Cuando la noche es púrpura Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

No pude evitar aceptarla. Estaba tan dispuesto a satisfacer mi curiosidad que me resultaba imposible no hacer lo mismo con su disposición a hacerme de guía turístico por su propia casa. Volver a tocarlo era algo que intentaba no desear.

Me llevó de la mano hasta que estuvimos en la puerta del cobertizo, a unos metros detrás de la casa y algo oculto entre los primeros árboles del bosque.

Me soltó para abrir la pesada puerta. Pulsó dos interruptores y los fluorescentes se encendieron poco a poco.

Uno de ellos permaneció parpadeando casi un minuto, volviendo tenebrosa mi visión de reconocimiento del interior del cobertizo.

Cuando por fin se encendió por completo sentí la mirada de Andoni sobre mí.

Esperaba algún comentario. Le dije lo primero que se me vino a la cabeza.

—¿Es aquí donde has hecho los muebles que hay en la cabaña?

Me miró levantando una ceja. El gesto me resultó muy familiar y me vi a mí misma o a mi padre en su expresión. Debía de haber dicho alguna tontería.

—¿Cuánto tiempo crees que se tarda en hacer una silla o una cama?

Hizo una pausa esperando una respuesta. Solo me encogí de hombros.

—Edurne, solo llevo una semana aquí. Ya los traía hechos. —Puse cara de inocente y me sonrió—. Pero me alegra que hayas deducido que los había hecho yo mismo.

—Son fantásticos.

—Mira, esto es lo único que he hecho desde que he venido. Excepto empezar a arreglar la cabaña, claro.

Se dirigió hacia el fondo del cobertizo y descubrió una mesa a medio hacer que estaba cubierta por una tela.

—La pondré en la cocina cuando esté terminada.

—Es muy bonita. —No sabía por qué mi mano había sido tan indiscreta, pero de pronto estaba tocando la superficie aún sin pulir de la mesa.

—Es madera de cedro —me explicó—. Es la única que he podido encontrar en el pueblo. Mañana por la mañana iré a la ciudad a por madera de roble para hacer vuestro armario.

¡El armario! Había ido allí para explicarle lo de las baldas y volver. Seguía castigada y mi visita tenía el único fin de darle el aviso de mi madre. Si tardaba mucho mis padres iban a sospechar.

—Precisamente venía para hablarte del armario.

Aguardó en silencio mi explicación. Tardé en seguir hablando porque había vuelto a fijar su penetrante mirada en mí y mi cerebro volvía a trabajar a un ritmo demasiado lento.

—Mi madre le ha dado un par de vueltas y le ha consultado a mi padre. Al final ha decidido seguir tu consejo de poner solo cinco baldas. Me ha pedido que viniera a avisarte antes de que te pusieras a hacerlas.

—Es muy considerado por su parte avisarme del cambio. Dale las gracias, por favor.

—Claro.

—Y gracias a ti por venir a decírmelo.

—De nada.

Me di cuenta de que era sumamente educado, además de muy solemne al hablar cuando se trataba de trabajo.

—¿Alguna cosa más? —me preguntó tras unos segundos en silencio.

—No, no de momento.

Miré mi reloj y me di cuenta de que llevaba allí media hora. Demasiado tiempo para dar un simple mensaje.

—Entonces, solo has venido a decirme eso.

—Sí, de hecho, debería irme. —Empecé a ponerme nerviosa. ¿A qué otra cosa pensaba que podría haber ido?

—¿Tienes prisa? —me preguntó de forma casual, siguiéndome según salía del cobertizo.

—La verdad es que sí. Llevo aquí más tiempo del que debería y ya estoy castigada por llegar tarde una vez.

—¿Llegabas tarde el sábado? —Se acercó hasta estar a tan solo un paso de mí.

Me di la vuelta y le clavé la mirada.

—Muy agudo.

Se rio.

—Tú no eres la única que siente curiosidad. Entiende que me desconcertó verte por aquí a esas horas y sola.

—Es una larga historia de la que mis padres no saben ni la mitad. Te agradecería que fueras discreto y que no mencionaras que me viste.

—¿Me pides que les mienta? —Trató de parecer ofendido, incluso horrorizado, por eso supe que exageraba.

—Solo te pido que no lo menciones. Ellos no te van a preguntar nada. Ni se lo imaginan.

—Descuida, tu secreto está a salvo conmigo.

—Gracias.

—Siempre y cuando me cuentes qué hacías por aquí.

—¿Qué?

¿Me estaba chantajeando?

—Te he advertido que no eres la única curiosa. Creo que es justo. Yo no hablo a cambio de que tú lo hagas.

—No es muy justo. Tú no tienes que hacer nada y yo sí.

Se quedó pensando. Yo resoplé indignada.

—De acuerdo. Tú hablas y yo te llevo a casa para que no llegues tarde hoy. Tu bici no parece muy rápida. ¿Trato hecho?

No esperó a que le respondiera. Rodeó el edificio y en un minuto apareció con mi bici a cuestas.

La subió a la parte trasera del Land Rover y entró en la cabina.

Abrió desde dentro la puerta del copiloto e hizo parpadear las luces a modo de aviso.

Pensé en algo que inventar para satisfacer su curiosidad mientras me sentaba a su lado, solo separados por un curioso tercer asiento en la parte delantera.

Era mejor decirle la verdad, aunque fuera sin muchos detalles.

Ya tenía en mi cabeza cuatro versiones de lo que había pasado el sábado.

Una era la oficial, la que había contado a mis padres: había vuelto en el coche de Jon con mis amigas.

La segunda era la que les había contado a ellas, excepto a Nuria, tercera versión.

Todas pensaban que había vuelto en taxi.

Nuria sabía que lo había hecho andando. Pero no conocía la verdad completa, la cuarta versión, y era que me había encontrado con Andoni.

Crear una quinta adaptación para él me parecía demasiado complicado considerando mi poca experiencia con las mentiras. Desde luego, me había estrenado a lo grande.

—¿Es una historia muy larga? —Lo miré confundida—. Es para conducir más despacio si fuera necesario —bromeó.

—No demasiado. Te lo voy a resumir bastante —refunfuñé.

—Te escucho —murmuró mientras se incorporaba al camino.

No me podía creer lo que le estaba a punto de contar a un desconocido.

—El sábado fue el cumpleaños de mi amiga Natalia.

—¿Cuántos cumplió?

—Dieciocho.

—¿Sois de la misma edad?

—Yo aún tengo diecisiete.

—Te echaba alguno más. —Me miró de reojo.

—Bueno, tengo diecisiete y medio.

—Oh, y medio.

Me molestó el tono con el que repitió mis palabras.

—Sí, nací en diciembre. ¿Cuántos años tienes tú?

—Veinte. Y nueve días.

—Oh, entonces..., felicidades, supongo.

Llevaba solo una semana en el pueblo. ¿Habría llegado aquí justo por su cumpleaños?

—Gracias..., supongo —sonrió—. Continúa.

Retomé la historia que apenas había empezado.

—Bueno, el novio de Natalia y un amigo suyo nos llevaron a todas a celebrarlo a La Loko.

—¿Qué es eso?

—Una discoteca. Está al final del camino del río.

—¿Volviste desde allí andando sola?

—¿Vas a interrumpirme todo el rato? —Soné más borde de lo que pretendía.

—Disculpa. Sigue.

—El caso es que mis amigas me dejaron sola con el amigo del novio de Natalia.

—Entiendo —murmuró.

—No, no entiendes nada. No es lo que piensas.

—No puedes saber lo que pienso —protestó.

—Ni tú puedes saber lo que pasó —repliqué.

Cogió aire para objetar algo más, pero se calló. No quería que pensara que entre Jon y yo había algo. Me horrorizó la idea.

—¿Vas a dejar que te lo cuente o no? Tú eres el que ha querido saberlo.

—Sí, prometo no volver a interrumpirte. Solo dime una cosa antes. ¿Cómo se llama?

—¿Quién?

—Él.

—Jon. ¿Por qué?

Su voz se endureció.

—Por nada. Quiero saber de quién huías.

—Te he dicho que no era lo que estabas pensando, fuera lo que fuera lo que pensabas.

—De acuerdo. Continúa.

—Bueno, mis amigas creían que nos queríamos quedar solos y se marcharon sin mí. Con lo que no contaban era con que yo no quería quedarme con él y que, además, él había bebido demasiado para conducir. Me negué a montarme en su coche. Y se marchó sin mí.

Decidí omitir detalles como el intento de beso y el tortazo.

—¿Eso es todo?

—En resumen, sí.

—Así que decidiste volver andando a casa para despejar tus ideas y contemplar el espectacular cielo de aquella noche.

—No, no fue así exactamente. Habría llamado un taxi de no haber olvidado mi móvil. Y habría entrado en la discoteca a llamar desde un teléfono público si no se hubiera montado una pelea en el aparcamiento. Mi única opción era la que decidí tomar.

Detuvo la camioneta unos metros antes de llegar a mi casa.

—¿Por qué te paras aquí? Mi casa está un poco más adelante.

—Hay un chico en tu porche.

Acerqué la cara al parabrisas y vi el León rojo de Jon delante de mi casa. Pude ver a mi madre hablando con él justo antes de cerrar la puerta. Jon recorrió el camino del jardín y se metió en su coche.

—Por tu cara, deduzco que ese es Jon. —Su voz sonó seria.

—Me habían dicho que iba a venir a pedirme perdón, pero en el fondo esperaba que no lo hiciera. Me alegro de no haber estado en casa.

El León pasó a toda velocidad por el lado izquierdo de la camioneta. Yo me encogí en el asiento tratando de ocultarme.

—¿He de suponer que ese chico no te hizo nada? —Noté su voz tan preocupada como sus ojos cuando me miraron en mi escondite.

—No tienes que suponerlo. No me hizo nada. Solo que...

—¿Qué? —preguntó impaciente.

—Él sí quería que nos dejaran solos el sábado. Yo lo rechacé varias veces y cuando le dije que no me iba a montar con él en el coche trató de obligarme. Entonces yo le di una torta.

La preocupación de sus ojos desapreció de inmediato.

—¿Y por eso te escondes?

—No me apetece hablar con él. Ya sé lo que me va a decir y aún no estoy preparada para perdonarlo. Me siento... decepcionada.

No podía creerme que le estuviera mostrando de forma tan abierta mis sentimientos a un desconocido. Al plantearme esta cuestión, me di cuenta de que ya no veía a Andoni como tal.

—Hoy te has librado, pero no te puedes esconder de los problemas. Tienes que enfrentarlos.

Ahora me parecía que me hablaba como un hermano mayor. Cuando lo miré para responderle, descubrí que jamás podría verlo de esa forma.

—Mientras esté castigada, me niego a hablar con él. No puedo salir en toda la semana por llegar tarde y, en gran parte, es por su culpa.