Capítulo 7 #2
—Ni lo hará. Pero me da lo mismo. Tú limítate a mantener mi historia. —Traté de simplificar los supuestos hechos—. Llamé a un taxi, de camino a casa me quedé sin batería y no pude responder a nadie, y hasta ahora no he puesto a cargar el móvil.
—Y no saldrás en toda la semana porque vas a ser una alumna responsable y vas a estar estudiando para los finales. ¡Brillante!
Nuria se jactaba de su propia inventiva.
—Eso es. Así será más que suficiente.
—Pero yo quiero saber los detalles, Edurne... —Su voz era suplicante—. Dime de qué hablasteis mientras estuvisteis solos y hasta que te quiso besar y le diste la torta. Y, por supuesto, quiero saber cómo fue venir andando de noche durante hora y pico por el río. ¿Te encontraste con alguien?
Me dio un vuelco el corazón. No podía contarle con quién me había encontrado. Ni siquiera yo sabía a quién había visto. Pero su imagen era tan real en mi memoria que mi curiosidad pudo más que mi discreción.
—Bueno, pequeña cotilla, mañana en el insti te contaré lo que quieras, pero te adelanto que no hay mucho que saber. No me encontré con nadie —mentí—. Tan solo, bueno, seguro que fue producto del miedo y de mi imaginación..., pero al pasar por la vieja cabaña del pescador, me pareció ver luz.
—Seguro que fue eso, producto de tu imaginación. Esa cabaña lleva abandonada, qué sé yo, ¿más de diez años? No creo que tenga corriente eléctrica.
—Sí, eso sería...
—¿Acaso viste a alguien dentro?
—¡No! Qué va —Mi voz sonó nerviosa ante mi mentira. Aunque realmente no mentí: dentro no había visto a nadie.
—Pues olvídalo. La luz de la luna ayer era muy extraña, pudo hacerte ver cosas que no eran, y sumado a que estabas asustada... Cielos, Edurne, lo siento de verdad. No volveré a dejarte sola. Te lo prometo.
—Gracias, Nuria, sé que creíste que era lo que yo quería. Yo también lo había creído así hasta ayer a la tarde. He sido una tonta.
—No, no has sido una tonta. Lo que pasa es que no conocías a Jon lo suficiente y te habías hecho una idea equivocada de él. Todas nos la hicimos. Ahora vemos el capullo que es en realidad.
Las dos nos reímos.
—Sí, pero no le hagas ver a Natalia lo que piensas muy a las claras. Él es uno de los mejores amigos de su novio, y no creo que le guste que pensemos así de él.
—Uy, no sabes lo que dices. —Cambié el móvil de oreja para escuchar con mayor atención lo que seguía.
Llevábamos un buen rato hablando y ya tenía una oreja ardiendo—.
Si Ager le ha echado la bronca a Jon, Natalia le ha puesto a caer de un burro.
Lo ha llamado de todo menos bonito por haber dejado tirada a su mejor amiga.
Agradecí haber recuperado a Natalia después de haber creído que la había perdido en favor de ese cretino. Mis amigas se merecían un mensaje confirmando que me encontraba bien y que no estaba enfadada con ellas. Jon no.
—Sí, luego les mandaré un mensaje dejando claro que no hay resentimientos. Después de hablar contigo..., ya se me ha pasado.
—¡Ay! ¡Cómo me alegro!
—Bueno, pasadlo bien en el río. ¡Qué envidia me dais!
—Vaya, lo lamento de veras. Ojalá pudiera hacer algo para que no estuvieras castigada.
—No te preocupes. Solo es una semana y nos veremos en clase.
—Sí, algo es algo. Por cierto. ¿Vas a llamar a Jon?
—No, ni de broma.
—¿Y si te llama él? Nos ha dicho que lo ha hecho tres veces y que te ha mandado un mensaje disculpándose.
—No quiero hablar con él. Al menos de momento.
—Como quieras... Pero ¿qué le digo si me pregunta?
—Que no sabes nada más que lo que él os ha contado y que, de momento, me deje en paz. Por supuesto, no les cuentes al resto nada más que lo que hemos acordado.
—Descuida, soy tu confidente más leal.
—Gracias, Nuria.
—De nada. A ti por perdonarnos.
—No seas boba.
—Estudia mucho, Edurne, al menos sacarás buenas notas este curso y te prepararás de maravilla para la selectividad.
Se rio entre dientes.
—Muy graciosa —refunfuñé—. Hasta mañana, confidente .
—Chao, empollona .
Colgué el teléfono y, antes de poder ver otra ráfaga de mensajes de llamadas perdidas, apagué el móvil. Encendí el ordenador y mandé un correo electrónico de lo más escueto a mis cuatro amigas y a Ager. A Jon no. Decidí incluir a Nuria para que supiera por dónde encauzar mi coartada.
Hola. Ya sé que estáis preocupados porque no he contestado a las llamadas.
Estoy bien y no estoy enfadada ni nada. Ya he hablado con Nuria y le he contado lo que pasó ayer, os lo contará ella misma esta tarde.
Como entenderéis, no os voy a llamar uno por uno para deciros lo mismo a todos.
Hoy me quedaré estudiando y el resto de la semana hasta el domingo que viene.
Así que disfrutad por mí de vuestra tarde en el río. Nos vemos mañana en clase. Besos.
El resto de la tarde la pasé terminando de recoger el desván con mis padres.
Acumulamos más de cuatro cajas con trastos para tirar.
Me ofrecí a ayudar a mi padre a llevarlos hasta el coche.
Aunque solo fuera por un rato, quería poder pisar la calle.
Hacía un calor casi veraniego a pesar de estar atardeciendo.
Quise disfrutar de los últimos rayos de sol y puse mi voz más infantil para persuadir a mi padre.
—Papá..., ¿puedo quedarme un ratito en el porche?
Él me miró de reojo con los labios fruncidos.
—Solo hasta que esté lista la cena. —Pegué un salto y me subí al columpio antes de que cambiara de idea—. Y porque has trabajado mucho en el desván.
—¡Gracias, papá!
Me quedé sola balanceándome en el columpio y mirando el atardecer. El cielo era anaranjado y pude ver el sol ocultarse tras las lejanas montañas. Aunque la fotografía era muy hermosa, no tenía ni punto de comparación con el cielo de la noche anterior.
Debí de quedarme dormida pensando en el muchacho del río, porque creí estar viéndole delante de la puerta de mi casa cuando mi padre salió para avisarme de que ya estaba la cena.
Di un bote en el columpio y casi me caí al suelo al oírle decir mi nombre desde la puerta.
La imagen del muchacho era totalmente real ante mis ojos, aunque solo me hubiera parecido verle de pie frente a mí durante una décima de segundo.
«Espera», me susurraba, a la vez que estiraba su brazo e intentaba tocar mi cara con su mano extendida.
Un segundo «Espera» se había entremezclado con mi nombre cuando mi padre me había llamado.
«Edurne», dijo el muchacho imaginario con un tono demasiado alto.
Me dio un escalofrío y bajé del columpio en cuanto me di cuenta de que era solo un sueño.
El cuerpo me estuvo temblando durante toda la cena. Jamás había tenido un sueño tan real.
—Hija, no tendrías que haberte quedado fuera sin una chaqueta o algo. —Mi madre me frotó un brazo—. Mira como tiemblas, te has quedado helada.
—No es nada. —Agradecí que tuviera una explicación más lógica para mis temblores que mi sensación de estar teniendo alucinaciones.
—Date un baño caliente antes de irte a la cama —insistió.
—Sí, en cuanto cene, y después me iré a dormir. Estoy agotada.
—Si hubieras llegado a tu hora no tendrías tanto sueño.
Mi padre había decidido sacar de nuevo el tema de la noche anterior. Me di la mayor prisa que pude en terminar mi cena antes de que pretendiera sacarme información respecto a la razón de mi tardanza.
—Alejandro, tengamos la fiesta en paz. —Mi madre se puso seria.
Siempre que lo hacía llamaba a mi padre por su nombre de pila.
Él lo percibió enseguida y asumió que mi madre no estaba por la labor de hablar sobre el tema.
Ella lo había pasado mal pensando en lo que le había sucedido hacía veinticinco años y no quería volver a recordarlo. Mi padre no volvió a abrir la boca.
Fregué los platos y subí al cuarto de baño. Estaba demasiado cansada para esperar a que se llenara la bañera y probablemente me quedaría dormida dentro. Así que me di una ducha rápida de agua ardiendo. Los músculos se me relajaron y por fin dejé de temblar.
¿Por qué me había puesto así ante aquel sueño? La aparición de ese muchacho no había sido fantasmagórica, más bien lo contrario. Era como un ángel que había surgido de la nada ante mis ojos y que pretendía acariciar mi rostro con dulzura.
«Espera», volvía a retumbar en mi cabeza. Jamás pensé que una simple palabra tuviera el poder de hacerme estremecer con solo recordarla. Pero tal vez no fuera la palabra, sino la voz que la pronunciaba. Me estaba volviendo loca.
Entré en mi habitación y me puse el pijama.
No quería pensar en mi sueño o en el chico; si no, no iba a poder dormir.
Guardé los libros en la mochila y dejé preparada la ropa del día siguiente para poder apurar los minutos de sueño al máximo por la mañana.
Me sentía tan cansada que estaba segura de que cuando sonara el despertador iba a remolonear.
Cuando me fui a acostar, vi que el vestido seguía sobre la silla del escritorio.
Pensé en lavarlo a mano al día siguiente.
La tela era demasiado delicada para meterlo en la lavadora y no quería que se estropeara.
No sabía cuándo ni con qué propósito, pero estaba segura de querer volver a usarlo.
Me dormí pensando en mi imagen reflejada en el espejo la noche anterior.
Él me había visto así. ¿Se acordaría de mí?