Capítulo 2 #3
—Ya, pero así empieza todo el mundo. Luego piensan que no están enganchados y, para cuando se dan cuenta, no pueden salir.
Me alegré de que más o menos lo comprendiera y le cambiara un poco el gesto. Arreglarlo con Jon iba a ser más complicado.
—¿Creéis que Jon se ha enfadado mucho conmigo?
—Puede sentirse molesto, pero no creo que esté enfadado —opinó Natalia. Me agarró del brazo y me susurró, no tan bajo como pretendía—: Está loco por ti.
—Yo más bien creo que está decepcionado —intervino Nuria y se enroscó en mi otro brazo.
—¿Decepcionado? —¿Él? A mí sí que me había decepcionado, y varias veces a lo largo de la tarde.
—Exacto. Porque esperaba que te montaras en su coche y tú te has escaqueado. Yo pensaba que te gustaba. ¿A qué ha venido eso?
Mis amigas se detuvieron y me rodearon para escuchar mis explicaciones. No sabía cómo decirlo.
—No lo sé. Ha sido de repente. Cómo me ha mirado, lo que ha dicho. Me ha dado... como miedo.
—¿Miedo? —preguntó asustada Natalia.
—Mira, Edurne —Nuria se plantó delante de mí con las manos en alto—, a mí, si un desconocido me come con la mirada, sí me da miedo. Pero si quien lo hace es el chico que me gusta... ¡Todo lo contrario!
—No creo que debas tener miedo de Jon —secundó Natalia—.
Igual yo le conozco un poco más, de las veces que voy con Ager y sus compañeros de la universidad.
—Hizo una pausa y me miró a los ojos sonriéndome—.
No será que lo que te da miedo es que sea tan directo y te deje ver lo que siente por ti de forma tan obvia y delante de todos, al contrario que tú, que no dices nunca nada.
—A lo mejor es que no nos conocemos lo suficiente y no creo que tengamos confianza como para que me haga ese tipo de insinuaciones —dije tras analizar cómo me había sentido antes—. De todas formas, no quiero estar con un chico que fume, y menos porros.
—Bueno, nadie es perfecto —concluyó Natalia encogiéndose de hombros.
—¿Y tú por qué lo defiendes tanto?
—Porque es el amigo de su novio —canturreó Nerea.
—Y, si vosotros os liais, seréis dos parejitas de amiguitos saliendo juntitos —siguió chinchando Nuria.
—No, no es eso —protestó Natalia—. Lo que no quiero es que Edurne deje escapar al chico que le gusta por unos detalles o por un error que cualquiera puede cometer. Yo nunca le había visto fumar hasta hoy, y he estado muchas veces con él. De lo que deduzco que lo hace en muy rara ocasión.
Todas nos callamos y seguimos avanzando hasta donde nos esperaban los chicos, que se habían detenido hacía un rato.
Me sentí fatal al ver la cara de Jon, seria y con la mandíbula apretada.
No quise esperar más para arreglar las cosas.
Como había dicho Ager, habíamos ido allí para divertirnos y no pensaba dejar que no fuera así, menos aún por mi culpa.
—Jon —lo llamé y, antes de que pudiera responder, le enganché del brazo—, vamos nosotros delante. —Tiré de él hasta estar a varios pasos del resto.
Anduvimos a paso lento y sin decir nada casi un minuto. No sabía cómo arreglar lo ocurrido, pero sentía que debía hacerlo. Él me miró sorprendido por mi arranque y mi posterior mudez.
—¿Vas a decirme algo?
—Siento haber sido tan borde antes. —Apreté un poco más su brazo.
—No te preocupes, me lo había merecido. Tú solo protegías a tu amiga. Y yo también he sido borde contigo.
Sus palabras me tranquilizaron y sentí que íbamos a poder salvar el cumple con mayor facilidad de lo esperado.
—No pienses que soy un drogadicto ni nada. A veces fumo algún porrillo cuando salgo de fiesta, pero no siempre.
—Te mentiría si te dijera que no me importa. Es algo que me desagrada bastante —confesé, por si no se había dado ya cuenta.
—No te preocupes, nada de porros, prometido.
—Gracias. —Le sonreí, pero solo a medias—. Aunque preferiría que lo hicieras por ti y no porque a mí me moleste.
—¿Qué te parece si lo hago por los dos? —Permanecía algo cabizbajo y mirándome por el rabillo del ojo.
—Me parece estupendo.
Los demás aún no nos habían alcanzado y ya estábamos llegando a la discoteca. Jon se detuvo junto a una puerta lateral, lejos de la larga cola que se había formado en la entrada principal, y me agarró las dos manos. Sorprendida, di un bote.
—Yo te he hecho una promesa. ¿Puedo pedirte que tú hagas lo mismo?
Volvió a mirarme con unos ojos que me daban escalofríos y solo pude asentir con la cabeza.
—No te asustes, no es nada del otro mundo —me advirtió al notar mi cara de espanto—. Prométeme que bailarás hoy conmigo.
Respiré aliviada. No había pensado en ninguna promesa en concreto; además, sus ojos, por muy bonitos que fueran, se volvían demasiado penetrantes cuando me miraba de esa manera.
Algo en mi interior me decía que tuviera cuidado, pero la confianza que Natalia había depositado en ese chico me hizo ignorar mi instinto.
—Bailaré contigo las veces que quieras —le aseguré.
Los demás se unieron a nosotros enseguida y nos acercamos a la puerta lateral que estaba cerrada y desierta. Jon sacó una tarjeta de la cartera y pasó la banda magnética por una ranura. La puerta se abrió tras un zumbido y los siete entramos en el edificio.