Cuando la noche es púrpura Capítulo 3
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Capítulo 3

L a puerta daba a lo que parecía una salida de emergencia.

Subimos las escaleras hasta un gran salón en el que había alrededor de veinte personas sentadas en sofás y junto a la barra.

Detrás, un camarero de unos treinta años preparaba cócteles de colores lanzando las botellas al aire. Nos acercamos a ver el espectáculo.

—Algún día se te caerá una —comentó Jon y apoyó un codo en la barra.

—¡Qué pasa, primo! —exclamó el camarero. Soltó todas las botellas y le dio un abrazo.

—Gracias por tu ayuda. —Con disimulo, le entregó la tarjeta mientras chocaban las manos de forma amistosa.

—De nada, todo sea por la novia de un colega.

—Le lanzó una mirada cómplice a Ager—. Y por sus preciosas amiguitas —añadió y nos observó una a una de un modo que me empezaba a resultar muy familiar.

Ambos primos tenían esa mirada lasciva que me ponía la carne de gallina.

Aun sintiendo que debía alejarme lo máximo posible de él, tuve que sonreírle.

Nos había colado en la disco y lo menos que podíamos hacer era agradecérselo.

De pronto, desapareció durante unos segundos tras la barra y sacó una almohadilla y una cajita de tinta.

—A ver esas manitas. —Apretó el sello que rezaba «VIP» junto al logo de La Loko contra el dorso de nuestras manos izquierdas—. Con esto ya sois libres de moveros por la disco como queráis, además de pagar la mitad por cada consumición. Y, para empezar, el menda os invita a unos chupitos.

Todos le dimos las gracias, cogimos nuestros vasitos y brindamos por Natalia antes de bebernos la mezcla de color azul.

—¡Felicidades! —gritamos todos.

El chupito sabía a gominola, pero al final dejaba un regustillo raro que quemaba la garganta.

—¡Chist! No habléis muy alto. Y, si alguien os pregunta, decid que la chica ha cumplido los veintiuno.

La zona VIP está reservada para mayores de esa edad.

De hecho, por normativa, a las once las nenas menores de dieciocho no podrían estar ya en la disco.

Pero tranquis, con ese sello no vais a tener ningún problema, podéis quedaros hasta el cierre.

Empecé a ponerme nerviosa. Lo de la mayoría de edad era algo que ni se me había pasado por la cabeza.

Siendo el cumple de Natalia, no pensaba proponer irnos a las once.

Cualquier otro día me habría ido a la hora legal, aunque fuera sola y en taxi, pero esa noche no.

Además, estaba sopesando la posibilidad de volver con Jon para compensar mi escaqueo de la tarde.

Un chupito de color rojo me hizo desconectar de mis pensamientos. Este estaba todavía más fuerte.

—Uf, sabe a rayos —comenté, sacando la lengua para aliviar la quemazón.

—¿De verdad? Es de los más suaves —me dijo sorprendido el primo de Jon, mirándome de arriba abajo y fijando finalmente su vista en mira cara—. Tú debes de ser Edurne.

—Sí, ¿cómo lo sabes? —¿Acaso me conocía?

—Digamos que lo he deducido. Aunque Jon no te ha hecho justicia con la descripción. Se ha quedado corto.

Apenas me dio tiempo a reaccionar porque Jon nos empujó a todos hacia el guardarropa en cuanto su primo hizo ese comentario. Agradecí que nadie le diera mayor importancia y se concentraran en coger sus tickets según iban dejando las prendas en la ventanilla.

Jon me ayudó con caballerosidad a quitarme mi bolero y lo dejó junto a su chaqueta, cogiendo solo un ticket para ambos. Mientras lo guardaba en el bolsillo de su camisa negra soltó una risilla y se dirigió a mí, hablando muy bajito.

—Así me aseguraré de que volvamos juntos.

Lo miré simulando enfado y después me reí. Él me sonrió y de pronto su gesto volvió a cambiar según fijaba su vista en mi escote. Aquella mirada que tanto empezaba a odiar volvió a asomar por sus ojos. No pude disimular mi descontento y bajé la vista borrando por completo mi reciente sonrisa.

—Perdona, no pretendía hacerte sentir incómoda —se disculpó al instante. Sin duda, mi expresión lo decía todo—. Pero entiende que no puedo evitar mirarte de esta manera. Hoy estás impresionante.

Sus manos cogieron las mías y me arrastraron hacia él. Me hizo rodear su cintura aún sujetándome las muñecas con una mano y con la otra levantó mi barbilla de forma que pudiera mirarlo a los ojos.

Durante unos segundos me sentí mareada. No sabía si era por la proximidad o por el efecto del contenido dudoso de los dos chupitos que acababa de tomarme.

Era probable que el primo de Jon nos hubiera echado algo de alcohol, pero la cantidad tenía que ser demasiado pequeña, aunque solo fuera por el tamaño de los vasos.

Descarté la embriaguez como excusa y achaqué mis mareos a la proximidad de nuestros cuerpos y a los sentimientos contradictorios que habían empezado a atormentarme con respecto a Jon.

—Me muero por bailar contigo. —Acercó su rostro al mío.

Le vi las intenciones y aparté la cara buscando con la mirada a alguna de mis amigas. Todas me observaban perplejas.

—No te preocupes, solo me acercaré a ti lo que tú me dejes —dijo en tono nada tranquilizador.

Por suerte, Nuria me arrancó de sus brazos y me arrastró junto con el resto de mis amigas hacia las pistas de baile, fuera de la zona VIP.

—Sí, Jon, luego bailará contigo. Pero tendrás que esperarte a que den una lenta —le gritó Nuria antes de bajar las escaleras—. De momento, Edurne es nuestra.

Me sentí muy agradecida de haber sido rescatada en ese preciso momento. Ya le debía dos a Nuria. No estaba preparada para besar a Jon. No hasta que aclarara mis dudas con respecto a él. Iba a ser el primer chico al que besara, así que quería sentirme segura y desearlo de verdad.

La discoteca empezaba a llenarse, eso que aún no eran ni las ocho de la tarde.

La música sonaba demasiado alta. Tuvimos que descartar la pista de baile a la que nos habíamos dirigido porque estaba muy cerca de unos altavoces de tamaño industrial que hacían retumbar hasta los vasos sobre las mesas.

Nos decidimos por un lateral algo más retirado en el que había una cuadrilla de chicos y chicas bailando muy animados.

Hicimos un corro y empezamos a menearnos como locas. Natalia estaba desatada, se notaba que esperaba ese momento desde hacía muchísimo tiempo. Tras un par de canciones, Ager y Jon se nos unieron. Traían con ellos varios vasos.

—Como no sabíamos que querríais, os hemos pedido lo mismo que bebemos nosotros.

Natalia cogió uno de los cuatro enormes vasos que cargaba Ager y le dio un gran trago. Siguió bailando como si nada.

El resto de mis amigas hizo lo mismo. Yo ayudé a repartir los tres vasos que traía Jon. Solo tuve que pasarle uno a Tania y quedarme el otro. En cuanto mojé los labios me sentí decepcionada de él por enésima vez. Además, esta vez también de Ager. Acababa de bajar del pedestal en el que lo tenía.

—¿Se puede saber qué rayos es esto? Sabe a matarratas.

Jon cogió mi vaso y le dio un trago. Después se rio.

—Pensaba que el tuyo tendría algo raro. Pero no. Es ron cola, como todos los demás.

—Ya, vale. Pero yo no bebo alcohol. Pensaba que vosotros tampoco beberíais jugando en el equipo de baloncesto de la universidad.

Jon abrió los ojos de par en par y después soltó una risilla. Me sentó aún peor.

—De acuerdo, al menos no hoy, que vais a conducir —dije más alto de lo que ya estaba hablando, para que le quedara bien claro que era partidaria del eslogan: «Si bebes, no conduzcas».

—Edurne, cariño, quedan horas hasta que volvamos a casa. Por tomarme ahora un par de cubatas no va a pasar nada.

Decidí que no quería volver a discutir con él. Pero, desde luego, no le iba a dar la razón; mucho menos iba a tomarme esa horrible bebida. Me sorprendió ver que el resto de mis amigas vaciaban sus vasos como si solo fuese agua.

—Está bien. Pues puedes ir bebiéndote ya ese par de cubatas —le dije devolviéndole mi vaso—, son todos tuyos. Yo me voy a por otra cosa.

Aferré mi minibolso al hombro y me di media vuelta.

—Chicas, ahora vuelvo. —Señalé la barra más cercana.

En pocos pasos llegué a una fila abarrotada. Me dio la impresión de que había más gente pidiendo bebidas que bailando en las pistas. El roce de una mano en mi brazo me sobresaltó.

—¿Qué mosca te ha picado, Edurne? —Natalia me miraba con el ceño fruncido.

—Ninguna. He venido a por un refresco. ¿Acaso es un delito?

—Me refiero a qué es lo que te pasa con Jon. Solo trata de ser amable contigo. Te invita a una copa y tú no solo la rechazas, sino que le echas la bronca.

No me podía creer que Natalia me estuviera diciendo eso. Ella, mi mejor amiga.

—Como bien sabes, no bebo alcohol. No voy a empezar a hacerlo por no rechazar su invitación.

—Podrías habérselo dicho de otra manera. Le has dejado cortadísimo.

Empezaba a pensar que el amigo de Natalia era Jon y no yo.

—Mira, no quiero discutir contigo. Solo le he dicho que me sorprendía que bebiera porque es deportista. Además, hoy tiene que conducir. No voy a montarme en un coche con una persona borracha al volante.

Natalia bebió otro gran trago de su vaso. No podía creer lo que estaba viendo. ¿Quién era esa chica? ¿Dónde estaba mi amiga Natalia?

—Jon y Ager suelen salir juntos, con muchos otros miembros del equipo. Todos se toman unos cubatas al principio de la noche y después se pasan a lo que sea sin alcohol si van a conducir. Hoy no va a ser una excepción.

Me miraba como si hubiera matado a alguien. No reconocía esa actitud de ningún otro enfado durante nuestra larga amistad.

—Podrías haberle preguntado y no desconfiar de él desde el principio. Si no te gusta, déjaselo claro y no le des falsas esperanzas.

Dio un último trago a su vaso hasta vaciarlo. Lo apoyó sobre la barra con un golpe seco.

—Me voy a bailar, que es a lo que hemos venido —me dijo casi gritándome y se marchó.

Aún estaba alucinando por la bronca que acababa de recibir por parte de una chica que se parecía, solo físicamente, a mi amiga Natalia, cuando un chico se me acercó y me habló como si me conociera.

—Joder, vaya bronca —dijo riéndose—. ¿Quién es? ¿Tu hermana mayor?