Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 23. El trabajo que se elige
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Capítulo 23. El trabajo que se elige

El domingo amaneció con una claridad fría, como si el viento hubiera barrido el cielo durante la noche y no hubiera dejado sitio para las excusas.

Clara estaba sentada en la mesa de la cocina con el portátil abierto cuando Vera bajó las escaleras. Llevaba un jersey demasiado grande y el pelo recogido de cualquier manera. Se detuvo al verla.

—¿No has dormido?

—He dormido a intervalos muy poco profesionales.

Vera miró la pantalla. El correo del estudio de San Miguel ocupaba la mitad superior. Debajo, sin abrir, había otro mensaje de Mateo con el asunto: Muestras y solicitud de acceso.

—Hoy tienes que responder —dijo Vera.

Clara asintió.

—A las nueve.

Eran las ocho y diecinueve.

Vera se sentó enfrente sin tocar el portátil ni el café. Clara agradeció que no dijera que podía decidir por ella. Agradeció también que no intentara volver pequeña la decisión con frases sobre oportunidades futuras.

—El teatro es una oportunidad importante —dijo al fin.

—Sí.

—No sería deshonesto irme. Moural no se sostiene sobre mis hombros.

—No.

—Y no sería deshonesto quedarme.

—Tampoco.

Clara sonrió sin humor.

—Eso no ayuda nada.

—Lo sé. Pero es verdad.

La respuesta le dio una calma extraña. No la calma de quien encuentra el camino correcto porque alguien se lo ha señalado, sino la de quien deja de buscar una absolución imposible.

Abrió el correo de Mateo. El técnico explicaba que las muestras tomadas desde la zona pública no bastaban para determinar el origen de los depósitos, pero presentaban diferencias visibles respecto a la referencia tomada aguas arriba.

Había remitido los frascos a un laboratorio regional y apoyaba una inspección limitada del desagüe de alivio, siempre que el ayuntamiento autorizara el acceso y se cumpliera un plan de seguridad.

Andrés había solicitado una reunión urgente.

La respuesta podía llegar ese mismo día.

Clara leyó el mensaje dos veces.

—No es una prueba —dijo.

—No —respondió Vera—. Es una razón para mirar mejor.

Clara pensó en el mural, en la caja de Eulalia y en la brújula que Tomás había dejado durante décadas en manos de una mujer que comprendió que guardar algo no era lo mismo que enterrarlo.

Pensó en San Miguel, en el telón antiguo que había visto solo en fotografías, en la seguridad de un trabajo que conocía y que todavía le importaba.

También pensó en la pared norte de la casa. En el hueco que había dejado la caja. En la posibilidad de que Moural se convirtiera en una deuda en vez de una elección.

A las ocho y treinta y seis escribió al estudio.

Gracias por la ampliación y por contar conmigo. He decidido no incorporarme al proyecto en este momento. Sé que la decisión puede tener consecuencias y las asumo. Lamento los problemas de planificación que pueda causar y agradezco la oportunidad.

Leyó el texto una vez más. No mencionó a Vera. No mencionó a Lucía, el dique ni la casa. No necesitaba justificar su decisión para que fuera real.

Pulsó enviar.

El vacío que sintió después no fue alivio ni pánico. Fue espacio. Un espacio incómodo, pero suyo.

Vera no se levantó para abrazarla. Se quedó donde estaba.

—¿Quieres que diga algo? —preguntó.

Clara cerró el portátil.

—No todavía.

Vera asintió.

—Está bien.

Un rato después, mientras lavaban las tazas, Clara habló sin mirar hacia ella.

—No quiero que esto se convierta en una historia donde dejo mi vida por una persona a la que conozco desde hace dos semanas.

—No lo será.

—No, porque no la dejo por ti. La dejo porque no quiero seguir restaurando lugares a los que otros regresan mientras yo evito mirar el mío.

Vera dejó el paño sobre la encimera.

—Eso sí lo entiendo.

Clara se volvió. Había esperado tristeza, quizá preocupación, en la cara de Vera. Encontró respeto. No era una respuesta espectacular, pero era la que necesitaba.

A las once fueron a la oficina de Andrés. Allí estaban Mateo, Irene y una mujer de chaqueta gris que se presentó como Marta Ledo, técnica de medio ambiente del ayuntamiento. Sobre la mesa había un mapa de la rampa, las fotografías de Vera y el informe preliminar de las muestras.

Marta habló con una precisión que Clara agradeció.

—No autorizamos una búsqueda. Autorizamos una inspección de seguridad y de posible impacto ambiental. La diferencia importa.

—¿Podremos entrar al conducto? —preguntó Vera.

—Si el ingeniero de seguridad lo considera estable. Habrá un equipo municipal, una persona de la cofradía, un representante de la propiedad y vosotros como observadoras vinculadas a la solicitud. Nadie entra solo. Nadie toca nada sin registrarlo.

—¿Cuándo? —preguntó Clara.

—Mañana al amanecer, durante la marea baja. Es la única ventana antes de que comiencen los trabajos preparatorios.

Irene soltó el aire por la nariz.

—Varela no va a estar contento.

Como si el nombre lo hubiera convocado, Sergio apareció en el marco de la puerta. No entró del todo. Llevaba una carpeta de cuero y un abrigo oscuro que parecía demasiado bueno para la oficina pequeña de Andrés.

—Me han dicho que hay una reunión sobre mi proyecto —dijo.

Marta se puso de pie.

—Señor Varela, le avisaremos por los canales correspondientes.

—Ya me han avisado. Quería hablar con la propietaria.

Clara sintió que todas las miradas se movían hacia ella. Se levantó antes de que alguien pudiera responder por su cuenta.

—Hablemos fuera.

Sergio la siguió al pasillo. Vera no intentó impedirlo. Eso le dio a Clara fuerza.

—No quiero discutir —dijo Sergio—. Quiero ofrecer una salida razonable. La empresa puede financiar el traslado del mural a un centro cultural. Podemos conservarlo, contratar una restauración completa y dejar que el proyecto siga adelante. Moural gana las dos cosas.

Clara miró la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—¿Y el terreno? ¿Y el desagüe?

—Si la inspección no encuentra nada relevante, no hay motivo para paralizar una obra que da empleo.

—Entonces no es una salida. Es una forma de que acepte una conclusión antes de mirar.

—No estoy ocultando nada, Clara. Mi padre murió hace años. No puedo responder por cada rumor que dejó detrás.

—No te estoy pidiendo que respondas por él. Te estoy pidiendo que no cubras con cemento un lugar que todavía no se ha revisado.

La mandíbula de Sergio se tensó.

—¿Y si no hay nada? ¿Vas a devolverle al pueblo el tiempo y el dinero?

Clara pensó en Mauro, en el hijo que esperaba un contrato. No quería convertir esa preocupación en un arma contra Sergio. Pero tampoco quería permitir que él convirtiera el miedo del pueblo en una razón para no investigar.

—Si no hay nada, habremos hecho una inspección necesaria. Y si lo hay, el pueblo merece saberlo antes de construir encima.

Sergio la miró durante unos segundos. Luego asintió de forma breve.

—Mañana estará mi abogado.

—Que esté.

Cuando volvió a la oficina, Vera la esperaba junto a la ventana.

No preguntó cómo había ido. Solo rozó con los dedos el dorso de la mano de Clara.

Fue un contacto breve, suficiente para que Clara supiera que no estaba sola y, al mismo tiempo, que seguía siendo dueña de la decisión que acababa de tomar.

Afuera, el mar golpeaba el muelle con una fuerza regular. Mañana entrarían al desagüe de alivio. No para encontrar un milagro ni para convertir el dolor en prueba. Entrarían porque, por primera vez, tenían permiso para mirar.

* * *