Cuando la noche es púrpura Capítulo 4
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Capítulo 4

N erea y Tania volvieron del baño y se unieron al círculo, donde todos estábamos callados desde que Jon se había ido.

—¿Quién se ha muerto? —preguntó Nerea al ver nuestras caras largas.

—Nadie. Solo ha sido una pelea de enamorados. —Natalia me miró con los ojos entrecerrados. Sabía que intentaba leer en los míos qué es lo que había pasado en realidad, pero no pudo. Ni siquiera yo sabía qué era lo que le había sucedido a Jon.

No entendía por qué me había hablado así y no podía creer que pensara de mí todas esas cosas horribles que me había dicho.

Que estuviera celoso era la única excusa que se me ocurría.

Pero, si era esa la razón, tenía que ser celoso en extremo.

Apenas había estado un minuto con aquel pobre chico al que Jon había espantado con solo unas palabras y aquel movimiento de «estoy marcando mi territorio».

Lejos de sentirme halagada, me vi como una propiedad que él se había adjudicado sin permiso de nadie. Yo nunca le había dado esperanzas de nada, y mucho menos le había provocado, como él me acusaba.

Sí, era cierto que quería que me viera guapa ese día, pero eso solo lo sabía yo, bueno, y mi madre.

Que me gustaba, nada más lo sabían mis amigas.

En todo momento me había comportado igual que ellas con él, si acaso esa noche le había cogido del brazo en un par de ocasiones, y solo para hacer las paces.

¿Aceptar bailar juntos le daba derecho a celarme de cualquiera que se me acercase?

Pensé en todo aquello enmarañándolo en mi cerebro mientras pedíamos algo de beber en la barra antes de subir las escaleras hacia la zona VIP.

La música electrónica sonaba a menor volumen y mis oídos descansaron al entrar de nuevo en aquel salón selecto, en el que solo quedaban unas diez personas. Ya era la una de la madrugada.

Vimos a Jon sentado en la barra, hablando con su primo. Ni siquiera se giró para mirarnos cuando los saludamos antes de sentarnos en uno de los sofás en forma de medialuna que rodeaban las mesas.

Aproveché para quitarme los zapatos, al igual que Nuria. No me dolían los pies como a ella, que tenía rozaduras en los talones y en cada uno de los dedos, pero sí los sentía cansados.

—Ahora vengo, chicas. —Ager se dirigió a sentarse junto a su amigo en la barra.

—Tráelo aquí. —La voz de Natalia sonó tan alto que el propio Jon tuvo que oírla.

Mis amigas se enfrascaron en una conversación de lo más distendida sobre lo bien que se lo estaban pasando, sobre lo brutales que habían sido las canciones previas a la sesión de lentos y lo buenos que estaban los chicos que se habían sentado junto a ellas esa media hora.

Lástima que ninguno se hubiera acercado para sacarlas a bailar.

—Haberlos sacado vosotras —comenté intentando unirme a la conversación para no mirar a Ager y a Jon ni tratar de adivinar de qué estaban hablando.

—Yo no tengo tantas agallas, Edurne. —Nuria meneó la cabeza de lado a lado.

—Ni yo —admitió también Nerea—. Si fuéramos tan guapas como Natalia y tú, seguro que nos atrevíamos. Sabéis de antemano que os van a decir que sí.

—No tiene por qué. Tal vez el simple hecho de atreveros a hacerlo los impresione y accedan encantados —les dije con total sinceridad—. Además, hoy estáis las tres estupendas. Y yo no me considero más guapa que ninguna de vosotras.

—Esa es tu opinión, pero te llevas a los chicos de calle —me dijo Tania señalando a Jon. Seguía concentrado en su conversación con Ager.

—¡Ya te digo! Hoy te has ligado a otro —exclamó Nuria, apoyada sobre la mesita de cristal que nos separaba, inclinada hacia mí—. ¿Quién es ese tal Javi?

Mis amigas juntaron sus cabezas formando un corrillo, dispuestas a escuchar un cotilleo mucho más jugoso de lo que era en realidad.

—Solo es un chico que me ha querido invitar a una copa. Apenas nos ha dado tiempo a presentarnos. Jon ha llegado y lo ha espantado en menos de un minuto.

—¿Es solo por eso que habéis discutido antes? —Natalia me miraba con el ceño fruncido.

—Sí, es verdad. —Nuria también estaba mosqueada—. ¿Qué tripa se le ha roto? ¿Por qué se ha puesto así?

—Si os soy sincera, no tengo ni idea. Me ha dicho cosas rarísimas de que tengo dos caras, que me hago la niña buena... En fin, prefiero no pensarlo.

—Uf, eso es que estaba celoso, seguro. No le hagas caso, se le pasará —me dijo Natalia quitándole importancia. Para mí sí la tenía.

Nuestro íntimo corro fue invadido por el primo de Jon, que nos traía una botella de champán y seis copas en una bandeja redonda.

—¡Invita la casa! —exclamó a la vez que hacía saltar por los aires el corcho de la botella. Sirvió la bebida—. Por las chicas más guapas del local. —Brindó con nosotras y se bebió la copa de un solo trago.

Mis amigas trataron de hacer lo mismo, pero solo Natalia pudo imitarlo. Las demás apenas se bebieron media copa. Yo di un pequeño sorbo, para no hacerle el feo, y dejé la mía sobre la mesa.

—Muchas gracias, Agus. —Natalia le dio dos besos. La vi más cariñosa de lo habitual.

—De nada, tesoro. No todos los días

se cumplen... —bajó el volumen de su voz de repente— dieciocho añitos. Hay que celebrarlo a lo grande.

—Está siendo un cumple estupendo —comentó y se rio a carcajadas. No entendí muy bien por qué se reía tanto.

—¡Espera! —Agus alzó el dedo índice como si hubiera tenido una súper idea—. Creo que sé cómo mejorarlo aún más.

Se dirigió hacia Jon y Ager y les dijo algo que no pudimos oír.

Ager le respondió al oído. Después, Agus entró en la cabina del DJ.

En unos segundos, la canción desconocida que estaba sonando se mezcló con otra que me resultó mucho más familiar.

En efecto, era una de las canciones que habíamos venido escuchando en el coche.

—¡Toma ya! ¡Es Sexy back! —gritó Natalia en cuanto reconoció la canción de su ídolo. Se bebió de un trago mi copa y se subió a un escenario que había al final de la barra.

Se puso a bailar como loca, nunca la había visto así. Estuve a punto de subir a por ella cuando la vi mover tanto su minifalda que se podía distinguir el color de su ropa interior.

—Creo que ha bebido demasiado —murmuré al verla contonearse sin control y con los ojos cerrados.

—Sí, yo también lo creo —oímos murmurar a Ager al pasar por nuestro lado.

Atravesó la fila de mirones que se había formado al pie del escenario, agarró a Natalia por la cintura y la bajó al suelo sin que ella dejara de bailar.

—¡Eh! Espera a que acabe mi canción.

—No, pequeña aprendiz de stripper , es hora de irse a casa.

—¡No! Aún es pronto —protestó revolviéndose entre los brazos de su novio.

—Es el momento justo de marcharse —insistió y la llevó hasta el guardarropa—. Vamos, chicas. —Nos hizo un gesto con la cabeza. Tenía las manos ocupadas arrastrando a Natalia.

—Gracias por todo, primo. —Jon se despidió antes de levantarse de su silla y unirse a nosotras.

—¡Gracias por la canción, Agus! —bramó Natalia, sonriéndole y despidiéndose con rápidos movimientos de sus manos.

—Ha sido un placer. Volved cuando queráis.

Mis amigas cogieron sus prendas y siguieron a Ager hacia la puerta principal. Esperé a que Jon llegara al guardarropa. Nuestras chaquetas estaban juntas.

Le vi tocarse todos los bolsillos varias veces.

—¿Qué ocurre?

—Creo que he perdido el ticket. —Volvió a meter la mano en los bolsillos de su pantalón.

—Recuerdo que lo has guardado en tu camisa. —Señalé el bolsillo de su izquierda.

—Pues aquí no lo tengo. —Metió la mano y la sacó vacía.

—Oh, vamos. No me tomes el pelo. No se te puede haber caído. —Empecé a inquietarme un poco.

—¿Quieres comprobarlo tú misma? —propuso sacando pecho.

—Muy gracioso. No es necesario. Si dices que no lo tienes, te creo. —Aunque tenía la mosca detrás de la oreja—. A lo mejor, si le decimos a la chica cómo son nuestras chaquetas, nos las da. Al estar en la misma percha, será fácil identificarlas.

Me acerqué a la ventanilla para explicarle lo ocurrido a una jovencita que estaba hablando por el móvil. Me hizo un gesto con la mano y tuve que esperar más de cinco minutos hasta que colgó el teléfono.

—Lo siento, no os puedo dar nada sin el ticket, son las normas. Lo único que podéis hacer es esperar a que se marche todo el mundo. Si queda algo antes de cerrar, os lo puedo entregar.

—Vaya, tendremos que esperar aquí hasta las cinco. —Jon se apoyó contra la pared con aire resignado.

—¡¿Hasta las cinco?! Imposible. Mi padre solo me ha dejado hasta las tres —le advertí llevándome las manos a la cabeza.

—Pues no vas a tener otro remedio —murmuró esbozando una sonrisa.

—Sí lo tengo. Puedo irme sin mi chaqueta.

—¿Tanto miedo te da tu padre? —Se separó de la pared y me tendió la mano—. ¿O lo que te da miedo es quedarte aquí conmigo?

Lo miré muy seria.

—No es cuestión de miedo, sino de confianza —le aclaré a la vez que rechazaba su mano—. Es la primera vez que me deja llegar tan tarde, no voy a darle motivos para que no vuelva a hacerlo.

Retiró su mano, que aún estaba tendida hacia mí. Vi un gesto de disgusto en su cara. Contesté a su segunda pregunta.

—Tú tampoco me das miedo.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Seguro?

—Seguro. —Asentí con la cabeza sin estar convencida al cien por cien.

—Entonces, no te importará volver sola conmigo en mi coche, ¿verdad?

—A este paso no voy a tener otro remedio —miré mi reloj—. Los demás se han ido hace más de un cuarto de hora. Puede que al ver que no salimos piensen que...

—¿Qué van a pensar?

—Bueno, ya sabes...

—Sí, ya sé. Pero quiero que me lo digas. —Se aproximó tanto a mí que tuve que frenarle poniendo las manos contra su pecho. Y noté algo dentro del bolsillo de su camisa.

—¡Dime que esto no es lo que creo! —Metí la mano y saqué el ticket—. ¡Me has mentido!

Le aparté de mí con un empujón y me dirigí a la taquilla a recoger las chaquetas.

—Vamos, Edurne, no te enfades. Ha sido una mentirijilla.

Le lancé su chaqueta y me puse la mía trotando hacia la salida. Jon vino detrás de mí sin callar en todo el camino.