Capítulo 20. Decirlo entero
Vera llegó a la oficina de Andrés Figueroa veinte minutos antes de la hora acordada y pasó diecinueve de ellos mirando el mismo tramo de calle desde la ventana.
Tomás llegó puntual. Llevaba una camisa limpia y una chaqueta que le quedaba grande en los hombros.
No pidió café. No saludó a Vera más allá de un movimiento breve de cabeza.
Andrés había preparado una mesa con tres sillas, una grabadora y copias de la nota de Eulalia, el contrato del almacén y las fotografías de la rampa oeste.
La agente que acudió a tomar una declaración inicial se llamaba Elisa Montero. Explicó que no estaba allí para resolver una desaparición en una mañana ni para prometer una investigación que no dependía de ella. Vera agradeció la franqueza, aunque una parte de ella quiso pedirle que mintiera un poco.
Tomás habló despacio. Dijo que había visto a Lucía caminar hacia el dique con una carpeta.
Dijo que vio a Rafael Varela cerca del acceso antiguo.
Dijo que, cuando volvió, encontró la brújula y la llave junto a una rejilla, pero no vio a Lucía.
Admitió que Rafael lo visitó al día siguiente y lo convenció de que una acusación sin cuerpo destruiría a la cofradía y a su familia.
No dijo que había hecho lo correcto. Eso, al menos, Vera se lo reconoció.
Cuando la agente le preguntó por el almacén tres, Tomás miró el contrato durante tanto tiempo que Vera pensó que volvería a callarse.
—Lo firmé porque la cofradía necesitaba el dinero —dijo—. Y porque creí que, si no hacía ruido, la marina no removería el pasado.
—¿Tenía motivos para creer que el almacén estaba relacionado con la desaparición? —preguntó Elisa.
—No. Solo sabía que la llave que encontré aquella noche abría uno de los almacenes antiguos. Nunca averigüé cuál.
—¿Y por qué no la entregó?
Tomás se llevó una mano a la frente.
—Porque no quería saber qué podía significar.
La respuesta no era suficiente. No podía serlo. Pero Vera comprendió que no iba a obtener una confesión ordenada, con todos los huecos rellenos y las culpas distribuidas de una forma soportable.
Al terminar, la agente recogió las copias y explicó que solicitarían información a la cofradía y revisarían los antecedentes de la empresa de Rafael Varela.
También dejó claro que el contrato de Tomás no demostraba por sí solo una conducta delictiva.
Vera escuchó sin discutir. Había aprendido a desconfiar de las historias que se resolvían justo cuando alguien las necesitaba.
Fuera de la oficina, Tomás se detuvo junto a la puerta.
—¿Vas a contárselo a Clara? —preguntó.
Vera lo miró.
—Sí.
—No tienes que decirle todo hoy.
La frase fue tan parecida a las que él había usado durante años que Vera sintió un cansancio limpio, sin rabia.
—Precisamente por eso sí tengo que hacerlo.
No esperó su respuesta. Caminó hasta la plaza y llamó a Clara. El teléfono sonó cuatro veces antes de que ella atendiera.
—Estoy en el mural —dijo Clara.
—Necesito contarte algo.
—¿Es sobre tu padre?
—Sí.
Clara guardó silencio. Vera se obligó a no llenar el espacio con explicaciones.
—Ha dado una declaración —continuó—. Ha contado que encontró la brújula y la llave, que Rafael lo amenazó y que firmó el contrato del almacén porque la cofradía necesitaba dinero. No ha dado una respuesta que arregle nada. Pero lo ha dicho delante de una agente.
—¿Y tú le crees?
Vera miró la fuente seca de la plaza.
—Creo que ha dicho una parte de la verdad. No sé si es toda.
—Gracias por decírmelo.
La frase no era cálida, pero era más de lo que Vera esperaba.
—No quería que te enteraras por otra persona.
—Ayer no querías decírmelo tú.
Vera cerró los ojos.
—Tienes razón.
—No quiero discutir por teléfono.
—Yo tampoco.
—Entonces hablamos cuando puedas venir.
No era una invitación. Tampoco era una despedida. Vera aceptó esa distancia.
—Iré esta tarde.
Al colgar, encontró a Irene esperándola junto al coche. Llevaba un periódico doblado bajo el brazo y una expresión seria.
—Sergio ha convocado a la prensa local a las doce —dijo—. Dice que la obra entra en fase de seguridad y que confirmarán los trabajos preparatorios para el día previsto para evitar la temporada de temporales.
Vera miró la hora. Faltaban quince minutos.
—¿Puede hacerlo?
—Puede anunciarlo. Que pueda hacerlo de verdad depende de permisos que nadie ha visto todavía.
No fueron a la rueda de prensa. Vera no quería ofrecerle a Sergio una imagen fácil de la hija del antiguo jefe de puerto discutiendo con el promotor frente a una cámara.
En lugar de eso, condujo hasta la rampa oeste.
Desde la carretera vio dos camiones aparcados junto a la cadena amarilla y una excavadora detrás de la valla.
No estaban demoliendo nada. Aún no.
Pero alguien había colocado un cartel nuevo sobre el antiguo aviso. El papel blanco era limpio, oficial y breve.
TRABAJOS PREPARATORIOS: INICIO EL LUNES.
Vera calculó la fecha. Quedaba menos margen administrativo que Clara había creído tener. La solicitud de protección podía ganarles una pausa, pero no si la obra empezaba a rodearla antes de que el ayuntamiento respondiera.
Irene se detuvo a su lado.
—¿Qué hacemos?
Vera miró el cartel, luego la línea de la casa de Eulalia en lo alto de la calle.
Pensó en Clara, trabajando ante una grieta que no había elegido abrir.
Pensó en Tomás diciendo que no quería saber.
Pensó en la forma en que había guardado una parte de la conversación el día anterior por miedo a que Clara la mirara de otra manera.
—Primero le cuento todo a Clara —dijo—. Después decidimos qué hacemos juntas.
No era una estrategia completa. Era una forma distinta de no repetir el silencio.
Después de la declaración, la mujer contactada la víspera confirmó que recordaba aquella noche y pidió tiempo antes de decidir si declararía.
Vera fue a casa de Clara antes de tener una versión pulida.
Le dijo que Tomás hablaba de una testigo de diecisiete años que oyó a Lucía, vio a Rafael cerca de la compuerta y escuchó la palabra «accidente».
Todavía no tenía permiso para nombrarla, no podía garantizar que declarase y no tenía derecho a exponerla.
—Te dejé fuera porque temí parecerme a él —admitió—. Al hacerlo, repetí su manera de decidir por otros. Lo siento. No espero que esto borre el daño.
Clara dejó pasar un largo minuto.
—Quédate —dijo al fin—. No como solución. Quiero que estés aquí.
Antes de cruzar el umbral, permanecieron bajo el porche mientras la lluvia empezaba contra las ventanas.
Clara no ofreció perdón todavía. Le pidió a Vera que repitiera la secuencia sin nombres: cuándo habló Tomás, cuándo hizo la llamada, qué sabía antes de acercarse a la casa.
Vera respondió con horas aproximadas y corrigió una cuando advirtió que la memoria no coincidía con el registro del móvil.
—¿Por qué has venido ahora? —preguntó Clara.
—Porque ya tenía suficiente para decirte que existe otra persona y que está decidiendo si habla. Seguir esperando solo habría mejorado mi presentación.
—¿Y empeorado qué?
—La posibilidad de que vieras que había aprendido algo de la discusión.
Clara apoyó el hombro en la pared. La reparación no era elegante. Vera llevaba el pelo húmedo, un papel arrugado y una disculpa que no pedía respuesta inmediata. Precisamente por eso podía creer en la oportunidad del gesto.
—No vuelvas a contarme detalles de alguien que no te ha dado permiso —dijo—. Pero dime que existe el hueco.
—Sí.
—Y si no puedes explicar por qué, dilo también.
—Sí.
—No conviertas cada respuesta en un juramento.
Vera soltó aire.
—Lo intentaré.
Clara sintió la tentación de tocarle la mejilla y la dejó pasar. Pedir que se quedara no debía utilizar el cuerpo para cerrar una conversación que seguiría abierta. Clara abrió un poco más la puerta, pero Vera no avanzó todavía.
—¿Tienes hambre? —preguntó Clara.
—Desde las cuatro, aproximadamente.
—La hora no mejora tu alimentación.
—Aporta trazabilidad.
Clara permitió una sonrisa. El humor regresaba después de la disculpa, no dentro de ella. Aquella diferencia también formaba parte de la reparación.
Vera entró.
* * *