Capítulo 14. Marea de equinoccio
El viento del noroeste había empezado a aullar entre las grúas del puerto mucho antes de que el reloj de la cofradía marcara el mediodía.
No era el silbido juguetón de las brisas de agosto, sino un bramido sordo y constante que arrastraba el olor a salitre denso, a hierro oxidado y a esa humedad profunda que solo las grandes mareas de septiembre son capaces de arrancar del fondo del Atlántico.
Vera Aranda se ajustó la capucha del impermeable amarillo, sintiendo cómo el frío le mordía las mejillas mientras el agua pulverizada por el oleaje se le pegaba a la cara como una máscara invisible.
—¡Vera! ¡El sensor de la rampa tres está dando lecturas erráticas! —gritó Mauro desde el extremo opuesto del muelle. Todavía preparaban el operativo; el frente principal no había alcanzado el puerto.
—Es el oleaje de fondo, Mauro —explicó ella cuando el hombre se acercó, elevando la voz para superar el estruendo del mar rompiendo contra el espigón—.
La resaca está golpeando los cimientos del dique viejo con tanta fuerza que el transductor se confunde con las burbujas de aire.
Si no aseguramos las boyas de la ensenada ahora mismo, perderemos la serie de datos más importante del año.
—Vera, deberías entrar cinco minutos. Llevas tres horas bajo la lluvia.
La voz de Clara Ríos llegó amortiguada por el viento, pero con una nitidez que hizo que Vera se sobresaltara.
Se giró y la vio allí, de pie junto a la furgoneta de la asociación, con el pelo oscuro recogido en una coleta tirante bajo una gorra de lana y las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta técnica que le quedaba un poco grande.
Clara no pertenecía al mundo del puerto, pero en los últimos días se había convertido en una presencia constante, una gravedad necesaria que impedía que Vera saliera despedida por la presión de sus propias dudas.
—Tengo que terminar de calibrar el segundo sensor de presión —dijo Vera, aunque apenas sentía el destornillador—. El pico completará la serie, pero no pienso arriesgar a nadie por un punto. Si falla, usaremos la estación norte como control.
Clara se acercó, sorteando con cuidado los cabos que serpenteaban por el suelo mojado.
No intentó convencerla de que lo dejara; respetaba demasiado el oficio de los demás como para interferir en una tarea crítica.
En lugar de eso, se colocó de espaldas al viento, creando un pequeño refugio con su propio cuerpo para que Vera pudiera manipular los componentes electrónicos con menos interferencia de la lluvia.
—He traído fundas limpias y papel secante —dijo Clara—. Adela recuerda que, en un temporal de hace años, el agua alcanzó el cuarto de las redes. Conviene levantar los registros antes de que llegue el frente.
Vera se tensó. El destornillador resbaló sobre la cabeza del tornillo de acero inoxidable, dejando una marca brillante en el metal.
—Vera —dijo Clara con suavidad.
Clara se agachó a su lado, sus hombros rozándose brevemente. El contacto era apenas perceptible a través de las capas de ropa impermeable, pero transmitía una calidez que el entorno le negaba.
Vera dejó las herramientas en la caja y se permitió un momento para observar a Clara.
La luz grisácea y mortecina de la tormenta acentuaba las líneas de cansancio en su rostro, la determinación de una mujer que había vuelto a Moural para liquidar un pasado y se había encontrado con un presente lleno de aristas.
Clara esperó mientras Vera anotaba la lectura errática y la hora. Después señaló el archivo. La prioridad inmediata estaba dentro.
Un golpe de mar especialmente violento estalló contra el espigón exterior, lanzando una columna de espuma blanca que el viento arrastró sobre ellas como si fuera nieve sucia.
Vera instintivamente puso una mano sobre el brazo de Clara, atrayéndola hacia el refugio relativo de la caseta de control de la rampa.
Se quedaron allí, en el espacio estrecho y oscuro que olía a café frío y a equipos electrónicos recalentados, mientras el mundo exterior se deshacía en una cacofonía de agua y ruido.
—Ayúdame a subir estos legajos al estante superior —pidió Vera cuando la primera ráfaga cedió—. Si el agua llega a entrar, al menos que no se lleve los registros históricos de la cofradía. Hay mapas de los años setenta que son irreemplazables.
Cuando terminaron la preparación, la luz había oscurecido bajo el frente y las farolas acababan de encenderse. El puerto seguía abierto, pero las ráfagas anunciaban que el operativo real empezaría en minutos.
—Cuando pase el frente, te irás antes de que corten la carretera —dijo Vera.
—Y tú no te quedarás sola.
—Estarán Mauro y Nando. Si el nivel supera la cota cuatro, emergencias cerrará el acceso. Las personas van antes que los equipos.
Clara la miró con una mezcla de admiración y una preocupación que no intentó ocultar.
Dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad que solían mantener cuando estaban en el espacio público de Moural.
Su mano, fría por la humedad pero firme, buscó la mejilla de Vera, apartando un mechón de pelo mojado que se le había pegado a la frente.
—No te hundas con el barco, Vera. Esta vez no es necesario que seas la última en salir.
Vera cerró los ojos un instante, dejándose acunar por la caricia. El contacto de la piel de Clara era lo único que parecía real en medio del caos meteorológico.
—Saldré con Nando en cuanto pase el pico.
La tormenta alcanzó el puerto pocos minutos después.
Vera reorganizó el operativo: las personas primero, los sensores después y los papeles al final.
Junto con Clara, Mauro y Nando, subió los registros a un estante seco y envolvió los mapas en fundas limpias.
Trabajaron espalda con espalda, comunicándose por gestos cuando el viento volvía inútiles las palabras.
En la caseta, Clara apartó el pelo mojado de la mejilla de Vera.
—Sal después del pico. No conviertas una serie de datos en una prueba de resistencia.
—Saldré.
Clara se marchó cuando la carretera todavía era segura. Vera comprobó una vez más el nivel y llamó a Tomás. No le pidió una explicación por teléfono. Le dijo que al día siguiente necesitaba una declaración completa. Su padre tardó en contestar.
—Ven —dijo al fin.
La curva del sensor empezó a bajar. Vera cerró el registro y se permitió creer, solo como hipótesis, que su padre también había dejado de esperar el momento perfecto.
El parte había previsto rachas fuertes; el anemómetro registró dos picos por encima del modelo y el oleaje saltó el muro sur. Mauro y dos marineros duplicaron amarras. Nando cortó la corriente de la nave baja. Clara impidió que los documentos terminaran en bolsas de basura usadas.
—Son impermeables —protestó Nando.
—También están manchadas de aceite.
—El aceite repele el agua.
—Y destruye celulosa. Apártese.
Vera habría sonreído de no estar contando los segundos entre las crestas.
Envió a Mauro a asegurar el generador y acompañó a Clara al archivo.
El agua empezaba a filtrarse bajo la puerta exterior.
Entre las dos levantaron las cajas inferiores y colocaron los libros sobre mesas.
Clara separaba volúmenes húmedos de los secos; Vera trazaba una lista y fijaba prioridades según altura y valor de la serie.
—Registro de mareas, estante superior —dijo Vera.
—Ya está.
—Planos de los setenta.
—Segunda mesa, funda azul.
—Inventario de embarcaciones.
—Nando lo ha puesto sobre el radiador.
Clara alcanzó el volumen antes de que la cubierta recibiera calor directo. Nando aceptó el reproche con una dignidad limitada.
Fuera, una alarma de nivel emitió un tono discontinuo.
Vera corrió al muelle. El sensor de la rampa tres había perdido alimentación y la boya de turbidez tiraba del cabo con un ángulo peligroso.
Mauro sostenía el pasamanos y le gritó que esperara.
Vera calculó el periodo de ola, comprobó la ruta y decidió que ninguna lectura justificaba acercarse al borde.
—La dejamos —ordenó—. Ya tenemos redundancia en la estación norte.
Renunciar a un dato costaba menos cuando podía nombrar la alternativa. Volvió a la caseta y registró la pérdida con hora exacta. Clara apareció empapada por haber cruzado los treinta metros entre edificios.
—¿Vas a intentar recuperarla?
—No.
—Bien.
La aprobación de Clara calentó algo bajo las capas mojadas. Vera preparó una toalla y se la ofreció. Clara se secó el rostro, luego tomó otra y le frotó el pelo con una firmeza poco científica.
—Puedo hacerlo —dijo Vera.
—Lo estás demostrando fatal.
El generador tosió. Se quedaron a oscuras tres segundos, lo bastante cerca para notar el cuerpo de la otra y demasiado concentradas para convertirlo en una escena distinta. La luz de emergencia se encendió. Clara dejó la toalla sobre sus hombros.
—¿Qué queda?
—Esperar el pico, comprobar los dos sensores activos y cerrar el archivo.
—Entonces esperamos.
Compartieron la caseta con Nando y Mauro durante cuarenta minutos.
El cristal temblaba; el café del termo sabía a metal.
Nadie habló del caso. Mauro explicó el problema de una bomba del bar de su hermana.
Clara propuso una reparación temporal y le pidió que la llamara cuando fuera seguro revisar la instalación.
La cooperación no borraba la discusión económica de la asamblea.
Permitía que siguieran siendo vecinos mientras discrepaban.
Cuando el nivel empezó a bajar, Vera recorrió con Mauro el trayecto interior, sin aproximarse a la escollera. Los amarres resistían, la nave seguía seca por encima del primer escalón y la serie había perdido solo un punto. Regresó con agua dentro de una bota.
—La ciencia polar habría acabado contigo —dijo Clara.
—Mi rechazo al frío fue una decisión profesional excelente.
Recogieron las últimas fundas. Clara encontró una mancha de humedad en el registro antiguo y preparó papel secante, pesos ligeros y una rejilla de ventilación.
Vera observó cómo atendía el daño sin pretender devolver al papel un aspecto nuevo.
En sus manos, conservar consistía en frenar un proceso y dejar constancia.
A las ocho, la carretera aún era transitable. Vera acompañó a Clara hasta la furgoneta.
—Escríbeme al salir —pidió Clara.
La misma petición que ninguna había formulado dos noches antes aparecía ahora sin vergüenza.
—Lo haré.
Clara apartó un mechón mojado de su mejilla. El pulgar permaneció un instante junto al pómulo.
—No te quedes sola por una curva en una pantalla.
—Saldré con Nando cuando cerremos.
—Eso quería oír.
Vera vio alejarse las luces cuesta arriba.
Volvió a la caseta, comprobó la tendencia descendente y envió el mensaje prometido cuando cerraron.
Después llamó a Tomás. La tormenta había demostrado cuánto podía salvar una decisión tomada a tiempo y cuánto costaba empeñarse en recuperar un instrumento reemplazable.
—Mañana vas a contar lo que falta —dijo cuando su padre atendió—. No cuando encuentres una versión que te deje menos mal.
Tomás respiró al otro lado.
—Ven al taller.
Vera archivó la serie. El pico había pasado. La conversación, por fin, tenía hora.
* * *