Cuando la noche es púrpura Capítulo 2
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Capítulo 2

A ntes de doblar la esquina de la calle donde vivía Natalia, vi a Nuria dando pequeños pero rápidos pasos para cruzar la carretera.

También llegaba tarde, quizá porque llevaba una falda de tubo que le llegaba por debajo de la rodilla y que no le dejaba separar las piernas más de un palmo.

Subió con dificultad el alto peldaño hasta la acera para encontrarse conmigo.

Cuando se agarró a mi brazo estaba lo bastante cerca como para ver que había crecido varios centímetros desde el día anterior.

—¡Ay, Edurne! ¡Deja que me agarre! —Echó todo su peso sobre mí—. Con estos tacones me voy a matar.

—Si ya no puedes ni andar, ¿cómo pretendes aguantar toda la tarde y parte de la noche bailando?

—No, si el problema no es estar de pie, es andar, sobre todo rápido. No soy capaz de mantener el equilibrio. Y encima esta dichosa falda que solo me deja dar medios pasos.

—A ver si vas a caerte y a romperte algo. Hoy estamos de celebración especial y lo último que queremos es acabar en el hospital.

—¡Qué va! No es para tanto. —Nuria se carcajeó de lo lindo ante mi más que probable teoría—. Es justo por lo especial del día de hoy que me he vestido de señorita. Si fuera por mí...

Acababa de darme cuenta de que no había visto a Nuria en falda jamás.

Este día iba a pasar a la historia de nuestras vidas, más que por ir a la disco, por ir todas en falda.

Al doblar la esquina pudimos ver las seis piernas de nuestras tres amigas, que estaban apoyadas en el coche de Ager, aunque ni él ni su amigo estaban a la vista.

Por supuesto, la prenda más corta la llevaba Natalia.

Por el aspecto de su reluciente pelo negro, juraría que hasta había ido a la peluquería.

Tania y Nerea vestían bastante más discretas y de tonos sobrios, no luciendo piel más allá de la rodilla, aunque sus cabelleras castañas brillaban tras un más que evidente planchado, cuando ambas tenían el pelo ondulado.

Natalia destacaba, como siempre, pero hoy, además, porque vestía de azul eléctrico, con una chaqueta de cuero de un blanco brillante. Un look mucho más discotequero que cualquiera de los nuestros. Y atrevido.

Según llegamos, nos cayó una merecida bronca.

—¡Llegáis veinte minutos tarde! —nos gritó Natalia con los brazos puestos en jarra.

—Perdón, perdón —me apresuré a decir mientras le daba un beso y le tiraba nueve veces de cada oreja de forma alternativa—. ¡Feliz cumpleaños!

—Sí, claro, ahora querrás que se me pase el enfado así de fácil. ¡Pues no!

Natalia cruzó los brazos y se apoyó de nuevo sobre el coche.

—Lo siento, de verdad. Es que no tenía ni idea de qué ponerme. He sacado toda la ropa de mi armario y nada me parecía apropiado.

Ella me miró de arriba abajo abriendo los ojos como platos y con cara de incredulidad.

—Pues bien mona que te has puesto. ¿Vestido nuevo?

—Todo lo contrario. Tiene más de veinte años. Era de mi madre.

Mis amigas me miraron asombradas y tocaron la suave tela.

—Es precioso, Edurne, y encima puedes andar perfectamente con él —bromeó Nuria y se puso a andar como un pato alrededor de nosotras.

Todas se rieron y el gesto de enfado de Natalia se relajó un poco. Quise echarle un piropo para enmendar mi tardanza y dejar de ser el centro de atención en lugar de ella.

—Tú sí que estás mona. El pelo te ha quedado genial y cualquiera no podría ponerse esa mini. —Le di un par de cachetes por detrás de uno de sus muslos—. Tienes las piernas más largas de todo el pueblo.

—Sí, claro, ahora hazme la rosca. Me he alisado un poco el pelo, es cierto. Y esta falda la compramos juntas en Navidad, aunque no la había estrenado todavía.

Vi que su nivel de cabreo no bajaba, así que solo se me ocurrió una cosa que no podía fallar.

—Oye, ¿es que no piensas abrir tu regalo?

Nuria empezó a aplaudir. Tania y Nerea se levantaron del coche para cerrar el círculo y ver cómo Natalia desenvolvía lo que le habíamos comprado entre las cuatro.

—¡Pensaba que no me lo ibais a dar nunca! —bromeó, ya de mejor humor.

Destrozó el papel, como hacía siempre. No conocía a nadie más impaciente que ella. Su cara se iluminó por completo al ver el interior del envoltorio.

—¡No me lo puedo creer! ¿Cómo sabíais que se me había partido por la mitad?

—exclamó al ver el CD de Justin Timberlake, su cantante favorito.

Más que favorito, era su amor platónico.

Por supuesto que el CD lo había comprado ella hacía tiempo, en cuanto salió a la venta, pero su hermano pequeño lo había destrozado el día anterior al atropellarlo con su bici.

—Nos lo ha dicho un pajarito. —Nerea se hizo la interesante. Nos lo había chivado Ager—. Pero deja ya de mirarlo tanto y abre el otro regalo.

—¿Hay otro? —preguntó a la vez que arrancaba con los dientes el plástico que envolvía la caja del CD para después quedarse mirando absorta las fotos del cuadernillo interior. Me sorprendió porque seguramente las tendría ya muy vistas.

—Vaya, me voy a poner celoso —oímos decir a Ager detrás del círculo cerrado que habíamos formado para el «momento regalos».

Jon estaba a su lado y, en cuanto giré la cabeza, pude ver cómo me recorría con la mirada de arriba abajo.

Desde luego, su gesto no tenía nada que ver con el de mi padre cuando me había hecho otro tipo de escáner minutos antes.

La forma de morderse el labio inferior llegó a inquietarme un poquito.

Nuria también se dio cuenta y me dio un codazo entre risillas.

—Llegáis a tiempo para ver el segundo regalo. Este a Ager le va a gustar más —canturreó Tania y le guiñó un ojo.

Natalia metió en la bolsa el CD y me la dio mientras besaba a Ager.

—Sabes que esto son tonterías. Estoy loca por ti.

—Ah, bueno, ya me estaba empezando a preocupar —bromeó él—. A ver ese otro regalo.

Saqué el segundo paquete de la bolsa y Natalia destrozó el envoltorio del bikini verde lima que tanto nos había costado elegir la tarde anterior tras probarme alrededor de otros veinte.

Con la excusa de que yo era la que tenía el cuerpo más parecido a ella, mis amigas me habían usado de maniquí y no pararon de traerme más y más modelitos al probador hasta que todas decidimos por unanimidad que ese era el que más le gustaría a la cumpleañera.

—Has dado en el clavo, Tania. Este me gusta mil veces más —confirmó Ager y abrazó a su novia por la espalda.

—A mí también me gusta mucho. Espero que me quede bien de talla.

—Se lo hicimos probar a Edurne, ya que muchas veces os intercambiáis ropa —informó Nerea y me agarró por los hombros—. La pobre sufrió la tortura de ponerse y quitarse docenas de bikinis durante una hora. Creo que le puedes perdonar que haya llegado un poco tarde.

—Entonces me habría gustado haberos acompañado a por el regalo —dejó caer Jon como si tal cosa y tomó la parte superior del bikini de las manos de Natalia para enfocarlo hacia mí. Me sentí de lo más incómoda.

—¡Jon, no seas pervertido! —Natalia le dio una colleja y se lo arrancó de un tirón.

Gracias al cielo, hizo que cambiáramos de tema—.

Claro que la perdono, ¿cómo no iba a hacerlo?

Lo que pasa es que Ager me había dicho de quedar pronto para poder dejar el coche junto a la discoteca.

A partir de las seis el aparcamiento se llena y es una locura encontrar sitio.

—No tenía ni idea —se lamentó Nuria—. Perdóname a mí también. He llegado a la vez que ella.

—No pasa nada, chicas. Pero cuanto más esperemos será peor.

Ager apretó el mando de su Golf TDI azul y las luces parpadearon dos veces.

Me di cuenta en ese momento de que la noche anterior me había dormido esperando ir de copiloto en el Seat León rojo de Jon.

Pero, después de su comentario y de casi desnudarme con la mirada, se me habían quitado las ganas de acercarme a él.

Por supuesto, mis amigas no tenían ni idea de esta nueva sensación de desagrado.

Seguían pensando lo que yo misma les había dicho en varias ocasiones, que me parecía muy guapo, muy simpático y no sé cuántas cosas más que se me acababan de olvidar.

Como por inspiración divina, se me ocurrió la excusa perfecta para poder ir en el otro coche.

Me alegré un montón de seguir sujetando la bolsa de los regalos.

—Oye, Natalia, ¿por qué no estrenamos tu CD? —Lo mostré en alto y le puse cara de buena a Ager—. ¿Nos dejas? ¡Porfa, porfa!

—¡Sí! ¡Justin, Justin! —me apoyó Natalia.

—No sé si debería. —Ager se hizo de rogar.

Aunque, en pocos segundos, el sonido de los atronadores altavoces de su coche había hecho bailar a Natalia frente a la puerta del copiloto.

Miré de reojo y vi a Jon con cara de disgusto.

Puso los ojos en blanco antes de abrir la puerta del copiloto y dejarla abierta mientras se acomodaba en el asiento del conductor.

—La que no quiera quedarse sorda por el camino que se monte —dijo sacando la cabeza por la ventanilla.

Miré a Nuria a los ojos mientras me sentaba detrás de Ager. Esperaba que se diera cuenta del gesto sin necesidad de decirle nada.

—Yo voy contigo, Jon. La verdad es que la música de este rubiales no está entre mis favoritas. —Miró a Tania camino del coche y ella la siguió sin decir nada. Vi que Nerea estaba bailando con Natalia, ajena a todo lo demás, y me alegré de haber buscado la mirada de Nuria a tiempo.

—Venga, chicas, dejaos de bailoteos que bastante vais a bailar luego —les recordó con prisa Ager mientras arrancaba el coche. Antes de que las dos se montaran, el León pasó por nuestra izquierda derrapando e incorporándose a la carretera principal a más velocidad de la permitida.

Jon se había enfadado.