Capítulo 6. El silencio de Tomás
La casa de Tomás Aranda estaba a oscuras salvo por la luz de la cocina.
Vera se quedó frente a la verja con la mano sobre el pestillo.
Podía ver la sombra de su padre cruzando de vez en cuando la ventana, lenta y encorvada, como si el pasillo se hubiera vuelto demasiado estrecho para él.
Durante años, había utilizado esa imagen para explicarse por qué no hablaban de nada importante.
Tomás estaba cansado. Tomás había sufrido.
Tomás no era el hombre que había sido antes de que ella aprendiera a hacer preguntas.
Esa noche, ninguna de esas frases la protegía.
Abrió la verja y llamó dos veces.
Tardó en oír pasos. Cuando Tomás descorrió el cerrojo, llevaba un jersey de lana gris y unas gafas que nunca se quitaba dentro de casa. La miró con una mezcla de alarma y alivio.
—¿Ha pasado algo?
—Necesito hablar contigo.
Su padre sostuvo la puerta sin abrirla más.
—¿Ahora?
—Ahora.
Tomás no respondió. Finalmente se hizo a un lado.
La cocina olía a sopa de pescado y a humedad.
Vera reconoció el mantel de cuadros, la radio encendida sobre la nevera y el reloj de pared que marcaba una hora distinta de la real desde que ella era adolescente.
Todo seguía en su lugar. Le resultó ofensivo que una habitación pudiera conservar sus costumbres mientras el resto de una familia aprendía a vivir dentro de un silencio.
Tomás apagó la radio.
—¿Quieres cenar?
—No.
—He hecho demasiado. Puedo calentarte un plato.
—Papá.
Él bajó la mirada. Se sentó a la mesa, pero no la invitó a hacerlo. Vera ocupó la silla de enfrente. Durante un momento, los dos observaron la madera rayada entre sus manos.
—Hoy fui al archivo de la cofradía —dijo ella.
Tomás levantó la cabeza con lentitud.
—¿Con Clara Ríos?
Vera no esperaba que supiera que Clara había vuelto. Después recordó que Moural tenía una forma de enterarse de las cosas antes de que sucedieran del todo.
—Sí.
—Eulalia murió hace unos meses.
—Lo sé.
—Era buena mujer.
—No estoy aquí para hablar de Eulalia.
El rostro de Tomás se cerró un poco. Vera odiaba ese gesto porque lo conocía demasiado bien. No era ira. Era una retirada.
—Encontramos el registro del catorce de octubre —continuó—. La entrada de la Luz de Abril dice que Lucía Ríos salió del puerto a las diez y diez. Al margen hay unas iniciales: T.A.
Su padre dejó de mover las manos.
No hizo falta preguntarle si las había reconocido.
—¿Las escribiste tú? —dijo Vera.
Tomás miró hacia la ventana. Afuera, una ráfaga de viento golpeó la persiana del salón.
—Sí.
La respuesta fue tan baja que Vera pensó que quizá la había imaginado.
—¿Por qué?
Tomás se pasó una mano por la cara.
—Porque aquella línea no estaba en el cuaderno cuando lo cerré.
Vera sintió que algo se tensaba dentro de ella.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que la salida de ese barco apareció anotada después.
—¿Después de qué?
—Después de que empezaran a buscarla.
Vera se inclinó hacia delante. Podía oír su propia respiración.
—¿Y no se lo dijiste a nadie?
—Se lo dije a Eulalia.
—¿A Eulalia? ¿Y qué hizo ella?
Tomás dejó escapar una risa seca, sin humor.
—Lo mismo que hice yo. Intentar entender antes de abrir la boca.
—Han pasado veinticinco años.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras, no habrías dejado que Clara creciera pensando que su madre se había marchado.
Tomás alzó los ojos. Había algo roto en ellos, pero Vera se obligó a no convertirlo en una excusa.
—No creí que se hubiera marchado —dijo él—. Nunca lo creí.
La frase dejó la cocina más fría.
Vera pensó en Clara frente al mural, en la forma en que había dicho que la gente de Moural recordaba una versión de Lucía que ella no podía reconocer. Pensó en la mano vendada de Clara y en su propia decisión de venir sola.
—Entonces dime qué pasó.
Tomás se puso de pie. Fue hasta la encimera y sirvió agua en un vaso, aunque no parecía tener sed. Vera lo vio temblar mientras lo sostenía.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—No, papá. No lo sé, porque tú llevas toda mi vida intentando que no lo sepa.
Tomás cerró los ojos. Durante unos segundos, Vera creyó que iba a hablar. El reloj de pared soltó un chasquido y la radio apagada pareció ocupar todo el silencio de la cocina.
—Aquella noche vi a Lucía en el muelle —dijo por fin—. Iba hacia el dique. Estaba enfadada y llevaba una carpeta debajo del brazo. Le pregunté si necesitaba ayuda. Me dijo que no.
—¿Y luego?
—Luego llegó Rafael Varela.
Vera se quedó inmóvil.
—¿Lo viste?
—Lo vi hablar con ella. Desde lejos. No oí lo que decían.
—¿Qué hicieron?
Tomás apoyó el vaso sobre la encimera con un golpe suave.
—No lo sé.
Vera quiso decir que era mentira. Quiso levantarse, cruzar la cocina y obligarlo a mirarla hasta que abandonara cada una de las frases que llevaba décadas usando como refugio. No lo hizo. El miedo de su padre era evidente, pero no era el suyo. No podía obligarlo a confesar para aliviarse ella.
—¿Por qué anotaste tus iniciales? —preguntó, más despacio.
Tomás tardó en contestar.
—Para recordar que esa línea no era cierta. Pensé que volvería al día siguiente, que encontraría el valor de denunciarlo todo y que necesitaría saber por dónde empezar. Después pasaron dos días. Después una semana. Después ya no supe cómo decirlo sin reconocer que había callado desde el principio.
Vera notó que las uñas se le clavaban en las palmas.
—Clara tiene derecho a saberlo.
—Lo sé.
—No. Tienes que decírselo tú.
Tomás la miró con una tristeza que, en otro momento, quizá habría querido consolar.
—No me va a creer.
—No estás pidiendo que te crea. Estás diciendo la verdad.
Su padre volvió a sentarse. Parecía mucho más viejo que al abrir la puerta.
—No sé si sé hacerlo.
Vera se levantó. No tenía nada más que pedirle esa noche. Había conseguido una verdad parcial y una confirmación que podía destruir la confianza de Clara en ella si la manejaba mal. Al mismo tiempo, se había quedado sin la respuesta que había venido a buscar.
En el pasillo, Tomás la llamó por su nombre.
—Vera.
Ella se volvió.
—Ten cuidado con Varela. Su padre no era el único hombre que debía dinero a aquella empresa.
—¿Quién más?
Tomás miró hacia el suelo.
—No lo sé. O quizá no quiero saberlo.
Vera abrió la puerta.
—Esa diferencia es exactamente el problema.
Bajó los dos escalones del porche y cerró la verja detrás de ella. No sintió alivio. Solo una certeza más nítida que antes: su padre había pasado veinticinco años esperando el momento perfecto para hablar, y el momento perfecto no había llegado porque no existía.
Vera no condujo de inmediato hacia la casa de Eulalia.
Aparcó junto al mirador, apagó el motor y ordenó en una libreta lo que Tomás había dicho.
Separó tres columnas: observaciones directas, recuerdos de su padre, inferencias.
En la primera puso la hora aproximada, la carpeta de Lucía, la llegada de Rafael y la compuerta abierta.
En la segunda, la amenaza económica y la anotación posterior. La tercera quedó llena de preguntas.
Aquel hábito la había protegido durante años de confundir convicción con resultado.
Esa noche también mostró su límite. Ninguna tabla podía decidir cómo contarle a Clara que Eulalia había recibido una verdad parcial cuatro días después y había elegido custodiarla.
Vera llamó porque demorar la conversación hasta redactar un informe habría repetido el método de Tomás.
Después de hablar con Clara, permaneció en el coche.
La luz del faro cruzaba la ensenada a intervalos regulares.
Tomás podía haber perdido el trabajo; Lucía había perdido la posibilidad de decidir qué hacer con lo que sabía.
La diferencia no anulaba el miedo de su padre.
Impedía que se utilizara como equivalencia.
Irene telefoneó para preguntar por las fotografías de la rampa.
Vera le pidió que preparase una solicitud de acceso al expediente del mortero y que no publicara todavía las iniciales del registro.
Había una diferencia entre documentar una alteración y presentar a Tomás como autor de la línea falsa. Irene la entendió sin exigir titulares.
—¿Y tú? —preguntó antes de colgar—. ¿Has presentado el formulario de daños familiares acumulados?
—Ese formulario no existe.
—Por eso nadie lo tramita.
El humor duró lo necesario para que Vera respirara. Luego guardó la libreta. A la mañana siguiente no llevaría a Clara una explicación que dejara bien a su padre. Le llevaría una cronología incompleta y la promesa de seguir preguntando.
Antes de volver a casa, pasó por ACEM. Copió las imágenes en dos servidores, registró metadatos y dejó la serie bloqueada para edición.
El mortero reciente, el cartel sin sello y el registro alterado constituían líneas distintas.
Solo podían relacionarse mediante nuevos datos.
Vera escribió esa advertencia en la cabecera del expediente.
A medianoche encontró un mensaje de Clara: «He guardado tortilla. Mañana, si te alimentas». Vera sonrió ante la pantalla. La invitación no perdonaba a Tomás ni garantizaba confianza. Era comida reservada para ella. Por el momento, aquella forma concreta de futuro bastaba.
* * *