Cuando la noche es púrpura Capítulo 5
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Capítulo 5

Vicente amarró, en la parte trasera de una camioneta que había visto días mejores, el último de los muebles que su aprendiz iba a llevarse para empezar una nueva vida.

El chaval los había construido con sus propias manos, bajo su supervisión, pero con bastante autonomía y, sobre todo, un arte innato.

Era digno hijo de su padre, que Dios lo tuviera en su gloria.

Vicente esperaba que los dos años que Andoni había pasado bajo su tutela ayudaran al alma de su antiguo socio a descansar realmente en paz, junto a la de su devota esposa.

—¿Lo llevas todo?

—Aunque tuviera algo más, no habría dónde meterlo.

Vicente rio y Andoni correspondió a su carcajada.

Era sobrecogedor contemplar el buen humor que había ido desarrollando con el paso del tiempo.

Había tardado varios meses en verlo sonreír de verdad por primera vez desde que se presentara una mañana en su carpintería solo con un petate al hombro, ropa insulsa sobre un cuerpo desgarbado de adolescente y unos ojos vacíos de esperanza.

Sin embargo, su voz fue firme cuando solicitó una oportunidad como aprendiz en memoria de Mikel Elexalde.

Él se la había dado. Y ahora levantaba el vuelo en busca de su propio destino, pero con más músculo sobre los huesos, la autoestima sanada, una profesión con referencias y, sobre todo, sabiendo que tenía un refugio al que siempre podría volver si las cosas se torcían.

—También podrías volver en un par de semanas y llevarte el resto. ¿O es que no piensas venir ni de visita?

—Vendré a verte, sabes que sí. Pero no en un par de semanas.

Necesito empezar de cero y establecerme en un lugar donde nadie me conozca, donde el pasado no me mire a la cara cada vez que me cruzo con un vecino.

Solo quiero ser la persona que podría haber sido si nada hubiera ocurrido como ocurrió.

Sé que nunca podré olvidar, pero no quiero que sean otros los que me lo recuerden día tras día. Necesito... una vida normal.

—La tendrás, porque te la mereces.

Su risa seca destilaba mucho dolor acumulado.

—Sabes tan bien como yo que eso no funciona así en esta vida. La gente no tiene lo que se merece. ¿O acaso mi madre se merecía lo que le pasó? ¿Y mi padre? —La voz apenas le salió cuando añadió—: ¿Y yo?

—Eres muy joven para ser tan escéptico. Sé que has pasado por mucho, pero siempre hay que creer que algo bueno está por llegar.

—Si algo parece demasiado bueno, es que no es real. Y, si lo es, se va a acabar pronto.

—Ya te digo yo que no. Y no me lleves la contraria, que soy más viejo y más sabio que tú.

Aunque lo cierto era que, en sus veinte años, Andoni había adquirido la sabiduría de un hombre del doble de su edad. La vida le había enseñado muchas cosas demasiado pronto; la mayoría, demasiado duras.

—Entonces, dime cómo podría saber si algo es bueno y verdadero.

—Es muy fácil. Tienes que hacer caso de las señales.

—¿Qué señales?

—Oh, de todo tipo. Solo hay que abrir bien los ojos y estar atento.

—¿Ese es tu consejo de despedida?

—Es mi consejo de cumpleaños. Felicidades, chaval. —Vicente echó mano a su bolsillo trasero y sacó un sobre—. Y te aseguro que es más valioso que estas cuatro perras que quiero que te lleves, por si las moscas. Tss, tss, y sin que discutas conmigo —lo cortó cuando Andoni fue a rechazar el dinero.

—Vicente, es demasiado, no puedo aceptarlo. La carpintería no va tan bien como para...

—Son veinte mil euros, mil por cada año que cumples. Sé que no te los vas a gastar a lo loco: los invertirás, les sacarás rentabilidad y solo recurrirás a ellos cuando los necesites.

—Yo...

—Solo di gracias.

—Gracias, Vicente. Por todo.

Se dieron un abrazo de los que cortan la respiración, pues ambos eran corpulentos, y no se avergonzaron de que se les escaparan algunas lagrimillas, pues también eran hombres de gran corazón. Si bien el más joven de los dos tenía tantas heridas que a veces se preguntaba cómo podía seguir latiendo.

—Suerte, Andoni. Y recuerda, estate atento a las señales. Siempre las hay.

Aunque no quiso hacer mucho caso de aquel idealista consejo, Andoni no lo olvidó.

***

Domingo 14 de mayo, cerca de las 3 a. m.

Anduve deprisa y mirando al suelo. El sonido de la noche me ponía los pelos de punta.

Las aves nocturnas, el viento entre los árboles, la corriente del río...

Hasta el sonido de mis propios pasos me hacía temblar.

Estaba segura de que era de miedo, porque era imposible tener frío con aquella brisa templada que alborotaba mi melena, demasiado cálida para mediados de mayo.

Pero aquella noche tenía algo aún más extraño que la temperatura del aire.

Cuando me detuve para quitarme el bolero, acalorada por la caminata, alcé la vista por primera vez después de casi una hora andando.

No solo el río tenía aquel tono inverosímil que había visto antes de comenzar mi caminata, sino que todo el cielo se veía de un intenso color púrpura.

Me impresionó tanto que me quedé absorta mirándolo y perdí la noción del tiempo.

Recordé la historia que me había contado mi madre sobre su fiesta de fin de curso.

La noche que conoció a mi padre también hubo un cielo como el que yo estaba contemplando en ese momento y, además, llevaba el mismo vestido que ella usó aquella noche.

Me dio un escalofrío al percatarme de la coincidencia, teniendo en cuenta que yo no había visto un cielo tan bello en toda mi vida.

Me agaché para coger una piedrecilla del camino y lanzarla al río. Al caer, unas ondas rompieron la calma de las aguas haciendo temblar el reflejo de una luna llena malva.

Un ruido que provenía de la orilla me sobresaltó y, aunque mi reacción fue echar a correr de nuevo, no pude moverme.

—¿Quién anda ahí?

Seguí el sonido de la voz y pude ver a un joven acercándose desde el río, a solo unos pasos a mi derecha.

Llevaba puestos unos vaqueros algo caídos y una camisa de manga corta completamente abierta, que dejaba a la vista sus clavículas antes de unos prominentes pectorales cubiertos de un ligero vello oscuro que dibujaba una línea hasta su ombligo.

Reseguí con la mirada su abdomen hasta los botones desabrochados de sus pantalones, donde el hueso de su cadera se marcaba de forma indecente.

Tragué saliva cuando se detuvo a dos pasos de mí y me vi atrapada en su mirada. Sus ojos, aunque reflejaban sorpresa, tenían una sombra de tristeza que me estrujó el corazón.

—¿Y tú de dónde sales? —me preguntó, aún inmóvil, y su voz grave retumbó en mi pecho como un tambor.

—¿Quién? ¿Yo? —balbuceé como una boba. Era evidente que se dirigía a mí. No había nadie más que nosotros dos—. Voy a mi casa. ¿De dónde sales tú?

El chico señaló hacia el río.

—Yo estoy pescando.

Salí del camino y me acerqué muy despacio y con desconfianza a la orilla, con mi chaqueta en una mano y el bolso en la otra. Pude ver una caña apoyada contra el suelo de un pequeño embarcadero. Me giré de nuevo hacia el bosque y descubrí que había llegado a la cabaña del pescador.

Ese pequeño y viejo edificio llevaba más de diez años abandonado, desde que su dueño había muerto.

Bueno, nadie sabía realmente si había fallecido o no.

Era un hombre solitario y un día, sin más, desapareció.

Yo tenía unos siete años cuando sucedió aquello y a los niños nos asustaban contándonos que el pescador se había ahogado.

Se suponía que así no solo no nos acercaríamos a la cabaña abandonada, sino que también tendríamos cuidado al meternos en el río.

Pero aun sabiendo que aquella historia tenía que ser una invención para espantar a los niños, toda la piel se me erizó al ver una tenue luz dentro de la cabaña. ¿Y si tenía delante de mí al fantasma del pescador ahogado?

No, eso era imposible. No solo porque estaba segura de que los fantasmas no existían, sino porque el pescador que había vivido allí era un hombre de más de cincuenta años.

Este muchacho no pasaba de los veinte. Y otra cosa era segura: si existieran los fantasmas, no podrían ser tan arrebatadores como lo era él.

Me descubrí a mí misma admirándolo, embelesada.

No tenía la perfección de las facciones de Jon, sin embargo, su aspecto destilaba algo mucho más...

sensual. Algo en mi interior luchaba contra mi lógica y pretendía que me acercara y...

lo tocara. Nadie antes había despertado en mí esa sensación tan carnal, mucho menos de forma tan inmediata y a varios metros de distancia.

Pero es que su rostro y su silueta dibujados sobre un fondo púrpura me habían hipnotizado, al igual que su mirada.

Un reconocimiento en ella parecía querer decirme que llevaba mucho tiempo esperándome.

Pero aquello... aquello no era posible.

Agité la cabeza para despertar y marcharme de allí cuanto antes.

—¡Dios mío! ¡Las tres y cuarto! —exclamé tras mirar mi reloj.

Eché a correr hacia el camino.

—¡Espera! —solicitó con voz estrangulada.

Miré hacia él un instante, justo al pasar por su lado.

Tenía una mano, grande y hermosa, extendida hacia mí como si pretendiera alcanzarme, pero seguí corriendo hasta el puente sin detenerme.

Comencé a cruzarlo y, cuando estaba a mitad de camino, me detuve sin saber por qué.

Tal vez quería comprobar que lo que acababa de ver era real.

El chico estaba petrificado, en el mismo lugar donde lo había dejado y con el brazo medio levantado.

Tras él podía distinguir la cabaña iluminada por la suave luz que emanaba de su interior.

Y, entre él y yo, una luna llena de un color de otro mundo se reflejaba en un río violáceo.

Memoricé esa escena como una fotografía y me marché corriendo lo más rápido que pude. Ya llegaba demasiado tarde.

El reloj del salón anunciaba las tres y media cuando entré por la puerta.

—Llegas tarde —dijo una voz tenebrosa desde el sillón de la sala.

Di un brinco al oír a mi padre. Se levantó y se acercó hasta mí tras encender la luz de la entrada.

—Yo... lo siento. Es que perdí el ticket del guardarropa —me excusé, sabiendo que no iba a servir de nada.

Además, mi madre no estaba allí esta vez para interceder por mí.

Seguro que mi padre le había dicho que no se preocupara, que él se quedaría despierto para esperarme mientras ella dormía.

El día anterior había tenido guardia en el hospital donde trabajaba como enfermera y no podía perder horas de sueño.

—No he oído ningún coche llegar hasta aquí. ¿Cómo has venido?

—Ager y Jon nos han dejado en casa de Natalia. Luego cada una nos hemos ido andando...

No me dejó seguir. Era mejor así, no habría sabido continuar con esa mentira.

—Es muy tarde. Vete a dormir. Mañana hablaremos sobre esto.

Me miró a los ojos, atravesándolos. Sin duda, quería comprobar que no estaban rojos ni con las pupilas dilatadas.

Subí a mi habitación delante de él. Esperó a que diera la luz y entrara. Cerró la puerta él mismo. ¿Acaso pensaba que iba a volver a marcharme?

Lo primero que vi fue mi cama vacía. Imaginé que mi madre habría recogido para que al volver pudiera acostarme directamente.

Abrí el armario para buscar mi pijama y encontré toda mi ropa doblada y colgada.

Me sentí fatal. Se habría pasado media tarde ordenándolo todo.

Le debía otra semana de plancha por ello, incluso dos. Estaba agotada y solo quería dormir.

Me giré y me vi reflejada en el espejo del armario.

Estaba un poco despeinada y el maquillaje se había desvanecido casi por completo, pero, a pesar de eso, tenía un aspecto estupendo con aquel vestido, que seguía impecable después de horas bailando y otra más caminando por el bosque.

Recordé al muchacho de la cabaña, la foto que había grabado en mi mente bajo aquel cielo de una belleza quimérica.

La imagen que estaba viendo en el espejo era la que él había visto en ese momento, bajo otra luz mucho más hermosa que la de mi habitación, pero me sentí aliviada de no estar hecha un asco, sobre todo cuando él me había resultado tan atrayente.

Me quité con desgana el vestido, reacia a dejar de contemplar la imagen que él había visto de mí por miedo a que se me borrara de la memoria la que yo había visto de él.

Me puse el pijama, apagué la luz y me metí en la cama sin lavarme la cara.

No podía ir al baño. Mi padre se levantaría de nuevo para comprobar que no me escapaba de casa.

Cerré los ojos y me quedé dormida pensando en la triste mirada del misterioso hombre que, de forma inesperada y desconcertante, me había hecho ser consciente de hasta qué punto eran poderosos mis instintos más primarios de mujer.

Porque algo me había empujado a acercarme a él, y no solo por la forma en que se me había encendido la sangre al contemplar las partes desnudas de su cuerpo.

Algo que trascendía lo físico me susurraba que hacerlo no solo estaba bien, sino que era de una importancia vital.

Y que, por lo tanto, tenía que volver a verlo.