Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 16. El lugar al que volver
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Capítulo 16. El lugar al que volver

Clara leyó la copia del contrato tres veces antes de aceptar que no entendía nada nuevo.

La firma de Tomás Aranda estaba al final de la última página, junto a la fecha de dieciocho meses atrás y al sello de la cofradía.

No había una cláusula secreta. No aparecía el nombre de Lucía, ni una referencia al dique, ni una prueba de que el almacén tres guardara algo más que herramientas y material de obra.

Solo un acuerdo administrativo, aburrido y perfectamente posible.

Ese era el problema. La vida rara vez ofrecía documentos que se declararan culpables por sí solos.

Vera estaba sentada enfrente, con los codos sobre la mesa de la cocina. Había llegado a media tarde con la copia doblada dentro de una funda transparente y la expresión de quien había pasado horas esperando que alguien le dijera qué debía sentir.

—Podría ser normal —dijo Clara.

—Sí.

—Y podría no serlo.

—También.

Clara dobló de nuevo la copia. Le molestaba la calma de Vera, aunque sabía que no era calma. La conocía lo suficiente para reconocer el cuidado con que colocaba las manos sobre la mesa cuando quería evitar que temblaran.

—¿Vas a preguntarle? —dijo.

Vera no fingió no saber a quién se refería.

—No hoy.

La respuesta despertó una irritación inmediata. Clara la dejó pasar antes de hablar.

—¿Porque no quieres o porque crees que ahora todo puede esperar a que tengamos más datos?

Vera levantó la vista. El golpe de la frase llegó a su rostro, pero no intentó devolverlo.

—Porque si voy ahora, voy a preguntarle como su hija enfadada. Y necesito preguntarle como alguien que no está dispuesta a aceptar cualquier respuesta.

—Puede que no haya una respuesta que te guste.

—Ya lo sé.

Clara se levantó. Fue hasta la ventana y observó el jardín.

La solicitud de protección había detenido por el momento cualquier visita de Varela, pero no había detenido el tiempo.

El muro bajo seguía húmedo, las plantas crecían donde podían y el dique ocupaba el horizonte como una línea demasiado fija para todo lo que escondía.

Antes de mirar el teléfono, Clara abrió el portátil que había dejado junto a los materiales de restauración.

La pantalla mostró el proyecto de San Miguel: fotografías de la bóveda del teatro, una tabla de pigmentos y un calendario de obra marcado por semanas.

Había trabajado en aquel presupuesto durante meses.

Sabía en qué punto debía fijar las capas de pintura, cuánto podía ceder el yeso antes de que una grieta se volviera peligrosa y qué tipo de luz necesitaba un dorado envejecido para recuperar profundidad sin fingir que era nuevo.

En Moural, en cambio, todo parecía pedirle que adivinara. El mural de Eulalia, la caja, el contrato de Tomás, el dique. Ninguno ofrecía un método limpio para avanzar. Quizá por eso el trabajo de San Miguel le atraía tanto: allí la tarea tenía un principio, un procedimiento y una hora de salida.

Abrió una fotografía ampliada del techo del teatro.

Había una figura alada con un ala incompleta, cubierta por manchas de humo.

Clara conocía la tentación de repintar lo que faltaba hasta que nadie notara la pérdida.

También conocía el daño que podía causar una restauración demasiado segura de sí misma.

Vera seguía esperando frente a ella. No dijo que el teatro necesitaba a Clara ni que Moural no tenía derecho a pedirle nada. Solo dejó que pensara.

Su teléfono vibró sobre la encimera.

Era un correo de la directora del estudio donde trabajaba en la ciudad.

Clara, necesitamos confirmar si podrás incorporarte al proyecto de San Miguel el lunes. El equipo organiza los andamios esa semana y contamos contigo. Si no puedes, tendremos que asignarlo a otra persona.

Clara leyó el mensaje sin que las palabras terminaran de asentarse.

Había aceptado aquel proyecto antes de que muriera Eulalia.

Había pasado semanas estudiando fotografías de un techo pintado con querubines y grietas de humedad, preparando muestras de color y calculando cuánto tiempo podría ausentarse de su vida sin que nadie le pidiera explicaciones.

Ahora la fecha tenía otro sentido.

—¿Todo bien? —preguntó Vera.

Clara le mostró la pantalla.

Vera leyó el correo y devolvió el teléfono con cuidado.

—¿Quieres ir?

Era una pregunta justa. Clara agradeció que no fuera la otra: ¿vas a ir?

—Quiero trabajar —dijo—. Quiero volver a una habitación que no sepa quién fue mi madre. Quiero que alguien me pregunte si el pigmento necesita una capa de fijador y no si voy a salvar una casa de una obra.

—Eso suena razonable.

—Y no quiero irme.

Vera no respondió enseguida. El silencio, en esta ocasión, no buscaba esconder nada. Le estaba dejando sitio.

—No tienes que decidirlo ahora mismo —dijo al fin.

Clara soltó una risa breve.

—La directora del estudio no comparte esa filosofía.

—Podrías pedirle unos días.

—Podría. Pero no sé qué le diría. «Disculpa, he encontrado una brújula de mi madre detrás de una pared y ahora mi vida tiene una trama secundaria».

Vera sonrió a pesar de sí misma.

—Es una explicación sorprendentemente buena.

—No para una persona que necesita saber si puede organizar un andamio el lunes.

La risa se apagó pronto. Clara se sentó de nuevo, esta vez junto a Vera. No la tocó. Aún no sabía si el deseo de hacerlo nacía de lo que necesitaba o de lo que quería evitar.

—Cuando volví a Moural —dijo—, pensé que quedarme sería una derrota. Como si la casa, mi abuela y todo esto fueran una forma de retroceder.

—No creo que sea retroceder.

—No lo sabes.

Vera asintió.

—No. Pero sé que irte solo para demostrar que puedes también sería dejar que Moural decidiera por ti.

Clara la miró. La frase era incómoda porque se acercaba demasiado a algo que ella ya había pensado.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Nunca quisiste irte de verdad?

Vera apoyó la espalda en la silla.

—Me fui. Trabajé en una estación costera al sur durante cinco años.

Era buena en lo que hacía y nadie me conocía lo bastante para preguntarme por mi padre.

Cuando mi madre enfermó, volví por unos meses.

Después murió y seguí aquí porque el estudio de la ensenada era importante y porque ya no sabía si quería marcharme otra vez.

—Eso no responde a la pregunta.

—No. Quería irme de Moural. No quería irme del mar. Tardé mucho en entender que no eran lo mismo.

Clara dejó que la respuesta se instalara entre las dos.

Afuera, dos niños pasaron corriendo por la calle con unas capas de plástico que les llegaban a los tobillos.

Uno gritaba que la tormenta se acercaba; el otro insistía en que solo eran nubes.

Durante un momento, la vida del pueblo siguió sin pedirles que decidieran nada.

—No quiero quedarme por ti —dijo Clara.

Vera se tensó apenas.

—No te lo estoy pidiendo.

—Déjame terminar. No quiero quedarme por ti porque eso nos haría responsables de una decisión que debería ser mía. Pero no quiero fingir que no importa que estés aquí.

Vera bajó la mirada hacia sus manos.

—Importa para mí.

Clara sintió que la frase le aflojaba algo en el pecho. No era una promesa de futuro. Era más difícil y más útil que eso.

—Tengo hasta mañana para responder al estudio —dijo.

—Entonces responde mañana.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, podemos salir de esta casa una hora sin buscar documentos, sin hablar de mi padre y sin decidir si un contrato significa algo que aún no sabemos.

Clara levantó una ceja.

—¿Es una prescripción científica?

—Es una recomendación de alguien que lleva demasiados días mirando el mismo dique.

Caminaron hasta el extremo norte de la ensenada antes de que oscureciera.

No fueron por la rampa oeste ni por el muelle.

Vera eligió un sendero que subía entre casas bajas y desembocaba en una explanada desde donde podía verse el faro antiguo.

Clara había pasado por allí de niña, pero no recordaba la barandilla nueva ni las piedras blancas que alguien había colocado junto al camino.

El mar estaba lejos y, por primera vez, el dique parecía pequeño.

—Mi madre me traía aquí cuando quería que dejara de hacer preguntas —dijo Vera.

—¿Funcionaba?

—Nunca. Pero tenía galletas de mantequilla, así que yo fingía que sí.

Clara se apoyó en la barandilla. El viento le levantaba el pelo y Vera se quedó mirándola un segundo más de lo debido. Clara lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso suele significar algo.

—Estoy pensando que no pareces una persona que haya venido a rendirse.

Clara quiso responder que no lo sabía. En cambio, miró el pueblo bajo ellas: las chimeneas empezando a soltar humo, el techo azul de la cofradía, la línea de la casa de Eulalia apenas distinguible detrás de los árboles.

—No quiero que Moural sea el lugar del que huyo —dijo—. Pero tampoco quiero que se convierta en el único lugar al que puedo volver.

Vera se acercó un poco. No invadió el espacio entre ambas.

—No tiene por qué ser ninguna de esas dos cosas.

Clara giró la cabeza. El rostro de Vera estaba serio, aunque sus ojos tenían una suavidad que le resultó más peligrosa que cualquier certeza.

—¿Y qué somos tú y yo? —preguntó.

Vera tardó en contestar.

—Algo que me importa demasiado para nombrarlo deprisa.

Clara sintió ganas de besarla. No lo hizo. Esa vez no porque dudara de que Vera quería, sino porque la respuesta merecía quedarse allí, sin que un gesto bonito la simplificara.

Cuando regresaron a la casa ya era de noche. Vera se despidió en el porche. Clara esperó a que llegara a la verja antes de hablar.

—Voy a pedir unos días al estudio.

Vera se volvió.

—¿Estás segura?

—No. Pero es una decisión mía.

La sonrisa de Vera no intentó celebrar una victoria. Solo mostró que la había entendido.

—Entonces es suficiente.

Clara entró en la casa y respondió al correo antes de que pudiera arrepentirse. Pidió una semana más, no una promesa de quedarse para siempre. Después apagó la luz de la cocina y subió las escaleras.

La caja seguía cerrada en el armario. El contrato de Tomás seguía sobre la mesa. Nada se había resuelto.

Sin embargo, por primera vez, Clara sabía que el lugar al que volviera después de Moural dependería de ella.

* * *