Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 11. Las cosas que se guardan #2
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Capítulo 11. Las cosas que se guardan #2

Creo que hay algunas tejas movidas por el temporal de la semana pasada.

Hoy no me da tiempo a subir, pero si quieres, puedo pasarme el jueves.

—Gracias por el aviso, Mauro. Lo tendré en cuenta. Que tengas buena tarde.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a ocupar la casa, pero ya no era el silencio tranquilo de la mañana.

Era un silencio denso, cargado de las realidades que Mauro había dejado flotando en el aire.

Clara regresó a la cómoda de castaño. Sus dedos volvieron a buscar el dedal de plata que había dejado sobre la superficie pulida.

Lo apretó en la palma de la mano, sintiendo cómo el metal se calentaba con su propio calor corporal.

Mauro tenía razón en algo fundamental: ella podía permitirse el lujo de buscar la verdad, de perderse en el duelo y en la restauración de un pasado nebuloso, porque tenía a dónde volver.

Tenía una vida en la ciudad, un sueldo, una carrera.

Pero la gente de Moural no tenía ese refugio.

Para ellos, el pasado era algo que se arrastraba, pero el futuro era lo que les quitaba el sueño.

Se acercó al mural que dominaba una de las paredes del pasillo.

Era una obra extraña, una mezcla de cartografía y arte que Eulalia había ido ampliando con los años.

Sus ojos recorrieron los trazos azules y ocres, los nombres de los cabos y las ensenadas escritos con una caligrafía elegante.

No buscaba la cavidad que sospechaba que existía, ni intentaba descifrar las marcas de las mareas.

Simplemente observó la belleza del trabajo, la paciencia infinita necesaria para cubrir una superficie tan grande con detalles tan minúsculos.

Restaurar no era solo arreglar lo que estaba roto; era decidir qué partes del pasado merecían ser salvadas y cuáles debían dejarse ir para que el presente pudiera respirar.

Clara caminó hacia la cocina y se preparó un té.

Se sentó a la mesa de madera, la misma donde su abuela le servía leche con galletas en los veranos de su infancia.

En un rincón vio una caja de hojalata con dibujos de flores desvaídas.

Al abrirla, no encontró documentos ni fotos, sino una colección de piedras de río suaves y un manojo de llaves viejas.

También había un recorte de periódico sobre una exposición de pintura de hacía quince años.

Eulalia había guardado aquello porque era importante para ella: las piedras de un paseo, el orgullo por la carrera de su nieta.

Clara sintió que el nudo en su garganta se apretaba.

Estaba catalogando una ausencia, intentando poner orden en un vacío que no tenía forma.

Subió al piso de arriba y entró en el dormitorio de Lucía.

La cama estaba hecha con una colcha de ganchillo blanca y sobre la mesilla había un libro de poemas con las páginas onduladas por la humedad.

Clara no lo abrió; sabía que no encontraría respuestas allí.

Se sentó en el borde de la cama y miró el cielo, que empezaba a teñirse de violeta.

Pensó en Vera y en la forma en que hablaba del mar, no como un enemigo, sino como un sistema que exigía respeto.

Ambas estaban unidas por una historia que no habían escrito, pero que estaban obligadas a leer hasta el final.

Bajó de nuevo al salón. La luz se desvanecía rápidamente y las sombras se alargaban por el suelo de madera, convirtiendo los muebles en figuras fantasmales. Clara encendió una pequeña lámpara de sobremesa, cuya luz cálida creó un refugio de claridad en mitad de la penumbra.

Abrió el cajón inferior de la cómoda, el que aún estaba por revisar.

Encima de todo, encontró una vieja bufanda de lana, tejida a mano, con los colores de la cofradía de pescadores: rayas azules y blancas, un poco desgastadas por el tiempo.

Estaba un poco apolillada y olía a naftalina.

Clara se la acercó a la cara. Por un instante, creyó percibir un rastro del perfume de su madre, algo floral y ligero, una nota de jazmín que se desvaneció casi de inmediato, sustituida por el olor a cerrado de la lana vieja.

No era una prueba. No era una fotografía que explicara por qué Lucía Ríos no había regresado aquella noche de octubre.

Era solo una bufanda. Un objeto cotidiano que alguien había guardado con la esperanza de volver a usarlo algún día, o simplemente porque el olvido era una carga demasiado pesada para llevarla a solas.

Clara dobló la bufanda con cuidado, alisando las arrugas con la palma de la mano.

La volvió a dejar en el cajón, colocándola con una reverencia casi ritual.

Mañana continuaría con el inventario. Mañana hablaría con Vera sobre los sedimentos, las corrientes y los secretos que el dique ocultaba bajo sus cimientos.

Pero esta tarde, mientras el sol se hundía definitivamente tras el horizonte y el primer viento de la noche empezaba a silbar contra los cristales, Clara solo quería ser la nieta de Eulalia.

Quería ser la mujer que enceraba los muebles para que el tiempo no se los comiera del todo, la restauradora que intentaba salvar lo que quedaba de una familia antes de que la marea se lo llevara todo.

Se sentó en el suelo, apoyada contra la madera recién pulida de la cómoda, y escuchó el rumor del mar a lo lejos.

Ya no le parecía una metáfora de nada, ni una promesa, ni una amenaza; era solo agua moviéndose, una fuerza física e indiferente, ajena a los secretos de los hombres y a las necesidades urgentes de un pueblo que, como ella, intentaba desesperadamente no hundirse en el olvido.

* * *