Capítulo 11
L os martes teníamos Economía a primera hora. Nuria era mi compañera de pupitre en esa clase y aprovechó que la profesora nos había dado ejercicios para hacer en parejas para interrogarme sobre la dichosa noche del sábado.
—Bueno, creo que hay algo que ibas a contarme.
—Ah, ¿sí? ¿Sobre qué?
—Venga, Edurne. Sabes que no diré nada. Cuéntame los detalles inconfesables. ¿En serio Jon y tú no os besasteis?
—Ya te he dicho que no pasó nada con Jon.
—Pero no sería porque él no lo intentara.
—Desde luego que lo intentó, y varias veces. Una de ellas me asustó.
Recordaba cómo me había agarrado por la cintura y acorralado contra su coche para besarme. Justo antes de oler su aliento ebrio.
—¿Te asustó más que andar sola por el río?
—Fue otro tipo de miedo. No es comparable.
—Sí, tenías tanto miedo que tuviste alucinaciones. Mira que pensar que había luz en la cabaña.
Tenía que decírselo. Necesitaba hablar con alguien de ello. Además, Nuria ya había prometido mantener el secreto. Y, de todas mis amigas, era la más discreta.
—No fueron alucinaciones.
—¿Cómo?
—Que realmente había luz en la cabaña.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Has vuelto para comprobarlo?
—Algo así. Es una larga historia.
Nuria puso cara divertida y cogió su mochila.
—No te preocupes, tenemos un buen rato para que me lo cuentes. —Abrió una carpeta y sacó varios folios escritos—. Estos balances los hice ayer estudiando, son del final del libro.
Vaya casualidad. Ya no tenía escapatoria. Quizá fuera mejor así.
—A ver, por dónde empiezo... Bueno, digamos que no fui sincera del todo contigo el domingo. Sí que me encontré con alguien de camino a casa. Pero en aquel momento no sabía quién era.
—¿Con quién te encontraste? ¿Dónde?
Empecé a ponerme nerviosa ante su curiosidad.
—Al llegar a la cabaña del pescador no solo vi luz. También vi a un chico que no conocía.
—¿Era guapo? ¿Te dijo algo?
—Apenas cruzamos un par de palabras. Yo le dije que iba a casa y él que estaba pescando. Y... sí, es guapísimo.
—¡Y por qué te marchaste sin decirle nada más!
—Ya llegaba muy tarde. Además, era un extraño en mitad del bosque y de madrugada. Por muy guapo que fuera, me asusté bastante.
—¿Le has vuelto a ver? ¿Cómo era?
Preguntas y más preguntas.
—Sí, le volví a ver ayer. Resulta que mi madre quiere hacer un armario empotrado y estaba buscando un carpintero.
Cuál fue mi sorpresa al ver a Andoni en la puerta de mi casa ayer por la tarde y sin tener ni idea de quién era realmente ni qué hacía allí.
Casi me da un infarto cuando le vi. ¿Cómo iba a saber que él era el carpintero?
—¡Dios mío! ¿Y te reconoció?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
—Nada en ese momento. Me echó un par de indirectas que mi madre no pudo coger. Pero luego, cuando fui a la cabaña, me lo dio a entender más claramente.
—Espera, espera. ¿Fuiste a la cabaña y le viste?
—Ah, sí. Es que resulta que vive allí.
—¿Qué? ¡Si está ruinosa!
—Bueno, él la está arreglando. Solo lleva una semana aquí. Imagino que la ha comprado. No se lo he preguntado.
La profesora pasó por nuestro lado y miró nuestros ejercicios. Hicimos como que discutíamos sobre los ingresos y gastos y se marchó a su mesa.
—Así que se llama Andoni y es carpintero. —Nuria se quedó pensativa unos segundos antes de volver con el interrogatorio—. ¿Cuántos años tiene?
—Acaba de cumplir veinte.
—¿Y ya vive solo? Qué raro. Encima, en medio del bosque. Muy raro —repitió meditabunda.
—Sí, la verdad es que es poco habitual.
Nuria hizo otra pausa antes de preguntarme de nuevo, esta vez más bajito.
—¿Y por qué fuiste a la cabaña?
—Mi madre me pidió que le diera unas indicaciones sobre el armario.
—Ah...
Nuria me miró desconfiada.
—¿Te gusta?
—Apenas acabo de conocerlo.
—Eso no importa.
Tenía razón.
—Creo que... podría llegar a gustarme... mucho.
—Uf, tiene que ser muy pero que muy guapo. —Su sonrisa se volvió traviesa.
—Es más que eso. Es... misterioso.
—¿Misterioso? Lo sería la noche que le viste, pero, ahora que ya sabes qué hacía allí, como mucho es... raro.
—No, no me refiero a eso. Tiene una mirada triste que no puede ocultar. Es como si algo terrible le hubiera pasado y lo atormentara. Me inspira... ternura.
Acababa de darme cuenta de que ese era el sentimiento que predominaba, aunque no el único.
—¿Ternura? ¿Hacia un tío bueno que apenas conoces? Yo sentiría otra cosa.
Se rio demasiado alto y la profesora nos llamó la atención con un chisteo.
—Qué bruta eres, Nuria —le recriminé, pero yo también reí.
—Anda, Edurne. No me digas que no te sientes atraída por él.
Lo pensé unos instantes. Recordé las dos veces que le había visto con el torso al descubierto. Debí de sonrojarme.
—Bueno...
—Sí, sí te sientes así. Y mucho.
—De acuerdo. He de reconocer que, además de ser guapo, es atlético, se le nota hasta con camiseta. Pero sin ella es aún más... portentoso.
A cada nuevo adjetivo con el que lo calificaba me notaba enrojecer.
—¿Lo has visto sin camiseta? —Nuria abrió la boca como un buzón.
—Sí, dos veces. Bueno, una con una camisa abierta y el pantalón algo caído —detallé con voz tomada.
—Y dices que te inspira ternura —se mofó.
—No es incompatible.
—Edurne, a veces pienso que eres de piedra.
—¡No lo soy! —protesté.
—Bueno, si no lo eres, ya me contarás cómo es tenerle en tu casa haciendo el armario ese y no quedarte mirándolo como una boba. Y, si se quita la camiseta, ni te cuento.
La profesora recogió los ejercicios y nos repartió un examen para practicar. Esta vez había que hacerlo de forma individual y sin hablar. Agradecí no poder seguir con la conversación.
—Nuria —le avisé muy bajito antes de empezar—, de esto ni una palabra a nadie.
Ocultó los labios cerrando la boca con fuerza y comenzó su examen.
A primera hora de la tarde, dejé a mi madre viendo su culebrón favorito y volví a mi habitación a estudiar. Mi padre no solía comer con nosotras entre semana. Como chef en el restaurante más célebre de la comarca, trabajaba a jornada continua.
Repetí los balances de Economía que supuestamente había hecho a la mañana y escogí varios ejercicios más del final del libro. Estaba tan concentrada en los asientos contables que tardé varios segundos en reaccionar cuando oí sonar el timbre de la puerta.
Noté que se me alegraba la cara al pensar que Andoni ya había llegado y que estaría a solo un piso de distancia de mí. Miles de excusas se me pasaron por la cabeza para salir de mi cuarto y cruzarme con él como por casualidad. Quería verlo, aunque solo fuera para saludarlo.
Pero, antes de abrir la puerta, una segunda posibilidad me vino a la mente y no llegué a girar la manilla. ¿Y si era Jon? Mi madre había dicho que volvería.
Me sentía como una cobarde. Lo mejor iba a ser encararme con él cuanto antes y pasar página, por muy pocas ganas que tuviera de aceptar sus disculpas.
Unos toquecitos en mi puerta acabaron con mi disyuntiva.
—¿Edurne?
Volví a sentarme en el escritorio intentado aparentar concentración en mis apuntes. Sabía que abriría la puerta antes de darme tiempo a responder.
—Adelante.
Mi madre entró y pude ver a Andoni a su lado. Respiré aliviada.
—Hola, Andoni —saludé alegre. Realmente lo estaba.
—Hola, Edurne —me respondió sonriente. Parecía que él también estaba contento.
—Le estaba comentando a Andoni que tengo que salir a hacer unos recados en un par de horas. Si necesitara cualquier cosa, ¿podrías dejar tus estudios un ratito para ayudarlo?
—No sé, mamá, ya sabes que me supone muchísimo esfuerzo parar de estudiar —dije con sarcasmo.
—No me interpretes mal, bonita. Te quedas estudiando en tu cuarto hasta la hora de la cena. Si Andoni no necesita nada, solo quiero que salgas para ir al baño o a merendar, que para algo estás castigada.
Me crucé de brazos e hice un puchero.
—¿Ha quedado claro? —insistió.
—Como el agua —farfullé disgustada.
—Bueno, te dejamos seguir estudiando.
Pude ver a Andoni guiñarme un ojo antes de que mi madre cerrara la puerta.
¿Qué habría querido decir con ese gesto?
¿Era solo un saludo? Lo interpreté como una señal de que iba a procurar necesitar algo para que yo no tuviera otro remedio que atenderlo.
Seguro que se compadecía de mí por mi castigo.
No quise ilusionarme mucho con la idea por si solo eran mis propias fantasías.
Eran casi las seis cuando oí a mi madre marcharse y me asomé a la ventana para cerciorarme. Me parecía demasiado descarado salir de mi cuarto a la de ya, así que me senté y seguí estudiando. Esperaría a que Andoni decidiera venir a buscarme. Ojalá no tardara mucho.
No podía concentrarme en los ejercicios y los minutos se me estaban haciendo eternos. No pasaba nada si fingía ir al baño y a la vuelta me acercaba al desván a ver qué tal iba. Sería una simple muestra de buena educación.
Tiré de la cisterna con la puerta del baño abierta. Quería asegurarme de que la oyera, era mi coartada. Subí los escalones y toqué a la puerta, que estaba entreabierta.
—¿Se puede?
—Claro, es tu casa —respondió de inmediato.
—¿Cómo lo llevas?
Pude ver los primeros tablones ya empotrados en la pared de la ventana.
—Bien, gracias. ¿No te estarán molestando los ruidos para estudiar?
La verdad es que apenas me había dado cuenta de los martillazos. No había intentado estudiar realmente desde que él había llegado.
—No, solo estoy haciendo ejercicios, no necesito mucha concentración.
—De todas formas, he estado pensando que sería mejor que viniera por la mañana, que es cuando estás en clase. Yo no podría estudiar con estos golpes en el piso de arriba.
—¡No! —grité demasiado alto y demasiado rápido—. Quiero decir que no es necesario. Puedo estudiar sin problema. —Busqué otra excusa que no tuviera que ver conmigo—. Además, mi madre trabaja por la mañana esta semana, no habría nadie en casa.
Me mordí la lengua en cuanto hablé. Pensaría que no confiábamos en él como para dejarlo solo. Decidí callarme para no volver a meter la pata.