Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 19. La parte que falta
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Capítulo 19. La parte que falta

El viernes por la mañana, Mateo entregó a Clara el informe preliminar.

—La medida preventiva durará setenta y dos horas —aclaró—. Obliga a revisar el mural y la franja inmediata del terreno, pero no paraliza por sí sola todo el proyecto.

Clara sostuvo el informe sin abrirlo.

—¿Puede detener la demolición?

—Puede obligar a revisar qué partes del proyecto afectan a la casa y al terreno. No detiene todo el proyecto por sí sola.

La respuesta era la misma clase de respuesta que había recibido desde que volvió: suficientemente esperanzadora para que no pudiera rendirse y suficientemente limitada para que no pudiera descansar.

—Varela presentará alegaciones —continuó Mateo—. Y es posible que intenten adelantar los trabajos preparatorios alrededor de la rampa. No la demolición completa, pero sí movimientos que dificulten una inspección posterior.

Clara levantó la vista.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—No lo sé.

Mateo pareció lamentarlo de verdad. Clara agradeció que no intentara disfrazar esa ignorancia.

Pasó la mañana frente al mural. Hizo fotografías de las capas de pintura, anotó el estado del yeso y limpió con un pincel seco el borde de la cavidad donde había estado la caja.

Le habría gustado que el trabajo tuviera el poder de ordenar sus pensamientos.

Normalmente lo tenía. Esa mañana, cada gesto devolvía una pregunta distinta.

A mediodía llamó un hombre desde la verja.

—¿Eres Clara Ríos?

Ella salió al porche. Lo reconoció de la asamblea: el reparador de la primera fila que no había dicho una palabra cuando ella habló. Llevaba una caja de pescado bajo un brazo y una expresión poco dispuesta a la cordialidad.

—Sí.

—Soy Mauro Fabeiro. Mi hermana lleva el bar de la marina.

Clara esperó.

—No vengo a discutir por tu madre —dijo él—. Ni por tu casa. El contratista ha confirmado hoy que adelantará los preparativos al lunes y que algunos puestos dependerán de que empiecen. La gente está nerviosa.

La culpa apareció con una rapidez tan automática que Clara la reconoció antes de que pudiera aceptarla.

—Lo siento —dijo.

Mauro negó con la cabeza.

—No te he pedido que lo sientas. Te he pedido que entiendas que esto no es una historia de buenos y malos para todos los que vivimos aquí.

Clara apoyó una mano en el marco de la puerta.

—Lo entiendo más de lo que crees.

—No. Probablemente no. Tú tienes un trabajo al que volver. Mi hijo lleva seis meses sin encontrar uno.

—No quiero que nadie se quede sin trabajo —dijo—. Quiero que revisen una obra antes de que destruyan algo que quizá no puedan reparar.

Mauro la miró un instante. La caja de pescado goteaba sobre el suelo de piedra.

—Espero que valga la pena —dijo al fin.

Se marchó sin esperar respuesta.

Clara volvió al comedor y abrió el informe de Mateo.

Leyó cada página despacio, aunque las palabras técnicas se mezclaban con la voz de Mauro.

El mural tenía interés suficiente para justificar un análisis más profundo.

La cavidad no podía cerrarse. El terreno debía revisarse por su proximidad al dique.

Nada de aquello demostraba qué había ocurrido con Lucía.

Nada garantizaba que el pueblo perdonara a Clara si su decisión retrasaba algo que otros necesitaban.

Vera llamó a las cuatro. Clara vio el nombre iluminar la pantalla y dejó que sonara dos veces antes de contestar.

—Hola.

—¿Te pillo mal?

—No. Estoy trabajando.

—Mateo me ha escrito. Me ha dicho que te entregó el informe.

Clara miró la hoja sobre la mesa.

—Sí.

—¿Cómo estás?

La pregunta le dolió por sencilla.

—Como alguien que acaba de descubrir que proteger una pared puede hacer que medio pueblo piense que quiere quitarles el futuro.

Al otro lado de la línea, Vera guardó silencio un momento.

—¿Ha pasado algo?

Clara le contó la visita de Mauro. No exageró. Tampoco suavizó la frase sobre San Miguel. Vera escuchó sin interrumpir.

—Tiene derecho a estar preocupado —dijo cuando Clara terminó.

—Lo sé.

—Y tú tienes derecho a pedir que no destruyan algo sin revisarlo.

—Eso también lo sé.

—Entonces quizá no necesitas que una de las dos cosas invalide a la otra.

Clara cerró los ojos. Habría querido agradecerle la precisión de la frase. En cambio, notó que la irritación regresaba.

—¿Siempre sabes qué decir?

—No. Casi nunca.

—Pues hoy parece que sí.

Vera no respondió de inmediato.

—He hablado con mi padre —dijo.

Clara abrió los ojos.

—¿Y?

Hubo una pausa demasiado breve para ser casual.

—Ha confirmado que firmó el contrato, que encontró la brújula y la llave junto a la rejilla y que Rafael lo amenazó. También ha dicho que otra persona estuvo allí. No puedo darte el nombre sin su permiso.

Clara reconoció el límite legítimo y, dentro de él, otra reserva: Vera aún no había dicho qué podía haber presenciado esa persona.

—¿Eso es todo?

—Es todo lo que puedo identificar ahora.

La frase dejó un vacío entre ambas.

—Entiendo —dijo Clara.

No entendía. Pero no quiso convertir la llamada en un interrogatorio. No después de haber pedido que la relación no sirviera para evitar lo difícil.

—No quiero ocultarte nada. Solo necesito separar lo que oyó esa persona de lo que mi padre infiere.

—No te estoy pidiendo una prueba.

—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?

Clara miró el mural, la grieta abierta y el informe de Mateo. Pensó en el primer beso, en la brújula dentro de una bolsa transparente y en la sensación de que cualquier cercanía podía convertirse en una obligación.

—Que no me dejes fuera cuando una conversación te asusta —dijo.

Vera respiró al otro lado de la línea.

—No quiero hacerlo.

—Pero lo estás haciendo.

Ninguna de las dos habló durante unos segundos. Clara esperaba que Vera dijera algo que arreglara el momento. Vera esperaba, quizá, que Clara retirara la frase. No ocurrió.

—Voy a llamarte esta noche —dijo Vera al fin—. Cuando pueda decirte todo.

—De acuerdo.

Colgaron sin despedirse.

Clara dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Afuera, el viento había empezado a mover las ramas del jardín.

Volvió al mural y trabajó hasta que la luz se volvió demasiado débil para distinguir las capas de color.

Entonces encendió la lámpara y siguió unos minutos más, no porque el trabajo lo exigiera, sino porque no quería escuchar la casa esperando.

A las ocho y media llegó un mensaje de Vera.

Mi padre ha aceptado declarar mañana ante Elisa. Le he dicho que no puede decidir por la testigo. Yo tampoco.

Clara leyó el mensaje. No contestó enseguida. Después escribió:

Me alegro de que lo haga.

Era verdad. También era insuficiente.

Vera llegó a la casa de Eulalia cuando la luz empezaba a caer sobre el jardín.

No llamó enseguida. Desde la verja vio a Clara en el comedor, de espaldas a la ventana, con una lámpara apoyada en el suelo y una mascarilla bajo la barbilla. Trabajaba en la pared con un pincel pequeño, retirando polvo de los bordes de la cavidad. El movimiento era lento, repetido, casi obstinado.

Vera pensó que podía irse. Podía mandar otro mensaje y esperar a que Clara quisiera hablar. Pero había dicho que no quería repetir el silencio, y empezar por la puerta de la casa parecía una versión demasiado cómoda de volver a callar.

Llamó dos veces.

Clara abrió con la mascarilla en la mano.

—Pensé que vendrías antes.

—Pensé que necesitabas decidir si querías que viniera.

—He tenido tiempo de decidirlo.

Vera esperó una frase más. Clara no la añadió. Se hizo a un lado para dejarla pasar.

En el comedor, la caja ya no estaba sobre la mesa.

Andrés se la había llevado esa mañana para entregarla junto con la declaración de Tomás, y el hueco que dejó parecía más grande de lo que permitía su tamaño.

Sobre el paño blanco había una bandeja de herramientas, fotografías del mural y un cuaderno abierto con líneas de colores.

—El informe de Mateo llega mañana —dijo Clara, sin mirarla—. Me ha pedido que no toque la zona de la cavidad hasta que venga el especialista.

—Entonces, ¿por qué estás trabajando?

—Porque el resto de la pared no ha cometido ningún delito.

Vera dejó escapar una risa breve. Clara levantó la vista. No sonreía, pero el gesto había aflojado algo en su cara.

—¿Puedo ayudar? —preguntó Vera.

—No sabes restaurar.

—Sé sostener una linterna con relativa competencia.

—Eso es una habilidad más rara de lo que parece.

Clara le entregó una lámpara portátil y le indicó dónde colocarla.

Vera obedeció. Durante unos minutos no hablaron.

La luz se desplazaba despacio sobre el mural, revelando tonos azules y ocres que Vera no había sabido ver al entrar por primera vez en la casa.

Cerca de una de las marcas de marea, Clara retiró con un hisopo una capa de suciedad y apareció una línea fina, casi blanca, que continuaba hacia el borde de la pared.

—¿Eso es nuevo? —preguntó Vera.

—No. Solo estaba escondido bajo el humo de la chimenea.

—Entonces no voy a preguntar qué significa.

Clara dejó el hisopo en la bandeja.

—Gracias.

La palabra no resolvió nada, pero no sonó automática. Vera sostuvo la lámpara un poco más alto.

—Quería contarte todo lo que dijo mi padre —dijo—. Ayer.

—Lo sé.

—No lo hice porque me dio miedo que pensaras que estaba intentando excusarlo.

Clara siguió trabajando. Vera no sabía si aquello significaba que debía continuar o callarse.

—Y porque me dio miedo que pensaras que yo me parezco a él —añadió.

La mano de Clara se detuvo.

—¿Te pareces a él?

Vera no esperaba que hiciera esa pregunta. Agradeció que no intentara protegerla de la respuesta.

—A veces creo que sí. Cuando pienso que una parte de la verdad puede esperar hasta que yo sepa decirla bien. Cuando prefiero ordenar las cosas antes de dejar que alguien vea que no entiendo lo que está pasando.

Clara apoyó el pincel sobre el paño.

—Eso no te convierte en él.

—No, pero tampoco me hace inocente de lo que te hice ayer.

La frase quedó entre las dos. El viento golpeó una contraventana en el piso de arriba.

Clara fue a cerrarla y Vera la siguió hasta el pasillo, aunque mantuvo distancia.

La casa estaba oscura en las habitaciones que Clara aún no había ordenado.

Había cajas junto a las paredes, fotos de familia enmarcadas y una escalera que crujió bajo sus pasos.

En el dormitorio que había sido de Eulalia, Clara cerró la ventana y se quedó mirando el jardín desde el cristal.

—No me dolió porque no me contaras algo —dijo—. Me dolió porque pensé que habíamos decidido que no íbamos a tratarnos como si la otra no pudiera soportar la verdad.

—No pensé que no pudieras soportarla.

—Entonces pensaste que no podías soportar que yo la oyera.

Vera no tuvo una respuesta rápida. Esa era la parte que más temía: el momento en que una frase dejaba de ser una defensa y se volvía cierta.

—Sí —dijo al fin.

Clara asintió. No parecía satisfecha. Tampoco parecía que esperara estarlo.

—Mi madre desapareció y todo el mundo a mi alrededor decidió qué podía manejar yo —continuó—. Mi abuela, los vecinos, incluso las personas que querían ayudar. No quiero que tú hagas eso conmigo.

—No lo haré.

—No puedes prometerlo como si fuera una tarea que se termina.

Vera bajó la mirada.

—Tienes razón. Puedo intentar no hacerlo y decirlo cuando me dé cuenta de que estoy a punto de repetirlo.

Clara la observó un momento. Después señaló la contraventana.

—Eso suena menos bonito.

—Es lo mejor que tengo.

—Bien.

Volvieron al comedor. Clara recogió las herramientas con movimientos más lentos.

Vera guardó la lámpara en silencio. Había imaginado que hablar con franqueza les devolvería la facilidad que habían tenido en la cocina, pero no era así.

La conversación había dejado una marca nueva, y quizá el propósito de las marcas no era desaparecer, sino mostrar por dónde no convenía fingir que la pared estaba intacta.

—La obra empieza el lunes —dijo Vera.

—Lo sé. Mateo me lo ha adelantado.

—No quiero que hagamos nada impulsivo.

Clara levantó una ceja.

—¿Vienes a prohibirme algo?

—No. Vengo a proponerte que mañana veamos juntas qué dice el informe y qué puede hacer la asociación. Y que, si hay que pedir acceso a la rampa, lo hagamos de manera formal.

—Eso suena muy razonable.

—He trabajado mucho para conseguirlo.

Esta vez Clara sí sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero Vera la reconoció como un lugar al que podía acercarse.

La distancia entre ellas no necesitó un portazo. Clara pidió que Vera se fuera por esa noche. Antes de cerrar, llegó la noticia de que Sergio confirmaba los preparativos para el lunes.

Vera caminó hasta la rampa. Entendió que la reparación no consistía en ordenar mejor la información. Debía ofrecerla mientras aún estuviera incompleta y asumir cómo la recibiría Clara.

* * *