Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 25. Bajo la compuerta
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Capítulo 25. Bajo la compuerta

A las seis y doce de la mañana, la rampa oeste parecía pertenecer a otro pueblo.

Habían retirado la cadena amarilla, pero la valla seguía cerrando el acceso principal.

Detrás, bajo la luz gris del amanecer, había cascos, chalecos reflectantes, dos vehículos municipales y un generador que tosía cada pocos segundos.

El mar se había retirado lo suficiente para dejar al descubierto la base del dique y la placa que Vera y Clara habían fotografiado el día anterior.

Marta Ledo revisaba una carpeta apoyada sobre el capó de su coche.

A su lado, el ingeniero de seguridad, Lalo Paredes, comprobaba un medidor de gases y daba órdenes a dos operarios.

Elisa Montero había acudido con otra agente y una cámara de registro.

Andrés estaba junto a Nando, que llevaba el chaleco de la cofradía y una expresión tensa.

Sergio Varela llegó el último, acompañado por un hombre de traje que no se quitó los guantes al dar los buenos días.

Clara se ajustó el casco bajo la barbilla. Vera la miró y vio que estaba pálida.

—Podemos quedarnos fuera —dijo en voz baja—. No tienes que entrar para que esto sea tuyo.

Clara le sostuvo la mirada.

—No quiero entrar por demostrar nada. Quiero estar cuando vean lo que haya.

—El ingeniero decidirá quién entra.

—Lo sé.

No había desafío en su voz. Solo una calma trabajada. Vera sintió orgullo y miedo a la vez; dos emociones que se parecían demasiado cuando se referían a Clara.

Lalo llamó a todos alrededor del plano.

—La inspección se limita al tramo accesible del desagüe de alivio.

No vamos a excavar ni a retirar elementos estructurales.

Entrarán dos personas del equipo técnico.

La agente Montero documentará desde el acceso.

Si aparece un objeto o una cavidad, nadie lo toca sin registrar primero la posición.

Tenemos cuarenta minutos antes de que el agua empiece a volver con fuerza.

—¿Y ellas? —preguntó el abogado de Sergio, señalando a Clara y Vera sin nombrarlas.

Marta respondió antes que nadie.

—La propietaria y la técnica que solicitó la revisión permanecerán en el punto de control. Si el ingeniero necesita identificar elementos del mural o del registro, podrán responder. No entrarán sin autorización.

Vera notó que Clara apretaba los labios. Le rozó el codo una vez, no para hacerla callar, sino para recordarle que podía protestar si necesitaba hacerlo. Clara negó apenas con la cabeza.

—Está bien —dijo.

A Vera le sorprendió lo difícil que le resultaba escuchar esa frase sin convertirla en una derrota. Quizá porque, durante demasiado tiempo, había confundido acompañar a alguien con empujarlo a cruzar un límite que no había elegido.

El acceso al conducto estaba oculto bajo una plataforma de piedra.

Lalo indicó a los operarios que retiraran una rejilla moderna que cubría la placa de C.A. 4.

No hubo martillos ni golpes espectaculares.

Solo el chirrido de cuatro tornillos corroídos y el sonido de una pieza de metal al dejarse a un lado.

Detrás apareció una abertura baja, del ancho de una puerta estrecha. El interior era oscuro. El medidor de gases emitió una luz verde.

—Aire estable por ahora —dijo Lalo—. La marea no está entrando.

Sergio dio un paso adelante.

—Ese acceso llevaba sellado décadas. No entiendo qué esperan encontrar.

Clara lo miró.

—Entonces no debería preocuparte que lo revisen.

El abogado puso una mano leve en el brazo de Sergio. Él no respondió.

Los dos técnicos entraron primero, arrastrándose con linternas sujetas al casco.

La cámara de Elisa registraba el interior desde la entrada.

Vera observó la pantalla pequeña donde se movían sombras, piedra mojada y una tubería oxidada.

El conducto era más estrecho de lo que había imaginado.

No un túnel secreto ni un lugar hecho para ocultar cosas, sino una infraestructura vieja que el pueblo había dejado de mirar hasta olvidar que existía.

—Hay una compuerta manual al fondo —informó Lalo por radio—. Corroída, pero estable. Veo una placa de mantenimiento. Fecha de instalación: mil novecientos ochenta y siete.

Vera miró a Clara. Lucía había desaparecido tres años después.

—¿La compuerta puede abrirse? —preguntó Marta.

—No vamos a intentarlo. Está fijada por sedimento.

En la pantalla, la luz de uno de los cascos recorrió la pared derecha. Algo azul apareció bajo una capa de sal y lodo. Clara se acercó un paso al monitor.

—Es pintura —dijo.

Lalo se detuvo.

—¿Puedes identificarla?

Clara miró con atención. No era el mismo azul del mural. Era más oscuro, casi marino. Pero reconoció la manera de aplicar la línea: un trazo fino que no correspondía a ninguna marca técnica.

—No puedo asegurarlo desde aquí —dijo—. Pero parece una flecha. Alguien la pintó después de que se instalara la compuerta.

Sergio soltó una risa corta, sin alegría.

—¿Ahora una mancha de pintura va a detener la obra?

Clara no apartó los ojos de la pantalla.

—No. Pero quizá explique por qué mi abuela eligió pintar un mapa.

La flecha apuntaba hacia una grieta baja, cerca del suelo del conducto.

Uno de los técnicos se arrodilló y enfocó con la linterna.

La imagen mostró un hueco protegido por una rejilla antigua, distinta de la que acababan de retirar.

Dentro había un cilindro metálico atado a un soporte con alambre recubierto de óxido.

El silencio alrededor de la pantalla fue absoluto.

—No lo toquéis —dijo Elisa.

—No lo estamos tocando —respondió Lalo.

La cámara registró el objeto desde varios ángulos. Marta consultó el plano. Nando se inclinó hacia Andrés.

—Esa rejilla no aparece en los planos de la cofradía —susurró.

Vera oyó la frase. También la oyó Sergio.

—Puede ser basura —dijo él.

—Puede serlo —respondió Elisa—. Por eso se registra antes de afirmarlo.

Clara se había quedado muy quieta. Vera no intentó adivinar lo que sentía. Le ofreció la mano y Clara la tomó sin mirar.

Lalo pidió autorización para extraer el cilindro. Marta consultó con Elisa y con el abogado de Sergio. El intercambio duró menos de un minuto, pero a Vera le pareció un tiempo inútilmente largo. Finalmente, la agente asintió.

El técnico cortó el alambre con una herramienta pequeña. El cilindro salió cubierto de fango. Lo colocó en una bolsa transparente y lo llevó hasta la entrada sin abrirlo. Elisa lo recibió con guantes, anunció la hora y pidió que todos mantuvieran distancia.

La bolsa no pesaba casi nada. A través del plástico se distinguía una tapa roscada y, bajo la película de agua, una etiqueta deshecha por el tiempo.

Clara dio un paso hacia ella.

—¿Puedo verla?

Elisa acercó la bolsa sin entregársela. Clara no la tocó. Entrecerró los ojos.

—Hay letras —dijo.

Vera esperó.

—L. R.

No fue una prueba concluyente. Ninguna de las personas presentes fingió que lo fuera. Pero el aire cambió. Incluso Sergio bajó la mirada hacia el cilindro con una seriedad que no había mostrado antes.

Entonces el medidor de Lalo emitió un pitido distinto.

—Marea —dijo por radio—. El agua está entrando por el tramo norte. Salimos.

Los técnicos retrocedieron con rapidez, sin correr.

Uno de ellos tropezó en el borde de la abertura y Vera dio un paso instintivo, pero un operario ya lo sostenía.

En menos de un minuto, el conducto volvió a quedar vacío.

Lalo colocó la rejilla provisional mientras el agua empezaba a laminar las piedras de la rampa.

Clara soltó la mano de Vera solo cuando se dieron cuenta de que seguían sujetándola.

—¿Estás bien? —preguntó Vera.

—No lo sé.

Era una respuesta más honesta de lo que Vera habría podido dar.

Elisa colocó el cilindro dentro de un contenedor rígido.

—Esto irá al laboratorio. Se abrirá con registro. Si contiene documentación, se preservará. Si contiene otra cosa, se tratará igual.

—¿Cuándo sabremos? —preguntó Clara.

—No hoy.

Clara cerró los ojos durante un segundo. Luego los abrió.

—Está bien.

Vera entendió que no significaba que estuviera bien. Significaba que podía vivir una hora más sin saberlo.

Sergio se acercó a Marta.

—La inspección ha terminado. Espero que los trabajos puedan continuar.

Marta lo miró con cansancio.

—La inspección ha encontrado un objeto vinculado, al menos de forma indiciaria, con una desaparición y con una infraestructura no documentada en los planos aportados.

Ordeno la suspensión técnica-administrativa provisional de los trabajos preparatorios mientras se evalúan seguridad, patrimonio e impacto ambiental.

El abogado empezó a hablar. Sergio levantó una mano para detenerlo.

—No voy a destruir pruebas —dijo.

La frase no sonó a promesa. Sonó a una decisión tomada porque ya no podía seguir sosteniendo la otra.

Cuando la mayoría se hubo alejado, Vera y Clara permanecieron junto a la valla. El agua subía despacio, cubriendo la placa de C.A. 4 hasta borrar las letras.

—Tu abuela sabía que estaba ahí —dijo Vera.

—Creo que mi madre también.

—Y Eulalia dejó un camino para llegar.

Clara respiró hondo. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba.

—No quiero que el cilindro se convierta en todo lo que fue mi madre.

—No lo será.

—No puedes saberlo.

Vera asintió.

—No. Pero sí sé que no vas a tener que mirarlo sola.

Clara la miró entonces. No buscaba consuelo barato. Parecía valorar si Vera estaba ofreciéndole compañía o una forma de tomar el control. Quizá esa diferencia era ahora el lugar donde vivía su amor.

—Quédate conmigo hasta que lo abran —dijo.

Vera no respondió de inmediato. Después entrelazó sus dedos con los de Clara.

—Sí.

El mar siguió subiendo, paciente y oscuro, sobre el acceso que había guardado un cilindro durante veinticinco años.

* * *