Capítulo 10. El primer beso
Clara regresó de la oficina del abogado con la sensación de haber firmado dos veces el mismo papel.
La primera firma, en la solicitud de protección, había tenido el peso de una decisión.
La segunda, en la copia que el abogado guardaría en su archivo, le había parecido una representación de esa decisión para personas que no conocían la casa, ni el mural, ni la forma en que el viento se filtraba por las ventanas del comedor cuando soplaba del sur.
—El técnico municipal puede tardar una semana —le había advertido el abogado—. Y Varela presentará objeciones si cree que el informe tiene posibilidades.
Clara había asentido. No le gustaba que la protección de la casa dependiera de una palabra tan frágil como posibilidades. Sin embargo, al salir a la calle, comprendió que esperaba una garantía de un tipo que nadie podía darle.
La puerta de Eulalia estaba entreabierta cuando llegó. Durante un segundo, sintió un golpe de alarma. Después oyó el sonido de una lija suave contra la pared y recordó que le había dicho a Vera que podía trabajar allí.
La encontró en el comedor, sentada en el suelo junto a la ventana. No tocaba el mural. Había extendido sobre una sábana vieja varias fotografías de la ensenada y una libreta llena de anotaciones. La luz de la tarde le caía sobre el pelo y convertía los mechones más claros en un borde dorado.
—He llamado antes —dijo Vera, sin levantar la vista—. Supuse que estabas todavía con el abogado.
—Estaba con el abogado.
—¿Y?
Clara dejó la carpeta sobre la mesa.
—Está entregado. Ahora empieza la parte en la que todo el mundo dice que necesita tiempo.
Vera cerró la libreta.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—No he dicho que lo fuera.
Clara la miró. Vera había aprendido a no ofrecer disculpas por cosas que no había hecho. Era una cualidad razonable. A veces, cuando Clara estaba cansada, le resultaba insoportable.
—Ya lo sé —dijo—. Solo que hoy me habría venido bien que alguien tuviera la culpa.
Vera sostuvo su mirada unos segundos. Luego se levantó y apartó la sábana con el pie.
—Puedo sugerirte a Varela. Es una opción bastante convencional.
Clara quiso resistirse, pero la risa le salió antes de que pudiera evitarla.
—No quiero darle ese privilegio.
—Entonces podemos culpar al viento. Es menos satisfactorio, pero tiene una larga tradición en Moural.
La casa se sintió un poco menos ajena después de eso.
Clara se quitó el abrigo y fue a la cocina. La bolsa de verduras seguía donde la había dejado esa mañana. Había puerros, patatas, dos tomates demasiado maduros y un manojo de perejil que empezaba a inclinarse dentro del vaso de agua.
—¿Has comido? —preguntó desde la encimera.
—Un bocadillo a las once.
—Eso no cuenta.
—Contaba cuando tenía veinte años.
—Ahora tienes treinta y seis y trabajas cerca de mareas peligrosas. Deberías tener más respeto por tu cuerpo.
Vera apareció en el umbral de la cocina.
—¿Eso es una orden médica?
—Es una orden culinaria. Mucho más seria.
Clara empezó a lavar las verduras. Vera se acercó, pero se detuvo antes de entrar del todo, como si necesitara que la invitaran incluso a una habitación en la que ya habían cenado juntas.
—¿Quieres ayuda? —preguntó.
Clara estuvo a punto de decir que no. Le resultaba más fácil cocinar sola, medir las cantidades y decidir el orden de las cosas sin que nadie alterara el ritmo de la cocina.
Sin embargo, pensó en la carpeta entregada, en la respuesta del ayuntamiento y en los diecinueve días que seguían cayendo uno detrás de otro sin pedir permiso.
—Corta los puerros —dijo—. Pero si los haces demasiado grandes, voy a tener que fingir que no te conozco.
Vera se lavó las manos y tomó el cuchillo.
—Qué imagen tan cruel. Después de todo lo que hemos vivido.
—Han pasado apenas unos días.
—En Moural eso son varias vidas.
Trabajaron sin prisa. Vera cortaba con una precisión que Clara no esperaba; los trozos de puerro quedaron casi idénticos.
Clara la acusó de haber practicado antes y Vera admitió que había pasado una temporada en una campaña de investigación donde alimentarse mal era tan fácil como naufragar con buen tiempo.
La explicación derivó en una discusión breve sobre si se podía llamar naufragio a una avería de motor a cien metros del muelle.
—Te caíste al agua —dijo Clara.
—El barco tuvo una incidencia técnica.
—Te caíste al agua.
—Y salí de ella. Eso es lo relevante.
Clara removió la olla para ocultar la sonrisa.
Hacía muchos años que no cocinaba con alguien sin medir el tiempo que quedaba para que esa persona se fuera.
El pensamiento la inquietó. No porque Vera fuera a marcharse; tenía la impresión de que, si lo hiciera, no desaparecería en silencio.
La inquietaba porque una parte de ella quería que se quedara.
Comieron en la mesa pequeña de la cocina.
Clara encendió una lámpara sobre el fregadero y el resto de la casa quedó en penumbra.
No habló de Lucía al principio. Vera tampoco mencionó a Tomás ni el informe que debía terminar.
Hablaron de cosas que no parecían importantes: la panadería que había cerrado cuando Clara era niña, el nuevo dueño del bar junto al puerto, una gata que Vera alimentaba detrás del laboratorio y que se negaba a tolerar cualquier tipo de afecto humano.
—¿Cómo se llama? —preguntó Clara.
—No tiene nombre.
—Eso es triste.
—No. Es respetuoso. Ella no ha elegido que la bautice.
—Entonces la llamas Gata.
—La llamo señora.
Clara se rió tan alto que tuvo que llevarse una mano a la boca. Vera dejó el tenedor sobre el plato y la observó. No había triunfo en su expresión, solo atención.
—¿Qué? —preguntó Clara.
—Nada. Me gusta oírte reír.
La frase cayó con una suavidad que la volvió difícil de esquivar.
Clara bajó la mirada hacia la sopa. El vapor le empañó las gafas y se las quitó para limpiarlas con la servilleta, aunque no estaban tan sucias.
—Hace mucho que no vengo aquí —dijo—. Durante años pensé que, si volvía, iba a sentirme como cuando era niña. O peor, como cuando desapareció mi madre.
Vera no la interrumpió.
—Pero no me siento como ninguna de esas dos personas. Me siento… fuera de sitio. Como si la casa estuviera esperando una versión de mí que no existe.
—Puede que la casa no espere nada —dijo Vera—. Puede que seas tú quien necesita decidir qué puede ser ahora.
Clara levantó la vista. Vera parecía haberse dado cuenta de que la frase podía sonar demasiado limpia, porque añadió:
—Perdón. Eso ha sonado como una postal de terapeuta.
—Un poco.
—Lo sabía.
—Pero no está mal.
Vera asintió y volvió a mirar el plato. El gesto fue tan sencillo que Clara sintió ganas de tocarle la mano. Se contuvo unos segundos. Después dejó la suya sobre la mesa, cerca de la de Vera, sin rozarla.
—No quiero que creas que te he invitado a cenar porque necesito a alguien que me diga qué hacer —dijo.
—No lo creo.
—Te he invitado porque quería que estuvieras aquí.
Vera dejó de mover el tenedor.
—Clara.
Su nombre, pronunciado así, no era una pregunta. Era una advertencia suave de que las palabras podían abrir una puerta que ninguna de las dos debería cruzar por miedo o gratitud.
—Sé que estamos en medio de algo complicado —continuó Clara—. Y sé quién es tu padre. Sé que todavía no sé muchas cosas. Pero cuando estás conmigo no tengo la sensación de que estés intentando arreglarme.
Vera miró sus manos sobre la mesa.
—No quiero arreglarte.
—Bien.
—Quiero conocerte. No es lo mismo.
Clara respiró hondo. La lluvia había vuelto, casi imperceptible, contra el cristal de la cocina. Durante un instante, oyó todos los ruidos de la casa: el agua dentro de las tuberías, el reloj del pasillo, el ligero zumbido de la lámpara.
—¿Puedo besarte? —preguntó Vera.
La pregunta la sorprendió menos de lo que debería. Clara había sabido que podía llegar desde que Vera se había quedado callada al oírla reír. Quizá lo sabía desde el porche, cuando había aparecido con café y le había dicho que quería quedarse.
—Sí —dijo.
Vera se levantó despacio. Rodeó la mesa sin apartar los ojos de Clara, como si le diera tiempo para cambiar de idea. Clara no lo hizo. Cuando Vera se inclinó hacia ella, el primer roce fue leve, casi cuidadoso en exceso. Clara apoyó una mano en su muñeca y la acercó un poco más.
El beso no borró nada. No convirtió a Tomás en inocente, ni al mural en una respuesta, ni a Moural en un lugar fácil de habitar. Pero durante unos segundos dejó de sentir que todas las decisiones importantes pertenecían al pasado.
Cuando se separaron, Vera apoyó la frente contra la suya.
—Podemos fingir que la sopa no se está enfriando si lo prefieres.
—La sopa ya estaba demasiado fría antes de que me besaras.
—Eso es una acusación grave.
—Tendrás que demostrar que sabes recalentarla.
Vera sonrió. Clara volvió a sentarse, con el pulso todavía rápido, y por primera vez desde que había regresado a Moural no sintió la necesidad de mirar la puerta.
Vera recalentó la sopa a fuego bajo, bajo una vigilancia que habría resultado ofensiva en otro contexto. Clara se apoyó en la encimera. El beso seguía presente en la boca y en la forma en que cada movimiento adquiría conciencia de la otra.
—Estás removiendo demasiado —dijo.
—Intento homogeneizar la temperatura.
—Vas a deshacer la patata.
—La patata sobrevivirá.
—Eso dicen quienes no respetan una textura.
Vera le tendió la cuchara para que asumiera la autoridad culinaria. Clara probó, añadió una pizca de sal y devolvió el utensilio. Los dedos se rozaron. Esta vez ninguna fingió que el contacto había sido casual.
Se sentaron de nuevo. Hablaron de límites antes de que la intimidad pudiera obligarlas a improvisarlos.
Clara no quería que Vera se instalara en la casa ni que todas las visitas se convirtieran en reuniones sobre Lucía.
Vera necesitaba conservar mañanas de campo en las que no pudiera responder mensajes. Ambas querían seguir besándose.
—Parece un acuerdo sorprendentemente funcional —dijo Vera.
—No es un acuerdo. Son condiciones preliminares.
—¿Habrá revisión por pares?
—Solo si pretendes besar a otras restauradoras.
La broma dejó tras de sí una pregunta que Clara no había planeado formular. Vera respondió sin solemnidad que no estaba viendo a nadie. Clara tampoco. No llamaron exclusividad a aquella información ni la utilizaron para adelantarse a una relación que llevaba pocos días en presente.
Cuando acabaron la sopa, Vera recogió los cuencos. Clara la observó moverse en la cocina de Eulalia, abrir el armario equivocado y recordar a la segunda dónde estaban los platos. El cuerpo registraba esos detalles con una rapidez preocupante. Se acercó por detrás y le tocó la cintura.
Vera se volvió.
—¿Esto forma parte de las condiciones preliminares?
—Es una prueba de compatibilidad.
El segundo beso fue más breve y menos cauteloso. Clara lo terminó antes de que la cocina dejara de parecerle propia. Aprender a desear sin perder autonomía tendría sus tiempos; le gustó que Vera entendiera el límite sin tomarlo como rechazo.
Después del beso, fueron al piso de Vera a buscar una carpeta que había quedado junto a la puerta. Una gata atigrada ocupaba el felpudo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Clara.
—No tiene nombre. La llamo la señora.
—Eso es un nombre.
—Es un tratamiento. La distinción importa.
La señora ignoró a Clara, aceptó comida de Vera y luego se instaló sobre el abrigo de la restauradora. Clara la consideró una criatura sin criterio de conservación. De regreso, la sopa estaba fría. Vera supo recalentarla; Clara la besó otra vez como reconocimiento limitado de competencia.
* * *