Cuando la noche es púrpura Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

El viaje duró poco, pero nos dio tiempo a escuchar varias canciones del nuevo CD.

Natalia se encargaba de tocar todos los botones del equipo de música del Golf, seleccionando las pistas más movidas y subiendo cada vez más el volumen.

Nerea y yo bailábamos en el asiento trasero y Natalia gritaba por la ventana la letra de los estribillos que se sabía de memoria.

Ager se partía de risa al vernos a las tres.

—¡Estáis locas! Pero he de reconocer que tiene canciones pegadizas.

—¡Gracias, chicas! De verdad que me han encantado los regalos. No podríais haber acertado más.

—¿Y qué hay de mis regalos? —Ager fingió bastante mal sentirse molesto.

—Desde luego, tú tampoco podrías haber dado más en el clavo. —Se acercó a él para darle un beso en el cuello—. Chicas, además de traernos a La Loko con entradas VIP, que no me ha querido confesar de dónde ha sacado, Ager me ha regalado esto.

Natalia abrió la guantera y sacó un sobre que nos pasó entre los asientos. Dentro había tres billetes de avión.

—¡París! —exclamé tan alto que se me oyó por encima de la música.

—¿Pero... cómo es que hay tres billetes? —preguntó extrañada Nerea.

Natalia se abrazó a Ager y volvió a besarle antes de darnos la explicación.

—Hace tiempo que queremos hacer un viaje.

Yo he estado tanteando a mis padres para ver si me dejarían irme con él de vacaciones en verano, y no están por la labor, al menos de momento.

Dicen que soy muy joven y que Ager y yo llevamos muy poco tiempo juntos; que ni siquiera conocen a sus padres; que, si quiero irme de vacaciones por mi cuenta, tendrá que ser con mi propio dinero y para eso tendré que empezar a trabajar y...

, en fin, mil excusas más. —Ager besó en la frente a Natalia, que había dicho las últimas palabras con tono de resignación—.

Pero otro de sus compañeros del equipo de baloncesto va a trabajar en verano en Eurodisney y puede conseguirnos una reserva con un buen descuento.

»Así que fue a hablar con mis padres sin decirme nada y les propuso que lleváramos a mi hermano al viaje, ya que esa oportunidad no se iba a poder repetir.

Les prometió que podían confiar en él y que la reserva es de una sola habitación, por lo que mi hermano estaría con nosotros en todo momento.

Con la cara de bueno que tiene Ager y las ganas que tiene David, que solo tiene ocho años, de ir a Eurodisney...

¡No podían negarse! Así que me ha dado la sorpresa esta mañana.

—Natalia, no te puedes hacer una idea de la envidia que me das en este momento —susurró Nerea entre dientes.

—¡Verdad que es para comérselo! —Meneó en el aire los billetes que acabábamos de devolverle y pellizcó la pecosa mejilla de su novio. Era pelirrojo y Natalia bromeaba a menudo diciendo que tardaría al menos treinta años en llegar a besar cada una de sus pecas.

—Es un regalo increíble, te lo has currado de verdad —reconocí, feliz por mi amiga. Aunque el pobre Ager me dio un poco de pena al imaginármelo durante todo el viaje corriendo detrás de David, el niño más travieso que había conocido en mi vida.

—Bueno... Lo que de verdad quería era ver a Mickey y montarme en las atracciones con mi cuñado.

¡Ese sí que sabe divertirse! —bromeó mientras daba ya la tercera vuelta al aparcamiento de la disco.

No quedaba ni un solo sitio—. Vamos a tener que aparcar en otro lado. Si veis a Jon o su coche, avisadme.

La Loko estaba lejos del núcleo urbano y no había nada alrededor, excepto algunas naves industriales y el río.

Tras diez minutos dando vueltas, aparcamos en la zona del merendero y a cuatro coches del de Jon, que estaba esperándonos apoyado en su capó junto a mis dos amigas.

Me sorprendí al ver una pequeña nube de humo alrededor de ellos.

Al acercarme más, pude comprobar que Tania estaba fumando.

—Tania, ¿qué estás haciendo? —La agarré de la muñeca y acerqué el cigarro a mi cara para comprobar que era lo que parecía. Pero no era un cigarrillo. Al menos no olía como uno.

—Solo lo estoy probando. Tenía curiosidad. Tranquila, que no pienso fumármelo entero. —Trató de quitarle hierro al asunto y le pasó el porro a Jon.

—No sabía que fumabas —le reproché a él, sin duda, con el disgusto reflejado en mi cara.

—Yo tampoco sabía que a ti te gustara el Timber ese tanto como a Natalia —soltó sin mirarme a la cara. Me cabreó tanto la absurda comparación que decidí decirle de la forma más tajante posible lo que pensaba.

—Es lo que tiene la amistad, se suelen compartir cosas. Pero los amigos de verdad comparten cosas buenas, y no las que los puedan matar, como las drogas.

De pronto se hizo un silencio muy incómodo. Tania agachó la mirada y rechazó la oferta de Jon, quien le había vuelto a ofrecer el porro.

—Tampoco sabía que fueras su madre. —Le dio una última e intensa calada y lo tiró al suelo—. Yo no la he obligado, solo se lo he ofrecido. Si me hubiera dicho que no, como Nuria, no habría insistido—. Estaba ya de espaldas a nosotros y caminaba hacia a la discoteca.

—Anda, no discutáis. —Ager trató de calmar los ánimos y fue detrás de su amigo—. Hoy hemos venido a pasárnoslo bien.

Vi la cara de disgusto de todos, sobre todo de Tania y de Natalia.

No me arrepentía en absoluto de lo que había dicho, pero tampoco quería arruinarle el cumple a mi mejor amiga.

Por mucho que me disgustara lo que había ocurrido —pues todas teníamos muy claro lo malas que eran las drogas de cualquier tipo y desde que habíamos podido tener contacto con ellas al inicio de nuestra adolescencia las habíamos evitado— decidí tragarme mi orgullo y pedir disculpas.

—Perdona, Tania, no quería echarte una bronca; es solo que me preocupo por ti.

—Tranqui, Edurne, si ya lo sé. Soy una tonta, no tendría que haberlo aceptado. Pero te juro que solo iba a darle una calada, para ver cómo era.