Cuando la noche es púrpura Capítulo 1
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Cuando la noche es púrpura

Cuando la noche es púrpura

Por Mina Vera

© inepub.com

Capítulo 1

B era de Bidasoa

Llevaba más de una hora probándome modelitos y aún no había decidido qué ponerme.

Parecía que mi ropa había sufrido un inexplicable cambio en el armario y todo me sentaba fatal.

Y cuando digo todo es todo: una montaña de tela había convertido mi dormitorio en una habitación sin cama.

Lo peor era que solo me quedaba media hora para prepararme y no me iba a dar tiempo a volver a colocar nada en su sitio, por lo que tendría que recogerlo al volver esa noche.

Si todo salía bien y mi madre había convencido a mi padre para que me dejara llegar más tarde de forma excepcional, estaría agotada y ponerme a organizar el armario sería lo último que me apetecería.

Me enfundé por enésima vez mis vaqueros nuevos y una camiseta verde sin mangas que me gustó muchísimo cuando me la probé en la tienda .

Sin embargo, en aquel momento lucía simple, como cada sábado en nuestro pequeño pueblo a orillas del Bidasoa, donde por lo general solíamos estar en el parque, en el río si era verano o tomando un refresco en uno de los tres bares que podríamos considerar «para jóvenes».

Ese era el plan de cada fin de semana y unos vaqueros con una camiseta estilosa eran más que suficiente.

No obstante, esa tarde no era como las demás.

Para empezar, íbamos a celebrar el primer decimoctavo cumpleaños de la cuadrilla, el de la que era mi mejor amiga desde la guardería. Desde los dos años Natalia y yo habíamos sido inseparables. Hasta que hacía unos cuantos meses no había tenido más remedio que darle un poco de espacio.

El verano anterior habíamos conocido a un grupo de chicos de Lesaka, un pueblo cercano.

Eran tres años mayores que nosotras y Natalia salía con uno de ellos desde septiembre.

Por lo menos el chico me caía genial, bueno, a mí y a todas.

Ager era mucho más que un chico guapo y simpático.

Iba a la facultad de Derecho en la universidad de Pamplona y era alumno destacado de su clase.

Además, era deportista y tenía coche. La verdad es que Natalia era la envidia de todas sus amigas, sobre todo porque la veíamos feliz.

Celebrar su cumpleaños yendo a una gran discoteca era algo que ella había deseado desde hacía mucho tiempo.

Ager había decidido hacer su sueño realidad llevándonos a todas sus amigas a La Loko.

Desde luego, no podía ir a la disco más cool de la comarca de las Cinco Villas con mi minifalda vaquera y esa horrenda camisa azul.

Mi visión en el espejo me hizo estremecer y volví a lanzar el conjunto sobre la cama, dándome casi por vencida.

—¡Hija, pensaba que no había huracanes en esta época del año! —exclamó mi madre tras llamar a la puerta y entrar de inmediato, sin darme tiempo a decir nada más que «adelan...», como siempre.

—Tranquila, mamá, lo recogeré todo cuando vuelva. Pero ahora, por favor... ¡Ayúdame a elegir qué ponerme!

Se quedó muy sorprendida, casi más que al ver mi propia versión del Everest en mitad de la habitación.

—¿En serio quieres que te aconseje qué ponerte?

—Estoy desesperada. Nada me queda bien —confesé y lancé con desgana unas mallas rojas que ni siquiera recordaba que tenía. ¿De dónde había salido esa cosa tan horrible?

—Vaya, sí que debe de ser importante esa fiesta. Nunca me habías pedido consejo para vestirte. En realidad, nunca te ha importado demasiado qué ponerte.

—¿Insinúas que suelo ir hecha un adefesio?

Mi madre se carcajeó y se acercó a mí. Me cogió la cara con las dos manos y aplastó mis mofletes hasta que mi boca quedó igual que cuando imitas a un pez. Me sentí ridícula y yo también me eché a reír.

—Claro que no, Edurne, ¿cómo iba a pensar eso? Lo que digo es que tú nunca le habías dado más importancia a la ropa de la que tiene. Además..., ¡estás preciosa con cualquier cosa que te pongas!

Levanté una ceja y señalé la Torre de Pisa que se había formado sobre mi cama con el contenido íntegro de mi armario. Mi madre rodeó la obra de arte intentando buscar algo adecuado y tiró de la manga de mi bolero negro.

—Esta chaqueta es elegante y te queda muy bien. Si lo de hoy es tan especial, es una buena elección.

—Bueno..., podríamos decir que es especial.

Si me preguntaba más, estaba segura de que la explicación más obvia sería suficiente para convencerla: además de ser el cumpleaños de Natalia, íbamos a ir por primera vez a una gran discoteca. ¿Por qué habría de imaginarse que lo que me hacía sentir tan insegura tenía que ver con un chico?

—La cuestión es qué me voy a poner debajo de eso. —Volví a centrar el tema en mi indumentaria.

Mi madre dio un par de vueltas tirando de mangas y perneras y desechando varias prendas de ropa tras intentar conjuntarlas con la única que estaba decidida.

De pronto se quedó paralizada, miró hacia su izquierda y hacia arriba con una mano en la barbilla, como queriendo hacer memoria.

En pocos segundos, sonrió de forma extraña y exclamó:

—¡Lo tengo! ¡Ven conmigo, corre!

Me cogió de la mano y me arrastró fuera de la habitación. En menos de quince segundos habíamos subido las escaleras hasta el desván y revolvía cajas y armarios de trastos viejos que no se habían tocado desde... nunca, que yo recordara.

La miré un poco asustada. ¿Qué pretendía encontrar allí? No podía perder ni un segundo, aún no me había peinado ni maquillado.

—Mamá, de verdad que tengo prisa. El novio de Natalia y su amigo vienen a buscarnos en sus coches y no quiero hacerlos esperar.

—Un segundo, sé que está por aquí, en algún sitio.

Revolvía por segunda vez el armario ropero con prendas envueltas en plásticos y fundas. Si me iba a sacar un traje del siglo anterior, podría habérselo ahorrado.

—¡Al fin! Aquí está. Estoy segura de que te quedará como un guante.

Miré con reservas la funda que sostenía entre sus manos y procuré no sonar ofensiva al rechazar algo tan viejo.

—No pienses que no te lo agradezco, pero dudo que algo que haya aquí me sirva para esta ocasión.

—Anda, míralo primero y luego me dices. Este vestido es perfecto. Lo fue para mí la noche de fin de curso del instituto y lo será para ti hoy.

Abrí la cremallera y en cuanto descubrí el color de la tela de satén me cambió la cara. Lo sé por la sonrisa que se dibujó en la de mi madre cuando vio mi expresión. Lo saqué a toda velocidad y me lo puse. Aun sin tener un espejo delante, sentí que me quedaba como hecho a medida.

—Ese chico se va a quedar de piedra cuando te vea. —Me cogió de una mano y me hizo girar trescientos sesenta grados sobre mí misma.

Mi madre era increíble. Me había descubierto sin que yo le dijera nada.

Tan solo mis amigas sabían que me gustaba Jon desde que Ager nos lo presentó como su nuevo amigo del equipo de baloncesto de la universidad.

Nada más verlo, me pareció un príncipe de cuento.

Alto y atlético, de cara angelical, espesa cabellera rubia, ojos azul cielo y una sonrisa de anuncio.

Fue encantador con todas nosotras y no nos trató como a unas crías, cosa que sí habían hecho algunos de los amigos de Ager durante el verano.

El remate que hizo que mi corazón suspirara fue su mirada fija en mí cuando anunció que vendría él mismo a buscarnos al pueblo esa tarde.

Aun viviendo en Pamplona, iba a hacer más de sesenta kilómetros hasta Bera, ya que todas no cabíamos en el coche de Ager.

La Loko no estaba demasiado lejos, apenas a cinco kilómetros por el sendero del río, pero por carretera se daban más vueltas y el recorrido era tres veces más largo.

Según mis amigas, yo también le gustaba a Jon y que viniera a buscarnos era una prueba irrefutable de ello.

Que quisiera hacerle un favor a su amigo ayudándolo con el regalo que le había prometido a su novia no les parecía motivo suficiente.

Impaciente por ver mi reflejo, bajé las escaleras hasta mi cuarto y me miré en el espejo de cuerpo entero del interior de la puerta de mi vacío armario. El vestido estaba bastante arrugado, el satén es lo que tiene, pero planchado quedaría como nuevo.

¡Era el vestido perfecto!

Tenía un escote en pico, sin llegar a enseñar demasiado, tirante estrecho y cruzado en la espalda, cintura alta entallada antes de llegar a una falda con vuelo hasta la rodilla. Parecía mentira que mi madre hubiera llevado algo así hacía más de veinte años.

—Toma, ponte la chaqueta. A ver cómo te queda. —Me miraba con nostalgia en los ojos. Era como si hubiera rejuvenecido hasta volver a tener mi edad. De hecho, ambas nos parecíamos mucho—. Aquella noche de cielo púrpura conocí a tu padre.

Me puse el bolero, que me combinaba de maravilla y me cubría justo hasta el comienzo de la falda. Me sonreí a mí misma en el espejo y después a mi madre a través de él.

—¿Aquella noche el cielo era del mismo color que tu vestido? —Me balanceé como una campana para comprobar la amplitud del vuelo de la falda.

—No exactamente. Esta tela es más bien de un tono ciruela. Aquella noche el cielo brillaba con un imposible color púrpura. No violeta, ni lila, ni morado... Púrpura —insistió mi madre.

Intenté visualizarlo, sin éxito. Nunca había visto el cielo de ese color. Se suponía que aquella tonalidad no estaba en el espectro de luz visible, como sí lo estaba el violeta. Decidí seguir interrogando a mi madre.

—¿Fuiste con papá a la fiesta de fin de curso?

—No, fui con mi novio del instituto. Pero conocí a tu padre y todo cambió.

—¿Todo cambió esa noche?

Volvió a mirar a su izquierda, haciendo memoria a la vez que una tímida sonrisilla asomaba por sus labios.

—Así es, todo cambió esa misma noche. Tu padre era uno de los camareros del hotel donde se celebró aquella fiesta.

Se costeaba los estudios de Hostelería trabajando en eventos de ese tipo.

Desde que entré por la puerta no me quitó ojo de encima, a pesar de ir del brazo de mi entonces novio.

—Para mi sorpresa, miró al suelo, como avergonzada.