Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 21. Una pausa no es refugio
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Capítulo 21. Una pausa no es refugio

Cocinaron porque Clara necesitaba utilizar las manos y Vera necesitaba instrucciones que pudiera cumplir. La tortilla se pegó en la sartén de Eulalia. Vera alegó una distribución térmica defectuosa; Clara dictaminó negligencia culinaria.

—Hay que bajar el fuego antes de añadir el huevo.

—La receta no especificaba temperatura.

—La receta presupone juicio.

—Eso introduce sesgo de experiencia.

La discusión les permitió moverse por la cocina sin medir cada paso.

Clara cortó tomate, alineó los platos y corrigió el grosor del pan.

Vera abrió una botella y puso la mesa en el rincón junto a la ventana.

Ninguna mencionó el beso interrumpido ante el mural ni el primero en la cocina como argumento a favor de nada.

Comieron despacio. Clara explicó que seguía dolida por la omisión. La reparación de Vera había llegado a tiempo para no repetirse durante días, pero el daño no desaparecía porque la conducta siguiente fuera correcta.

—Lo entiendo —dijo Vera.

—No quiero que conviertas «lo entiendo» en una forma de castigo. Tampoco necesito que te sientes frente a mí pareciendo culpable durante seis meses.

—¿Qué necesitas?

Clara se tomó un momento. Antes habría preferido que Vera adivinara la respuesta exacta y habría utilizado cualquier error para confirmar que pedir era peligroso.

—Que estés presente. Que si vuelve a ocurrir, hablemos antes. Esta noche quiero dejar de investigar durante unas horas.

Vera aflojó las manos alrededor de la copa.

—Puedo hacer eso.

Hablaron de San Miguel. Clara contó la prórroga concedida, los cálculos para el taller y su negativa a decidir mientras todavía reaccionaba al caso.

Vera hizo preguntas prácticas sobre clientes, desplazamientos y coste del control ambiental.

No propuso instalar ACEM en la casa ni presentó su propia presencia como ventaja.

—Me gusta que el plano tenga una mesa demasiado grande —dijo.

—No es demasiado grande.

—Ocupa un tercio del estudio.

—Las obras no reducen su formato por cortesía.

—Entonces retiro la observación.

Clara sabía qué no estaba diciendo Vera: que imaginaba volver a aquella mesa, verla trabajar allí, compartir una vida que todavía no tenía nombre. La contención no pesó como una omisión. A veces una posibilidad necesitaba tiempo antes de transformarse en compromiso.

Recogieron la cocina. Vera lavaba y Clara secaba, hasta que descubrió un cuchillo dentro del fregadero.

—Eso es una infracción grave.

—Lo aparté para no cortarme.

—Los cuchillos no se abandonan bajo el agua. Alguien mete la mano y pierde un dedo.

—Anotado.

—No te burles.

Vera cerró el grifo. Quedaron frente a frente, con una distancia menor que el ancho del paño que Clara sostenía.

—No me burlo —dijo—. Estoy nerviosa y mi respuesta al nerviosismo es parecer excesivamente literal.

—Ya lo había registrado.

—¿En qué estado de conservación?

Clara dejó el paño. La broma podía prolongar el refugio o abrir paso a otra cosa. Eligió la segunda.

—No sé hacer esto bien.

Vera entendió que hablaba de desear después de una herida, no de besar.

—Yo tampoco.

—No quiero que mañana uses esta noche para pensar que todo está resuelto.

—No lo haré.

—Y no quiero que te vayas.

La respiración de Vera cambió.

—¿Estás segura?

—De que te deseo, sí. Del resto podemos seguir hablando mañana.

Vera esperó hasta que Clara redujo la distancia.

El beso comenzó despacio, con las manos quietas, y ganó calor cuando Clara sujetó la nuca de Vera.

Habían acumulado días de atención física: muñecas manchadas, ropa mojada, rodillas juntas bajo una mesa, la cercanía ante el mural.

El cuerpo reconoció todo aquello sin necesidad de explicarlo.

Se separaron junto a la escalera. Vera preguntó si podía tocarle la cintura. Clara guio sus manos por debajo del jersey y respondió con otro beso.

—Arriba —dijo.

Subieron sin prisa. En el dormitorio, la seguridad profesional de ambas quedó fuera con los zapatos. Vera se quitó la camisa y dobló por reflejo cada prenda. Clara dejó la suya caer sobre la silla.

—Eso es provocación —murmuró Vera.

—Exposición controlada al desorden.

La risa se apagó cuando Clara recorrió con los dedos la cicatriz junto a su clavícula. Preguntó de dónde venía. Vera habló de una caída en un muestreo y admitió que había minimizado la herida durante tres días para no abandonar la campaña.

—Pésima gestión de riesgos.

—He mejorado.

—Eso espero.

Clara la besó debajo de la cicatriz. Vera cerró los ojos y le pidió una pausa antes de llevar la mano al cierre de su ropa.

—¿Así? —preguntó.

—Sí. Más cerca.

La respuesta liberó la cautela sin eliminarla.

La ropa quedó a un lado, pieza a pieza. Se descubrieron con atención y torpeza suficiente para que el deseo perteneciera al presente, no a una fantasía perfecta.

Clara se detuvo una vez, abrumada por la facilidad con que podía querer más. Vera esperó sin preguntar demasiado.

—Estoy bien —dijo Clara—. Solo necesito verte.

Vera encendió la lámpara de la mesilla. La luz suave dejó el cuarto fuera del pasado. Clara volvió a acercarla.

Hubo otra pregunta pronunciada contra su cuello y una respuesta clara. Manos, besos y respiraciones ocuparon el espacio que durante días habían cedido a documentos. Cuando Clara apagó la luz, el misterio permanecía al otro lado de la puerta. Ninguna llamada interrumpió la noche.

Más tarde, Vera se levantó por agua y regresó con dos vasos, una precaución que Clara encontró tierna y se negó a calificar en voz alta. Se tumbó de lado, todavía despierta.

—¿Te arrepientes? —preguntó Vera.

—No.

—Bien.

—Estoy pensando que has dejado la camisa perfectamente doblada y los pantalones en el suelo. Tu sistema carece de coherencia.

—Clasificación por riesgo de arruga.

Clara tocó su boca con los dedos.

—Duerme.

Vera obedeció. La casa crujió con el cambio de temperatura.

Clara escuchó la respiración compartida y comprendió que pedirle que se quedara había sido una elección, no un refugio.

Al amanecer seguirían existiendo el dolor, los plazos y la inspección.

Por primera vez en mucho tiempo, el futuro inmediato no invalidaba el placer.

* * *