Cuando la noche es púrpura Capítulo 9 #2
27%

Capítulo 9 #2

Subí las escaleras a paso ligero, sin correr; no podía perder ni una sola gota de mi aliento.

Desde el primer piso pude oír las voces de los dos, pero no distinguía lo que decían.

¿Cómo había sido tan poco avispada como para marcharme?

¿Y si en mi ausencia la conversación había dado un giro y a Andoni le daba por decirle a mi madre que esa tarde no era la primera vez que me había visto?

Ella había parecido muy dispuesta a hablar también de temas no laborales.

Subí el resto de las escaleras de dos en dos y, según me acercaba, pude oír algo sobre tipos de madera y el precio aproximado del armario en función de cuál eligiera. Llegué con la respiración agitada al desván. Ambos me miraron extrañados ante mi fatiga.

—No hacía falta que corrieras, hija.

Genial. Ahora mi madre me había dejado en ridículo.

Andoni iba a pensar que estaba ansiosa por llevarle la dichosa cinta métrica.

Se la entregué a él apoyándola sobre la palma de la mano, y las yemas de mis dedos rozaron su piel.

Sentí un chispazo y me retiré de inmediato, buscando sus ojos sin poder evitarlo.

Él me miró de reojo, por lo que supuse que había sentido le misma electricidad que yo, pero no dijo nada y se dispuso a medir cada pared y cada ángulo a conciencia.

—¿Me permite? —Le pidió el cuaderno y sacó un lápiz del bolsillo trasero de su pantalón.

—Claro, claro, apunta lo que quieras. Y, por favor, trátame de tú.

Andoni asintió con la cabeza y garabateó unas suaves líneas sobre el dibujo a boli de mi madre.

—Tú mandas, pero, si quieres mi consejo, yo pondría solo cinco baldas.

Mi madre miró el dibujo. No parecía muy convencida.

—¿Qué tiene de malo que sean seis? —insistió.

—Malo, malo... Solo que el hueco entre una y otra va a ser muy estrecho. Depende de lo que pretendas guardar, tal vez no te entre.

—No sé, quería muchas baldas para poder guardar muchas cosas. —Se rio.

—Entonces serán seis, no hay ningún problema. ¿Puedo?

Andoni arrancó una hoja en blanco del cuaderno y comenzó a apuntar medidas. En unos minutos tenía un boceto casi idéntico al de mi madre, pero mucho mejor definido.

—Mañana por la mañana prepararé los primeros tablones y, si te parece, a la tarde podría venir.

—Me parece perfecto. Pásate a la hora que quieras después de comer. Alejandro no llega hasta las seis y media, pero Edurne y yo estaremos en casa toda la tarde.

—Estupendo. Mañana nos vemos.

Andoni dijo esta última frase mirándome a mí. Me impactó teniendo en cuenta que durante el resto de la conversación solo se había dirigido a mi madre.

Le acompañamos hasta la puerta de la entrada y mi padre salió para despedirse.

—¿Qué? ¿Ya os habéis puesto de acuerdo?

—Sí, está todo medido y calculado —aseveró mi madre, esperando impedir que siguiera criticando sus manías—. Y me he decidido por el roble, quiero que el armario aguante mucho tiempo.

—Espero que tengas mucha paciencia, chaval, porque no sabes en la que te acabas de meter.

—Alejandro, ya es suficiente. ¿Qué va a pensar Andoni?

Mi padre se carcajeaba mientras ella lo fulminaba con la mirada.

Estupendo, Andoni tenía que presenciar una infantil discusión entre mis padres el primer día.

Él fue más educado y salió por la puerta sin darle mayor importancia a los comentarios.

Se detuvo en el umbral y se giró hacia el interior de la casa.

—Mañana comenzaremos y, si van surgiendo cambios, no es ningún problema. Lo importante es que quede satisfecha con el trabajo.

—Seguro que sí, Damián me ha enseñado algunas fotografías de tus trabajos y me han encantado. Me gusta tu estilo y has sabido captar el mío enseguida. Estoy segura de que nos vamos a entender muy bien.

No me podía creer la conversación que estaba oyendo. Era una retahíla de cumplidos tras otra.

—Eso creo yo también —finalizó Andoni—. Hasta mañana, entonces.

Se marchó cerrando la puerta tras de sí. Mi madre convenció a mi padre de que subiera al desván para explicarle lo que se había acordado.

Yo no pude evitar acercarme a la ventana de la sala para mirar a hurtadillas y comprobar con mis propios ojos que aquel era su vehículo. No es que tuviera dudas, él mismo había mencionado una camioneta, pero esa fue la primera excusa que se me ocurrió para justificar estar espiando.

Lo vi montarse y arrancar el motor incluso antes de cerrar la puerta. Se puso en marcha en dos segundos y salió disparado de la plaza de aparcamiento. Parecía que llevaba muchísima prisa.

Mis padres bajaron dando voces por las escaleras. Parecían estar discutiendo. Me aparté de la ventana y me senté a ver la tele intentando parecer distraída.

—Si lo llego a saber, no te digo nada —se quejaba mi padre, con cara de asqueo.

—A ver, Alejandro, encima que te doy la razón te parece mal. Solo te pido que vayas a decírselo antes de que empiece a hacer las baldas. No sé si va a ser eso lo primero que prepare.

—Debería comprarse un teléfono móvil. ¿En qué siglo vive?

Estaban hablando del armario y de Andoni. Me levanté del sofá y mostré interés en su conversación tratando de justificarlo con mi aversión a que se pelearan.

—¿Por qué discutís?

—Tú madre, que ya está cambiando de opinión antes de empezar.

—Mejor ahora que con el trabajo hecho, ¿no? —se justificó ella.

—¿Ya no quieres hacer el armario? —Había un miedo en mi voz que no pude disimular. Me acababa de hacer a la idea de ver a Andoni en mi casa con frecuencia los próximos días. Pensar en que no iba a ser así me estrujó el corazón.

—Claro que sí, solo que Andoni tenía razón. Qué chico más profesional.

Miré alucinada a mi madre, que tenía una expresión de orgullo muy peculiar.

—¿En qué tenía razón? —pregunté intrigada.

—Tu padre ha visto lo mismo que él, que seis baldas van a ser demasiadas.

Lo que queremos guardar ahí son mantas y edredones, y de grosor no van a caber bien si ponemos seis.

Aun así, él me ha aconsejado, pero no ha insistido cuando he rechazado su idea.

Ha respetado mi diseño. Lo menos que puedo hacer es decirle que no haga seis baldas antes de que empiece.

Y tu padre se niega a ir hasta la cabaña a avisarlo.

—Estoy muy cansado. Díselo mañana cuando venga.

—¿Y si para entonces ya las tiene hechas?

Observaba estupefacta a mis padres, que se miraban el uno al otro, cuando ambos giraron su cabeza hacia mí y alzaron una ceja. A mi madre se le había pegado el gesto.

—¿Qué te parece si le levantas el castigo por un rato? —propuso.

Mi padre dudó solo unos segundos.

—Lo que sea porque me dejes tranquilo. Estoy viendo que, si no, no vas a pegar ojo y no me vas a dejar dormir a mí tampoco.

—Gracias, cariño. —Le dio un beso antes de acercarse a mí—. Edurne, mira que bien, así te das un paseo y te aireas, que llevas toda la tarde en tu cuarto estudiando.

—¿Qué quieres que haga, mamá? —pregunté por preguntar. Ya me había hecho una idea de lo que me iba a pedir. Dudé de ser capaz de hacerlo.

—Coge tu bici y ve a la cabaña del pescador, ya sabes, la del río. Dile a Andoni que lo siento mucho, pero que lo he pensado mejor y que tenía razón, que con cinco baldas va a ser suficiente.

No fui capaz de inventar ninguna excusa para no ir. El castigo era la mejor, pero mi padre se había adelantado cancelándomelo por su propio interés. Tener que estudiar no iba a colar, así que, para cuando quise darme cuenta, estaba pedaleando por el puente hacia su casa.