Capítulo 7
D espués de comer subí a mi habitación. Quería llamar a mis amigas para decirles que, si pensaban ir al río, se divirtieran por mí, porque yo estaba castigada. Tal vez si no me hubieran dejado sola podría haber ido con ellas a darme un chapuzón.
Busqué mi móvil por todas partes. Mi madre había recogido mi cama el día anterior y lo habría dejado en algún lugar visible.
Lo encontré sobre mi escritorio, pero estaba apagado.
Saqué del cajón de mi mesita de noche el cargador y lo conecté para poder encenderlo, ya que probablemente se habría quedado sin batería.
En cuanto la pantalla se iluminó por completo, una docena de mensajes colapsaron la bandeja de entrada entre pitidos.
La mayoría eran llamadas perdidas de mis amigas, pero había varias de un número que no tenía guardado.
Abrí los mensajes uno a uno. Tres llamadas de Natalia de las dos menos cuarto de la mañana, dos menos diez, dos menos cinco. Un mensaje de Nuria a las dos en punto.
«Si no tienes cobertura, llámanos en cuanto leas esto».
Varias llamadas de todas mis amigas entre las tres y las cuatro de la mañana, y otras tantas de las doce del mediodía en adelante.
Dios mío, estaban preocupadas de verdad.
Abrí el último mensaje de un número desconocido.
«Edurne, siento haberte dejado sola ayer. Espero que el taxi no tardara mucho. Quiero hablar contigo y pedirte perdón en persona. No quiero que lo nuestro acabe así. Llámame por favor. Jon».
Estaba loco si pensaba que le iba a llamar. Empecé a borrar mensajes de llamadas perdidas hasta que mi móvil empezó a vibrar. Nuria me estaba llamando.
—¿Sí?
—Edurne, por fin. ¿Qué narices pasó ayer?
—Hola, buenas tardes, Nuria. —Decidí empezar la conversación correctamente. Estaba molesta con ellas y encima me hablaba así.
—No estoy para bromas. Pensaba que te había pasado algo.
—Puedes estar tranquila. Estoy bien. —No iba a ser tan benévola—. Bueno, solo estoy pensando en no hablaros durante una semana por haberme dejado tirada.
—Lo sé, perdona, creímos que querías quedarte con Jon.
Me pareció fatal que llegaran a esa conclusión después de lo que había pasado, pero ya sabía que era el motivo por el que se habían marchado. Decidí seguir siendo un poco mala para desahogarme.
—¿Y qué os hizo pensar eso? ¿No visteis que teníamos una discusión tras otra?
Nuria se quedó unos segundos en silencio.
—Ya, cuando llegué a casa y lo volví a pensar te llamé durante una hora.
Pero no cogías... Y te estuvimos llamando al ver que no salíais, pero tampoco respondías.
Ager llamó tres veces a Jon, pero él le rechazaba las llamadas.
—Será cretino—. Creímos realmente que queríais estar solos.
Aun así, te mandé el mensaje, por si no tenías cobertura.
Sabía que, por muy ocupados que estuvierais, tú nos cogerías el teléfono.
Recordaba que había sido la única en mandarme un mensaje, aunque las demás también me hubieran llamado. La sola idea de estar ocupada con Jon me dio un escalofrío.
—Me dejé el móvil en casa.
Nuria se quedó callada.
—¿Sigues ahí?
—Sí, sí... —balbuceó—. ¿Y entonces... cómo llamaste al taxi?
—¿Por qué piensas que cogí un taxi?
Nuria sabía más de lo que yo pensaba, pero no lo suficiente.
—¿Acaso no lo cogiste? ¿Cómo volviste a casa?
—Se supone que volví con Jon, ¿no?
Me di cuenta de que en ningún momento me había preguntado qué tal con Jon y que desde el principio había estado preocupada por cómo estaba. Sabía que no había vuelto con él.
—Verás, hemos estado toda la mañana conectadas al Messenger hablando sobre ayer, haciendo conjeturas sobre ti y sobre Jon, esperando a que tú te conectaras, ya que no te dignabas a coger el móvil.
De pronto, Ager y Jon se han conectado y nos han preguntado por ti.
Cuando el imbécil de Jon ha confesado que se había ido solo, te hemos vuelto a llamar todas, pero tú no has cogido el maldito móvil y nos daba mal rollo llamarte a casa sin saber bien qué había ocurrido.
—Me quedé sin batería —me excusé.
—Pero son las cuatro de la tarde. Podrías haber cargado tu móvil antes.
—He tenido complicaciones en casa. Mi padre me ha castigado por llegar media hora tarde.
—¿Media hora tarde? —Hizo una pausa—. ¿No te dejaban hasta las tres?
—Sí.
—¡¿Y por qué narices llegaste a las tres y media?! —Tuve que apartar el teléfono de la oreja ante el volumen de su voz—. Jon nos ha dicho que te dejó esperando al taxi sobre las dos y cuarto.
Dos cosas buenas. Primera, Jon había llegado vivo. Segunda, había admitido que me había dejado sola. Me sentí poco esperanzada de que, además, hubiera confesado el motivo real.
—Te repito que me dejé el móvil. No me di cuenta hasta que Jon se había ido.
—¿Y por eso tardaste más de una hora en llegar a casa?
Me arrepentí de decirle la verdad en cuanto abrí la boca.
—Verás, hubo una pelea y tuve que huir del aparcamiento. Como no podía acercarme a la discoteca a llamar un taxi..., se me ocurrió volver andando.
—¡Andando! —Esta vez aparté el teléfono a tiempo, esperaba otro grito de Nuria.
—Sí, por el camino del río, ya sabes, por el que íbamos de pequeñas en bici.
—Sí, sí, ya me acuerdo. Pero sola y de noche y ¡andando!
—No tenía otra opción.
Esperé en silencio otro rato. Nuria estaría visualizando mi caminata hasta mi casa, con tacones y falda, sola de madrugada.
—¿Pasaste miedo? Lo siento muchísimo.
Su voz era de un tono muy distinto del que había tenido durante el resto de la conversación. Se sentía culpable.
—Bueno, me asusté un poco, pero solo al principio. Por la pelea sobre todo... y por los ruidos en la oscuridad.
—Lo siento, lo siento mucho. Y las demás también están muy preocupadas. Jon y Ager no se han desconectado en toda la mañana; estaban incluso pensando en venir al pueblo a buscarnos y llamar a tu puerta. Se van a sentir fatal cuando se enteren de lo que ha pasado.
—¡No! —exclamé sin pensar.
—No, ¿qué?
—Por favor, Nuria, no les digas nada en absoluto de lo que te he contado.
—¿Qué? ¿Estás loca?
—Prefiero que piensen que cogí un taxi. Me niego a que se sientan todos culpables por lo sucedido. Quiero olvidarlo y listo.
—Ni hablar. Todos te dejamos sola, aunque Jon fuera el último en hacerlo y por completo. Merecemos sentirnos mal por ello y saber lo que tuviste que pasar.
—Nuria, por favor, tú ya estás sufriendo por todos ellos. —Decidí recurrir al chantaje emocional, seguro que no fallaba con su bondadoso corazón—. Enmienda tu error guardando mi secreto.
Dudó durante unos segundos.
—Vale, pero prométeme que me contarás al detalle qué pasó ayer. Jon no ha dejado claro por qué acabó yéndose sin ti. Ager le ha estado echando la bronca durante horas. La conversación múltiple ha sido caótica.
—Bueno, se lo tiene merecido. Yo voy a estar castigada toda la semana. Sin duda, salgo perdiendo.
—¿Y cómo vamos a explicarles lo de tu castigo? —Nuria empezaba a meterse de lleno en su papel de cómplice—. Si se supone que cogiste el taxi a las dos y pico, es imposible que llegaras más tarde de las tres a casa.
—No diremos que estoy castigada.
—¿Y cómo vas a explicar el que no salgas durante toda la semana? Esta tarde vamos a ir al río. Nadie se va a creer que tú no vengas, así, sin más.
Cierto. Yo era la que siempre quería ir al río en cuanto salía un rayo de sol.
—No sé, ya se me ocurrirá alguna excusa. Además, estamos de exámenes.
—¡Brillante! —chilló y mi oído pitó de nuevo—. Podemos decir que conseguiste venir ayer a la disco hasta tarde prometiendo que ibas a estudiar todas las tardes durante una semana. Sabiendo cómo son tus padres con ese tema, colará fijo.
Desde luego, mi amiga era mucho mejor mentirosa que yo y ya se estaba ofreciendo a comentar la mentira ella misma.
—Me parece una excusa muy convincente. Dejo en tus manos que la expandas esta tarde entre los crédulos bañistas —dije con notas de humor por primera vez en la larga conversación.
—De acuerdo. Pero, por favor, diles tú misma que estás bien y que no estás enfadada con el resto. Bueno, con Jon puedes estarlo el tiempo que quieras.
Nuria se rio, aunque el tono con el que pronunció el nombre de Jon no fue nada alegre. Ella también estaba molesta con él.
—Sí, estaré enfadada con Jon, al menos, durante la semana que dure mi castigo.
Si no hubiera bebido más de la cuenta, me habría montado con él en su coche y no habría llegado tarde a casa.
Y, si no hubiera bebido tanto, no habría sido tan repulsivo en su intento de besarme y tal vez aún me seguiría gustando, aunque fuera un poquito.
No, ni aun así. Definitivamente, ese chico se había borrado de mi corazón casi antes de llegar a entrar.
—¿Debo deducir que después de esta semana le perdonarás y le darás otra oportunidad?
—No. Jon queda descartado en ese sentido. Para siempre.
—Vaya, qué rotundidad. ¿Tan mal se portó contigo? —Su tono se endureció—. ¿Qué te hizo?
—Nada, no me hizo nada. Solo estaba borracho.
—¿En serio?
—Sí, e intentó besarme, pero no le dejé.
—¡¿En serio?!
Su repetida pregunta dejó de ser seria para convertirse en curiosa y deseosa de detalles.
—Oye, Nuria, no te imagines cosas. Te repito que había bebido más de lo prudente para conducir.
Me negué a montar en su coche e intentó obligarme.
Le di una torta sin pensar en lo que hacía.
Aun así, siguió dispuesto a llevarme. Entonces, le dije que prefería coger un taxi a ir con él en esas condiciones.
—Muy bien dicho. —Me alegraba que lo aprobara.
—De hecho, le pedí que dejara el coche y fuéramos los dos en taxi, pero no quiso.
—Es un inconsciente. Si se enterara su padre...
—Le quitaría su adorado coche de inmediato. Y le estaría bien empleado, para que dejara de ser un peligro para sí mismo y para los demás.
—Tienes razón. Y lo peor es que te dejó sola, pero él ni siquiera ha sido capaz de decirnos la verdad. Solo que tú te enfadaste con él y que te negaste a montarte en su coche. Respecto a la borrachera y a la torta no ha mencionado nada.