Cuando la noche es púrpura Capítulo 6
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Capítulo 6

M e desperté sobresaltada. Algo tocaba mi brazo y me zarandeaba. Abrí los ojos de golpe y saqué las manos de debajo de mi almohada, adoptando una postura defensiva.

—Edurne, hija, despierta. —La voz de mi madre me tranquilizó.

—Mamá, ¿qué pasa? —pregunté bostezando—. Me has asustado.

—Son las diez. Es mejor que te levantes.

No podía creer que fuera ya por la mañana. Estaba tan cansada que me parecía haber dormido menos de un par de horas.

—Anda, mamá, déjame dormir un ratito más. Es domingo —le rogué y me di la vuelta antes de taparme hasta el cuello con mi edredón.

—Edurne, tu padre está bastante enfadado por la hora a la que llegaste ayer. Es mejor que te levantes ya y nos eches una mano con el desván.

Tuve aún menos ganas de levantarme al recordar todo lo sucedido el día anterior. Pero no quería ganarme un castigo. Así que intenté no pensar en ello por el momento y me senté en la cama.

—Vale. Ahora mismo voy.

Mi madre me frotó un párpado con el dedo.

—Te acostaste sin desmaquillarte.

Me restregué los ojos. Tenía las pestañas duras y unos grumillos negros se deshicieron en las yemas de mis dedos.

—Papá me acompañó hasta la habitación y cerró la puerta en cuanto entré. No quise volver a salir —confesé—. Por cierto, gracias por recoger toda mi ropa. Te tuvo que llevar horas.

Mi madre sonrió y asintió con la cabeza, pero enseguida volvió a ponerse seria.

—¿Qué pasó realmente, hija? La excusa del guardarropa no es muy convincente.

Cogió mi nariz y movió mi cabeza tirando de ella. Capté al vuelo su intención de hacerme sentir tan mentirosa como Pinocho.

—Mamá, en serio tuve algunos problemas con el ticket.

Pero no es solo por eso que llegué tarde.

Pasaron algunas cosas que no esperaba y que...

no pude evitar. — Nunca le había mentido a mi madre.

Sí era cierto que le había omitido algunas verdades, pero jamás le había mentido de forma directa—.

Te prometo que hice todo lo que estuvo en mi mano para llegar a la hora.

—En eso era muy sincera—. Aun así, acabé llegando treinta minutos tarde.

Podría haberle contado toda la verdad. La historia era bastante más inverosímil que lo que le había dicho a mi padre la noche anterior, pero seguro que la habrían dado por cierta sin problema.

Tenía demasiadas cosas capaces de aterrorizar a unos padres que las habrían creído a pies juntillas: drogas, peleas, un chico que pretende sobrepasarse con su hija, quien después se adentra en el bosque sola y se cruza con un extraño que bien podría haber sido un fantasma, pero que yo recordaba como un hombre muy atractivo y... semidesnudo.

No solo no les quería contar toda la verdad por no preocuparlos.

Si lo hacía, mi padre iría a buscar a Jon y, como poco, hablaría con sus padres para informarles de que su hijo conducía ebrio.

Curiosamente, el hijo de un inspector de policía.

Y, si le contara las intenciones que había tenido conmigo, quizá mi torta sería solo una caricia comparada con lo que mi padre le haría.

—Veo que no me vas a dar más detalles. —Se resignó y se levantó de mi cama para llegar hasta el vestido que estaba apoyado sobre la silla de mi escritorio—. Pero, por esa media hora, es probable que tu padre quiera que te pongamos un castigo.

—Lo entiendo, mamá, no te preocupes.

Sabía que los había defraudado, sobre todo a ella, que era quien había convencido a mi padre para que me dejara llegar a casa tres horas más tarde de lo habitual un sábado.

—¿Cómo quieres que no me preocupe? —Apretó el vestido entre sus manos—. Cuando la noche es púrpura..., nunca se sabe lo que puede ocurrir.

La miré extrañada esperando más explicaciones. Ella no quitaba la vista del vestido.

—¿Viste el color del cielo anoche? Fue asombroso —comenté esperando que mi madre despertara de su ensimismamiento.

—Sí, precisamente por eso estaba tan preocupada. Tanto que tu padre tuvo que obligarme a que me fuera a la cama. Me prometió que te esperaría despierto y, si a las tres en punto no habías llegado, él mismo iría a buscarte.

Me sorprendió de forma poco grata la angustia repentina de mi madre.

Ella era la que más confiaba en mí, la más permisiva en comparación con mi padre, que siempre había sido mucho más estricto.

En cambio, esta vez era ella la madre histérica que no podía dormir porque su hija estaba fuera de casa.

Y mi padre, al contrario, me había dejado un margen de al menos media hora antes de salir en mi busca.

¿Cuándo se habían intercambiado los papeles?

—¿Y por qué te preocupaste tanto de pronto?

Me miró levantando por fin la vista del vestido y volvió a sentarse a mi lado en la cama. Cogió aire antes de darme su desconcertante explicación.

—Después de cenar, tu padre y yo nos pusimos a ver una película de esas de mafiosos.

Antes de que acabara se quedó dormido, ya sabes, nunca ve una película entera.

—Era cierto, las películas tenían un efecto somnífero en mi padre, bien fuera de noche o de día—.

Cuando terminó no quise despertarle y salí al columpio del porche a tomar el aire.

En cuanto vi el cielo, me dio una taquicardia.

Hacía exactamente veinticinco años que había visto por primera vez una noche púrpura, y precisamente ayer tú ibas a estar fuera de casa hasta la madrugada.

Tú, mi hija pequeña, con la misma edad que yo tenía aquella noche y llevando el mismo vestido que yo llevé. Demasiadas coincidencias.

No entendía nada. Era cierto que a mí también me había parecido curiosa la coincidencia, sobre todo porque hasta esa misma tarde no había sabido nada de la historia sobre el vestido y el cielo de casi el mismo color.

Pero si aquella noche había conocido a mi padre, para ella debería haber sido un recuerdo agradable.

—Sí, es una casualidad. Aunque no creo que tuvieras que angustiarte por eso —comenté tratando de ser racional.

—Ahora que te veo a salvo en casa yo también lo creo así.

Sin embargo, ayer me parecía muy distinto.

—Noté cómo sus manos apretaban el vestido con fuerza de nuevo—.

Esa noche pasaron cosas muy buenas, conocí a tu padre y me enamoré de él desde ese mismo momento.

Pero también ocurrieron cosas terribles que...

prefiero no recordar. Tenía miedo a que pudiera pasarte algo malo a ti también.

Me quedé muy preocupada. ¿Qué le habría ocurrido a mi madre aquella noche? A mí no me había sucedido nada malo de verdad, pero podría haber sido así.

Si me hubiera montado en el coche con Jon, quizá él habría perdido el control del volante en las curvas hacia el pueblo por causa del alcohol.

Tal vez nuestra discusión había resultado más beneficiosa de lo que pensaba, salvando la vida de ambos.

Además, si me hubiera dirigido unos segundos antes al parking podría haberme visto envuelta en medio de aquella pelea.

Y si por el camino del río hubiera habido algo o alguien peligroso...

Pero no había sido así, solo había visto a aquel misterioso chico que, por segunda vez desde que me había despertado, me venía a la mente con la forma de una fastuosa silueta púrpura.

—No te preocupes mamá, en serio, no me ha ocurrido nada malo.

Pude ver unas lágrimas recorriendo sus mejillas. No la veía llorar desde hacía más de un año, cuando mi hermana había dado a luz a la pequeña Saray. Y, en aquel momento, fueron lágrimas de alegría.

—¡Eh! ¡Mamá! —La abracé como lo hacía ella conmigo en estos casos. De pronto me sentí como si estuviera abrazando a Natalia o a Nuria. Era como si realmente hubiera retrocedido veinticinco años la noche anterior.

—¡Ay, hija! Perdona, no sé qué me ha pasado. —Se apartó un poco y secó las lágrimas.

—¿Qué te ocurrió ese día, mamá?

Ella se quedó callada unos instantes. Su mirada seguía siendo como la de una adolescente cuando me contó, solo a medias, lo ocurrido.

—Digamos que quien creí que era el amor de mi vida me causó una gran decepción.

Yo estaba fascinada por él, solo tenía dieciséis años y en cambio él se graduaba a final de curso.

Llevábamos dos meses de novios cuando me invitó al baile, al que solo iban los de su edad.

Me trató como una princesa hasta esa noche, que me dejó prácticamente sola para irse a beber con sus amigos a escondidas.

Cuando volvió estaba tan borracho que...

Mi madre cogió aire y lo expulsó a pequeños golpes. Le temblaban las manos.

—¿Qué? ¿Qué te hizo mamá? —pregunté asustada, como si lo estuviera viendo con mis propios ojos.

—No pudo llegar a hacerme nada porque tu padre lo evitó. Pero la historia habría sido muy distinta si él no hubiera estado allí.

Volví a abrazar a mi madre. Parecía un pajarillo tembloroso.

—Lo siento mucho, mamá —dije intentando que mi voz no se quebrara.

—No lo hagas, Edurne. Si no hubiera ocurrido lo que ocurrió, quizá nunca habría conocido a tu padre y ahora no estaríamos aquí hablando tú y yo.

Me dio un beso en la frente y se levantó.

—Espera, dime qué sucedió después. —Me apresuré a levantarme de la cama para impedir que se fuera sin terminar la historia.

—Bueno, mi ex encontró enseguida otra chica con la que hacer lo que pretendía hacer conmigo. Pude comprobarlo al pasar junto a su coche cuando me monté en el de tu padre, que me llevó a casa esa noche... y todas las noches después de esa.

—Vaya cerdo —dije sin querer en alto lo que pensaba sobre el ex de mi madre—. En cambio, papá qué atento.