Capítulo 4. La grieta
A Vera le habría resultado más fácil enfrentarse a su padre si Clara no hubiera aparecido en la rampa con aquellas botas.
Eran negras, altas y nuevas. Parecían diseñadas para caminar sobre una pasarela durante una inundación controlada. Vera le entregó el par de goma de repuesto que llevaba en la furgoneta.
—Póntelas.
—Las mías son impermeables.
—También demasiado lisas.
—Son italianas.
—La zona intermareal no reconoce esa autoridad.
Clara observó las botas verdes, enormes y con una franja reflectante.
—Si muero de humillación, constará en el informe.
—Causa probable: vanidad con exposición a algas pardas.
Cambió de calzado detrás de la puerta de la furgoneta, murmurando sobre crímenes contra el diseño.
Vera revisó la hora: diecisiete veintisiete.
La bajamar se estabilizaría a las diecisiete cuarenta y seis; tenían treinta minutos seguros en el borde público antes del cambio.
Llevaba cámara, medidor de humedad, cinta, guantes, botiquín y una hoja de registro.
Dos cafés le agitaban el pulso, aunque la variable dominante era Clara agachada frente a ella.
La rampa oeste descendía desde la lonja hasta una plataforma de granito. Una cadena amarilla cortaba el acceso principal entre postes móviles. El cartel llevaba el logotipo de Varela Costa y la advertencia «riesgo de desprendimiento», sin sello municipal ni número de expediente.
Vera fotografió el conjunto, la hora y la posición. Tras la cadena había huellas recientes de neumáticos. Se mantuvieron en el borde lateral, abierto al público y alejado de la obra.
—¿Hasta dónde? —preguntó Clara.
—La rejilla está antes del cierre. Bajamos por los escalones, sin tocar estructuras ni cruzar la cinta roja. Si el agua llega al segundo bloque, volvemos.
—Entendido.
—No es una excursión. La piedra tiene una película biológica muy resbaladiza.
—Vera.
—¿Sí?
—He entendido la primera vez.
La firmeza no ocultaba miedo; lo incluía. Vera dejó de añadir advertencias.
Bajaron. La franja descubierta contenía lapas, pequeños mejillones y charcos con anémonas cerradas. Clara apoyaba el pie antes de transferir el peso, paciente y consciente de su inexperiencia. En el muro de contención encontró una junta clara entre sillares oscuros.
—Ese mortero es reciente.
Vera se acercó. El material, aún limpio, cubría los bordes de una rejilla baja. La humedad formaba una línea irregular alrededor, como si el cierre no hubiera detenido del todo la circulación.
—En las fotos de la semana pasada estaba abierto —dijo.
Sacó la cámara y reprodujo la imagen. La rejilla aparecía oxidada pero visible. Ahora el mortero sellaba dos lados y una placa metálica había sido retirada; quedaban los orificios de fijación.
Clara fotografió la textura con una regla de escala.
—No tiene carbonatación superficial. Pocos días, quizá menos, según la mezcla.
—No figura ninguna intervención en la documentación que revisé.
—Eso no prueba intención.
—No.
La coincidencia entre sus límites probatorios le produjo a Vera una satisfacción impropia del momento.
Un hombre con chaleco reflectante apareció detrás de la cadena.
—El acceso está cerrado.
—Esta parte es pública —respondió Vera—. Estamos documentando desde fuera de la señalización.
—La rampa completa se considera insegura.
—¿Número de expediente?
El hombre señaló el cartel como si el logotipo bastara.
—Suban y hablen con el encargado.
—¿Quién ordenó sellar la ventilación? —preguntó Clara.
—No se ha sellado nada.
—Hay mortero nuevo sobre el perímetro de la rejilla.
—Se aseguró una junta.
Clara guardó el móvil.
—Entonces dígame qué se hizo, con qué material y bajo qué autorización. Las recomendaciones sobre lo que deberíamos hacer nos las ahorramos.
El operario abrió la boca y volvió a cerrarla. Vera sintió la admiración en el estómago, rápida y caliente. Había visto a Clara imponer límites la víspera; escucharla hablar de materia y responsabilidad añadía una dimensión peligrosa.
—Nos vamos —dijo Vera. Ya tenían el dato y permanecer solo convertiría la inspección en disputa.
Clara aceptó. Al girarse, apoyó la bota sobre un alga desprendida. El pie se desplazó y su palma golpeó el borde del muro. Vera la sujetó por la cintura antes de que cayera de rodillas.
Quedaron demasiado cerca. Clara tenía barro en la mejilla y el aliento entrecortado. Sus manos se aferraban a los hombros de Vera. Durante un segundo, el protocolo dejó de ofrecer instrucciones.
—¿Te duele algo?
—El orgullo.
—Ese parecía comprometido desde las botas.
Clara rió con nervios y se apartó. En la base del pulgar apareció una línea de sangre.
—Te has cortado.
—Es superficial.
—Arriba.
Vera no esperaba que obedeciera sin discusión. Subieron antes de que el agua alcanzara el bloque convenido. El operario se apartó, quizá consciente de que ofrecer ayuda después de negar el acceso habría requerido una flexibilidad que no poseía.
Junto a la furgoneta, Vera abrió el botiquín. Lavó la herida con suero y retiró un grano de arena con gasa. Clara le entregó la mano sin restar importancia al corte otra vez. Tenía los dedos largos y pequeñas manchas de pigmento junto a las uñas. El pulso latía bajo la muñeca de forma visible.
—¿Puedo mover el pulgar? —preguntó Vera.
—Sí.
Flexionó con suavidad, atenta a cualquier gesto de dolor.
—No parece profundo. Hay que desinfectar y vigilarlo; trabajas con las manos.
—Eso hago en general.
Vera alzó la vista. Clara la observaba con una concentración que ya no correspondía a la cura. Su rodilla rozaba la de Vera. La palma descansaba abierta entre ambas.
—Te cogí demasiado fuerte —dijo Vera.
—Me cogiste a tiempo.
—Podrías haberte hecho daño.
—Y no me lo hice.
Vera fijó el apósito. El deseo era una variable absurda, imposible de aislar del miedo, la adrenalina y una historia compartida que apenas empezaban a revisar. Soltó la mano despacio.
—Tenemos las fotos. Pediré al ayuntamiento que confirme la autorización.
—Y ahora hablarás con Tomás.
La transición fue limpia. Clara no iba a permitir que un contacto físico comprara su paciencia.
—Sí.
—Quiero ir.
—No la primera vez.
El rostro de Clara se cerró.
—No decides qué conversación me afecta.
—Mi padre no hablará contigo delante. Entrará en modo defensivo y tendremos menos información.
—Eso es una hipótesis.
—Basada en treinta y seis años de serie longitudinal.
El intento de humor murió antes de llegar a ninguna parte.
—Mi madre no es una variable de vuestra familia —dijo Clara.
—Lo sé. Precisamente por eso quiero que la primera conversación no termine con él negándose a abrir la puerta.
Clara retiró la mano vendada y bajó de la furgoneta. Miró la rampa, donde el agua empezaba a cubrir los charcos.
—Tienes hasta esta noche —dijo—. Mañana me contarás lo que haya dicho. No una versión preparada para protegerme.
—Te contaré lo que sepa.
—También lo que no quieras saber.
La exigencia alcanzó a Vera en el punto exacto. Asumió el golpe.
—También.
Clara se quitó las botas verdes y las dejó ordenadas junto al par italiano. Antes de marcharse, tomó la cámara y comprobó que las imágenes se habían guardado.
—No vuelvas sola a la rejilla —pidió Vera.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Resulta desesperante que haga exactamente lo que me pides, ¿verdad?
La réplica devolvió una parte de la complicidad. Vera sonrió, pero Clara ya caminaba hacia la calle alta.
Esperó a verla doblar la esquina. Después envió las fotografías a la carpeta segura de ACEM, registró hora y ubicación y telefoneó a Irene para que solicitara por escrito el expediente del cierre. El orden del procedimiento calmó sus manos; no redujo el miedo.
A las ocho menos cuarto aparcó frente a la casa de Tomás. La radio sonaba detrás de las ventanas. En el taller, una luz amarilla dibujaba la sombra de su padre sobre la persiana.
Vera llevaba dos letras, una rejilla sellada y la promesa de no volver a Clara con una versión limpia. Abrió la verja antes de poder ensayar otra pregunta.
* * *