Cuando la noche es púrpura Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Solo quería quedarme un rato más contigo para que arregláramos lo que había pasado. Es lo primero que se me ha ocurrido. Venga, perdóname.

—¿Ibas a hacer que me quedara hasta las cinco aun habiéndote dicho que tenía que llegar a casa a las tres? —le reproché—. ¿Acaso quieres que mis padres me castiguen?

—No, había pensado buscar a mi primo un poco antes para pedirle que las sacara él. No iba a llevarte a casa más tarde de las tres, de verdad.

—Jon, son ya las dos de la mañana. —Me encaré con él en medio del aparcamiento casi desierto—. ¿Cuánto pensabas esperar?

—Solo hasta que arregláramos lo nuestro, de verdad —me repitió.

—¿Y si no se arreglaba? —Le di la espalda y abandoné la zona asfaltada para adentrarme en el camino al merendero. Ya no me apetecía montarme con él en el coche, pero era tarde y tenía que marcharme. Pude ver desde lejos la plaza vacía donde Ager había dejado su Golf. Se habían ido sin mí.

—Edurne, sé que podemos arreglarlo —insistió Jon.

Aceleré el paso. Cuando estábamos justo delante de su coche, me agarró por la cintura poniéndose frente a mí.

—Me gustas mucho y haré lo que sea para que estés conmigo —me susurró a la vez que me apoyaba contra su coche.

Noté su aliento muy cerca de mi cara. Olía a whisky. Lo sabía porque mi padre siempre se tomaba un vasito en Nochevieja después de la cena. Odiaba aquel olor.

—Suéltame, Jon.

—No.

Empecé a asustarme de verdad.

—Jon, te he dicho que me sueltes.

—Y yo te he dicho que no. Al menos, hasta que me des un beso.

Giré la cara para no oler su aliento ebrio.

—Jon, por favor. Sé que has bebido algo más que un par de cubatas de ron.

—¿Y qué esperabas después de lo que ha pasado antes?

—No lo sé. Cuando tengo una discusión suelo hablar con esa persona para arreglarlo.

—Eso es lo que estoy haciendo. —Su cara estaba cada vez más cerca de la mía.

—Pero yo no recurro al whisky para que me dé valor.

—Ya estamos con eso de nuevo. Sí, me he tomado un par de whiskys. ¿Y qué pasa? —Retrocedió un pequeño paso, dándome algo de espacio.

—Pasa que no pienso dejar que conduzcas en ese estado. Nos vamos en taxi.

—De eso nada. —Sacó las llaves de un bolsillo de su pantalón—. Monta.

Abrió la puerta del copiloto y se dirigió a la del conductor.

—No. No voy a ningún lado contigo.

—Ah, ¿no?

—No. —Me crucé de brazos—. Si quieres matarte al volante, adelante. Pero yo no voy a presenciarlo. —Me eché un farol. Esperaba que recapacitara y que viniera conmigo en taxi. Que hubiera dejado de gustarme definitivamente no significaba que me diera lo mismo su vida.

—Eso ya lo veremos —gruñó y, acto seguido, se dirigió hacia mí.

Me agarró de un brazo e intentó meterme a la fuerza en el coche. Reaccioné por instinto y le di una sonora torta.

Me miró con los ojos muy abiertos y la mandíbula apretada. Por un momento pensé que me iba a devolver el golpe. Lo creí completamente capaz de hacerlo. Tras unos segundos inmóvil, retrocedió dos pasos y se llevó la mano a la cara.

—Tú sabrás, pero dudo que encuentres un taxi disponible por aquí.

Se montó en el coche, aunque sin cerrar la puerta del copiloto. Aún esperaba convencerme.

—Llamaré desde el móvil —zanjé, dando un portazo que resonó en el silencio de la noche.

Jon cerró la suya dando un portazo aún más fuerte y arrancó su León.

Esperé allí parada hasta que lo perdí de vista. En el fondo esperaba que diera la vuelta. No lo hizo. Vivía en Pamplona, tenía un buen trecho hasta su casa. Confiaba en que no tuviera ningún accidente por el camino.

Me senté en una de las mesas del merendero para calmarme. Me temblaban las rodillas.

Tras unos minutos convenciéndome a mí misma de que había tomado la decisión correcta, abrí mi bolso para coger el móvil.

No lo encontré. Revolví el contenido, incluso lo vacié sobre la mesa de madera, pero nada.

Hice memoria y recordé dónde lo había dejado.

Estaba sobre mi cama, debajo de la gran montaña de ropa que tendría que recoger cuando llegara a casa.

Y ese era el problema. ¿Cómo iba a volver?

Miré mi reloj. Eran las dos y cuarto. Tenía tres cuartos de hora para llegar, contando el tiempo que tardara en encontrar un teléfono para llamar un taxi.

Pensé en entrar de nuevo en la discoteca.

Llevaba el sello en la mano y me dejarían pasar.

Seguro que tenían un teléfono público. Si no, podría pedirle a Agus, que tan amable había sido con nosotros, que me dejara su móvil. Sí, seguro que me ayudaba.

Me levanté y me dirigí de nuevo La Loko. No se veía a nadie, solo unas docenas de coches aparcados. Justo antes de dejar atrás el camino de tierra para poner un pie en el asfalto del aparcamiento, oí unos gritos a pocos metros.

Un chico corría como alma que lleva el diablo y otros tres lo seguían gritándole insultos de todo tipo. El chico intentó abrir un coche, pero uno de sus perseguidores lo empujó, tirándolo al suelo. Los otros dos llegaron y, sin dejar que se levantara, empezaron a darle patadas.

Por puro instinto eché a correr de nuevo hacia el merendero, oyendo los gritos del chico a mis espaldas.

Si hubiera tenido allí mi móvil, habría llamado a la policía.

Pero no lo tenía. Me sentí fatal por no poder hacer nada más que correr como una cobarde.

¿Pero qué iba a hacer yo sola contra tres chicos?

Avancé hasta llegar a los primeros árboles del bosque y me escondí tras ellos. Asomé poco a poco la cabeza y pude ver que había un círculo de gente alrededor de varias personas que ahora peleaban de pie, dándose puñetazos unos a otros.

Respiré aliviada de que alguien hubiera socorrido al chaval, aunque seguía sin gustarme la idea de ver a un grupo de gente dándose de golpes como salvajes.

Noté cómo mis piernas temblaban de nuevo y me agaché bajo los árboles, apoyando la cabeza en mis rodillas y tratando de pensar qué hacer. Tenía que largarme de allí.

Cuando levanté la vista, que ya se me empezaba a acostumbrar a la oscuridad del bosque, pude distinguir el río frente a mí.

Se veía de un raro color lívido bajo la luz de la luna.

Recorrí con la mirada el cauce y encontré la respuesta.

Podía volver andando, siguiendo la ribera del Bidasoa.

Había recorrido ese camino multitud de veces con mi bicicleta.

No eran más de cinco kilómetros y no tenía pérdida.

Solo debía seguir el río y no cruzar ninguno de los puentes hasta haber pasado la cabaña del pescador.

El puente de piedra que había poco después de esa cabaña abandonada era el más cercano a la carretera que llevaba al pueblo.

Desde allí, solo me quedaba un kilómetro hasta casa.

Sopesé las alternativas y, viendo que la pelea no cesaba, me adentré en el bosque hasta llegar al río.