera vez que me fijaba en su altura. Me sacaba casi una cabeza.

Me entregó el vaso y volvió a su silla mientras yo servía el zumo, pero no llegó a sentarse. El timbre sonó y se dirigió a la puerta sin darme tiempo a reaccionar.

—Voy yo —le oí decir desde la entrada.

Ya sabía quién era, pero tenía la esperanza de equivocarme. Pasaron varios segundos sin oír absolutamente nada. Empecé a preocuparme y me acerqué a la puerta con un vaso en cada mano.

Andoni estaba de pie frente al umbral de la puerta sin decir nada. No se volvió hacia mí cuando pregunté.

—¿Quién es, Andoni? —Se me quebró la voz.

Una cabeza se asomó por la puerta. Las manos me convulsionaron al ver la cara de disgusto de Jon y se me derramó parte del zumo de los vasos.

—¡Tú! —exclamé tratando de controlar mis temblores.

Andoni me miró y entrecerró los ojos al fijar su mirada en mis manos.

—¿Conoces a este chico? —preguntó dirigiéndose más a Jon que a mí.

—Sí me conoce, y muy bien —respondió por mí.

Hizo amago de entrar en casa, pero Andoni no se apartó de la entrada, por lo que Jon no pudo dar más de un paso.

—Vaya, Edurne, no sabía que tenías un hermano mayor —habló dirigiéndose también a Andoni en vez de a mí.

—No soy su hermano. —La voz de Andoni fue rotunda—. Soy un amigo.

Los dos se miraron de una forma que no me gustó nada de nada. Decidí acabar con todo cuanto antes.

—Jon, ¿querías algo?

—Sí, tú y yo tenemos una conversación pendiente.

Parecía que estaba exigiendo hablar conmigo en lugar de venir a pedirme disculpas. Le habría dado con la puerta en las narices de no haber estado allí Andoni. Pero la noche anterior él me había aconsejado que me enfrentara a mis problemas, y no quería parecer una inmadura.

—Está bien, pero hablaremos fuera.

—¿Estás segura? —Andoni me miró con alerta en los ojos en cuanto me acerqué a ellos.

—Sí, no te preocupes. —Le di los vasos que aún sujetaba—. Puedes esperarme en la cocina, enseguida vuelvo.

Salí al porche y arrimé la puerta tras de mí, sin llegar a cerrarla. Me apoyé en el marco y esperé a que Jon, que estaba a tan solo un paso de distancia, empezara a hablar. Quería que aquello fuera lo más rápido posible.

—¿Qué tal estás, Edurne? —Su tono fue bastante más dulce.

—Muy bien, muchas gracias. Pero no creo que estés aquí para preguntarme eso. ¿Me equivoco?

Jon miró al suelo antes de seguir hablando.

—Sí, bueno, para eso también. Me quedé muy preocupado el sábado y como no has respondido a mis llamadas...

—Si hubieras estado realmente preocupado por mí, habrías esperado conmigo a que viniera un taxi, en vez de dejarme sola.

Apretó los ojos y suspiró.

—Tienes toda la razón. Es lo que tendría que haber hecho. Pero, cuando me diste la torta, me enfadé tanto que...

—Te di la torta porque tú me enfadaste primero. Trataste de obligarme a hacer algo que yo no quería. —Alzó la vista con gesto de incomprensión—. Sí, ir contigo en el coche. Estabas borracho.

Puso los ojos en blanco.

—Bueno, eso es discutible.

—No, no lo es. Y, aunque lo fuera, mis motivos para no querer ir contigo deberían dar igual. No tienes ningún derecho a intentar empujarme dentro de tu coche.

Volvió a agachar la cabeza.

—Está bien. No solo te pido perdón por dejarte sola. También me disculpo por intentar obligarte a hacer cualquier cosa que tú no quisieras.

Entendí que, aparte de lo del coche, con «cualquier cosa» se refería a quedarme con él a solas con engaños o a sus intentos fallidos de besarme.

—Muy bien. Disculpas aceptadas. Pero no pretendas que me olvide de todo así, sin más.

Alzó la cabeza y pude ver que estaba demasiado sonriente. Se veía victorioso.

—Lo sé. Sé que tardarás un tiempo en olvidarlo, pero esperaré. —Se acercó más a mí y me acarició la mejilla con el dorso de su mano—. Sabes lo que significas para mí.

Di un paso hacia la puerta para esquivar su caricia. Se estaba tomando demasiadas confianzas teniendo en cuenta que hacía menos de cinco segundos que le había perdonado.

—Disculpa, no lo he podido evitar. Hoy estás tan guapa... —Intentó volver a acariciarme, pero giré la cabeza para esquivarlo—. Me encanta cómo te queda el pelo recogido.

A pesar de evitar el roce de su mano con mi mejilla, alcanzó un mechón de mi coleta y lo atusó.

—Jon, tengo que entrar en casa. —Quería que se marchara ya.

—Oh, claro. Tu amiguito te está esperando.

Sus absurdos celos ya habían vuelto a estropearlo todo. Este chico nunca iba a escarmentar.

—Sí, y es de mala educación hacer esperar a la gente. —Me sentí un poco hipócrita, ya que yo tampoco era muy puntual. Pero lo que quería era hacer callar a Jon.

—¿Ya saben tus padres que cuando no están recibes a ciertos amigos dentro de casa?

—Basta de insinuaciones, Jon, tus celos me ponen enferma. —Abrí la puerta dejando claro que iba a entrar en cuanto terminara de hablar—. Mis padres saben perfectamente que Andoni está aquí. Es mejor que te marches ya.

Me atravesó con la mirada y detuvo la puerta con una mano antes de que pudiera cerrarla.

—¿Te veré el fin de semana?

—No lo sé, depende de lo que haga con mis amigas.

Olvidé por un instante que estaba castigada, pero era algo que tampoco podría haber reconocido ante él. En la versión que Jon conocía del sábado, yo no había llegado tarde a casa.

—Está bien. Ya me enteraré a través de Ager. Seguro que Natalia es más precisa sobre vuestros planes.

Apartó su mano de la puerta y se marchó sin despedirse. Me deshice la coleta con rabia al entrar en casa. Di un portazo y me sacudí el pelo para quitar la forma de la goma. Gustarle a Jon era algo que ahora quería evitar por todos los medios.