Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 8. La foto de los jueves #2
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Capítulo 8. La foto de los jueves #2

Se pasó el resto de la mañana y gran parte de la tarde encerrada en el despacho, ignorando las llamadas que seguían llegando desde el Ayuntamiento.

Abrió el archivo del informe en su ordenador.

El cursor parpadeaba sobre «duradero». Borrarlo evitaría una discusión en la junta y haría el informe más cómodo para los financiadores.

También ocultaría la diferencia entre un impacto medible durante una obra y un cambio que podía persistir después.

Pero luego, casi sin pensarlo, abrió la carpeta donde guardaba las fotos de los jueves.

Empezó a pasar las imágenes en la pantalla, una tras otra, en una secuencia rápida.

Año uno, año dos, año tres. Enero, mayo, septiembre.

El avance del mar no entendía de subvenciones ni de promesas electorales.

La arena se desplazaba, la playa perdía anchura en los perfiles de control y los charcos intermareales acumulaban sedimento fino.

Vera no era la única que podía observarlo, pero sí la responsable de describir sus datos sin exagerarlos.

Recordó una frase que Clara le había dicho: «No se trata de que el resultado final quede bonito, Vera. Se trata de que sea honesto. De no engañar al ojo, porque el engaño es una forma de olvido».

Vera cerró los ojos un momento, respirando hondo el aire viciado de la oficina. Su obligación no consistía en elegir entre el pueblo y la ensenada. Consistía en exponer el riesgo y también el margen de incertidumbre, aunque ninguna de las dos partes obtuviera el informe que deseaba.

Tecleó con una furia contenida. Conservó la expresión «impacto duradero» y añadió un párrafo nuevo sobre la insuficiencia manifiesta de las medidas de mitigación propuestas por la empresa constructora.

Detalló que el cálculo de la deriva litoral presentado por Varela Costa partía de una serie demasiado corta y subestimaba la corriente de retorno.

No atribuyó intención: el método bastaba para impugnar la conclusión.

Cuando terminó de redactar la conclusión final, eran casi las seis y media.

Tenía el cuello rígido, la espalda dolorida y los ojos irritados por la luz azul de la pantalla, pero sentía una extraña ligereza en el pecho, como si se hubiera quitado una armadura de plomo.

Sabía que la junta podía añadir un voto discrepante y que algunos financiadores protestarían.

ACEM, sin embargo, había acordado sostener el informe si las conclusiones distinguían dato, tendencia y escenario.

Vera no iba a convertir la presión en una amenaza de despido que nadie había formulado.

Vera no iba a ser otra Aranda que guardaba silencio para que otros pudieran dormir tranquilos.

Salió de la oficina y caminó hacia el puerto.

El sol empezaba a bajar en el horizonte, tiñendo el agua de la ensenada de un naranja metálico que contrastaba con el gris del dique.

Clara ya estaba allí, esperándola, sentada en un viejo bolardo de piedra corroído por el salitre.

Miraba cómo los marineros descargaban las últimas cajas de pescado de la tarde, con esa paciencia de quien sabe observar el mundo sin juzgarlo de inmediato.

Llevaba su chaqueta de trabajo habitual, manchada de yeso y pigmentos, y una bufanda azul que el viento del atardecer agitaba con suavidad.

Al ver a Vera acercarse, Clara se levantó y le dedicó una sonrisa. Era una sonrisa cansada pero genuina, de esas que solo se comparten cuando el día ha sido largo y difícil.

—Hola, bióloga. ¿Sobreviviste a otra tanda de fotos y catástrofes? —preguntó Clara cuando Vera llegó a su altura.

Vera se detuvo frente a ella, dejando que el olor a mar, a gasoil y a la propia piel de Clara la envolvieran. Era un ancla necesaria en medio de la tormenta que acababa de desatar.

—He cerrado el informe, Clara. Elías lo llamaría obstinación con anexos.

Clara la miró con una intensidad renovada, detectando la firmeza absoluta en su mirada. No hizo preguntas innecesarias sobre subvenciones o contratos. Simplemente dio un paso hacia ella y le puso una mano en el brazo, un contacto sólido y cálido que decía más que cualquier palabra de consuelo.

—Entonces supongo que esta noche la cena la pago yo —dijo Clara en voz baja, con esa ironía suave que tanto le gustaba a Vera—. Y quizá deberíamos abrir la botella de albariño que guardaba mi abuela para las ocasiones especiales.

Vera soltó un suspiro largo, una exhalación que liberó toda la presión acumulada durante el día.

Apoyó la cabeza en el hombro de Clara por un segundo, sintiendo el latido tranquilo y constante de su corazón.

El misterio de la casa de Eulalia seguía allí, sin resolver; las sombras del pasado de su padre, Tomás, seguían acechando en cada esquina de Moural, y el informe que acababa de enviar probablemente irritaría al Ayuntamiento.

Pero allí, en el muelle, con el frío de la tarde y la presencia silenciosa de Clara a su lado, Vera sintió que, por fin, después de tantos años de dudas y silencios heredados, estaba empezando a decir su propio nombre con voz propia.

—Vamos a casa, Clara —dijo Vera, separándose apenas unos centímetros pero sin soltarle la mano.

Caminaron juntas por el muelle, dos siluetas oscuras recortadas contra el horizonte encendido del Atlántico, mientras la marea, indiferente a los informes técnicos y a las fotos de los jueves, empezaba a subir de nuevo con su ritmo ancestral, reclamando su lugar legítimo sobre la piedra de Moural.

Antes de ir a la escuela, Vera le contó que ACEM había respaldado el informe con una advertencia: las conclusiones debían ceñirse a la serie disponible. Clara escuchó hasta que terminaron las precisiones.

—Has defendido tus datos sin usarlos como martillo —dijo.

—Es un elogio de restauradora. Lo aceptaré.

Caminaron hacia la asamblea. Al pasar frente al espigón, Clara recordó que Vera siempre salía antes de que Eulalia terminara de contar.

—A los diecisiete estaba enamorada de ti —admitió Vera—. Lo llamé competitividad porque podía medirla.

Clara se detuvo.

—Eras una tramposa enamorada.

—La primera variable está discutida. La segunda admite ahora revisión histórica.

Clara le rozó la mano. —Después de la asamblea seguiremos revisándola.

La convocatoria sonó desde la escuela. Vera entró sabiendo que aquella noche habría algo en juego que ningún informe podía ordenar.

* * *