Capítulo 5. El cuarto de las mareas
El esparadrapo se resistía a pegarse sobre la piel húmeda.
Clara apretó el borde con el pulgar, sintiendo el latido sordo que nacía en el corte de su palma, una línea limpia y roja que se había ganado al rozar una de las aristas del dique durante la inspección.
No era una herida profunda, pero escocía con la insistencia de las cosas pequeñas que reclaman atención en el momento menos oportuno.
Se quedó un instante observando sus manos bajo la luz cruda de la cocina; manos de restauradora, acostumbradas a la paciencia del bisturí y la seda, ahora marcadas por el granito salitre de Moural.
Buscó en su maletín de trabajo, que descansaba sobre la mesa de la cocina, un frasco de alcohol isopropílico y unos bastoncillos de algodón.
A diferencia del botiquín doméstico de Eulalia, sus herramientas tenían una precisión aséptica.
Limpió la herida con movimientos cortos, observando cómo la piel se retraía ante el contacto del alcohol.
Sus dedos eran su herramienta principal, su medio de vida, y cualquier daño en ellos se sentía como una afrenta a su oficio.
Recordó el tacto de la piedra del dique: fría, porosa, cubierta de una pátina de líquenes que hablaban de décadas de exposición a los elementos.
Había algo en esa resistencia mineral que la fascinaba y la repelía a la vez.
La cocina de su abuela olía a café frío y a ese aroma persistente de las casas que han estado demasiado tiempo frente al mar: una mezcla de humedad vieja y sal que parece filtrarse hasta en el rejuntado de los azulejos de Talavera.
Se miró en el espejo del pasillo mientras se ajustaba una venda más firme, una de gasa fina que permitía la transpiración.
Tenía el pelo revuelto por el viento de la ensenada y los ojos cansados, con esa expresión de quien ha visto algo que no sabe dónde colocar en su memoria.
La luz de la tarde entraba en ángulo, revelando partículas de polvo que bailaban en el aire como si fueran fragmentos de un tiempo suspendido.
Vera se había marchado hacía apenas media hora.
Su ausencia había dejado en la casa un silencio denso, de esos que parecen pesar en los hombros y que obligan a escuchar los crujidos estructurales del edificio.
Había dicho que iría a hablar con su padre, con Tomás.
Clara no le había preguntado qué pensaba decirle, ni qué esperaba escuchar.
En Moural, las preguntas directas solían rebotar contra los muros de piedra sin obtener respuesta, y ella prefería el refugio de los objetos, que al menos guardaban un silencio honesto.
La imagen de Vera alejándose por el camino, con su paso decidido y su chaqueta de campo, seguía grabada en su retina.
Había una urgencia en ella, una vitalidad que contrastaba con la inercia de la casa de Eulalia.
Se terminó de ajustar la venda y recogió sus botes.
En lugar de volver al salón, donde el mural de su abuela seguía observándola con sus marcas indescifrables bajo las capas de barniz oxidado, se dirigió al piso de arriba.
Sus pasos crujían sobre la madera de castaño, un sonido que Eulalia solía identificar con la precisión de un radar: «Esa es la tercera tabla, Clara, no corras que te vas a caer».
Ahora, sin nadie que le advirtiera, Clara pisó la tercera tabla a propósito, buscando ese gemido de la madera que la devolvía a una infancia que creía haber dejado atrás.
El pasillo superior era estrecho, con las paredes cubiertas de un papel pintado de motivos florales que el tiempo había tornado de un color sepia melancólico.
Se detuvo frente a la puerta del final del pasillo.
Era la habitación de su abuela, el único espacio que no había tenido el valor de airear desde que llegó.
La madera estaba veteada por la humedad y el pomo de latón se sentía frío, casi hostil, cubierto por una pátina de óxido verde que manchó sus dedos limpios.
Desde su llegada, esa puerta marcaba el límite entre lo que podía inventariar y lo que todavía le dolía tocar.
Eulalia había dormido allí hasta la primavera; Clara aún no sabía entrar sin esperar encontrarla.
Giró el pomo con una lentitud que rozaba lo ritual.
El aire dentro de la habitación estaba estancado, cargado con un aroma a lavanda seca, alcanfor y ese matiz metálico que el mar imprime en todo lo que permanece cerrado cerca de la costa.
Clara no encendió la luz. Dejó que la penumbra de la tarde, que se filtraba por las rendijas de la persiana de madera, dibujara franjas doradas sobre la colcha de ganchillo.
La habitación era un microcosmos de orden y melancolía.
Nada parecía haber cambiado en veinte años, salvo el grosor del polvo que reposaba sobre las superficies, una capa grisácea que suavizaba los contornos de los muebles.
—Hola, abuela —susurró, y su propia voz le pareció extraña, una intrusión en un santuario que no le pertenecía.
Se sentó en el borde de la cama. El colchón cedió con un suspiro de muelles viejos, un sonido que evocaba las tardes de siesta y los cuentos susurrados antes de dormir.
A su alrededor, la vida de Eulalia estaba congelada en pequeños altares domésticos: un rosario de madera de olivo sobre la mesilla, un frasco de perfume de jazmín casi vacío cuya etiqueta se había vuelto amarilla y quebradiza,
y una pila de libros de oraciones junto a una novela de quiosco con las esquinas dobladas y el lomo agrietado.
Había también una pequeña radio de transistores, cuya antena estaba extendida a medias, como si esperara captar una señal del pasado.
Clara sacó de su bolsillo el cuaderno de notas que utilizaba para los inventarios profesionales, un Moleskine de tapas duras que ya contenía esquemas de otros trabajos en iglesias y palacetes del interior.
Abrió una página en blanco y anotó la fecha con su pluma técnica de trazo fino.
«Habitación principal. Planta alta. Orientación Noroeste. Estado de conservación: Estable pero con signos de humedad ascendente y posible ataque de xilófagos en el mobiliario de roble».
Sus dedos, a pesar del corte y la venda, se movieron con la disciplina del oficio.
Necesitaba esa distancia, ese lenguaje técnico que le permitía transformar el dolor en datos, la memoria en una lista de activos que se pudieran cuantificar.
Empezó por el armario de luna, una mole de roble que ocupaba casi toda la pared lateral y que parecía anclar la habitación al suelo.
Al abrir las puertas, el olor a ropa guardada la golpeó con la fuerza de un recuerdo físico, una bofetada de nostalgia que le hizo cerrar los ojos por un segundo.
Había abrigos de paño grueso que pesaban como armaduras, vestidos de flores que Eulalia solo se ponía para las fiestas del Carmen —cuando el aire olía a pólvora y a sardinas asadas— y mantones de lana que olían a inviernos largos y a brasero.
Clara notó que cada prenda estaba cuidadosamente colgada, con las mangas rellenas de papel de seda para evitar que perdieran la forma.
Clara empezó a descolgar las prendas una a una, examinando el estado de las fibras con ojo crítico.
Como restauradora, sabía que el tiempo no solo destruye, sino que transforma las cosas en algo distinto, a menudo más frágil y valioso.
Encontró una chaqueta de punto que todavía conservaba un hilo suelto, el mismo que ella recordaba haber visto a su abuela enrollar en su dedo mientras le contaba historias sobre los barcos que nunca regresaban.
La lana estaba un poco apelmazada, pero el color azul marino seguía siendo intenso, un recordatorio de la elegancia austera de Eulalia.
—Esto no se puede vender así como así —se dijo, mientras pasaba la mano por el forro de seda de una chaqueta negra de luto—. Hay que tratarlo, hay que catalogarlo con propiedad. No es solo ropa, es una cronología.
Encontró una caja de cartón en el fondo del armario, oculta tras una hilera de zapatos de tacón bajo y suelas desgastadas.
No era la caja que buscaba, la que su abuela había mencionado en sus últimas cartas crípticas, sino una mucho más humilde, llena de retales de tela y bobinas de hilo de colores que ya no se fabricaban.
Había trozos de encaje de Camariñas, muestras de lino crudo y pequeños ovillos de lana que alguien había empezado y nunca terminó.
Clara se imaginó a Eulalia sentada junto a la ventana, aprovechando la última luz del día para remendar una vida que siempre parecía deshilacharse por los bordes.
Cada trozo de tela era un fragmento de una historia: el resto del vestido de bautizo de Clara, un retal de las cortinas del salón que ya no existían, una cinta de pelo que Lucía, su madre, había perdido en la playa hacía décadas.
El inventario avanzó con una lentitud deliberada.
Clara anotaba las medidas de la cómoda, el estado de las bisagras del baúl a los pies de la cama, la calidad del cristal del espejo.
Se detuvo ante una antigua máquina de coser Singer, cuya estructura de hierro forjado estaba empezando a mostrar signos de corrosión.
Pasó el dedo por el pedal de madera, sintiendo la textura de los años de uso.
Cada objeto exigía una descripción, una valoración, un lugar en la lista que Clara pretendía entregar a la agencia inmobiliaria de Santiago para cerrar este capítulo de su vida.
Pero a medida que llenaba las líneas del cuaderno, la idea de la venta se sentía cada vez más abstracta, casi obscena.
Vender la casa significaba vender el rastro de esos dedos que habían cosido los retales, el eco de los rezos ante el rosario, la luz exacta que entraba por la ventana a las seis de la tarde.
Se levantó para abrir la persiana del todo.
El mecanismo chirrió, protestando por el desuso y la acumulación de salitre en los carriles, y la luz del atardecer inundó el cuarto, revelando la fina capa de polvo que lo cubría todo como una sábana de olvido.
Desde la ventana, se veía la ensenada de Moural en toda su extensión.
El dique, esa cicatriz de piedra y hormigón que Vera tanto se empeñaba en salvar, se extendía hacia el mar como un brazo cansado.
El movimiento incesante del agua, que a esa hora empezaba a retirarse en una marea baja especialmente pronunciada, dejaba al descubierto las rocas oscuras, los restos de aparejos abandonados y las grietas profundas que hablaban de una estructura al límite de su resistencia.