Cuando la marea diga tu nombre Capítulo 2. El regreso
5%

Capítulo 2. El regreso

Vera fijó la cinta métrica al muro inferior y procuró atender a las cifras.

Clara, arrodillada a dos metros, apartaba hiedra de una junta con la misma delicadeza con que otras personas tocarían una herida.

El jardín presentaba tres zonas de humedad, vegetación más vigorosa sobre la línea probable del conducto y un hundimiento de cuatro centímetros junto al desagüe de la terraza.

Eran datos. Que la camiseta de Clara se levantara al inclinarse no lo era.

—Treinta y seis con ocho —dictó Vera.

—Has dicho treinta y seis con ocho hace un minuto.

—Era otra referencia.

—Por supuesto.

La literalidad se le había vuelto más torpe desde que Clara abrió la puerta.

A sus diecisiete años, Vera había llamado rivalidad a saber cuándo llegaba Clara en verano, reconocer su bicicleta por el chirrido del freno y ensayar argumentos para cualquier conversación posible.

A los treinta y seis podía clasificar aquello con más exactitud.

No por ello manejaba mejor el resultado.

Clara anotó la medida en la libreta. Bajo la rudeza inicial había aceptado el método sin protestar: fotografías, coordenadas, distancia a la pared, condiciones del suelo.

No buscaba que Vera le vendiera una hipótesis.

Le exigía que distinguiera observación de deseo, una costumbre profundamente atractiva y poco conveniente.

Al alcanzar el último bancal, Vera mostró el punto donde el mapa situaba el ramal de alivio.

—El proyecto lo da por cegado en el año dos mil uno. Mis mediciones de humedad y los episodios de turbidez indican intercambio con la ensenada. Puede haber fisuras o un tramo abierto.

—¿La obra lo empeoraría?

—La plataforma aumentaría carga y cambiaría el retorno del agua. También afectaría a los bancos de bivalvos junto a la rampa y al área somera con zostera. El informe de la promotora usa una serie de muestreo demasiado corta.

—¿Demasiado corta cuánto?

—Dos campañas. Una en primavera, otra en verano.

—Y tú llevas…

—Tres años con fotos semanales, dos con sedimentos y turbidez. Suficiente para describir una tendencia. No para adivinar cada consecuencia.

Clara se incorporó y se frotó las rodillas.

—Nunca imaginé que volvería a verte defendiendo un jardín encharcado.

—Tú querías restaurar castillos.

—Quería vivir en uno. La parte laboral llegó después.

—Yo quería una expedición polar.

—¿Qué falló?

—Descubrí que odio tener los pies fríos.

Clara sonrió de perfil. Vera guardó la cinta antes de encontrar un motivo para prolongar la medición.

Bajaron hacia el puerto por calles que olían a pan, gasóleo y granito mojado.

Moural no se parecía al pueblo de los veranos adolescentes.

Una tienda de telefonía ocupaba el antiguo ultramarinos; había pisos turísticos sobre la plaza y dos escaparates vacíos frente a la farmacia.

Clara registraba los cambios sin comentarlos.

De vez en cuando se detenía ante una fachada, como si evaluara su estado de conservación.

—Eulalia me habló de ti —dijo Vera.

—Espero que bien.

—Decía que habías impedido que un ayuntamiento repintara de dorado un retablo del dieciocho.

—Intentaron usar pintura acrílica. Mi reacción fue proporcionada.

—Según ella, hubo una amenaza con una espátula.

—Exageraba cuando estaba orgullosa.

La palabra quedó entre ambas. Clara aceleró apenas. Vera no añadió que Eulalia había mostrado cada recorte sobre sus trabajos, ni que preguntaba por las campañas científicas con idéntico orgullo. Las muertas podían acercar a dos personas de un modo injusto si se utilizaban sin cuidado.

La cofradía ocupaba un edificio bajo junto a la lonja. Nando Ferreiro levantó la cabeza al verlas entrar. Su sorpresa duró lo suficiente para confirmar que ya sabía que Clara había vuelto.

—Buscamos el registro del catorce de octubre de hace veinticinco años —dijo Vera.

Nando dejó la grapadora.

—¿Para el informe?

—Para comprobar una marea y la apertura del desagüe.

Clara se acercó al mostrador.

—Hay una anotación de esa fecha en el mural de mi abuela.

Nando pasó la lengua por los dientes. Tenía esa manera de aplazar una respuesta, propia de quien ordenaba las consecuencias antes de pronunciar una palabra.

—Los libros viejos están en el fondo. Podéis consultarlos aquí. Nada sale del edificio.

—No pensábamos llevárnoslos —dijo Vera.

—Tú quizá no.

Clara dejó las manos sobre el mostrador.

—Me dedico a conservar patrimonio, señor Ferreiro. Si quisiera robar un archivo, no empezaría por anunciar la fecha.

Nando evaluó la réplica y deslizó una llave.

—Tercera puerta. El interruptor está detrás del armario.

El archivo olía a papel húmedo y cuerda alquitranada. Vera localizó el año en una estantería de metal. La caja superior pesaba más de lo previsto; Clara la sostuvo desde abajo y sus dedos se rozaron. Ninguna retiró la mano con rapidez, lo que volvió el contacto más evidente.

—Puedo sola —dijo Vera.

—Lo estás demostrando con una eficacia conmovedora.

Colocaron la caja sobre una mesa. Había poco sitio para dos sillas y acabaron sentadas con las rodillas casi juntas. Vera abrió el volumen de octubre usando una cuña de espuma que encontró en un cajón. Clara lo aprobó con un gesto mínimo.

A las dieciocho cuarenta y dos del día catorce constaban tres coma ocho metros, viento sur y apertura de la compuerta oeste por acumulación. La tinta se había desvanecido en los bordes, pero la cifra coincidía con el mural.

—Eulalia copió esto —dijo Clara.

—O Lucía se lo contó.

Siguieron la columna de incidencias. Dos amarres reforzados, un fallo de luz en la baliza, entrada de una embarcación de bajura. Cerca del final de la página apareció la anotación que había sostenido la versión oficial.

22:10. Salida de la Luz de Abril. Pasajera: Lucía Ríos.

Vera conocía el relato. Un barco de suministros había llevado a Lucía fuera de Moural.

Eulalia y ella habían discutido; la joven madre quería empezar de nuevo.

La ausencia de billete y equipaje se había explicado por la prisa.

Que nadie pudiera confirmar haberla visto a bordo terminó convertido en una niebla conveniente.

Clara acercó la lámpara.

—La tinta es distinta.

Vera comparó el trazo con las entradas contiguas. La línea descendía levemente y la presión del bolígrafo había marcado el reverso. En el margen, dos iniciales rojas parecían añadidas con lápiz.

T. A.

El corazón le dio un golpe irregular.

—Tomás Aranda —dijo Clara.

No preguntó si era su padre. En Moural, los apellidos ya habían hecho el trabajo.

—Trabajaba aquí entonces. Era jefe de puerto y llevaba parte del registro.

—¿Esa letra es suya?

Vera amplió con el móvil y fotografió sin flash. Las iniciales podían ser de Tomás. También podían marcar una corrección, una revisión o cualquier procedimiento perdido.

—No puedo asegurarlo.

—¿Otra persona con esas iniciales?

—Tendría que comprobar los turnos.

Clara cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, la distancia profesional de Vera ya no bastaba para proteger a ninguna.

—No te estoy pidiendo que acuses a tu padre.

—Lo sé.

—Te pregunto si hablarás con él.

Vera llevaba años abordando conversaciones difíciles mediante preparación: primero reunía una serie completa, después eliminaba variables y solo entonces exponía una conclusión.

Tomás había perfeccionado el método inverso.

Cada vez que una pregunta amenazaba el orden de su casa, encendía la radio, reparaba algo o salía a comprobar un amarre que ya no era responsabilidad suya.

—Hablaré cuando sepamos qué señalan esas letras —dijo.

Clara apartó la silla. El hueco entre sus rodillas se abrió de inmediato.

—Entiendo.

—No estoy diciendo que vaya a ignorarlo.

—Más te vale.

No hubo agresividad, solo una frontera. Vera sentía el impulso de prometer rapidez, confianza, transparencia absoluta. Ninguna de esas cosas podía garantizarse después de una hora juntas y veinticinco años de omisiones ajenas.

Nando entró para encender el deshumidificador. Se detuvo al ver la página abierta.

—¿Quién anotó la salida de la Luz de Abril? —preguntó Vera.

Él examinó la línea desde lejos.

—El libro pasó por varias manos durante la búsqueda.

—¿Estaba Tomás de turno?

—Sí. Hasta las diez.

Clara señaló la hora.

—Esto se escribió a las diez y diez.

—Eso pone.

—¿La embarcación salió?

Nando tensó la boca.

—El patrón murió hace años. El barco se vendió a Portugal. Yo no estaba aquí esa noche.

—No te he preguntado dónde estabas —dijo Vera.

—Y yo te he dicho lo que puedo afirmar.

La respuesta sonaba demasiado parecida a las suyas. Vera fotografió la página completa y pidió por escrito una copia certificada. Nando aceptó tramitarla al día siguiente. Antes de cerrar el libro, Clara anotó la signatura del volumen, la caja y el estado de la hoja. Sus manos ya no temblaban.

Afuera había empezado a lloviznar. Caminaron bajo los soportales de la lonja. Vera explicó cómo solicitaría los turnos y contrastaría la tinta, quizá demasiado deprisa. Clara la dejó terminar.

—No hace falta que conviertas tu miedo en una clase —dijo.

La observación la detuvo en seco.

—¿Tan evidente es?

—Solo cuando respiras una vez por cada cuatro datos.

Vera soltó aire. Clara había recordado su sonrisa; ahora estaba aprendiendo su forma de ocultarse. El deseo y la inquietud podían compartir registro sin anularse.

—Mi padre puede saber algo —admitió—. Me da miedo preguntarle y me da miedo no hacerlo.

Clara se ajustó el abrigo.

—A mí me da miedo que todo Moural sepa una parte menos yo.

El agua repiqueteó sobre el techo metálico. Vera quiso tocarle el codo y no lo hizo.

—Mañana pediré la copia y revisaré los planos. No voy a fingir que esas iniciales no existen.

—Eso es lo mínimo.

—Sí.

Clara salió de los soportales. A mitad de la plaza se volvió.

—Ven al jardín a las diez. El representante de Varela ha pedido acceso al perímetro.

Era una invitación condicionada por el trabajo, y aun así produjo en Vera una calidez inconveniente.

—Estaré allí.

—No hables por mí.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Clara siguió cuesta arriba. Vera se quedó bajo la lluvia, con las fotografías del registro en el teléfono y una promesa limitada que ya no podía aplazar sin traicionarla.

* * *