Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 11. Las cosas que se guardan
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Capítulo 11. Las cosas que se guardan

Antes de comer, Clara fue a la panadería por harina y salió con una empanada pequeña que no había pedido.

—Para que comáis mientras viene Mauro —dijo la panadera.

—Vera trabaja en ACEM.

—No he preguntado dónde trabaja.

Clara pagó sin contribuir al censo local. En la ferretería, Adela declaró que la cafetera seguía averiada, pero que había alcanzado la conclusión provisional de que el romance marchaba mejor que la máquina.

La cera de abeja tenía un olor denso, a miel antigua y a madera limpia, que conseguía tapar por unos instantes el aroma a salitre que se filtraba por las rendijas de las ventanas.

Clara deslizó el trapo de algodón sobre la superficie de la cómoda de castaño, siguiendo la veta con una presión rítmica y circular.

Sus dedos, acostumbrados a la precisión del bisturí y la delicadeza del disolvente en el taller de restauración, agradecían la honestidad de una tarea tan puramente física.

No había capas de barniz que retirar ni pigmentos que consolidar; solo madera que necesitaba alimento después de años de abandono.

Había pasado la mañana vaciando los cajones superiores.

No contenían nada que pudiera considerarse una pista sobre la desaparición de su madre, ni coordenadas, ni mapas ocultos.

Solo eran las cosas que se guardan porque tirarlas se siente como una pequeña traición: bobinas de hilo de colores desvaídos, botones desparejados que brillaban como escamas de nácar bajo la luz de la tarde y recetas de cocina anotadas en el reverso de folletos de farmacia.

Cada objeto era un fragmento de la cotidianidad de Eulalia, una prueba de que la vida en aquella casa había sido, durante mucho tiempo, una sucesión de gestos sencillos y repetitivos.

Clara se detuvo ante un pequeño dedal de plata, abollado en un lateral.

Lo sostuvo entre el pulgar y el índice, sintiendo el frío del metal.

No recordaba a su abuela cosiendo, pero el objeto conservaba la marca de un uso constante, un desgaste que hablaba de horas de paciencia y labor silenciosa.

Esa era la verdadera herencia que estaba encontrando en Moural: no un misterio de película, sino el peso acumulado de una vida que se negaba a desaparecer del todo mientras ella seguía obsesionada con vender la propiedad.

El aire en la habitación estaba cargado de partículas de polvo que bailaban en los haces de luz que entraban por la ventana.

Clara se levantó para abrir un poco el cristal, pero la persiana se resistió con un crujido metálico que le recordó la fragilidad de la casa.

Todo en Moural parecía estar al borde de algo: del colapso, de la renovación o del olvido.

Un golpe seco en la puerta principal la sacó de sus pensamientos.

Clara dejó el dedal sobre la cómoda y se limpió las manos en el delantal de lino que usaba para trabajar.

Al abrir, se encontró con Mauro. El hombre vestía un mono de trabajo azul marino, desgastado en las rodillas y manchado de cal, y sostenía una caja de herramientas de plástico que parecía haber visto tiempos mejores.

Tenía el rostro curtido por el sol y los ojos de quien ha aprendido a no esperar nada bueno de las visitas sorpresa, una mirada que Clara empezaba a reconocer en muchos habitantes de la villa.

—Buenas tardes, Clara. Venía por lo de la persiana del salón. Me dijiste que se atascaba con el viento del norte.

—Sí, gracias por venir, Mauro. Pasa, por favor.

Le guio hasta el salón, donde la gran ventana ofrecía una vista privilegiada de la ensenada.

El dique, esa mole de piedra y hormigón que ahora parecía el centro de todas las disputas en Moural, se extendía hacia el mar como un brazo cansado.

Desde esa altura, se podían ver las barcas de pesca moviéndose al ritmo de la corriente, pequeños puntos de color sobre el azul grisáceo del agua.

Mauro dejó las herramientas en el suelo con un ruido metálico y se acercó a la ventana. Antes de ponerse a trabajar, se quedó un momento mirando hacia fuera, con las manos apoyadas en la cintura.

—Vaya vistas tenía tu abuela —comentó, con una voz que no ocultaba una mezcla de admiración y melancolía—. Desde aquí se ve perfectamente dónde quieren poner los nuevos amarres. Justo ahí, donde la corriente hace ese giro hacia la rampa.

Clara se situó a su lado, manteniendo una distancia prudencial. El olor a tabaco y a sudor seco de Mauro contrastaba con la pulcritud de la cera que ella acababa de usar.

—¿Tú también crees que el proyecto de la marina es la solución para el pueblo? —preguntó ella, tratando de que su tono fuera neutral, aunque la pregunta flotaba en el aire con la pesadez de una sentencia.

Mauro soltó una risa breve, sin mucha alegría, y se agachó para abrir la caja de herramientas. Sacó un destornillador de estrella y empezó a aflojar los tornillos del cajón de la persiana con movimientos lentos y precisos.

—Para algunos es una solución, para otros es un negocio y para los que estamos en medio… bueno, para nosotros es trabajo, Clara. Y aquí el trabajo no sobra. Mi abuelo decía que en Moural siempre hemos vivido de lo que el mar nos da, pero ahora parece que el mar ya no da para todos.

Trabajó en silencio durante unos minutos.

Clara observaba sus movimientos expertos.

Mauro no era mucho mayor que ella, quizá andaba por los cuarenta, pero sus manos contaban una historia de esfuerzos que ella apenas podía imaginar.

Tenía las uñas ennegrecidas por la grasa y una cicatriz vieja, una línea blanquecina que le cruzaba el dorso de la mano izquierda hasta la muñeca.

—Mi hijo mayor termina el instituto este año —continuó Mauro, sin levantar la vista del mecanismo—. Quiere estudiar ingeniería en Santiago. Es listo, el chaval. Siempre está trasteando con cables y motores. Pero Santiago está lejos y los pisos allí cuestan un ojo de la cara.

Clara asintió, aunque él no pudiera verla. Sabía lo que significaba querer irse de un sitio y no tener los medios para hacerlo. Ella misma había huido de Moural buscando una vida que no estuviera marcada por el salitre y el silencio.

—Si sale lo de la marina, Sergio Varela me ha prometido el contrato de mantenimiento de las instalaciones eléctricas y de fontanería —dijo Mauro, y por primera vez su voz sonó un poco más firme—.

Serían tres años de trabajo asegurado. Tres años, Clara.

Eso es mucho tiempo en un sitio donde no sabes si el mes que viene tendrás una avería que arreglar o no.

Clara sintió una punzada de incomodidad.

Para ella, el proyecto de Sergio Varela era una amenaza para la investigación, un obstáculo que pretendía sepultar el pasado bajo una capa de cemento moderno.

Para Mauro, era la matrícula de la universidad de su hijo, la posibilidad de que el chico no tuviera que acabar con las manos como las suyas.

—Entiendo —dijo ella, y se dio cuenta de que lo decía de verdad. La situación reunía riesgos incompatibles y necesidades legítimas; escuchar a Mauro no obligaba a negar ninguna de las dos cosas.

—No, no creo que lo entiendas del todo —replicó Mauro, esta vez deteniéndose y mirándola a los ojos.

Tenía una mancha de grasa en la mejilla—.

Tú vienes de fuera, tienes tu trabajo en la ciudad, tus estudios…

Si vendes esta casa, te llevas un buen dinero y sigues con tu vida.

Pero para los que nos quedamos aquí, Moural se está muriendo.

Los jóvenes se van porque no hay nada que hacer, salvo esperar a que empiece la temporada de verano para servir cafés a los turistas.

La marina traería gente con dinero, barcos que necesitan reparaciones, gente que coma en los restaurantes todo el año.

—Vera dice que el impacto ambiental podría ser irreversible —apuntó Clara, pensando en la bióloga y en su lucha solitaria por proteger la ensenada—. Que el dique está ahí por una razón.

Mauro suspiró y volvió a la persiana. El sonido del metal chocando contra el plástico llenó el salón.

—Vera es una buena mujer, y sabe mucho de peces y de corrientes.

Pero el impacto ambiental no paga las facturas a final de mes.

Mi mujer lleva seis meses en el paro desde que cerraron la conservera pequeña de la entrada del pueblo.

Si no sale esto de la marina, no sé cuánto tiempo más podremos aguantar aquí sin pedir ayuda a mis suegros.

Y a nadie le gusta pedir, Clara. A nadie.

Clara comprendió que Mauro no la veía como una vecina que recuperaba sus raíces, sino como una profesional con trabajo fuera y margen para demorarse. Él hablaba desde facturas concretas. Ella debía responder sin convertir esa necesidad en ignorancia ambiental.

—Lo siento, Mauro. No quería sonar… condescendiente.

—No lo eres, Clara. Eres una Ríos. Los Ríos siempre habéis tenido otra forma de mirar este sitio.

Eulalia era igual. Se preocupaba por todos, siempre tenía una palabra amable, pero a veces parecía que vivía en un Moural que solo existía en su cabeza.

Un sitio donde las cosas se podían arreglar con paciencia y buenas intenciones.

Mauro terminó de ajustar el muelle de la persiana y la probó un par de veces. El mecanismo subió y bajó con suavidad, sin el chirrido metálico de antes. El sonido era ahora limpio, funcional.

—Ya está. Tenía un poco de óxido en el eje. Con este aire del mar, si no se engrasa a menudo, todo acaba por bloquearse. Las casas aquí necesitan que se las quiera mucho, Clara. Si se las deja solas, el mar se las come por dentro.

Se levantó y empezó a recoger sus herramientas. Clara fue a la cocina y regresó con un sobre con el pago acordado. Mauro lo aceptó con un asentimiento seco y se lo guardó en el bolsillo del mono sin contar el dinero. La confianza era una moneda que aún circulaba en Moural, a pesar de todo.

—¿Te vas a quedar mucho más tiempo? —preguntó, mientras se dirigía a la puerta principal.

—Aún tengo mucho que organizar —respondió Clara, mirando hacia la cómoda que acababa de encerar—. El inventario es más largo de lo que pensaba. Cada cajón que abro parece tener su propia historia.

—A veces, cuanto más buscas, más cosas encuentras que no sabías que tenías —dijo Mauro, deteniéndose en el umbral.

Por primera vez en toda la tarde, esbozó una media sonrisa que parecía más sincera—.

Ten cuidado con el tejado. Si empieza a llover fuerte esta noche, vigila la zona de la chimenea.