Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 9. La medida provisional #3
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Capítulo 9. La medida provisional #3

Vera volvió a sentarse. Sus manos estaban cerradas sobre la libreta, pero su voz no había temblado. Clara quiso tocarle la rodilla, algo pequeño que le dijera que la había escuchado. No lo hizo. No sabía si Vera quería ser sostenida en ese momento o si la sala entera estaba demasiado atenta.

Entonces una mujer junto a la puerta se levantó.

—Yo tengo una pregunta para la propietaria de la casa de Eulalia —dijo.

Clara tardó un segundo en entender que hablaba de ella. La mujer era baja, de pelo blanco y abrigo rojo. No la conocía.

—La casa de esa señora está justo encima del dique. Si se declara protegida, ¿quién paga los retrasos? ¿Quién paga si la obra se para y nos quedamos sin los puestos que prometieron?

El concejal intentó intervenir, pero Clara se puso de pie antes de que pudiera hacerlo. Notó la atención de Vera a su lado, firme y silenciosa.

—No sé quién pagará los retrasos —dijo—.

Tampoco sé quién pagaría si se derrumba una parte del terreno porque alguien ha sellado una estructura sin explicarlo.

Lo único que he pedido es que se revise una casa que pertenece a mi familia y un mural que podría tener valor histórico.

No he pedido que el pueblo deje de trabajar.

—Pero lo vas a impedir —dijo alguien.

—No lo sé —respondió Clara. La honestidad hizo que algunas personas dejaran de murmurar—.

Y no voy a fingir que sé más de este pueblo que ustedes.

No vivo aquí desde hace doce años. Pero mi madre desapareció aquí, y durante veinticinco años todos aceptaron una historia que no explica nada.

Tengo derecho a preguntar qué ocurrió antes de que destruyan el lugar donde podrían quedar respuestas.

El silencio que siguió no fue amable. Fue el tipo de silencio en que cada persona decide si lo que acaba de oír le parece justo o egoísta.

Adela estaba sentada al fondo, junto a la pared. Clara la vio por primera vez entonces. La mujer no apartó la mirada ni asintió en señal de apoyo. Solo apretó la bolsa de tela que llevaba sobre las rodillas.

Sergio se levantó.

—Nadie quiere impedirle a Clara que busque respuestas —dijo con suavidad—. Pero sería irresponsable vincular una desaparición de hace décadas con un proyecto que ha cumplido todos los trámites exigidos.

—¿Todos? —preguntó Vera.

Sergio la miró por fin.

—Todos los que corresponden.

Clara sintió la mano de Vera junto a la suya, rozando apenas el borde de la silla. No era un gesto para que la sala lo viera. No era siquiera una caricia completa. Clara giró la palma y entrelazó sus dedos con los de Vera bajo la libreta.

El concejal anunció que el ayuntamiento revisaría la solicitud de protección y que no tomaría una decisión esa noche.

La asamblea se disolvió con la lentitud de una tormenta que no termina de irse.

La gente se agrupó en pequeños corrillos.

Algunas personas se acercaron a felicitar a Sergio.

Otras pasaron junto a Clara sin mirarla.

El hombre de la lonja le dio un leve gesto con la cabeza antes de salir, pero no dijo nada.

Irene apareció a su lado cuando la sala estaba casi vacía.

—No publicaré nada sobre esto sin hablar primero con vosotras —dijo—. Pero alguien va a contarlo. Es mejor que decidamos qué versión no queremos que se pierda.

Clara miró a Vera. Durante un segundo creyó ver alivio en su rostro. Después Vera se soltó la mano y se guardó la libreta bajo el brazo.

—No vamos a convertir esto en una pelea de titulares —dijo.

—No he dicho eso.

—Lo sé.

El tono de Vera no era duro, pero Irene levantó las manos en un gesto de rendición.

—Bien. Llamadme cuando queráis que alguien haga preguntas incómodas en voz alta.

Durante el camino de regreso, Vera no habló. Clara tampoco. La mano de Vera había estado caliente dentro de la suya, pero la asamblea había dejado otra clase de inquietud flotando entre las dos.

Al llegar a la puerta de la casa, Vera se detuvo.

—No quiero que lo de ayer se convierta en algo que usemos para no mirar lo demás —dijo Vera.

Clara apoyó la espalda contra la puerta. La frase podía haberle dolido. En cambio, le pareció una forma de cuidado.

—No lo hará —dijo—. Pero tampoco quiero fingir que no pasó.

Vera la miró con una expresión que Clara no supo nombrar. Después se inclinó y besó su frente, despacio.

—No quiero fingirlo.

Se fue antes de que Clara pudiera pedirle que se quedara.

Clara entró en la casa con la asamblea todavía en el cuerpo y con el recuerdo de los dedos de Vera entre los suyos.

Había ido a la escuela esperando una respuesta sobre el dique.

Volvía con algo más difícil: la certeza de que, para descubrir la verdad, tendría que aprender a mirar a Moural sin convertirlo en el pueblo que necesitaba que fuera.

Al terminar la asamblea, Clara llevó la solicitud a Andrés. Firmó la petición de protección temporal del mural y del perímetro con Vera a su lado.

—Ayúdame a entender lo que ocurra —le pidió—. No decidas por mí.

—Puedo hacer eso.

En la puerta, Clara retiró el aviso amarillo de demolición. Los cuatro clavos dejaron orificios en la madera, pero el procedimiento ya había cambiado. La casa disponía, al menos, de tiempo para ser evaluada.

* * *