Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 3. La primera señal
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Capítulo 3. La primera señal

Clara durmió cuatro horas y dedicó dos a discutir mentalmente con Sergio Varela, que aún no había conocido.

A las siete abrió las contraventanas, tomó fotografías generales del mural y empezó una ficha de estado.

Anotó pérdidas de cohesión, barniz oxidado, humedad ascendente y repintes incompatibles.

Frente a las marcas del dique escribió «intervención posterior pendiente de análisis».

Le alivió que las palabras no tuvieran que contener todavía lo que sentía.

El mensaje de Andrés llegó mientras preparaba café. Varela Costa solicitaba «una inspección informal de cortesía» antes de enviar la documentación de acceso. Clara llamó de inmediato.

—Las inspecciones o son informales o sirven para algo —dijo—. Las dos cosas a la vez me preocupan.

—Puedes negarte —respondió Andrés—. La propiedad es tuya y no hay autorización de entrada.

—Entonces me niego.

—Sería útil escuchar qué quieren.

—Pueden hablar desde la calle.

A las nueve y media, Vera apareció con dos cafés en vasos de cartón y una carpeta protegida por plástico. Clara abrió antes de que golpeara.

—Esto no te concede derecho de acceso —dijo, aceptando uno.

—Es prevención de catástrofes. El acceso se tramita aparte.

—¿Cuántos cafés necesita una catástrofe?

—Depende de si incluye abogados.

Vera se había soltado el pelo y vuelto a trenzar; en la sien conservaba una curva húmeda. Clara quiso colocarla en su sitio con el pulgar. Bebió para no hacerlo y se quemó la lengua.

—Nando ha iniciado la copia certificada —informó Vera—. También encontré un plano de mil novecientos ochenta y siete con una conducción que llega a la rampa. El proyecto actual interrumpe la línea sin memoria de sellado.

—¿Y Tomás?

Vera sostuvo el vaso con las dos manos.

—Todavía no.

La respuesta irritó a Clara. También apreció que no viniera envuelta en una justificación.

—Quiero que te quedes durante la visita.

—Me quedaré. Si Sergio pregunta, estoy aquí porque ACEM ha solicitado mediciones. Tú decides quién entra.

—Ya lo sé.

—Bien.

—Resulta desesperante que hagas exactamente lo que te pido.

La sonrisa lateral de Vera apareció sobre el borde del vaso.

—Puedo empeorar mi desempeño si te ayuda.

A las diez en punto, un coche negro y una furgoneta subieron por la calle. Sergio Varela bajó del primero con una carpeta de cuero. Tenía treinta y nueve años, traje sin corbata y una cortesía tan medida como la fachada de un banco. El técnico que lo acompañaba sacó un telémetro del vehículo.

—Clara Ríos. Lamento lo del aviso en la puerta. Fue un error de distribución.

—Con cuatro clavos.

El técnico se concentró en el aparato. Vera tosió detrás de su café.

Sergio mantuvo la sonrisa.

—Queríamos comprobar la linde. Será rápido.

—Envíe una solicitud a mi abogado con finalidad, personal autorizado, responsabilidad y horario.

—Los trabajos están aprobados en términos generales. Una visita ahora evitaría retrasos.

—Los retrasos no son una categoría jurídica que abra mi verja.

Vera permaneció a su lado sin intervenir. Clara notaba el calor de su brazo a través de las mangas, una proximidad escogida que no invadía.

—Su abuela había mostrado disposición a colaborar —dijo Sergio—. Entendía lo importante que es la marina para el empleo local.

—Mi abuela murió antes de que se notificara este acceso.

—Conocía el proyecto. Mi padre y ella hablaron muchas veces del futuro de Moural.

Rafael Varela. El apellido había aparecido la víspera en las pausas de Nando y en la cautela de Vera, aunque nadie lo había unido aún a Lucía. Clara registró cómo Vera cambiaba el peso de un pie al otro.

—¿Qué tiene que ver su padre con una obra de este año? —preguntó.

—Nada. He pretendido explicar que nuestras familias no fueron siempre adversarias.

—Tampoco lo son ahora. Yo soy la propietaria que le niega una inspección sin documentos.

Sergio guardó la carpeta. La sonrisa se enfrió lo justo.

—Espero que nadie esté utilizando una historia familiar dolorosa para influir en una decisión técnica.

Esta vez Clara dio un paso hacia él.

—No vuelva a mencionar a mi madre para conseguir acceso a mi casa.

El técnico bajó el telémetro. Sergio ofreció una disculpa formal y entregó su tarjeta. Antes de subir al coche, observó a Vera.

—La asociación recibirá respuesta a sus alegaciones por la vía adecuada.

—Eso esperamos —dijo ella.

Solo habló entonces. Clara agradeció el momento exacto.

Los vehículos se alejaron. Clara dejó la tarjeta en el poyete y aflojó los dedos, que había mantenido cerrados alrededor de las llaves.

—Te ha temblado la mano —dijo Vera.

—No invalida lo que he dicho.

—Claro que no.

—Y no necesito que me digas que lo hice bien.

—Pensaba ofrecerte el resto del café.

Clara lo aceptó. Estaba tibio y demasiado dulce.

—Es terrible.

—Bebiste el tuyo.

—Por eso puedo compararlos.

Una voz llegó desde la verja.

—Si vais a cortejaros, no dejéis el café sobre la piedra. Mancha.

Adela Mouriño, dueña de la ferretería desde antes de que Clara aprendiera a leer, llevaba una bolsa de pan y un impermeable marrón. Tenía el pelo blanco recogido en la nuca y una manera de observar que convertía una acera en puesto de vigilancia.

—No nos cortejamos —dijo Clara.

Adela examinó la distancia entre ambas.

—Entonces sois muy poco eficientes.

Vera escondió la boca en el vaso. Clara recogió la tarjeta de Sergio.

—¿Necesitaba algo?

—Venía a decirte que Mauro puede reparar la persiana del comedor. Eulalia se quejaba desde febrero.

—Gracias.

Adela no se marchó. Vio el logotipo de Varela Costa en la tarjeta y perdió el tono burlón.

—Sergio tiene prisa.

—Eso parece.

—La prisa suele costarle dinero a alguien que no sale en los papeles.

Clara bajó los escalones.

—¿Conoció a mi madre?

—Sí.

—¿Y a Rafael Varela?

Adela apretó el asa del pan.

—Aquí todos nos conocíamos. Eso no significa que supiéramos qué hacía cada cual cuando dejaba de haber luz.

—Ayer encontramos las iniciales de Tomás en el registro de la salida de Lucía.

La mirada de Adela pasó a Vera. No había sorpresa, sino un cansancio antiguo.

—El padre no le ha contado todavía nada a la hija —dijo.

—No hable como si yo no estuviera —replicó Vera.

Adela la estudió un momento.

—Entonces escucha. Tomás estaba en el puerto la noche que Lucía desapareció. Vio más de lo que admitió y tuvo miedo. Si queréis saber qué significan esas letras, preguntadle a él. No a Nando, ni al registro, ni a una pared.

Clara contuvo el impulso de sujetarla cuando retrocedió.

—¿Qué vio usted?

—A Lucía hacer preguntas durante meses. Y a Eulalia esperar una respuesta durante años.

—Eso no basta.

—Ya lo sé.

Adela se alejó con el pan golpeándole la rodilla. Vera había palidecido.

—No sabía que fuera a decirlo —murmuró.

Clara creyó en esa parte. Lo difícil era saber qué hacer con el resto.

—¿Hablarás hoy con él?

—Necesito documentar primero la rampa en bajamar. El equipo de Varela ha colocado una cadena esta mañana y hay movimiento junto a la rejilla.

—Vera.

—Hoy —dijo ella—. Iré a verlo esta noche. Antes quiero las fotografías para saber qué preguntas no puede desviar.

Clara entendía el método: intervenir solo después de evaluar soporte, riesgos y materiales. Pero una conversación no era una pintura y Tomás llevaba veinticinco años beneficiándose de cada demora.

—Voy contigo a la rampa.

—Puede estar resbaladiza.

—Tengo botas apropiadas.

Vera desvió los ojos hacia el calzado de cuero de Clara.

—Esa afirmación también necesita pruebas.

—Tráeme un par. Dentro de unos límites estéticos razonables.

Vera se rió, aunque la preocupación persistió en sus ojos.

Clara levantó la tarjeta de Sergio y la partió por la mitad.

Después tomó una fotografía del aviso amarillo y escribió a Andrés: quería iniciar la solicitud de protección temporal del mural y del perímetro.

No la presentó aún. Necesitaba el informe, el registro y una evaluación de la cavidad que sospechaba detrás de la zona intervenida.

Clara pasó el mediodía preparando la casa para la visita de Mateo.

Retiró del mural dos cuadros pequeños que Eulalia había colgado en los extremos, marcó su ubicación con cinta de baja adherencia y cubrió el zócalo.

Vera se quedó en el jardín, tomando fotografías del hundimiento junto al bancal y de la vegetación que seguía la línea húmeda.

Al terminar, dejaron las herramientas sobre la mesa. Clara abrió la tortilla de la noche anterior y repartió dos porciones. Vera la comió fría sin protestar, un gesto que Clara consideró una falta de criterio gastronómico y una cortesía.

—Adela cree que Tomás vio algo —dijo Clara.

—Adela sabe cuándo una persona compra tabaco antes de la hora habitual. A veces confunde una observación precisa con acceso universal a la verdad.

—¿Te preocupa lo que pueda decir tu padre o lo que yo vaya a pensar de ti?

Vera dejó el tenedor.

—Las dos cosas. Pero no eres responsable de tranquilizarme.

La respuesta sostuvo el peso sin devolvérselo. Clara bebió agua y estudió las manos de Vera, con tierra bajo una uña y una línea de tinta en el índice. Había deseado tocarla desde que apareció en el porche. Admitirlo en privado resultaba más sencillo que decidir qué hacer con ese deseo.

—No te considero culpable de lo que haya callado Tomás —dijo—. Sí te consideraré responsable de lo que hagas ahora.

—Es justo.

—No pretendía ser justa. Pretendía ser clara.

—Has conseguido las dos cosas.

Clara guardó los platos. La conversación no había aproximado sus cuerpos; había abierto una confianza más difícil.

Cuando Vera salió a buscar la furgoneta, Clara dejó sobre el banco del porche una toalla para sus botas.

El gesto doméstico la avergonzó lo suficiente para que fingiera que solo protegía el suelo.

A las cuatro, antes de preparar el equipo para la bajamar, envió a Vera un mensaje que no dejaba espacio para equívocos.

Quiero que estés aquí cuando bajemos. Y quiero que hables con Tomás después.

La respuesta llegó mientras Clara cubría el mural con papel protector.

Estaré. Haré las dos cosas.

Clara guardó el teléfono. Había pedido presencia y verdad en el mismo día. Solo una de ellas le daba miedo admitir cuánto la deseaba.

* * *