Capítulo 1 #2
Jamás me había contado algo así. De hecho, nunca había mencionado cómo se habían conocido ni cuántos novios había tenido antes.
Por el contrario, lo del baile en un hotel no me sorprendió demasiado.
Mi madre y mi tía habían estudiado en un instituto francés de los de uniforme.
Mi bisabuelo había nacido en Francia y, a pesar de que mis abuelos eran bastante humildes, él tenía más dinero del que podía gastar y se empeñó en que sus nietas estudiaran en la ciudad, por lo que acabó costeando él mismo su matrícula en aquel instituto de renombre.
—No tenía ni idea. ¿Dejaste a tu primer novio por papá la noche de fin de curso? —pregunté intrigada.
—Fue todo mucho más complicado que eso. —Pareció arrepentirse de haberlo mencionado—. Ahora no es momento para estas historias. Ese vestido necesita una buena sesión de plancha y tu pelo un buen cepillado.
Atusé mi melena, revuelta de tanto ponerme y quitarme la ropa una y otra vez.
Miré el reloj... ¡Las cinco y cuarto! A y media debía estar a cuatro calles de mi casa, en el punto donde terminaba el pueblo de Bera de Bidasoa como tal, dando paso a la exclusiva urbanización de casitas unifamiliares a la que mis padres se habían mudado cuando mi madre se quedó embarazada de mí, poco después de que el restaurante en el que mi padre era chef obtuviera la primera de sus cinco estrellas Michelin.
—Mamá, por favor, plánchamelo tú. Te prometo que me encargaré de la colada toda la semana, pero es que si no... ¡No me va a dar tiempo!
Ella rio mientras yo me desnudaba a toda velocidad, despeinándome de nuevo.
Busqué los únicos zapatos que tenía que podrían combinar con ese vestido de ensueño, unos negros con algo de tacón, y de paso el bolso, que había llevado a la boda de mi hermana hacía ya tres años.
Ojalá hubiera estado en casa para ayudarme con el maquillaje.
Ane sí que sabía ponerse guapa. Pero vivía demasiado lejos para hacerme de esteticista.
Me cepillé el pelo y me puse unas horquillas que al final decidí descartar.
Mejor suelto. El rubio oscuro de mi melena lisa se vería acentuado con el color ciruela del vestido.
Usé el tono rosado más claro de mi paleta de sombras, rímel negro y el brillo de labios casi incoloro.
Sí, así era suficiente. El vestido tenía una tonalidad demasiado viva como para matarla con maquillaje llamativo.
Mi madre llegó corriendo con el vestido en una percha.
Planchado era todavía más bonito. Metí a toda velocidad mis cosas en el bolso haciendo recuento: llaves, cartera, pañuelos, brillo de labios, unos chicles...
Ya estaba todo. Tampoco me cabría mucho más en el estúpido bolsito de boda.
Me calcé, me vestí y entonces... me vi demasiado elegante.
¿Me habría pasado? No tenía ni idea de cómo irían mis amigas.
No quería solapar a Natalia, era su día.
Bajé a toda velocidad, pero a mitad de camino recordé que me había dejado lo más importante... ¡El regalo de Natalia! Subí de nuevo de dos en dos las escaleras y volví a bajar, lo que sobresaltó a mi padre, quien leía el periódico en la sala con la radio puesta.
—¿Quién ha llamado a la caballería? —bromeó al oír el sonido de mis tacones.
—¡Soy yo, papá! Me voy al cumple de Natalia.
Me puse nerviosa al ver que se levantaba del sillón y se acercaba hasta la entrada.
Mi madre mantuvo una discreta distancia, aunque dispuesta a intervenir de ser necesario, sin duda.
Ya habrían hablado del tema y ella habría terciado por mí; sabía que mi padre era un poco sobreprotector con los peligros de la noche.
—¿Adónde pensáis ir? —preguntó él según me recorría con la mirada de arriba abajo, como un escáner.
—Vamos a La Loko, una discoteca de moda. Pero no te preocupes, porque el novio de Natalia y su amigo nos llevan y traen en sus coches.
Entonces me miró a los ojos, intentando ver alguna mentira escondida en ellos.
—No beberán esos amigos tuyos, ¿no?
—Claro que no. Son deportistas, juegan en el equipo de baloncesto de la universidad.
Levantó una ceja —gesto que yo había heredado, no así su tez y cabello oscuros— y miró desconfiado.
—Eso no garantiza nada —protestó y volvió a escrutarme, pero deteniéndose esta vez en mi falda. Sin pedir permiso, abrió los dos botones de mi chaqueta y me miró con cara de susto.
Empecé a prepararme para un sermón sobre los escotes, los hombres y el «pensamiento único».
—Este no será..., no será... —tartamudeaba mirando a mi madre y al vestido de forma intermitente.
—Sí, sí que es —corroboró, acercándose a él y dándole un beso en los labios.
Me quedé alucinada ante la reacción de ambos.
Cuando mi padre consiguió volver en sí, soltó mi chaqueta y se dio media vuelta.
Abroché los botones a la espera de alguna palabra de aprobación antes de salir por la puerta.
Pero no parecía que fuera a decir nada. Miré mi reloj y vi que eran las seis menos veinte. Ya llegaba tarde.
—Papá, me están esperando...
De pronto volvió a la entrada, abrió la puerta y, con una mirada que jamás le había visto, como si hubiera rejuvenecido veinte años, al igual que mi madre minutos antes dijo:
—Ve con cuidado, princesita. Hoy tendrás que espantar a los chicos como a moscas.
Sonreí y me lancé a su cuello para darle un beso enorme en su carrillo derecho, mi favorito, pues al reír le salía un hoyuelo que sí había heredado, aunque yo en mi moflete izquierdo.
—Gracias, papá. No te preocupes, estaré bien.
Salí disparada por la puerta.
—¡Te quiero en casa antes de las tres! —me gritó cuando ya estaba cruzando el jardín. Le hice un gesto con la mano para que supiera que le había oído y seguí corriendo, intentando no tropezarme.
Con suerte, no llegaría más de quince minutos tarde.