Cuando la noche es púrpura Capítulo 10
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Capítulo 10

P ude ver el morro de la camioneta sobresalir por detrás de la deteriorada cabaña.

Andoni ya había llegado. También vislumbré una tenue luz que iluminaba una de las ventanas laterales.

Bajé de mi bicicleta y anduve arrastrando los pies, procurando hacer ruido al revolver la gravilla del suelo.

Ojalá me oyera llegar y saliera. No estaba preparada para llamar a su puerta.

¿Qué pensaría al encontrarme allí de nuevo?

Al ver que no salía, me acerqué a la ventana iluminada. El cristal estaba rajado y no había persianas ni cortinas. Solté mi bici y apoyé las manos contra los cristales, evitando la grieta para no cortarme. Acerqué la cara a la ventana.

La luz provenía de unas velas que formaban un triángulo sobre una mesita de noche.

Al lado, una gran cama con las sábanas perfectamente estiradas y, al otro, una mecedora que aún se movía, sobre la cual había algunas prendas de ropa.

Los escasos muebles parecían demasiado nuevos para pertenecer a esa malograda casa, lo que me llevó a pensar que tal vez los hubiera hecho Andoni con sus propias manos.

De pronto, se abrió una puerta detrás de la mecedora y un haz de luz iluminó toda la habitación, cegándome por un momento.

Aparté el rostro del cristal, pero no las manos.

En los pocos segundos que tardé en recuperar la visión, una silueta que bloqueaba parte de la luz eléctrica que me había dejado fuera de juego atravesó la estancia.

Las manos de Andoni se apoyaron sobre el cristal al otro lado de la ventana, quedando nuestras palmas enfrentadas y solo separadas por un centímetro de vidrio.

Pude ver el gesto de confusión de su rostro cuando me reconoció y abrió la ventana haciéndome apartar las manos, que parecían haberse quedado pegadas. Di un paso hacia atrás.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó después de sacar medio cuerpo fuera.

Tenía el pelo mojado y el torso al descubierto con algunas gotas de agua en sus hombros.

Acabaría de salir de la ducha. Esperaba que al menos llevara una toalla a la cintura.

¿Es que iba a tener que ver a este muchacho semidesnudo siempre?

Intenté convencerme de que había tela del ombligo para abajo, lo único que la pared ocultaba de él, y traté de hablar.

—Me envía mi madre. Es por el armario.

Los motivos se me atropellaron y me arrepentí de mis torpes palabras, que lo único que dejaban claro es que no estaba allí por voluntad propia.

—¿Por eso espiabas por mi ventana? —Su media sonrisa me robó el aliento.

Me quedé en blanco. No tenía excusa posible ante el hecho de estar cotilleando por la ventana de su casa. Inventé un motivo que pareció convencerle.

—Disculpa, era curiosidad. He pasado por delante de esta cabaña cientos de veces, pero nunca había visto el interior.

—Si quieres, puedes entrar. La verás mucho mejor que desde la ventana. —Se rio. Seguía pensando que era una cotilla—. Pero te adelanto que no hay gran cosa que ver.

Metió de nuevo la mitad de su cuerpo en la casa y, en cuanto dio un paso hacia atrás, miré hacia el suelo. Aún no estaba segura de que hubiera una toalla amarrada a su cintura.

—¿No vas a entrar? —se asomó de nuevo.

—Yo... quería darte tiempo a que te vistieras. —Alcé la mirada, pero no levanté la cabeza.

Se rio a carcajadas.

—Edurne —dijo mi nombre y no pude evitar desear encontrarme con sus ojos—, no es la primera vez que me ves sin camiseta.

No podía ser de otra forma. Antes o después deberíamos hablar de nuestro primer encuentro. Pero yo aún no estaba preparada para ello. No hasta que me sintiera capaz de hablar con él, o al menos mirarle, sin que pareciera que me estaba derritiendo. Salí por peteneras.

—Bueno, pero imagino que si acabas de salir de la ducha querrás terminar de asearte y vestirte. Puedo esperar aquí un rato.

Se rio de nuevo, aún más fuerte que antes. ¿Qué tenía de gracioso lo que acababa de decir? Me tenía desconcertada.

Se apoyo en el alfeizar de la ventana y, de un salto, cayó sobre el césped. Solo noté el impacto de sus pies contra el suelo por el sonido, porque me descubrí a mí misma con las manos en la cara, tratando de no ver... «sus vergüenzas».

—No me estaba duchando. Estaba intentando arreglar la ducha, que es muy distinto. —Me apartó las manos de la cara agarrando mis muñecas con suavidad—. Tranquila, llevo pantalones.

Noté sus manos sujetando con suma delicadeza las mías, a pesar de sentirlas frías y algo ásperas.

—Y no has tenido mucho éxito con la reparación —balbuceé para decirle algo y que dejara de mirarme tan fijamente.

Me soltó y se sacudió el pelo mojado.

—Me parece que tendré que seguir bañándome en el río, por el momento—.

Restregó las manos por las perneras de su pantalón marrón, que parecía negro de lo mojado que estaba—.

Tienes razón, será mejor que me cambie. —Se volvió hacia la ventana y entró de nuevo en la casa de un salto—.

La puerta está abierta. Puedes ir echando un vistazo. Enseguida estoy contigo.

Cerró la ventana haciendo temblar el endeble cristal.

Me acerqué a la entrada. Solo se podía acceder por una puerta, aunque al parecer Andoni prefería usar las ventanas.

La abrí despacio y entré. El suelo protestó ante mi llegada.

Anduve con paso firme para que Andoni pudiera oír que había entrado y que supiera exactamente dónde estaba.

Me sentía fatal por haberle parecido una cotilla.

Inspeccioné la primera estancia de la cabaña de una sola planta.

Era lo que parecía una sala, pero estaba tan vacía que podría haber sido cualquier otra cosa.

Excepto varias columnas de cajas apiladas y el hueco de una chimenea, solo contaba con dos sillas y una pequeña mesa sobre la que estaban las únicas velas que alumbraban la estancia.

Los tres muebles parecían nuevos. Estaba segura de que también los había hecho él.

Al parecer, lo único que quedaba de la cabaña original era la estructura exterior, porque hasta la cocina era nueva.

Una puerta sin manilla, de las que se abren hacia ambos lados, era el acceso a una pequeña habitación con un frente de cocina nuevo, pero de un estilo algo rústico que conseguía no desentonar con el entorno.

La estancia no estaba iluminada. Movida por la curiosidad de ver mejor los muebles de madera que envolvían la nevera, la lavadora y los fogones, apreté el interruptor sin pensar.

Un calambre recorrió mi brazo y se extendió por todo mi cuerpo.

El fluorescente del techo se encendió solo un segundo para apagarse tras un chispazo.

Pude notar un olorcillo a quemado y hasta me pareció ver humo en la oscuridad.

—¡¿Estás bien?! —oí gritar a Andoni a lo lejos.

Antes de que pudiera responder, llegó hasta mí provocando que la madera del suelo sonara violentamente bajo sus vertiginosos pasos.

Me hizo girar sobre mí misma agarrándome de los hombros.

El calambre que había absorbido mi cuerpo al tocar el interruptor pasó a las manos de Andoni haciéndolo estremecer.

—¡Caray! ¿Siempre das calambre a quien te toca?

—Por lo general, no. —Ya era la segunda vez que la electricidad pasaba entre nuestros cuerpos al entrar en contacto. Pero esta vez tenía un motivo razonable.

—Lo siento, tendría que haberte advertido de que los cables estaban un poco sueltos. Solo he conseguido que funcionara la luz en el baño y la cocina. Y, por lo que veo, no lo he hecho muy bien.

Olfateó el aire, arrugando la nariz al detectar el olor a quemado.

—No ha sido culpa tuya. Yo no tendría que haber tocado nada sin permiso.

Menuda imagen le estaba dando. Primero husmeaba por su ventana y después toqueteaba lo que no debía. Para colmo, le dejaba sin la poca luz que había logrado tener.

Pero él no estaba enfadado, ni siquiera molesto. De hecho, parecía ver divertido mi exceso de curiosidad.

—¿Qué dices? Me acabas de librar de electrocutarme. Gracias por hacerlo tú en mi lugar.

¿Mes estaba tomando el pelo? Se reía entre dientes y me miraba sin esa sombra de tristeza en los ojos, o al menos no podía verla bajo la luz de las velas.

—Ahora, en serio —dejó de reírse y levantó mi barbilla con su dedo índice. Esta vez no hubo electricidad en el contacto—. ¿Estás bien?

—Sí, ya se me ha pasado el tembleque. —Me sacudí para expulsar cualquier resto de la energía que había entrado en mi cuerpo a través del cable que había tocado.

—Muy bien. ¿Quieres ver el resto de la casa? —Me dio paso con un gesto de su mano—. Aunque ya ha anochecido y tendrás que conformarte con la luz de las velas.

Me dirigí hacia la puerta que señalaba y entré en el cuarto que había visto desde la ventana. La puerta del baño estaba abierta e iluminaba la habitación. Era la única luz eléctrica con la que contaba en toda la casa después de mi brillante intervención en la cocina.

—Y esto es todo —me dijo cuando eché un vistazo al baño medio inundado—. A no ser que quieras ver el cobertizo también.

Tras la proposición abrí la boca para decir lo que pensaba en realidad, pero mientras hablaba pensé que la propuesta era una ironía respecto a mi curiosidad.

—¿Qué hay en el cobertizo?

Debería pensar las cosas antes de hablar.

—Nada en especial. Podríamos decir que es mi taller.

—Ah.

Con ese sonido indefinido quería hacerle ver que me daba por satisfecha con la visita guiada. Él no lo interpretó igual.

—Vamos, te lo enseñaré.

Lo miré sorprendida y no le seguí. Él ya estaba andando hacia la puerta de la entrada.

Al ver que no avanzaba, se detuvo y me miró con los ojos entrecerrados.

Parecía que intentaba averiguar por qué no me movía.

Por los cambios de expresión de su cara, tuve la sensación de que se le habían ocurrido muy distintas razones.

—Tranquila, allí sí hay luz. —Me ofreció su mano.