Capítulo 10 #3
—En ese caso, hazle sufrir un poco —me propuso con voz juguetona—. Pero, como no quiero que dejes de hablarme a mí también, más vale que entres en casa antes de que te vuelvan a castigar. Te estarán esperando para cenar.
Miré mi reloj. Eran las nueve y cuarto. Siempre cenábamos a las nueve.
—¡Cielos! ¡Sí que es tarde!
Andoni salió después de mí y bajó la bici de la parte trasera de la camioneta.
—Gracias por traerme.
—A ti, por confiar en mí.
—Supongo que mantendrás tu palabra de no decir nada. —Me quise asegurar. Había hablado demasiado. ¿Cómo había conseguido sacarme toda esa información?
—Soy un hombre de palabra —corroboró. A través de sus ojos pude ver que no mentía.
—Me alegra saberlo.
Cogí la bici y me alejé despacio. Me giré hacia él tras apenas dos pasos.
—Hasta mañana, Andoni. —De pronto, me sentí extraña al alejarme de él.
—Buenas noches, Edurne —respondió con gesto amable.
No arrancó el motor hasta que me vio entrar por la puerta de mi casa.
—¡Ya he vuelto!
—Llegas justo a tiempo para cenar —anunció mi madre desde la cocina.
Mi padre apagó la tele y salió de la sala. Me pasó el brazo por encima del hombro y me llevó hasta la mesa.
—Dime, hija, ¿cómo se ha tomado el carpintero que tu madre no aguante ni el primer día sin empezar a hacer cambios?
Seguía vacilando a mi madre y no se había parado a pensar en que había tardado más de lo necesario para llevar un recado.
—Bien, agradece que le avisemos antes de empezar.
—Lo ves, Alejandro, te dije que era mejor.
—Sí, siempre tienes razón —admitió con sarcasmo.
—Por cierto, Edurne, poco antes de que llegaras ha pasado por aquí un amigo tuyo. Jon, ha dicho que era. Quería hablar contigo, pero, como no estabas, ha dicho que volvería mañana.
—Ah, vale —preferí no hacer ningún comentario.
—¿Es ese amigo del novio de Natalia? El hijo de ese inspector de policía, que era del pueblo, ¿cómo se llama...?
—Adolfo Beltrán —intervino mi padre—. Fue el que detuvo a aquel ratero que rondaba por los comercios del pueblo, cuando aún era solo un oficial. Supongo que eso le sumó puntos.
—El mismo. ¿Es él, hija?
—Mmm, creo que sí —intenté parecer desinteresada.
—¿Y qué querría a estas horas tu amigo? —preguntó mi padre levantando su ceja.
—No lo sé. Mañana me lo dirá, imagino. —Escurrí el bulto. Tenía un día para inventar un motivo convincente y practicar cómo decirlo sin que se me notara la mentira. Empezaba a estar harta de tener que mentir a mis padres por culpa de Jon.
—¿Es tu novio? —preguntó mi padre sin bajar aún la ceja.
—¡No! —exclamé encolerizada.
—Pero parece que quiere serlo —añadió mi madre.
—No sé por qué piensas eso. Solo somos amigos. —Ya ni eso.
—Bueno, bueno. Yo solo he dicho que me había parecido que el muchacho mostraba un mayor interés por ti, viniendo a buscarte a casa y eso. No te enfades.
—Me enfado porque no es cierto. No es mi novio ni lo va a ser. ¿Está claro?
Mis padres se miraron sorprendidos. Yo no volví a hablar en toda la cena. Ellos cambiaron de tema y me dejaron en paz hasta que terminamos de fregar.
—¿Te has desenfadado ya, Edurne?
—No estaba enfadada, mamá, solo me ha molestado que pensarais algo que no es.
—Como prefieras llamarlo —concluyó.
No iban a dejarme en paz con el tema, así que me busqué una tarea que hacer para irme de la cocina cuanto antes.
—Voy a lavar a mano el vestido que me dejaste y después me iré a dormir. Buenas noches.
Les di un beso y busqué en el armario junto a la lavadora el detergente de prendas delicadas. Antes de salir por la puerta, mi padre me llamó.
—Espera, Edurne, quería preguntarte algo.
—Dime, papá.
—¿Estabas enterada de las detenciones que hubo el sábado en la discoteca a la que fuiste?
Me quedé blanca.
—No, no tenía ni idea. —No mentí, aunque imaginaba la causa.
—Viene en el periódico, échale un vistazo. Pero no quiero que vuelvas a pisar ese lugar.
—Alejandro, he leído que fue en el aparcamiento, no en la propia discoteca, y no había ningún trabajador implicado.
—Me da lo mismo; al salir se puede encontrar con todo el pastel. Si suele haber bronca por allí, no quiero que se acerque.
—Como quieras, papá —quise tranquilizarlo. Por el momento no tenía pensado volver. Ya intentaría persuadirle más adelante si fuera necesario. Era la primera vez, que yo supiera, que había habido jaleo cerca de la disco—. Voy a leer el artículo, por curiosidad.
Salí disparada hacía la sala a coger el periódico. Me sentí muy preocupada por el pobre chaval indefenso al que habían pateado. Ojalá las detenciones no se debieran a la muerte de nadie. Crucé los dedos antes de llegar a la sala.
«Cinco detenidos tras una pelea en las inmediaciones de una discoteca».
El titular de la portada no hablaba de los heridos ni de las causas de la pelea, así que busqué ansiosa la página seis en la sección local y leí atropelladamente el pequeño artículo. Poca información para algo que yo valoraba como muy importante.
Al parecer, las causas de la enganchada habían sido unos insultos entre dos cuadrillas.
Algunos de ellos se encontraron más tarde con uno de los otros que iba solo y se ensañaron con él.
Los demás no tardaron en llegar y se montó una batalla campal entre más de quince personas, resultando seis de ellas con heridas leves.
Al primer muchacho tuvieron que darle varios puntos en la cabeza, pero no fue necesario hospitalizarlo.
Mientras lavaba el vestido en el baño, mi imaginación voló mezclando lo que había visto realmente con lo que describía el diario.
Me pareció muy triste que por unos insultos dos cuadrillas hubieran acabado a golpes, e incluso detenidos.
Al menos el muchacho estaba bien. No podía evitar sentirme culpable por no haberle podido ayudar.
Me acosté dándole vueltas a la cabeza con el tema. Solo el recuerdo de Andoni me hizo olvidar la angustiosa pelea y me ayudó a conciliar el sueño.