Capítulo 9
L o primero que me encontré fueron unas deportivas bonitas y limpias, pero demasiado sencillas para el estilo de Jon.
Descarté que fuera él solo por eso. Subí la mirada a mayor velocidad, aliviada de que me dejara tranquila por el momento.
En dos segundos recorrí de pies a cabeza al visitante.
Vestía unos pantalones marrones algo desgastados y una camiseta blanca sin dibujos.
Cuando llegué a su rostro, el zumo que acababa de beber pareció volverse sólido en mi estómago, haciéndome encoger la espalda y llevarme una mano sobre el diafragma, que se había tensado al intentar coger más aire del que cabía en mi cuerpo.
Él me miraba con cara de sorpresa y, de forma intermitente, leía un papelito que llevaba en la mano y comprobaba el número de mi casa, escrito en el lateral derecho de la puerta.
Cuando por fin conseguí soltar todo el aire que había inhalado, mi cerebro logró ir respondiendo una a una las preguntas que se me habían agolpado en la cabeza en tan solo un instante.
¿Estaba soñando otra vez? No lo creía. Podía notar el cálido viento entrar por la puerta y el aroma de las rosas del porche llegaba hasta mi nariz.
¿Era realmente él? Sí, su agraciado rostro era inconfundible, aun sin la luz púrpura iluminando su silueta, tan perfecta incluso con la fina camiseta puesta.
¿Me había reconocido él a mí también? Era más que probable, porque me miraba con los ojos como platos. Dudaba de que mi expresión fuera menos delatadora en ese aspecto. Era imposible que no se diera cuenta de que lo había reconocido.
Y lo más frustrante de todo... ¿Qué hacía el muchacho de la cabaña en mi casa? Al parecer, traía una dirección escrita y la estaba comprobando ya por quinta vez.
Fui incapaz de hablar. Menos mal que él decidió hacerlo.
—Buenas tardes —esa profunda voz... «¡Espera!», recordé—. ¿Es esta la casa de Nieves Ezpeleta?
El zumo de mi estómago volvió a ser líquido cuando le oí preguntar por mi madre. Seguía sin poder respirar bien del todo, pero conseguí responder sin que pareciera que me estaba ahogando, sensación que realmente sentía.
—Sí, esta es.
Tres palabras, no me dio para más.
—¿Quién es, hija? —oí decir a mi madre detrás de mí. No pude responder, ni siquiera pude girarme para mirarla. El muchacho me había vuelto a atrapar en sus ojos negros, llenos de una tristeza insondable, tal como lo había hecho dos noches atrás.
—¿Qué deseas, muchacho? —le preguntó al acercarse a la puerta y me tocó el hombro.
El contacto logró que me liberara del hipnotismo de aquella mirada y escapé de ella volviendo la vista hacia el porche.
Pude ver un destartalado Land Rover Santana color crema aparcado delante de la entrada del jardín.
Era el vehículo tipo pick-up que había visto el día anterior con los prismáticos de mi abuelo.
—Hola. Usted debe de ser Nieves. Vengo de parte de Damián.
Mi madre soltó mi hombro y se dirigió a él para estrecharle la mano.
—¡Oh, claro! Tú eres Andoni, el carpintero. Pasa, hijo, no te quedes ahí en la puerta.
Mi madre tiró de él y no le soltó la mano hasta que estuvo dentro.
—Me alegro muchísimo de que hayas podido venir tan rápido. Tengo ya muchas ideas de cómo podría ser el armario. Ven, te voy a enseñar dónde quiero ponerlo.
Lo arrastró escaleras arriba, pero se detuvo en el tercer escalón para gritarle a mi padre.
—¡Cariño, ven, ha venido el carpintero que me ha recomendado Damián!
Mi padre tardó unos segundos en levantarse del sofá y se acercó a las escaleras sin dejar de mirar la tele. Su concurso favorito estaba en lo mejor.
—Hola, chaval, encantado. —Le tendió la mano y le dio uno de sus frecuentes apretones ultradolorosos que hacían estremecer a cualquiera que mi padre tocara con sus manazas.
Pero él pareció no inmutarse—. Yo soy Alejandro.
Disculpa que no os acompañe, esto lo dejo en manos de mi mujer.
Tómatelo con calma o te volverá loco con sus múltiples cambios de opinión sobre el dichoso mueble.
Mi padre le advirtió de la que se le venía encima y se fue de vuelta a seguir con su programa. El chico sonrió y yo me quedé aún más petrificada ante ese gesto de lo que ya estaba. Tenía la sonrisa más pura que había visto en mi vida.
—No te preocupes, cariño, ya lo tengo todo pensado. Y, si tú no estás interesado, ya le pediré a Edurne que nos dé su opinión.
Mi padre no respondió y mi madre me fulminó con la mirada indicándome que mi opinión estaba siendo requerida en ese preciso momento.
—Edurne, hija, ¿qué haces ahí plantada? —No me había movido desde que había abierto—. Cierra y sube con nosotros.
Tuve que empujar la puerta con las dos manos para ser capaz de moverla.
Mi cuerpo no respondía a la primera a las indicaciones de mi cerebro, aunque este tampoco tenía muy claro qué órdenes dar.
Subí las escaleras hacia el primer piso a varios pasos de ellos, sin poder creerme aún que él estuviera en mi casa.
Andoni. Por fin tenía nombre para aquel rostro de ensueño.
Mi madre le fue explicando cuáles eran las habitaciones que íbamos pasando. No entendí muy bien para qué le daba tantos detalles, pero me mantuve al margen.
—Aquí están los tres dormitorios. El primero, que es el nuestro, y el del medio los renovamos hace un par de años. Pero el del fondo, el de mi hija mayor, lo quiero cambiar entero. Sigue pareciendo el cuarto de una niña y hace ya tres años que se casó.
Andoni no dijo nada, solo asintió con la cabeza y siguió a mi madre escaleras arriba, hacia el segundo piso.
Al pasar por delante de mi cuarto pude ver el vestido color ciruela extendido sobre mi cama.
Lo había quitado de la silla para ponerme a estudiar y lo había apoyado sobre la cama para no olvidar lavarlo antes de acostarme.
Debería haber cerrado la puerta, pero ya era tarde.
Andoni ya había pasado por delante y seguro que lo había visto.
Si aún tenía dudas sobre quién era yo, las habría resuelto todas con solo verlo.
—Y, bueno, a mi hija pequeña ya la has conocido —oí de pronto y se detuvieron en la puerta del desván a esperarme. Andoni se giró para mirarme de nuevo y me dedicó una gran sonrisa antes de responder.
—Sí, ya nos hemos visto antes.
El corazón se me paró en seco. ¿No se atrevería a decir delante de mi madre que me había visto la otra noche?
—Perdona que te haya hecho esperar en la puerta. —Mi madre me agarró de los hombros—. No me ha dado tiempo a decirle a Edurne que esta mañana había ido a ver a Damián y que te iba a pasar nuestra dirección. La verdad es que no te esperaba tan pronto.
Suspiré. Al parecer, ella había pensado que ese «antes» se refería a unos minutos en vez de a un par de noches. Dudé de las segundas intenciones de las palabras del chico.
—No pasa nada. Es normal que no dejara entrar a un extraño en su casa, así sin más.
Me sonrió mostrando su alineada dentadura y esta vez estuve segura de que sus palabras iban con segundas.
Se podría decir que el sábado había huido de él.
Lo que Andoni no sabía es que corría porque no quería llegar aún más tarde a casa.
Seguro que pensó que me había asustado de ver a un desconocido de madrugada.
—Sí, es cierto. Aún eres un extraño para casi todo el pueblo. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en la cabaña?
Así que vivía allí. Cielos, un carpintero que vive en la cabaña del pescador. Y yo imaginándome paranoias sobre fantasmas. Menos mal que no le había contado mis teorías a nadie. Me sentí cohibida ante las indiscretas preguntas no laborales de mi madre, pero escuché con suma atención las respuestas.
—Solo una semana. Aún tengo mucho que arreglar, pero he querido venir a echar un vistazo a lo que quiere para el desván. Así lo alternaré con las reformas de la cabaña y se me hará más ameno.
Pensaba arreglar él mismo aquel destartalado edificio. Hice memoria tratando de recordar los detalles de la estructura. Podría llevarle meses dejarla habitable.
—Mira, aquí tengo unos diseños que he estado haciendo. Me gusta dibujar y así puedo explicarte mejor lo que quiero.
Mi madre le enseñó orgullosa los bocetos sobre su ansiado «armario-ropero- empotrado-esquinero».
Cuando se empeñaba en un proyecto no paraba hasta llevarlo a cabo.
Yo me mantuve a distancia mientras ella explicaba con lujo de detalles cuántas baldas, puertas y cajones quería.
Andoni la escuchó en silencio, asintiendo con la cabeza y sin levantar la vista del cuaderno de dibujo.
Se veía tan real bajo las cinco bombillas de luz blanca de la lámpara del desván, pero no había perdido ni un ápice de su hermosura.
Me pilló mirándolo cuando levantó la vista a la vez que mi madre.
—Edurne, te he preguntado que qué opinas —me repitió ella. Yo no la había oído la primera vez. Me sentí estúpida.
—Lo que tú quieras estará bien, mamá, tienes muy buenas ideas.
—Estoy totalmente de acuerdo —me apoyó Andoni—. Solo veo un pequeño problema. La altura.
Los tres miramos al techo.
—El techo es demasiado bajo —comenté, aunque ni siquiera había visto los dibujos de mi madre.
—Si no te importa, voy a bajar a mi camioneta a por la cinta métrica para confirmarlo. Pero creo que seis baldas será demasiado.
—¿Tú crees? —Mi madre no estaba muy convencida—. Edurne, anda, trae el metro de la caja de herramientas de la cocina.
Salí sin rechistar del desván para buscarla.
En cuanto llegué a la cocina me senté en una silla y respiré profundamente.
¿Qué me estaba pasando? La presencia del muchacho en mi casa me había trastocado los sentidos y casi ni era capaz de hablar.
Iba a pensar que era una tonta si me seguía comportando así.
Bebí un vaso de agua para aclararme la garganta antes de sacar la caja de herramientas de debajo del fregadero.