Capítulo 24. La voz de Adela
El domingo por la tarde, Adela cerró la ferretería media hora antes y condujo a Clara hasta el almacén trasero. La cafetera permanecía sobre el mostrador con una nota: «Fuera de servicio por hostilidad».
Adela no afirmó haber visto lo ocurrido la noche de Lucía.
Recordó, en cambio, los meses anteriores: los cambios en los berberechos, las fotografías de camiones, las discusiones con Rafael y el miedo de Eulalia.
Lucía había sido tenaz, impuntual, mala cocinera y poco hábil para retirarse de una confrontación.
Clara recibió esos defectos como una devolución.
La ferretera sacó una fotografía. Lucía sostenía una red junto a Eulalia y una Adela mucho más joven; las tres reían, ajenas a la cámara. Clara pasó el dedo por el borde sin tocar la emulsión.
—Quiero que la tengas —dijo Adela—. Tu madre era más que la noche que falta.
Después habló de la hija mayor de Rafael.
Tenía diecisiete años cuando Lucía desapareció y se marchó de Moural poco después.
Cortó el contacto con Sergio y vivía fuera.
Adela conservaba una dirección vieja y un número obtenido por una prima.
Al compararlo con el contacto que Tomás había facilitado, Vera supo por primera vez el nombre de la testigo: Elena.
Adela no sabía qué había visto, solo que a la mañana siguiente buscó a Tomás y salió de su casa llorando.
Vera volvió a telefonear desde la cocina de Eulalia. Dijo qué documentos habían aparecido y qué seguía sin saberse. No grabó. No usó a Sergio como amenaza.
Elena reconoció la llamada anterior y pidió hablar primero con Vera en persona.
—Declararé si lo que recuerdo sirve —dijo—. Pero no voy a permitir que conviertan a mi hermano en heredero jurídico de mi padre. Sergio tenía catorce años. No sabía lo que pasaba.
—Eso constará con claridad —respondió Vera.
Fijaron la cita para la mañana siguiente, antes de la apertura documental. Clara archivó la foto en una funda neutra y escribió en la ficha los tres nombres. Por primera vez pudo registrar a Lucía como una persona presente en una imagen, no como una desaparición.
Clara llevó la fotografía a la mesa del comedor y preparó una funda de poliéster con cartón neutro. Adela protestó desde la silla.
—Si la encierras tanto, no va a respirar.
—Las fotografías no respiran.
—Esta lleva cuarenta años en una caja de galletas y sigue estupenda.
—Tiene huellas, una esquina doblada y manchas de grasa.
—Vida, se llama.
—Deterioro por manipulación, se llama.
Vera preparó café lejos de la imagen. La llamada con Elena estaba prevista para una hora después y ninguna quería llenar la espera con especulaciones.
Adela habló de la tarde de la fotografía.
Lucía había organizado una limpieza de redes abandonadas; Eulalia llevó empanada; las tres acabaron discutiendo porque Lucía pretendía cargar sola con una nasa rota.
—Era incapaz de pedir ayuda antes de lesionarse —dijo Adela.
Clara reconoció el rasgo con incomodidad. Quiso preguntar si su madre había sido feliz, pero la pregunta exigía una respuesta total que ninguna amistad podía dar.
—¿Quería irse de Moural?
—A veces. Quería trabajar en un laboratorio, llevarte a una ciudad con biblioteca grande y dejar de discutir con hombres que creían que una bióloga aficionada era una señora con prismáticos.
También quería esta ensenada y volvía cada vez que se marchaba dos días.
Desear otra vida no significa abandonar la que tienes.
La distinción cayó con un peso sereno. Clara anotó en la ficha «Cesión de Adela Mouriño» y pidió que firmara el permiso de archivo. Adela leyó cada línea, corrigió su segundo apellido y añadió que la reproducción pública requería consentimiento adicional.
—Aprendo deprisa —dijo.
—Cuando quiere.
—Vera también. Aunque necesitó una discusión para empezar.
Clara no permitió que el comentario desviara la escena hacia su relación. Le preguntó cuándo oyó por primera vez el nombre de Elena.
Adela explicó que la hija mayor de Rafael dejó el pueblo pocos meses después de la desaparición.
Tenía diecisiete años y estudiaba fuera.
Los rumores hablaban de una pelea familiar; Rafael decía que la joven era inestable.
Años más tarde, Elena volvió para el funeral de su madre y rechazó entrar en la empresa.
Adela recibió su dirección de una prima común, pero nunca supo qué ocurrió junto al camino de servicio.
—No la conviertas en una respuesta antes de oírla —advirtió.
Clara recordó la caja cerrada, la llave bajo custodia y las veces que una señal había parecido conducir a una conclusión simple. Guardó el bolígrafo.
—No lo haré.
Vera retomó la llamada desde el estudio del fondo, con la puerta abierta para que Clara supiera que no escondía su existencia y lo bastante lejos para proteger el contenido.
Se presentó, nombró a Tomás y dijo que una agente podía contactar si Elena aceptaba.
Hubo pausas largas. Vera tomó notas mínimas en una hoja visible: «permiso», «mañana», «Sergio».
Al terminar regresó al comedor.
—Acepta venir —informó—. Quiere hablar conmigo antes de declarar y exige que no usemos lo que diga contra Sergio salvo que se refiera a decisiones actuales.
—Tiene cuarenta y dos años —calculó Clara—. Era la joven de diecisiete.
—Sí. La hija mayor de Rafael. Sergio tenía catorce.
Adela sostuvo la taza entre las manos.
—Rafael sabía hacer pagar a sus hijos las deudas que eran suyas.
No dijeron más. Clara colocó la fotografía en el cajón plano, lejos de las herramientas del mural. La imagen no probaba una amenaza ni un vertido. Conservaba tres mujeres riendo una tarde. Por eso era importante.
Después acompañó a Adela hasta la puerta. La ferretera se detuvo en el porche.
—Te pareces a Lucía cuando te enfadas y a Eulalia cuando decides qué hacer después.
—Preferiría parecerme a mí.
Adela sonrió.
—Vas por buen camino.
Clara regresó junto a Vera. La inspección estaba programada al amanecer y Elena llegaría después.
Dos hechos futuros, ningún desenlace garantizado.
Prepararon cascos, documentos y ropa seca.
Antes de dormir, Clara revisó la funda de la fotografía una vez más.
Había empezado el día buscando una testigo.
Lo terminaba con una madre capaz de reír con la boca llena, llevar una red al hombro y querer irse sin querer abandonar a su hija.
* * *