Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 15. Almacén 3
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Capítulo 15. Almacén 3

Vera llegó a la cofradía con la llave de hierro dibujada en la cabeza.

No la llevaba consigo. Andrés había guardado el original junto con la brújula y la nota de Eulalia hasta que la policía pudiera incorporarlos a una declaración formal.

Pero la etiqueta de latón, el hilo azul y las palabras almacén 3 le habían acompañado durante toda la noche, apareciendo incluso en los momentos en que intentaba pensar en otra cosa.

Clara no había respondido a su último mensaje.

Estoy en casa. Necesito estar sola esta noche.

Vera había escrito que lo entendía, y era verdad.

Sin embargo, entender no impedía que cada silencio adquiriera una forma distinta cuando venía de Clara.

Habían compartido dos besos y una mesa puesta; después, una brújula había devuelto a Tomás al centro de la historia como si nada de lo demás pudiera sostenerse junto a él.

Nando Ferreiro estaba descargando cajas de aparejos en el patio trasero de la cofradía. Al verla, dejó una sobre el suelo con más cuidado del necesario.

—Si vienes por los registros, aún no he tenido tiempo de hablar con nadie —dijo.

—No vengo por los registros.

—Eso nunca es una buena noticia.

Vera se apoyó en el marco de la puerta. El muelle estaba casi vacío. A esa hora, el viento había obligado a varias embarcaciones a quedarse amarradas y la lonja olía a gasóleo, algas y redes húmedas.

—¿Dónde está el almacén tres?

Nando tardó en responder. No fingió no entender la pregunta, y esa fue la primera señal de que sabía más de lo que quería mostrar.

—Al final de la nave vieja. Pero no se usa desde hace años.

—¿Quién tenía acceso?

—La cofradía, los armadores que guardaban material allí y, antes, el jefe de puerto.

—Mi padre.

Nando dejó escapar el aire por la nariz.

—Tu padre tenía acceso a media costa, Vera. Era su trabajo.

—No te estoy preguntando por su trabajo.

El hombre se limpió las manos en el pantalón. No parecía asustado. Parecía cansado de una conversación que quizá había esperado demasiado tiempo.

—¿Qué ha pasado?

Vera le contó lo imprescindible: la caja del mural, la brújula, la llave. No mencionó la nota completa. El relato hizo que Nando se quedara inmóvil junto a las cajas.

—Eulalia escondió una llave del almacén —murmuró—. Eso no tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque el almacén tres se vació en dos mil diez. La cofradía cedió el espacio a una empresa de suministros durante un tiempo. Luego cerró. Desde entonces ha estado clausurado.

—¿Quién cambió el candado?

Nando alzó la mirada.

—No lo sé.

La respuesta no sonó convincente, pero tampoco sonó como una mentira preparada. Vera pensó en insistir. En lugar de eso, siguió a Nando por el patio.

La nave vieja quedaba al extremo del muelle, detrás de unas casetas donde se secaban redes. El almacén tres era una puerta metálica azul, comida por la sal y cubierta de carteles descoloridos. Sobre el marco todavía podía leerse, bajo capas de pintura, un número pintado a mano.

3.

El candado era nuevo.

No una pieza brillante y recién comprada, sino un modelo industrial de arco grueso, con el metal todavía sin manchas de óxido. Vera se acercó sin tocarlo. La cerradura no pertenecía a la puerta original. Alguien había soldado una placa sobre el cierre antiguo para colocarla.

—¿Desde cuándo está así? —preguntó.

Nando se encogió de hombros.

—Desde hace un par de semanas, quizá. Pensé que era cosa de la empresa.

—¿Qué empresa?

—Varela Costa. Alquilaron el espacio como almacén auxiliar para la marina. Dijeron que guardarían material de seguridad antes de que empezara la obra.

Vera miró el candado. Durante un segundo, todo encajó con demasiada facilidad: la llave escondida, el almacén alquilado por la empresa de Sergio, la rejilla sellada junto al dique. La historia se presentó como una línea recta, limpia y tentadora.

No confió en ella.

—¿Tienes el contrato de alquiler? —preguntó.

Nando la miró con cautela.

—Está en la oficina de la cofradía.

—¿Podemos verlo?

—Puedo enseñártelo. Pero no voy a entregar documentos a nadie sin que el patrón lo autorice.

—No te lo estoy pidiendo.

Nando vaciló. Luego señaló la puerta.

—No lo fuerces, Vera.

—No pensaba hacerlo.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara no tiene formación legal.

La frase consiguió que Nando sonriera apenas. Fue un alivio pequeño y absurdo. Vera lo agradeció porque necesitaba recordar que no estaba en una escena escrita para darle razón.

En la oficina, Nando encontró el contrato después de buscar en dos archivadores equivocados. Vera esperó junto a la ventana mientras él pasaba hojas y murmuraba para sí. Cuando por fin colocó el documento sobre la mesa, ella leyó el encabezado.

Cesión temporal de uso. Almacén 3. Varela Costa, S.L.

La fecha era de hacía dieciocho meses.

No dos semanas. No después de que Clara volviera. Dieciocho meses.

Vera leyó la cláusula sobre el uso del espacio: almacenamiento de herramientas, equipos de seguridad y material logístico vinculado al proyecto de ampliación de la marina.

La empresa tenía permiso para cambiar el cierre, siempre que conservara las condiciones de acceso para una inspección de la cofradía.

No era una prueba de ocultamiento. Era un acuerdo legal firmado antes de que el mural revelara una fecha.

Sintió una mezcla de decepción y vergüenza. Había querido que la cerradura demostrara algo porque necesitaba una forma sencilla de ordenar las sospechas.

—¿Vas a llamar a Clara? —preguntó Nando.

Vera dobló el contrato con cuidado.

—No todavía.

—¿Por qué no?

—Porque lo único que puedo decirle es que el almacén está alquilado por Varela y que la llave no sirve para abrirlo. Eso no es una respuesta. Es una forma nueva de que todo parezca sospechoso.

Nando la observó durante un momento.

—A veces una forma nueva de parecer sospechoso es todo lo que tenemos.

—No quiero convertir cada cosa en una acusación.

—Entonces tendrás que decidir qué preguntas merecen incomodar a la gente.

Vera recogió el contrato. Antes de guardarlo, vio una firma al final de la última página. No era la de Sergio Varela. Era la de Tomás Aranda, como representante de la cofradía.

La fecha volvía a tener dieciocho meses.

Su padre había firmado el alquiler del almacén mucho antes de que ella empezara a investigar el dique. Tal vez no significaba nada. Tal vez significaba que Tomás había sabido desde el principio que el lugar donde Eulalia guardó la llave quedaría bajo el control de Varela Costa.

La diferencia entre ambas posibilidades no se podía resolver con una llamada rápida.

—¿Puedo sacar una copia? —preguntó.

Nando asintió.

—Una. Y me devuelves el original antes de irte.

Mientras la fotocopiadora escupía la hoja, el teléfono de Vera vibró. Era Clara.

Andrés dice que la policía ha pedido que no hagamos nada con el almacén hasta que revisen el contenido de la caja. Imagino que ya habías pensado en ir.

Vera miró la puerta azul por la ventana de la oficina. Quiso responder que Clara la conocía demasiado bien. En lugar de eso, escribió:

Estoy aquí. No he tocado nada. Hay un contrato de Varela Costa y una firma de mi padre. Puede ser importante o no significar nada. No quiero decidirlo sola.

La respuesta tardó casi un minuto.

Entonces no lo decidas sola. Ven esta tarde y lo leemos juntas.

Vera guardó el teléfono. Nando terminó de hacer la copia y se la entregó sin decir nada.

Al salir de la cofradía, volvió a mirar el almacén. La puerta azul no parecía guardar una respuesta. Parecía una puerta cerrada, y quizá eso era todo lo que era por el momento.

Pero la firma de Tomás estaba en su bolsillo, y el hecho de que Clara quisiera verla con ella cambió el peso de la mañana.

El interior visible por la ventana del almacén no ofrecía una escena clandestina.

Había cajas de cableado, boyas nuevas, bidones homologados y dos estanterías con material de señalización.

Vera fotografió solo desde la zona común, con Nando presente, y registró que el candado moderno impedía comprobar si la llave antigua había pertenecido a la cerradura anterior.

—Sergio alquiló esto para el equipo de la marina —explicó Nando—. Todo está declarado. La cofradía necesitaba ingresos y el local llevaba vacío seis años.

—¿Quién propuso la cesión?

—Tomás llevó las primeras conversaciones. Sergio presentó la oferta después.

La fecha de dieciocho meses atrás descartaba una reacción reciente al informe de ACEM. No descartaba que Tomás conociera la importancia histórica del almacén. Vera anotó ambas cosas. Le pidió a Nando el acta de la junta y la relación de accesos, sin sugerir que faltara material.

Nando cruzó los brazos.

—Os estáis acercando a cualquier papel como si fuera una confesión.

—Precisamente por eso quiero el acta. Si el contrato es ordinario, la documentación lo demostrará.

—Y si no lo es.

—Tendremos una pregunta más precisa.

La respuesta no lo tranquilizó, pero abrió el archivo. Encontraron la aprobación por mayoría, el ingreso en las cuentas y un inventario del local anterior a la entrega. Nada indicaba una ilegalidad. En la última hoja constaba que Tomás había mediado por su conocimiento de las dependencias antiguas.

Vera fotografió el expediente con autorización. El papel probaba una conexión administrativa actual, no una maniobra sobre Lucía. Esa limitación debía llegar a Clara junto con la firma.

Cuando salió, Mauro descargaba herramientas de una furgoneta. Vio la copia bajo el brazo de Vera.

—Ese alquiler paga parte del seguro de la cofradía —dijo—. Si lo convertís en motivo para cancelar el proyecto, que conste también lo que sostiene.

—Constará.

—Eso decís quienes escribís informes.

Vera no respondió con una defensa de su oficio. Le pidió las cifras, los empleos vinculados y los costes ya asumidos. Mauro se las prometió para la asamblea siguiente. La investigación no tenía derecho a volver abstractas las consecuencias económicas.

En el coche, Vera redactó el mensaje a Clara tres veces.

La primera versión afirmaba que había encontrado una conexión.

La borró porque exageraba. La segunda ocultaba la firma hasta poder interrogar a Tomás.

También la borró. Envió la tercera: contrato legal, firma de su padre, significado desconocido.

Clara contestó que lo leerían juntas. El plural redujo el miedo sin modificar la prueba. Vera guardó la copia en una funda y no volvió a tocar el candado.

* * *