Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 22. La línea de retorno
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Capítulo 22. La línea de retorno

Vera despertó con Clara atravesada sobre su brazo y una certeza poco científica: prefería perder la sensibilidad antes que despertarla. Clara abrió los ojos, evaluó la situación y le ordenó preparar café.

—¿Qué dosis?

—La suficiente para prevenir que etiquetes muestras por color.

—Era código de seguridad. La belleza fue un efecto colateral.

Bajaron sin vergüenza ni promesas nuevas. La señora gata esperaba en el jardín, instalada sobre el jersey que Vera había dejado junto a la puerta. Clara aceptó la derrota material y recuperó el jersey a cambio de comida.

La marea baja llegó con un cielo demasiado claro para la tormenta que anunciaban las nubes del oeste.

Vera había revisado la hora tres veces antes de salir de casa.

Llevaba una mochila con frascos estériles, etiquetas impermeables, guantes, una cámara y el protocolo que Mateo le había enviado por correo.

También llevaba una cuerda corta, aunque sabía que no debían necesitarla si se mantenían fuera de la zona cerrada.

Clara la esperaba junto al coche con botas de agua, una chaqueta azul y una expresión que no intentaba ocultar que había dormido poco.

—Mateo ha dicho que no crucemos la cadena —dijo Vera a modo de saludo.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días. No crucemos la cadena.

Clara abrió la puerta del copiloto.

—No vamos a cruzar la cadena.

—Y volvemos antes de que el agua alcance el primer escalón.

—Vera.

—Lo sé. Estoy siendo insoportable.

Clara la miró un momento.

—Estás asustada.

La precisión de la frase hizo que Vera apretara la correa de la mochila.

—Un poco.

—Yo también.

No hubo promesas después de eso. Solo el ruido del motor al arrancar y el camino corto hasta el extremo de la ensenada.

La rampa oeste estaba cerrada con una cadena amarilla y un cartel nuevo de Varela Costa.

Al otro lado de la valla, dos trabajadores descargaban tubos de plástico de una furgoneta.

No parecían estar haciendo nada ilegal. Esa era la parte que más inquietaba a Vera: la facilidad con que la urgencia podía vestirse de rutina.

Irene las esperaba cerca de los escalones públicos, con un chaleco reflectante y un termo bajo el brazo.

—Mateo ha mandado un mensaje —dijo—. Dice que está retenido en una inspección al norte y que no llegará. Me ha pedido que registre la hora desde aquí y que os recuerde que no sois heroínas.

—Qué manera tan poco elegante de describirnos —dijo Clara.

—Es una mujer práctica.

Vera le entregó a Irene una hoja con el protocolo.

—Tomaréis nota de cada muestra. Si alguien se acerca, no discutimos. Si el agua sube, nos vamos.

—Sí, capitana —dijo Clara.

Vera quiso responder que no era capitana de nada. En lugar de eso, se ajustó los guantes y bajó por los escalones hasta la franja de piedra descubierta por la marea.

El borde de la ensenada había cambiado desde que Clara llegó a Moural.

Donde el agua cubría todo desde la carretera, ahora había algas oscuras, pequeños charcos que reflejaban el cielo y restos de madera atrapados entre las rocas.

El dique se alzaba a pocos metros, más alto de lo que parecía desde arriba.

En su base, la piedra estaba cubierta por una película gris que no pertenecía del todo al mar ni a la tierra.

Clara descendió detrás de Vera con el cuaderno de registro bajo el brazo.

—¿Dónde empezamos?

Vera señaló dos puntos separados por varios metros.

—Primero en la zona aguas arriba, donde el agua entra limpia desde la ensenada. Después cerca de la rampa, sin tocar el mortero ni la rejilla. Necesitamos comparación, no una historia que parezca hecha a medida.

Clara la miró de reojo.

—¿Eso también va dirigido a mí?

—Va dirigido a las dos.

La primera muestra fue sencilla. Vera llenó el frasco con sedimento superficial y Clara anotó la hora, la localización y el estado de la marea.

Irene tomó fotografías desde los escalones.

El procedimiento era aburrido de una forma reconfortante.

Cada paso tenía una razón. Cada gesto podía explicarse después.

Al acercarse al segundo punto, el viento levantó una ráfaga que les trajo el olor de las algas removidas.

Vera se agachó junto a una grieta entre las piedras.

Había una línea de polvo claro adherida a la roca, como si alguien hubiera vertido cemento y el mar hubiera intentado borrarlo sin conseguirlo.

—No lo toques —dijo Clara.

Vera retiró la mano.

—No iba a hacerlo.

—Ya sé. Solo quería decirlo en voz alta.

Vera asintió. Clara se arrodilló a su lado y fotografió la marca con la cámara de Vera. Por un momento, sus hombros se rozaron. Ninguna se apartó.

—Parece que sigue la línea de la grieta —dijo Clara.

—Sí.

La grieta avanzaba hacia el dique y desaparecía bajo una plataforma de piedra. Vera se acercó un poco más, sin cruzar la cadena que delimitaba la rampa. Desde allí pudo ver algo que la marea había dejado expuesto entre dos bloques: una pequeña placa metálica, casi cubierta de lodo.

No estaba dentro de la zona cerrada. Estaba en el borde, justo donde el agua se retiraba antes de volver.

—Clara, mira.

Clara se inclinó, pero no tocó la placa. Entre las manchas de sal se distinguían letras grabadas.

C.A. 4. DESAGÜE DE ALIVIO.

Vera sintió un escalofrío. No era una prueba de la desaparición de Lucía.

No demostraba vertidos ni encubrimientos.

Pero confirmaba que la estructura que aparecía en el registro portuario no era una abstracción enterrada en un archivo.

Estaba allí, conectada a la rampa y a la línea de piedra que alguien había cubierto con mortero nuevo.

—Fotografía, hora, posición —dijo Vera.

Clara ya estaba escribiendo.

El agua golpeó una roca a sus espaldas. Vera miró hacia la ensenada. La marea aún estaba baja, pero el viento había cambiado. Las olas entraban con más fuerza de la prevista.

—Tenemos que irnos —dijo.

—Aún falta la muestra de la grieta.

—No vamos a tomarla si tenemos que acercarnos más.

Clara alzó la vista. Durante un segundo, Vera temió que discutiera. En cambio, Clara guardó el cuaderno dentro de la chaqueta.

—De acuerdo.

La facilidad con que aceptó la decisión casi desarmó a Vera. Era una confianza nueva, frágil y real. No quiso arruinarla con gratitud excesiva.

Empezaron a volver por el mismo camino. A mitad de la franja de roca, una ola más alta alcanzó el borde que acababan de abandonar. Clara resbaló sobre un canto húmedo; Vera la sostuvo por el brazo y ambas recuperaron el equilibrio sin caer.

—¿Estás bien? —preguntó Vera.

Clara respiraba rápido.

—Sí. Solo he descubierto que mis botas no son tan heroicas como creía.

Vera soltó una risa nerviosa. No podía evitar mirar la marea, que ya cubría el charco donde habían tomado la primera muestra.

—Tenemos que movernos.

Clara asintió. Esta vez fue ella quien tomó la mano de Vera para levantarse. No la soltó al avanzar hacia los escalones.

Irene las vio llegar empapadas hasta las rodillas y negó con la cabeza.

—Me han dicho que no sois heroínas. Parece que tampoco sabéis obedecer órdenes simples.

—No cruzamos la cadena —dijo Clara.

—Eso va a hacer muy feliz a Mateo.

Vera entregó los frascos a Irene. Tenía cuatro muestras válidas, las fotografías y el registro de la placa.

No era suficiente para detener la obra. No era suficiente para afirmar qué había ocurrido con Lucía.

Pero era algo que podía revisarse, contrastarse y, si hacía falta, discutir delante de quien tuviera autoridad para hacerlo.

Llevaron las muestras al pequeño laboratorio de la asociación, dos calles más arriba.

Irene guardó los frascos en una nevera portátil mientras Vera completaba las etiquetas: hora, marea, localización, profundidad superficial, observación visual.

Clara se sentó junto a la mesa de trabajo con las botas todavía húmedas y miró cómo Vera escribía.

La letra de Vera se estrechaba cuando estaba preocupada; Clara no sabía cuándo había aprendido a reconocerlo.

—¿Qué esperas encontrar? —preguntó.

Vera dejó el rotulador.

—No espero encontrar una respuesta perfecta. Si las muestras de la rampa tienen componentes que no aparecen aguas arriba, podremos pedir un análisis independiente. Si no los tienen, sabremos que esa vía no basta.

—¿Y la placa?

—La placa confirma que el desagüe existe. No confirma quién lo usó ni cuándo. Pero obliga a que dejen de decir que estamos imaginando una estructura que no está ahí.

Clara asintió. La claridad de Vera no anulaba el miedo, pero le daba una forma menos confusa.

—Antes, cuando me dijiste que teníamos que irnos, pensé que estaba a punto de enfadarme —admitió—. Quería una muestra más. Una cosa más que llevarnos.

—Yo también la quería.

—Pero nos fuimos.

Vera la miró. El pelo se le había secado en mechones oscuros sobre la frente y tenía una mancha de barro en la muñeca.

—Nos fuimos porque estabas allí conmigo.

Clara sostuvo la mirada. No necesitó convertir la frase en algo más grande. Se levantó y tomó una toalla limpia de un cajón. Con ella, limpió el barro de la muñeca de Vera con un cuidado que hizo que ambas se quedaran quietas.

—No te acostumbres a que te cuide después de cada desastre —dijo Clara.

—No pienso provocarlos para comprobarlo.

Irene carraspeó desde la otra mesa.

—Agradecería que ningún desastre afectivo ocurriera sobre mis muestras.

Las dos se apartaron, riendo. El susto cedió sin alterar las etiquetas ni el registro.

Desde la rampa, uno de los trabajadores las observaba. Cuando Vera levantó la cámara para fotografiar el cartel nuevo, el hombre se apartó sin decir nada.

Clara apretó su mano una vez antes de soltarla.

—¿Qué significa la placa?

—Que el desagüe de alivio sigue ahí —dijo Vera—. Y que quizá el mortero no está tapando solo una grieta.

Clara miró el agua cubriendo de nuevo la piedra.

—Entonces tendremos que conseguir permiso y una ventana de marea segura para verlo.

Vera guardó la cámara en la mochila. El gesto de Clara no era una pregunta ni una orden. Era una decisión compartida.

Por primera vez desde que encontró la brújula, Vera sintió que la prisa no las estaba empujando en direcciones distintas.

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