Capítulo 7. La casa en espera
Clara pasó la mañana retirando una capa de barniz amarillento del borde inferior del mural.
No era el trabajo que había venido a Moural a hacer.
Había preparado cajas, etiquetas y una lista de muebles para fotografiar antes de que llegara el tasador.
Sin embargo, después de descubrir la fecha oculta y las marcas de marea, vender la casa sin entender qué había dejado Eulalia en sus paredes empezó a parecerse menos a una decisión práctica que a una forma de huir.
Extendió sobre la mesa del comedor los bastoncillos de algodón, el disolvente y una libreta nueva.
Probó primero en una esquina, con movimientos lentos y circulares.
El barniz cedió apenas, revelando una franja de azul más vivo que el resto del mural.
No era una pintura reciente, como había supuesto al principio.
Era el mismo pigmento, protegido bajo una capa añadida mucho después.
Su teléfono vibró a las once y cuarto.
Hablé con mi padre. ¿Podemos vernos?
El mensaje de Vera no decía nada más. Clara lo dejó boca abajo sobre la mesa y siguió trabajando.
No lo hizo para castigarla. Al menos, no solo por eso. Necesitaba una hora en la que nadie le hablara de Lucía, de Tomás ni del dique. Necesitaba recordar que sus manos servían para algo más que sostener una taza de café mientras los demás le contaban partes de una historia que le pertenecía.
A mediodía, la lluvia empezó a golpear contra las ventanas.
Clara retiró los materiales, se puso el abrigo y bajó hasta la ferretería de Adela para comprar alcohol mineral y una caja de guantes finos.
La calle olía a piedra mojada y a pan recién hecho.
Al pasar frente a la plaza, vio el coche de Vera estacionado junto a la fuente.
No se acercó.
Adela estaba detrás del mostrador, peleándose con una cafetera pequeña que expulsaba vapor por un costado.
—Si vuelve a hacer eso, la tiro al mar —dijo sin levantar la vista.
—No creo que el mar tenga la culpa.
Adela alzó la cabeza. Durante un instante, pareció sorprendida de que Clara estuviera allí. Después señaló la máquina con la llave inglesa.
—El mar tiene la culpa de todo en Moural. Es una norma no escrita.
Clara dejó los guantes y el disolvente sobre el mostrador.
—Necesito esto.
—Lo sé. Llevas la misma cara que llevaba Eulalia cuando iba a restaurar algo que todos los demás querían pintar de blanco.
Clara no sabía qué responder. Había pasado años creyendo que conocía a su abuela de forma suficiente: una mujer seca, inteligente, con pocas concesiones a la ternura visible. Cada vez que alguien la comparaba con Eulalia, descubría una versión distinta de ella.
—No sé si eso es un cumplido —dijo.
—Depende de si valoras conservar lo que importa o ganar discusiones.
—¿No se pueden hacer las dos cosas?
Adela soltó una risa breve. Era la primera vez que Clara la veía hacerlo desde que había regresado.
—Tu madre decía lo mismo.
La ferretería se quedó quieta alrededor de esa frase. Afuera, alguien arrastró una caja sobre el adoquín y la lluvia continuó cayendo con una paciencia exasperante.
—¿La conocías bien? —preguntó Clara.
Adela colocó la llave inglesa sobre el mostrador.
—La conocí lo bastante para saber que no se iba a ir sin despedirse de ti.
Clara apoyó las manos sobre la madera. Había imaginado muchas veces que alguien le decía algo parecido. En sus fantasías, la frase le devolvía una certeza luminosa. En la ferretería, con el olor a metal y café quemado, lo único que sintió fue cansancio.
—Entonces, ¿por qué no dijiste nada?
Adela no intentó justificarse.
—Porque pensé que el miedo de los hombres era más peligroso que lo poco que yo sabía. Tenía la ferretería hipotecada, proveedores que dependían de Varela y ninguna prueba. Cuando una se cuenta esas cosas muchas veces, termina llamándolas razones.
Clara la miró. No había una confesión completa ni una pieza nueva del rompecabezas. Solo una mujer mayor admitiendo que había elegido la comodidad de sobrevivir por encima de hacer lo correcto. Era menos útil de lo que Clara deseaba y, por eso mismo, más difícil de despreciar.
—Vera habló con su padre anoche —dijo Adela.
Clara no logró ocultar la sorpresa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Tomás salió esta mañana a comprar tabaco, y llevaba veintidós años sin hacerlo antes de las doce. En Moural, eso cuenta como una declaración pública.
A Clara se le escapó una risa. Le molestó que ocurriera, pero no pudo detenerla.
Adela la observó con una expresión más suave.
—No dejes que la culpa de Tomás te haga olvidar quién es Vera. La hija no hereda las decisiones del padre, igual que tú no heredaste el silencio de tu abuela.
—No sé todavía quién es Vera en todo esto.
—Entonces averígualo. Pero no la conviertas en la respuesta que más te conviene antes de que pueda hablar.
Clara tomó la bolsa con los materiales. No dio las gracias. No estaba preparada para hacerlo. Al salir, se quedó bajo el toldo de la ferretería hasta que la lluvia se volvió más fina.
Vera seguía junto a la fuente, sentada dentro de su coche. No había vuelto a escribir. Clara pensó que podía caminar hasta la casa y dejar que el silencio se prolongara hasta que le resultara más fácil. En cambio, cruzó la plaza.
Vera bajó la ventanilla cuando la vio acercarse.
—Hola.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día?
—Estaba calculando cuánto tiempo tenía que esperar antes de parecer una persona invasiva.
—¿Y qué resultado te ha dado?
—Que las matemáticas no sirven para esto.
Clara apoyó un brazo en el marco de la puerta. La respuesta le habría parecido encantadora en otro momento. Aun así, la sinceridad con que Vera la había dicho aflojó algo que llevaba apretado desde la noche anterior.
—Ven a la casa —dijo—. Quiero seguir trabajando en el mural, y luego podemos hablar.
Vera asintió sin discutir el orden de las cosas.
En el comedor, Clara le mostró la zona que había limpiado. Vera se acercó al mural, pero mantuvo las manos a los lados. Eso le gustaba de ella: preguntaba antes de tocar, incluso cuando podía haber asumido que tenía derecho.
—El azul es distinto —dijo Vera.
—No es distinto. Estaba oculto. Eulalia aplicó barniz sobre la capa superior, pero protegió algunas líneas con una resina más resistente. Cuando retire todo lo demás, debería quedar más claro qué quería que viéramos.
—¿Crees que escondió algo más?
Clara tardó en responder.
—Creo que mi abuela pasó muchos años intentando decidir qué podía contarme sin destruirme. No sé si lo consiguió.
Vera bajó la mirada.
Vera se lo contó sin intentar ordenar el relato para que resultara menos doloroso.
Tomás había marcado las iniciales después de descubrir que la salida de la Luz de Abril se añadió al registro cuando su turno ya había terminado.
Había visto a Lucía caminar hacia el dique con una carpeta y a Rafael Varela llegar después.
No sabía, o no quiso decir, qué sucedió tras aquel encuentro.
La habitación parecía demasiado pequeña para guardar esa información. Clara apoyó una mano en el borde de la mesa para no llevarla al mural. No quería tocar la pintura con los dedos desnudos. No quería que una reacción torpe dañara la única cosa que Eulalia le había dejado con intención.
Durante años había imaginado que su madre subía a un barco, se alejaba de la costa y elegía no volver. Ahora tenía que imaginarla caminando hacia el dique bajo la lluvia, con una carpeta contra el pecho y alguien esperándola.
—Podrías haberme llamado esta mañana —dijo Clara.
—Quería contártelo mirándote. Luego vi tu mensaje sin responder y pensé que quizá necesitabas tiempo.
Clara levantó la vista. Vera no parecía pedir que la perdonara. Estaba de pie junto al mural, mojada todavía por la lluvia, con el cabello pegado a la sien y las manos abiertas a los lados del cuerpo.
—No sabía si me ibas a creer —añadió.
—No sé qué creer todavía.
—Está bien.
La facilidad con que aceptó la frase hizo que Clara sintiera una punzada de culpa. No porque Vera tuviera derecho a su confianza, sino porque estaba ofreciendo algo más difícil: la posibilidad de no forzarla.
—Adela dice que no debo castigarte por lo que hizo tu padre —dijo Clara.
Vera frunció el ceño.
—Adela tiene una opinión sobre todo.
—También dijo que en Moural eso cuenta como una declaración pública.
Vera la miró un momento. Después, contra toda expectativa, se rió. La risa empezó baja y se volvió más clara cuando Clara sonrió sin querer.
—Me alegra que haya cambiado de profesión —dijo Vera—. Como ferretera era temible.
—¿Y como filósofa local?
—Mucho peor.
Clara volvió al mural. La conversación no había arreglado nada, pero había hecho que el aire de la habitación resultara menos denso.
Trabajaron durante casi una hora sin hablar demasiado.
Vera ordenó las fotografías que había logrado salvar de la tarjeta de memoria y Clara continuó limpiando capas de barniz.
De vez en cuando, una de las dos decía algo breve: una pregunta sobre el disolvente, una observación sobre la tormenta, una queja de Vera sobre un archivo que se negaba a abrirse.
La normalidad de aquellos gestos tuvo un efecto extraño en Clara. No era felicidad, todavía. Era una especie de permiso para imaginarla.
Cuando la luz empezó a caer, Vera cerró el portátil.
—Debería irme.
Clara miró la cocina, luego la bolsa de verduras que había comprado esa mañana y que seguía sobre la encimera.
—Podrías quedarte a cenar.
Vera no respondió enseguida. Clara temió que hubiera sonado como una invitación por obligación, una forma de agradecerle que hubiera hablado con Tomás.
—Solo si quieres compañía —dijo Vera—. No necesito que hagas como si las cosas estuvieran bien.
Clara dejó el pincel en el tarro de agua.
—No están bien. Pero quiero compañía.
Vera asintió. No sonrió esta vez, y Clara agradeció que no lo hiciera. Había una intimidad mayor en aceptar la frase sin convertirla en algo ligero.
En la cocina, Clara sacó dos platos del armario. El gesto la sorprendió menos de lo que esperaba.
Cuando terminó de contarlo, Vera sostuvo la lámpara junto al mural mientras Clara limpiaba el borde de la intervención. La luz exigía que estuvieran demasiado cerca. Una mancha de azul le cruzaba a Vera la muñeca; Clara la retiró con un paño húmedo, despacio.
Vera dejó de respirar con regularidad. Clara levantó la cara. Sus bocas quedaron a una distancia que no admitía explicación profesional. Ninguna retrocedió. El teléfono de Vera vibró sobre la mesa y ambas se separaron al mismo tiempo: Tomás preguntaba si podían volver a hablar.
—La administración de tus afectos es desastrosa —murmuró Clara.
—Aún no he diseñado un protocolo.
—Se nota.
La interrupción no borró lo ocurrido. Cuando Clara la invitó a cenar, lo hizo porque quería compañía y porque ya no estaba dispuesta a fingir que solo la retenía el trabajo.
* * *