Capítulo 6 #2
—Atento se queda corto para lo que hizo por mí.
Tuvo que darle unos cuantos golpes a mi ex para quitármelo de encima, por lo que su jefe lo despidió de inmediato.
Era uno de los camareros contratados solo como apoyo para esa fiesta, y su palabra contra la de uno de los invitados no valió nada.
Y, después de aguantarme llorando más de una hora fuera del hotel bajo la luna llena malva, entró de nuevo a la fiesta conmigo para bailar antes de llevarme a casa.
Me dijo que estaba demasiado guapa como para irme sin tener un baile de verdad.
—Se le iluminó la cara—. Solo hizo falta una canción para que me enamorara de él por completo.
La miré boquiabierta. Nunca me habría imaginado que mis padres se hubieran conocido de una forma tan romántica.
Tampoco me podía imaginar que mi madre hubiera podido tener un susto tan grande con un chico.
Era de entender que estuviera preocupada por mí con todas las similitudes que había entre aquella noche y la pasada.
—¿Por qué no me lo contaste ayer cuando me diste el vestido?
—No quería preocuparte ni que pensaras que este precioso vestido tenía un pasado un poco... perturbador. Yo prefiero quedarme con el final de aquella noche y con que tu padre se fijó en mí en cuanto me vio gracias a lo favorecedor que es. —Lo extendió para verlo mejor.
—Sí. Es un vestido increíble —reconocí.
—Pero la angustiosa sensación que me invadió al ver el cielo de ese color y los recuerdos del principio de aquella noche me nublaron la mente. No podía evitar pensar que podrías estar viviendo esa misma terrible experiencia.
—Tranquila, mamá, te repito que estoy perfectamente.
No sabía cuántas veces más tendría que asegurarle que estaba bien y que no me había ocurrido nada malo.
—Bueno, y ahora ve a ducharte. Tu padre está ordenando el desván él solo y al final nos va a castigar a las dos —bromeó, riéndose por fin.
—¿Y cómo os ha dado por ordenar el desván de repente?
—Anoche se lo propuse a tu padre durante la cena. Cuando estuve buscando este vestido encontré un montón de cosas que deberíamos tirar. Hay mucho que ordenar. Así que date prisa.
Me dio un empujoncito y salí pitando hacia el baño. Debía ducharme rápido y echar una mano con la limpieza para ser absuelta de mi inminente castigo.
El desván estaba patas arriba cuando subí. Al sortear una muralla de cajas de cartón que taponaba la entrada, tropecé y golpeé una torre de libros que, al caer, hizo efecto dominó chocando contra una lámpara y haciéndola añicos.
—Ups, lo siento —me disculpé avergonzada. Vaya entrada triunfal. Así era imposible liberarse de ningún castigo. Al contrario, tal vez fuera aún más severo.
—Ten cuidado, lo vas a pisar. —Mi padre me apartó de la zona del accidente y recogió meticulosamente los pedazos de bombillas y porcelana.
—Ya lo recojo yo, papá —me ofrecí al instante.
—Deja, deja, no te vayas a cortar. —Cogió una bolsa y guardó las piezas inservibles de la lamparita de noche.
—No te preocupes, Edurne. La íbamos a tirar. Era ya muy vieja —me consoló mi madre.
Respiré aliviada y me puse a recoger los libros que había esparcido de una patada, para guardarlos en una de las cajas culpables de mi torpe entrada.
—¿Qué preferís que haga? —me mostré servicial—. ¿Voy ordenando todo eso? —señalé una montaña de fundas y plásticos que envolvían abrigos y ropa de invierno.
—No, eso de momento lo vamos a dejar así. He estado pensando en poner un armario empotrado en esa esquina. Nos vendrá muy bien para distribuir mejor la ropa de invierno y la de cama. Este se está quedando pequeño. ¿Verdad, cariño?
Mi madre abrió la puerta del único armario ropero que teníamos en el desván. Una docena de perchas cargadas con varias prendas saturaban el mueble y doblaban la barra de donde colgaban. Me pareció una buena idea repartir un poco todo ese peso.
—A mí no me mires. No tengo ni la más remota idea de cómo se monta un armario empotrado.
Mi padre sacudió las manos en alto queriendo eludir cualquier responsabilidad ante la idea de mi madre.
—Bueno, ya le preguntaré mañana a Damián. Por su ferretería pasan muchos carpinteros para comprar materiales. Seguro que él puede recomendarme uno de confianza.
—Como quieras. Pero esas cosas cuestan un pico, hay que hacerlas a medida. Y gastar una fortuna en algo que va a estar en el desván y que nadie va a ver me parece un disparate.
A mí me parecía estupendo poder guardar todo en condiciones, y tampoco podía ser tan caro.
El hueco que había en la esquina estaba limitado por la puerta y la ventana, por lo que no permitía que el armario pudiera ser muy grande.
Aun así, no quise meterme en la discusión habiendo un castigo revoloteando sobre mi cabeza.
—Por preguntar no vamos a perder nada —concluyó mi madre.
Mi padre no protestó, así que asumí que en poco tiempo contaríamos con el segundo armario. Mi madre siempre conseguía lo que se proponía.
Estuvimos toda la mañana limpiando y llenando cajas con recuerdos de juventud de mis padres, juguetes y ropa de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, y varios artefactos extraños que no sabía ni para qué servían.
—Eso era de tu abuelo —me indicó mi padre cogiendo de mis manos una funda cerrada. La abrió y sacó unos prismáticos.
—¿Y para qué quería tu padre una cosa de esas? —pregunté extrañada.
—Le gustaban las aves. Se pasaba los domingos enteros en el monte contemplando los pájaros de los alrededores —me explicó.
Se asomó a la ventana y se llevó las lentes a los ojos.
—¿Ves algo? —pregunté con inocencia.
—Claro, veo muchas cosas —se rio—. Las mismas que vas a ver tú durante toda la semana. —Dejó de reírse y puso los prismáticos sobre mi mano—. Estás castigada sin salir, pero te los dejo para que te entretengas.
—Jo, papá, ¡toda la semana!
—Y agradece que no sea todo el mes. Estaba a punto de salir a buscarte cuando entraste por la puerta.
—Solo llegué media hora tarde. —Intentaba reducir la condena, aunque solo fuera un poquito.
—Tu hora de llegada es las doce. Confié en ti y te dejé tres horas más. Lo que son seis medias horas más. —Hice cálculos en mi cabeza. No eran muy difíciles—. Pero a ti te pareció poco y decidiste tomarte media hora extra sin avisar, preocupándome al pensar que te había ocurrido algo.
—Lo siento, no lo hice a propósito, de verdad. —Esta vez pedí disculpas porque me sentía realmente culpable. Eludir el castigo ya era algo secundario. Odiaba la sensación de haber defraudado a mis padres y de haberlos preocupado. Me resigné a lo que me tocara pagar.
—Así que, si sumamos, llegaste siete medias horas tarde a casa. Si por cada una de ellas te castigo un día, nos da una semana.
—¿Hasta el sábado? —pregunté confusa. Los cálculos de mi padre me tenían desconcertada.
Qué forma tan complicada que elaborar mi castigo.
Me di cuenta de que era el primero desde el día de notas del segundo trimestre de sexto curso.
Estuve todas las tardes y los fines de semana estudiando para recuperar en la evaluación final y poder pasar a secundaria
—Sí, siete días, desde hoy hasta el sábado incluido. Y más vale que te vea aprovechar el tiempo estudiando para los exámenes finales, no vaya a ser que se me cruce un cable como a ti y te ponga un día extra sin avisarte. —Salió por la puerta sin dejarme dar más réplicas.
Estaba molesto conmigo de verdad. Decidí aceptar la culpa y apechugar con lo que me esperaba esa semana. Ir al instituto a la mañana y a la tarde quedarme en casa a estudiar. Ni siquiera podría salir el sábado. ¡Ni siquiera podría salir esa misma tarde!
Me entró claustrofobia solo de pensarlo y me asomé a la ventana para poder respirar.
Hacía un día tan espléndido que parecía verano.
Mis amigas seguro que irían al río y yo me iba a tener que quedar en casa.
El río. Recordé por tercera vez al chico de la cabaña y los prismáticos parecieron quemarme en las manos.
—Edurne, baja a comer —me gritó mi madre desde la cocina.
—¡Ahora mismo voy!
Me apresuré a enfocar las lentes tratando de divisar la cabaña, pero el recodo del río la escondía entre unos árboles.
Tan solo se podía apreciar parte del puente entre las dos últimas casas de la urbanización.
Recorrí de lado a lado varias veces lo que sería la longitud del puente, intentando detectar el punto donde se acababa y comenzaba el camino hacia la cabaña.
De pronto, un bulto blanquecino se cruzó a gran velocidad en la imagen.
Traté de seguirlo como en una carrera de caballos, pero lo perdí la pista.
Me moví arriba y abajo hasta que volví a detectar un movimiento poco nítido.
Ajusté el enfoque y pude apreciar una especie de camioneta beige adentrándose en el camino hacia la cabaña.
El espesor de los árboles me impedía ver más allá.
—¡Edurne! —El grito era de mi padre.
—¡Ya bajo! —respondí sin dejar de mirar por la ventana.
Había alguien allí, no lo había imaginado la noche anterior. Me pareció ver la parte trasera del vehículo tipo pick-up retroceder marcha atrás y detenerse. Pero estaba demasiado lejos como para identificarlo bien y no sabía si mi imaginación estaba empezando a jugarme una mala pasada.
Decidí darme por vencida por el momento y bajar a comer antes de que mis padres sumaran el domingo siguiente a mi semana de castigo.