Capítulo 9. La medida provisional #2
Vera aceptó. No había promesa en esas palabras, pero sí una decisión que Clara conservaba como propia.
A las cuatro, Clara ordenaba los anexos de la solicitud cuando alguien llamó a la puerta con una insistencia que no admitía confusión. Vio sobre una silla la carpeta de las fotografías y recordó que, antes de firmar, aún debía escuchar a las personas que esperaban trabajo de la marina.
Clara se puso el jersey y bajó las escaleras descalza.
En el porche había un sobre blanco, sujeto bajo una piedra para que el viento no se lo llevara.
No llevaba sello ni remitente. Dentro encontró una convocatoria para una asamblea vecinal esa misma tarde en la antigua escuela.
El asunto escrito en letras negras ocupaba media página: Proyecto de ampliación de la marina y situación del dique de Moural.
En la parte inferior, alguien había añadido a bolígrafo: La casa de Eulalia no alimenta a nadie.
Clara leyó la frase tres veces. No sintió miedo, exactamente. Sintió algo más incómodo: la conciencia de que había pensado en el proyecto como si la decisión afectara solo a su jardín, al mural y a los recuerdos que no sabía qué hacer con ellos.
Vera encontró el papel una hora después, cuando llegó a la cocina con el informe bajo el brazo.
—Podría haber sido publicidad —dijo Clara—. Una invitación muy agresiva a la participación ciudadana.
Vera dejó la taza que estaba lavando.
—¿Quieres ir?
—No lo sé.
—No tienes que hacerlo.
Clara miró el sobre que seguía sobre la mesa. Había deseado que alguien le diera instrucciones claras desde que llegó a Moural. Que Vera no lo hiciera seguía siendo, a veces, lo que más le gustaba y lo que más la desesperaba de ella.
—Si no voy, van a hablar de mi casa como si no existiera —dijo.
—Si vas, quizá hablen de ti como si la casa fuera la única razón por la que estás allí.
—Eso suena peor.
—No era una recomendación. Solo una previsión bastante deprimente.
Clara se apoyó en la encimera. Vera estaba cerca, pero todavía no la tocaba. Desde el casi beso ante el mural, ambas se movían con una cautela nueva: cualquier gesto cotidiano había adquirido una carga que ninguna necesitaba explicar.
—Voy a ir —dijo Clara.
Vera asintió.
—Yo también.
—¿Como bióloga marina o como la mujer que casi me besó ante un mural?
La pregunta salió antes de que Clara pudiera medirla. Vera no sonrió.
—Como la bióloga marina que quiere que el proyecto se revise. Y como la mujer que casi te besó, si quieres que esté a tu lado.
Clara sostuvo su mirada. No había una respuesta perfecta. Por primera vez, eso no le pareció una amenaza.
—Quiero que estés a mi lado —dijo.
La antigua escuela tenía una sala de actos con sillas plegables y fluorescentes demasiado blancos.
A las seis ya estaba casi llena. Había pescadores con botas de goma, parejas mayores sentadas juntas en la primera fila, dos adolescentes apoyados contra la pared del fondo y varias personas a las que Clara reconoció de la panadería, la farmacia y la plaza.
Nadie parecía haber venido por curiosidad.
Todos llevaban una opinión a medio formar y la intención de defenderla.
Vera y Clara se sentaron en la tercera fila. Irene ocupaba una silla junto al pasillo, con una libreta abierta sobre las rodillas. Al verlas entrar, levantó las cejas de una manera que hizo que Vera la mirara con una advertencia silenciosa.
Clara fingió no haberlo visto.
En la mesa del escenario se sentaban un concejal de urbanismo, una técnica municipal a la que nadie presentó por su nombre y Sergio Varela.
El promotor llevaba la misma chaqueta azul marino que había usado al visitar la casa, aunque esa vez parecía menos seguro.
O quizá Clara ya sabía mirar mejor la diferencia entre seguridad y costumbre.
El concejal habló primero. Explicó que la ampliación de la marina traería actividad económica, que se respetarían los informes ambientales y que el cierre de la rampa oeste respondía a una medida preventiva.
Usó palabras como desarrollo, equilibrio y oportunidad hasta que Clara dejó de saber a qué se refería cada una.
Cuando le dieron la palabra a Sergio, él se levantó y sonrió al público.
—Entiendo que haya inquietud —dijo—. Moural no es solo un lugar de trabajo. Es una forma de vida. Precisamente por eso necesitamos que siga teniendo futuro para quienes quieren quedarse.
Un murmullo aprobatorio recorrió la sala.
—El proyecto creará empleo directo durante la obra y empleo estable después. La lonja necesita actividad. Los negocios necesitan visitantes. No estamos aquí para borrar el pasado, sino para evitar que el pueblo se convierta en un sitio donde los jóvenes solo puedan volver en verano.
Clara sintió que la frase le alcanzaba de una manera inesperada. Ella era una de esas personas que volvían solo en verano. Había pasado doce años viviendo en una ciudad del interior y había regresado para vender una casa, no para defender una forma de vida que apenas comprendía ya.
Vera se inclinó hacia ella.
—No tiene por qué tener razón solo porque use bien las palabras —murmuró.
Clara no contestó. Sergio no estaba hablando de manera abstracta.
Cerca de la primera fila, el hombre de la lonja que había advertido a Vera sobre la cadena asentía con los brazos cruzados.
Una mujer de pelo gris apretaba un folleto contra el pecho.
No eran villanos por querer trabajo. La idea la incomodó porque volvía más difícil convertir la historia en una disputa sencilla.
El turno de preguntas empezó con quejas sobre el tráfico, los amarres y el ruido. Después una voz desde el fondo preguntó por la rampa oeste.
Vera levantó la mano. Clara la vio enderezar la espalda antes de ponerse de pie.
—Soy Vera Aranda. Coordino el estudio independiente de erosión de la ensenada.
La rampa se cerró con un cartel sin referencia municipal visible, y hay indicios de una modificación reciente en una rejilla de ventilación del dique.
Hemos pedido acceso para tomar mediciones comparativas y aún no hemos recibido respuesta.
Sergio no la miró enseguida. Consultó unos papeles, como si la pregunta necesitara esperar a que terminara de leer algo que ya conocía.
—La señora Aranda ha presentado sus observaciones —dijo—. Los técnicos valorarán si son pertinentes.
—No son observaciones —replicó Vera—. Son fotografías fechadas y una solicitud de acceso.
—Y las fotografías no demuestran una intervención irregular.
—Por eso pedimos una inspección.
Alguien en la segunda fila chasqueó la lengua. Clara no supo quién había sido. El concejal pidió calma con una voz cansada.
—Señora Aranda, si existe un informe técnico adicional, puede presentarlo por la vía correspondiente.
—Eso haremos.