Capítulo 9. La medida provisional
Horas antes de que sonara la convocatoria, Vera había entrado en el apartamento de Irene con la sensación de haber olvidado algo importante.
La noche anterior había dejado la casa de Clara pasada la medianoche y había revisado allí las fotografías de la rampa oeste hasta que el cansancio volvió dudosa cualquier conclusión.
Ahora necesitaba una segunda comprobación antes de incorporar las imágenes al informe municipal.
La tarjeta de memoria seguía sobre el escritorio, junto a una libreta abierta y tres tazas de café vacías.
Irene dormitaba en el sofá, con el portátil apagado sobre el pecho y un jersey cubriéndole los pies.
Habían pasado la última hora comprobando fechas, coordenadas, metadatos y reflejos de luz en las imágenes.
No habían encontrado una prueba concluyente de que Varela hubiera actuado sin permiso, pero sí suficiente para plantear preguntas incómodas.
Vera no quería preguntas incómodas. Quería una respuesta que obligara a alguien a detener la obra.
Se levantó sin hacer ruido y abrió el portátil.
La carpeta de fotografías estaba ordenada por hora: el cartel sin sello municipal, la cadena amarilla, las huellas de neumáticos, el mortero claro junto a la rejilla.
En la última imagen, tomada antes de que la cámara golpeara la piedra, se veía una marca rectangular en el cemento fresco.
No era un sello. Era un hueco, como si hubieran retirado una placa metálica y tapado su lugar con prisa.
Vera amplió la foto hasta que los píxeles perdieron definición.
—No vas a encontrar un cadáver en los metadatos —murmuró Irene desde el sofá.
Vera se volvió. Irene tenía el pelo recogido en una coleta imposible y una expresión de cansancio que no le impedía mirar todo con demasiada atención.
—No estoy buscando un cadáver.
—Eso suele ser una buena señal en una investigación. ¿Has dormido algo?
—Una hora, quizá dos.
—Entonces deja de mirar esa foto como si fueras a obligarla a confesar.
Vera cerró los ojos un instante. Irene se levantó, apartó el portátil y puso agua a hervir en la cocina diminuta del apartamento.
—¿Cómo fue con Clara? —preguntó.
Vera tardó demasiado en responder.
—Complicado.
—Eso no contesta nada.
—Mi padre confirmó que la entrada de la Luz de Abril fue añadida después de cerrar el registro.
Irene dejó de mover la cucharilla.
—Vera.
—No sabe quién la escribió. Dice que vio a Lucía con una carpeta, camino del dique. También vio a Rafael Varela.
—¿Y no ha dicho nada en veinticinco años?
—No.
Irene apoyó las manos en la encimera.
—¿Se lo contaste a Clara?
—Sí.
—¿Y?
Vera miró el teléfono. Clara le había enviado un mensaje de madrugada, después de que ella se fuera.
Gracias por quedarte a cenar.
No era mucho. Tampoco era nada.
—No sé —dijo—. Estamos intentando no romper algo antes de saber qué es.
Irene la miró con una paciencia que a Vera le resultaba irritante cuando estaba cansada.
—No la trates como si fuera un dique, por favor.
—No lo hago.
—Vera, llevas diez años tratando todo lo que te importa como si pudieras reforzarlo con datos y paciencia. A veces funciona. Con las personas, no siempre.
Vera no respondió. Irene le tendió una taza de café y señaló el ordenador con la barbilla.
—Podemos hacer dos cosas. Publicar una nota ahora sobre el cierre irregular y pedir explicaciones al ayuntamiento, o preparar un informe más sólido para que lo presente tu asociación. Lo primero hace ruido. Lo segundo tarda.
—Si hacemos ruido sin pruebas, Varela dirá que estamos asustando a la gente.
—Y si esperamos a tener una prueba perfecta, quizá ya no quede dique que proteger.
La frase se quedó entre ellas. Vera conocía el argumento porque se lo había repetido a Clara el día anterior. Oírlo en boca de Irene no lo volvía más cómodo.
—Quiero que hables con el ayuntamiento —dijo al fin—. No publiques todavía. Pregunta por la autorización del cierre y por cualquier modificación de obra registrada en la última semana.
—Eso no es hacer ruido.
—Es poner una cerilla cerca de la cortina.
Irene sonrió.
—Ahora sí estás hablando mi idioma.
A la una y cuarto, Vera cruzó Moural con una carpeta impresa y una lista de llamadas por hacer.
El cielo estaba limpio por primera vez desde que Clara había regresado.
El sol no calentaba, pero transformaba la bahía en una superficie de metal pálido.
Durante unos segundos, Vera pensó que el pueblo podía parecer inofensivo desde lejos.
Después vio la grúa estacionada junto a la marina y recordó que las cosas más dañinas casi nunca llegaban gritando.
Encontró a Clara en el porche de la casa de Eulalia. Llevaba ropa de trabajo manchada de pintura y el pelo recogido con un lápiz. En una mano sostenía una carpeta y, en la otra, la tarjeta de Sergio Varela.
—Te he dejado escribirte primero —dijo Clara—. Me pareció razonable después de anoche.
Vera se detuvo frente a la verja.
—No tenías que hacerlo.
—Ya sé.
La respuesta no tenía aspereza. Era peor y mejor que eso.
Clara levantó la tarjeta.
—Varela ha llamado al abogado. Dice que quiere hablar conmigo antes de presentar una solicitud formal para entrar en el jardín.
—¿Ha dicho por qué?
—Porque cree que puedo beneficiar al pueblo si colaboro.
—Eso significa que quiere que le firmes algo.
—Mi abogado piensa lo mismo.
Vera miró la carpeta que llevaba Clara.
—¿Qué es eso?
—Una solicitud de protección temporal de la casa y del mural. La preparó el abogado esta mañana. Si la firmo, el ayuntamiento tendrá que revisar el valor histórico de la propiedad antes de autorizar obras que puedan afectarla.
Vera sabía lo que aquello implicaba. No era una declaración sentimental. Era una medida administrativa que podía impedir a Clara vender la casa durante meses, quizá más. Era elegir quedarse ligada a Moural cuando había llegado para cerrarlo todo en una semana.
—¿Quieres firmarla? —preguntó.
Clara miró el papel.
—No lo sé. Quiero que no entren aquí y destrocen el mural. También quiero volver a mi vida sin tener que pedir permiso a cada decisión que tomó mi abuela.
Vera sintió el impulso de decirle que no firmara nada por ella. Lo contuvo. Clara no necesitaba que Vera resolviera su conflicto moral con una frase noble.
—No puedo decirte qué hacer —dijo—. Pero puedo ayudarte a entender qué protege el documento y qué no.
Clara levantó una ceja.
—¿Eso es una respuesta entusiasta en tu idioma?
Vera sonrió, pese a sí misma.
—Es una respuesta muy entusiasta.
Se sentaron en el escalón del porche. Vera leyó el documento con Clara, apartado por apartado.
No era especialista en patrimonio, pero podía señalar lo evidente: la solicitud no impediría para siempre la obra, solo crearía una pausa mientras un técnico examinaba el mural, la casa y el terreno colindante.
Varela podría impugnarla. El ayuntamiento podría rechazarla.
Y, si la aprobaban de forma provisional, Clara no podría vender con rapidez.
—Es una apuesta —dijo Clara.
—Sí.
—Y si pierdo, seguiré teniendo la casa y el mismo problema.
—También tendrás más tiempo.
Clara dejó escapar el aire lentamente.
—A veces no sé si el tiempo es lo que necesito o lo que más miedo me da.
Vera la miró de perfil. El sol iluminaba una mancha azul en la manga de su camisa, probablemente pintura del mural. Le pareció extraño fijarse en algo tan pequeño cuando Clara estaba a punto de tomar una decisión que alteraría su vida. Quizá era una forma de no decir que le importaba.
—No estás obligada a convertir la casa en una promesa —dijo—. Puedes protegerla hoy y decidir qué significa mañana.
Clara permaneció callada. Luego pasó el pulgar sobre el borde de la última página.
—¿Qué pasó con las fotos?
Vera le explicó lo que habían comprobado Irene y ella.
No exageró el hallazgo. El mortero fresco era sospechoso; la falta de un sello visible en el cartel también; ninguna de las dos cosas bastaba aún para demostrar un delito.
Irene había enviado preguntas al ayuntamiento, y la asociación de Vera presentaría un escrito pidiendo que se revisara la estabilidad de la rampa.
—¿Crees que funcionará? —preguntó Clara.
—Creo que obligará a alguien a dar una versión oficial. A veces eso es lo primero que necesitas para encontrar las contradicciones.
Clara asintió, pero no parecía reconfortada. Vera no intentó disfrazar la incertidumbre de optimismo.
A las dos y media, Irene llamó.
—Tengo una respuesta —dijo sin saludar—. El ayuntamiento dice que el cierre de la rampa es una actuación preventiva solicitada por Varela Costa. No hay autorización para sellar ninguna rejilla, porque según ellos no se ha sellado nada.
Vera miró a Clara.
—¿Y sobre el proyecto?
—Dicen que la demolición sigue prevista para dentro de diecinueve días. También dicen que no pueden revisar una alteración menor sin un informe técnico firmado.
—Puedo hacer el informe.
—Puedes hacerlo, pero necesitarás acceso a la zona para tomar mediciones comparativas.
Vera observó la bahía. Desde el porche se veía el extremo del dique, con la cadena amarilla moviéndose al viento.
—Entonces pediremos acceso.
Irene suspiró al otro lado.
—Y Varela dirá que no. Lo sé. Pero ahora tenemos una negativa por escrito si intenta bloquearlo.
Cuando colgó, Clara sostuvo la solicitud de protección sobre las rodillas.
—Así que no hemos conseguido detener nada.
—No todavía.
—Es lo que dijiste ayer.
Vera aceptó el golpe sin defenderse.
—Sí.
Clara se levantó y entró en la casa. Vera pensó que iba a pedirle que se marchara. En lugar de eso, volvió con un bolígrafo, fechó los anexos técnicos y dejó sin firmar la última página.
—No quiero que el mural sea la razón por la que me quede. Pero tampoco quiero que lo destruyan antes de que pueda decidir. Voy a escuchar la asamblea y después entregaré esto yo misma.
Vera no intentó acelerar la decisión.
—De acuerdo.
Clara guardó el bolígrafo en el bolsillo y bajó los escalones. Se detuvo junto a la verja.
—¿Vas a trabajar hoy?
—Tengo que empezar el informe.
—Entonces lo haré contigo después de entregar esto. No porque crea que vaya a resolverlo todo, sino porque quiero entender lo que vamos a pedir.