Cuando la noche es púrpura Capítulo 8
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Capítulo 8

P ara cuando llegué a la parada del autobús ya estaban todas mis amigas allí. Menos mal que había dejado todo preparado la noche anterior, porque se me habían pegado las sábanas y me había levantado tan justa que no me había dado tiempo ni siquiera a desayunar.

—Edurne, ya pensábamos que no venías. —Natalia me agarró del brazo y me atrajo hacia el círculo que formaban las cuatro.

—Me he quedado dormida.

—Por favor, no nos hagas esperar más —suplicó Nerea.

—¿Cómo?

—Que nos cuentes todo lo que pasó el sábado, con lujo de detalles —puntualizó Natalia—. Estoy de lo más frustrada con el tema. Le he interrogado a Ager, pero jura y perjura que Jon no le ha contado nada, excepto lo que ya te ha dicho Nuria. ¿Por qué te negaste a subir al coche con Jon?

Miré a Nuria, que puso cara inocente, y deduje que ella no había abierto la boca acerca de los motivos.

Se había limitado a explicar lo acordado.

Había cumplido su parte del trato y ahora yo debía cumplir la mía.

Pero lo haría cuando el resto no me oyera.

Solo iba decirles a todas lo imprescindible.

—Lo que pasó fue que Jon había bebido demasiado para coger el coche y me negué a dejar que me llevara. Él no quiso venir conmigo en taxi ni esperar a que viniera uno al menos para mí. Se marchó y yo tuve que esperarlo sola.

La última parte de la historia se me atragantó, pero disimulé la mentira acercándome a la carretera para subir al autobús que acababa de llegar.

Me senté con Natalia en la parte central, donde había libres dos sitios contiguos. El resto tuvo que marcharse atrás del todo. Natalia aprovechó la oportunidad para que habláramos a solas.

—Edurne, antes que nada, quiero pedirte perdón.

—No hace falta, Natalia, de verdad, está todo bien.

—Sí hace falta. Ayer nos fuimos por mi culpa. Yo insistí en dejaros solos al ver que tardabais un poco. Estaba emperrada en que Jon y tú os liarais. Tenía que haberme metido en mis asuntos. Lo siento.

—Bueno, disculpas aceptadas. Y ahora olvídalo.

—Como quieras, ya veo que no te apetece hablar de ello.

Natalia pegó la espalda contra su asiento y dejó de mirarme.

—No es eso, es que no hay mucho que añadir —decidí darle algún detalle insignificante para satisfacer su curiosidad—. Tardamos en salir porque él mismo se había encargado de dejar nuestras chaquetas juntas y me engañó diciendo que había perdido el ticket.

—¡Será mentiroso! —exclamó volviendo a girarse hacia mí.

—Si no llego a notar el ticket en el bolsillo de su camisa, nos habríamos quedado hasta el cierre o me tendría que haber ido sin la chaqueta.

Natalia me miró con los ojos entrecerrados y esbozando media sonrisa. El detalle que había elegido para distraerla no había resultado ser tan insignificante como creía.

—¿Y qué estabais haciendo para que pudieras notar el ticket en su camisa?

—Nada de lo que estás pensando —le previne antes de que se montara sus películas.

—¿Así que no te besó?

—No le dejé —maticé—. No le dejé ninguna de las veces que lo intentó, sobre todo la última, en la que pude notar el olor a whisky de su aliento.

—Sabía que tú no eras tan exagerada como decía Jon.

—¿Cómo?

—Ager se imaginaba que el motivo por el que tú no querías montarte con él era algo así, que Jon había bebido de más. Pero él le aseguraba que iba perfecto para coger el coche y que tú eres muy radical con el tema del alcohol.

—Seré radical con el tema, pero puedo distinguir cuando alguien no está en condiciones de conducir.

—No lo dudo. Y Ager tampoco. Pero, como él aseguraba que iba bien, nos preguntábamos qué otro motivo podría ser. A Ager se le ocurrió que había intentado propasarse contigo.

—Bueno, intentó besarme, pero la cosa no fue a más. —Tampoco iba a calumniarlo, por muy enfadada que estuviera.

—Mejor. Pero el tema es que Ager ya estaba molesto por la forma en la que te había agarrado en la discoteca, cuando discutisteis durante los lentos.

Recordé el modo en que me había sujetado de las muñecas y cómo Ager tuvo que emplear bastante fuerza para soltarme.

—Bueno, intentó meterme a la fuerza en el coche cuando me negué a montarme, pero...

—Pero... ¿qué? —Natalia estaba ansiosa. Decidí decirle la verdad.

—Le di una torta. De las que suenan.

—¡Eres la persona más impredecible que he conocido en mi vida! —exclamó entre risas.

—¿A qué viene eso? – No entendía su repentino buen humor.

—No digo que no se lo mereciera, yo en tu lugar tal vez le hubiera atizado también.

—Dejó de reírse—. Pero lo que me resulta impredecible es que en cuanto te vi con ese pedazo de vestido di por hecho que ibas de caza , pero con la presa escogida de antemano.

Estabas guapísima, no me extraña que Jon intentara besarte varias veces.

Pero tú te hiciste la dura toda la tarde y toda la noche, le echaste la bronca en varias ocasiones y al final acabaste soltándole un guantazo. ¿No te parece impredecible?

Medité unos instantes su planteamiento.

—Puede ser. Aunque él también me resultó impredecible. Lo tenía por un chico más formal, deportista y estudioso. No un borrachuzo irresponsable y salido.

—Irresponsable y salido fueron algunos de los insultos que le solté ayer por el Messenger. Cuando nos confesó que te había dejado sola, mi primer pensamiento fue que había intentado meterte mano.

Las dos nos reímos mientras bajábamos del autobús. Era gracioso porque solo eran las teorías de una amiga preocupada, no la realidad. Eso habría sido terrorífico.

Me alegré de poder volver a contar con Natalia.

—¿De qué os reís, chicas?

Nuestras amigas nos miraron extrañadas al vernos partirnos de risa.

—Ya sé por qué Jon dejó sola a Edurne el sábado.

—Natalia, no hace falta que lo pregones —le advertí.

—Cuenta, cuenta —pidieron Tania y Nerea.

—Le hirió en su ego masculino. ¡Le pegó una bofetada!

—¡No! —exclamó Tania.

—¿Intentó meterte mano? —preguntó Nerea con la boca abierta.

—¿Qué pasa, que un chico solo se puede ganar una torta si intenta tocar más de la cuenta? —pregunté indignada.

Todas se rieron.

—¿Por qué le zumbaste, entonces? —insistió Nerea.

—Os lo voy a decir, pero prometed que no diréis nada. Recordad que su padre es policía y no estaría bien que se propagara por ahí algo así de su hijo.

—Vale, guardaremos el secreto —aseguró Tania, simulando cerrar una cremallera invisible en su boca. Todas asintieron.

—Además de que estaba tan borracho que habría dado positivo en un control de alcoholemia triplicando el máximo permitido, no quiso venir conmigo en taxi e intentó obligarme a entrar en su coche. Entonces fue cuando le aticé. Fue un acto reflejo.

Todas se quedaron calladas.

—Perdona, Edurne, no tendríamos que haberte dejado sola —reconoció Nerea agachando la mirada. Tania me agarró del brazo y asintió con la cabeza.

—Vale, chicas, disculpas aceptadas. Ahora vamos a clase y a olvidarnos de todo este tema, ¿de acuerdo?

Todas aceptaron mi petición y marchamos en silencio hacia el aula. Tocaba Historia a primera hora. Prometía ser una mañana muy larga.

Las cinco horas de clase se me hicieron eternas. Menos mal que ya estábamos con horario reducido para preparar los finales y salíamos a las dos de la tarde.

Nuria y Tania caminaban delante hacia la parada del autobús cuando se pararon en seco. Se dieron la vuelta y corrieron hacia nosotras tres.

—Natalia, ¿ese no es el coche de Ager? —preguntó Nuria mirándome a mí de reojo.

Horror. Jon podía estar con él. No quería verlo ni por asomo en ese momento. La verdad es que dudaba de querer volver a verlo alguna vez.

—Sí, no sé qué hace aquí, juraría que tenía clase hasta las seis.

Se adelantó a nosotras y caminó hacia el vehículo. Di un enorme suspiro cuando pude comprobar que Ager salía solo de su Golf y que no había nadie más dentro. Nos acercamos hasta allí también.

—Hola, chicas. —Nos saludó con una gran sonrisa. Después se puso más serio para dirigirse solo a mí—, ¿Qué tal estás, Edurne?

—Bien, muchas gracias —respondí, como si solo se tratase de una pregunta de cortesía.

—Quiero pedirte perdón por lo del sábado, no me explico cómo Jon ha sido capaz de hacer algo así.

—Tú no tienes por qué disculparte. Tú no has hecho nada. —Le dejé claro que para mí no tenía ningún tipo de responsabilidad sobre lo sucedido.

—Ese es el problema, que no hice nada. Tendría que haberme dado cuenta a tiempo y no haberos dejado solos. Pero no te preocupes, me he encargado de poner firme a Jon y va a disculparse contigo en persona.

—¿Qué? Yo... preferiría que no lo hiciera.

—Creo que es demasiado tarde para eso. Me ha insistido en que le diera tu dirección, porque tú no le cogías el teléfono. Le pedí que te diera un poco de tiempo, pero puede que se pase esta misma tarde por tu casa.

—¡¿Por qué has hecho eso?!

No podía creerlo. Lo último que quería era recibir a Jon en mi casa y tener que aguantar sus huecas excusas para justificarse.

—Creí que era lo mejor. No hace falta que lo perdones de inmediato, solo escúchalo y deja que se disculpe. Está realmente arrepentido.

—Por aceptar una disculpa no te vas a morir, Edurne, no seas mala. —Natalia apoyó a su novio en sus esfuerzos por arreglar las cosas entre los amigos de ambos. Era patético, pero ya era irremediable.

—Está bien, lo escucharé, pero nada más.

—Con eso será suficiente. —Ager se dio por satisfecho.

El autobús llegó y todas menos Natalia nos subimos. Ella y Ager se fueron a comer a casa de sus abuelos. Seguramente después hablarían con Jon y le dirían que estaba dispuesta a escucharle. Nada me iba a librar de tener que verle la cara esa tarde, y encima en mi casa.

Subí a mi cuarto después de comer y decidí empezar a estudiar algo liviano. El examen de francés era de los últimos, pero no tenía ni pizca de ganas de ponerme a hincar codos con Historia o Filosofía, los exámenes más difíciles, al menos para mí.

Me entretuve leyendo en alto los diálogos del principio de cada tema.

Sin duda, la pronunciación no era mi fuerte, pero me reía de mí misma oyéndome decir regular la mayoría de las palabras que llevaban la letra R.

El pobre Teodoro, mi indefinido peluche, mitad perro, mitad gato, tuvo que aguantarme parlotear hasta las siete de la tarde.

Al viejo muñeco le salvó el que me entrara una sed atroz de tanto hablar.

Bajé a la cocina a por algo de beber. También me había entrado hambre; ponerse a estudiar era la mejor manera de ganar peso, así que abrí la nevera en busca de algo para picar. Daba igual dulce o salado. Probablemente en una hora volviera a por más, lo que fuera.

Di un enorme trago a la botella de zumo de manzana y casi me ahogo al oír el timbre. Mis padres estaban en la sala viendo la tele y tuve que salir disparada hacia la puerta para llegar antes que ellos.

—¡Ya voy yo! —grité con zumo aún en la garganta.

Vi cómo mi madre volvía a sentarse en el sillón junto a la ventana y continuaba cosiendo un botón de una de las chaquetillas de trabajo de mi padre, que estaba tumbado en el sofá viendo su concurso favorito.

Era una suerte que estuvieran entretenidos.

No quería que me oyeran hablar con el inoportuno de Jon si al final se había atrevido a venir hasta mi casa a tratar de arreglar las cosas.

Se suponía que yo había vuelto con ellos el sábado y Jon pensaba que lo había hecho en taxi.

Podría aumentar mi castigo en más de un mes por mentir.

Crucé los dedos para que no fuera él antes de abrir, cabizbaja para no verlo de forma directa y que no me dieran ganas de cerrarle la puerta en las narices.