Capítulo 5. El cuarto de las mareas #2
Clara observó cómo los charcos de marea reflejaban el cielo anaranjado, creando un mosaico de espejos temporales sobre la arena.
Clara apoyó la frente contra el cristal frío, sintiendo la vibración del viento contra el vidrio.
Pensó en Vera, en su determinación práctica, en la forma en que sus dedos señalaban las corrientes como si fueran líneas en la palma de una mano.
Vera estaba ahora mismo enfrentándose a su padre, rompiendo el pacto de silencio que había mantenido a Moural en una calma tensa durante décadas.
Tomás Aranda, el hombre que sabía qué había pasado la noche que Lucía desapareció, era ahora el objetivo de Vera.
Clara sintió un nudo en el estómago al pensar en la lealtad fracturada de la bióloga.
¿Qué precio pagaría Vera por la verdad que Clara tanto ansiaba?
¿Y qué quedaría de ellas cuando la marea terminara de bajar?
Sintió una punzada de culpa, seguida de una resolución repentina que nació no de la emoción, sino de su instinto de conservación profesional. No podía permitir que esta casa se convirtiera en un solar más para la marina de Sergio Varela.
Regresó al escritorio de madera que había en el rincón, un mueble pequeño con patas de cabriolé que Eulalia usaba para llevar las cuentas de la casa y escribir las pocas cartas que enviaba a la ciudad.
Era un escritorio modesto, con una superficie de cuero verde desgastada por el roce de los codos y manchada por algún derrame de tinta antiguo.
Clara abrió el cajón central. Solo había una colección de postales antiguas de lugares que Eulalia nunca visitó —París, Roma, Venecia—, algunas facturas de la luz de hacía diez años atadas con una goma elástica que se deshizo al tocarla,
y un pequeño tintero de cristal con el sedimento de la tinta seca en el fondo, como un pozo de palabras no dichas.
También encontró un par de gafas de lectura con la montura de carey, un poco torcidas, que conservaban el olor de la piel de su abuela.
Clara tomó el tintero y lo observó al trasluz. Era un objeto hermoso, funcional y profundamente desgastado. Como la casa. Como ella misma en este momento, atrapada entre la necesidad de huir y la obligación de quedarse a recoger los pedazos de una historia que no era suya, pero que la definía.
Su teléfono vibró en el bolsillo del pantalón, rompiendo el silencio del cuarto con una insistencia electrónica que se sentía fuera de lugar.
Era un mensaje de la inmobiliaria, el tercero en dos días, redactado con esa cordialidad agresiva de quien ve una comisión fácil.
«Hola, Clara. Tenemos a un posible comprador interesado en visitar la propiedad. Es una oferta seria, por encima del precio de salida, de un inversor que busca una segunda residencia. ¿Te vendría bien el martes a las once? Necesitamos confirmar para organizar el viaje desde Madrid».
Clara leyó el mensaje dos veces. El martes.
Tres días. Miró a su alrededor, a la habitación que apenas empezaba a conocer de nuevo, a los retales de tela que esperaban ser clasificados, a la luz que se desvanecía sobre la cama de su abuela.
Pensó en el mural del salón, en los pigmentos de azul cobalto y ocre que necesitaba consolidar antes de que el salitre terminara de devorarlos.
Si vendía ahora, el nuevo dueño probablemente pintaría encima o derribaría el muro para ampliar el espacio y darle una estética más moderna y despersonalizada.
La historia de Eulalia y sus marcas desaparecerían bajo una capa de pintura plástica blanca.
Sus dedos volaron sobre la pantalla con una decisión que la sorprendió a ella misma, una firmeza que no sentía desde que llegó a Moural.
«No. He decidido posponer las visitas indefinidamente. La casa no está lista para ser mostrada. He detectado problemas de conservación estructural y artística que requieren un inventario detallado y una evaluación técnica exhaustiva antes de proceder con cualquier transacción.
Os avisaré cuando la propiedad esté en condiciones de ser evaluada».
Envió el mensaje y dejó el teléfono sobre el escritorio, boca abajo, como si quisiera silenciar al mundo exterior.
El silencio regresó, pero esta vez no se sentía tan pesado; era un silencio de tregua.
Por primera vez en meses, sintió que el latido de su mano no era solo dolor, sino una señal de vida, un recordatorio de que estaba allí, tocando la realidad con sus propias manos heridas.
No era una decisión definitiva de quedarse, se dijo a sí misma, intentando convencerse de su propia lógica profesional.
Era simplemente una cuestión de rigor. Como restauradora, no podía entregar una obra en mal estado.
No se puede restaurar lo que no se comprende, y ella todavía no comprendía Moural, ni el mural, ni el porqué del silencio de Tomás, ni lo que sentía cuando Vera la miraba de esa forma tan directa.
Se acercó de nuevo al armario y sacó una sábana de lino limpio, blanca y fría, que olía a sol y a viento.
Con movimientos pausados y precisos, empezó a cubrir los muebles más delicados, protegiéndolos del polvo y de la luz directa del sol que quemaba las maderas, tal como haría en cualquier taller de restauración antes de un cierre estacional.
La habitación de Eulalia no iba a convertirse todavía en parte de un lote.
Clara anotó cada textil, cubrió los muebles delicados y aceptó que el inventario necesitaría más de una semana.
Mientras cubría el espejo de luna, Clara se vio reflejada por un instante: una mujer con una venda en la mano, el rostro manchado de polvo y una determinación nueva en la mirada. Seguía siendo la restauradora que había venido a ordenar una herencia, pero acababa de concederse tiempo para entenderla.
Cuando terminó, la habitación parecía distinta, más solemne, como un museo a la espera de ser inaugurado o una cápsula del tiempo sellada.
Clara salió al pasillo y cerró la puerta con suavidad, asegurándose de que el pestillo encajara con un clic metálico definitivo.
Al bajar las escaleras, no encendió las luces.
Dejó que la casa la envolviera en su penumbra familiar, aceptando que, por una vez, no tenía prisa por escapar hacia la seguridad de su vida en la ciudad, donde todo era predecible y nada olía a salitre.
Se detuvo frente al mural del salón. A la luz de la luna que empezaba a filtrarse por el ventanal, las marcas de Eulalia parecían vibrar, como si el pigmento tuviera su propio pulso, alimentado por la humedad del mar que se filtraba por los cimientos.
Clara pasó los dedos cerca de la superficie, siguiendo las líneas invisibles que su abuela había trazado con tanta paciencia, respetando la distancia necesaria entre el observador y la obra.
Las marcas seguían bajo el barniz. Bastaban como motivo para no cerrar la venta a ciegas.
—Todavía no —susurró al vacío de la estancia, y su voz resonó en las paredes desnudas.
El agua se oía desde la ensenada. Clara se sentó con el cuaderno sobre las rodillas, separó textiles, mobiliario y documentos, y escribió al principio de la página siguiente: «Venta aplazada. Sin nueva fecha». Luego siguió trabajando hasta que el reloj dio las diez.
* * *