Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 46. Javi
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Capítulo 46. Javi

En la actualidad

–¡Camarero! ¡Otro!

Alzo el vaso para llamar la atención de mi nuevo mejor amigo.

Se echa el paño para secar las copas sobre el hombro y mira de reojo.

–¿Qué pasa?

–Te pedí que me sirvieras más.

–Ya bebiste cuatro. Sería mejor esperar un poco.

–El amor… de mi corazón… digo, de mi vida, sí, de mi vida… se casa con otro mañana.

–Qué mal, viejo –suspira–. ¿Te estás hospedando aquí?

–Sí –digo, reclinándome en el taburete y frotándome el pecho.

–Uno más –concede, alzando un único dedo para dejar en claro el mensaje–. Y es el último, con o sin crisis existencial.

–Está bien –refunfuño.

Chocamos los puños.

–Xavier.

–Javier.

–Qué coincidencia.

–Pero tu nombre –eructo– tiene mucha más onda.

–En eso estoy de acuerdo.

–Que el trago final sea extra gordo, ¿sí?

–¿No será «extra alto»?

–Sí. Eso.

Hace un ruido con la lengua y se aleja tranquilo; yo me quedo solo con mis pensamientos empantanados.

Al rato, unas voces potentes e ininteligibles perforan mi burbuja de melancolía, y me sobresalto.

–Guau, este lugar es de otro mundo –se maravilla alguien.

–Valió la pena el viaje, eso seguro –agrega otra persona.

Seguro estoy borracho, porque las voces de esas personas se parecen mucho a las de mis hermanos. Pero ellos no vendrían aquí jamás; sería una posibilidad en un millón.

Una mano me palmea la espalda.

–¿Cómo estás, hermanito?

Me doy vuelta de golpe y casi me caigo del taburete. Mis hermanos mayores están en California. Pestañeo, moviendo la cabeza hacia un lado y hacia el otro sin quitarles los ojos de encima.

–¿Qué carajo están haciendo aquí?

–Vinimos a la boda de Marisol –explica Manny.

Me froto los ojos y vuelvo a pestañear.

–¿Por qué?

–Vamos a tocar –responde Leandro.

Se me quedan mirando; sonríen tanto que se les ven las encías y apestan a colonia. Visten el mismo uniforme: camiseta negra, cinturón negro, jeans negros. Parece que fueran a presentarse a una audición para hacer de los amigos de Danny Zuko en Grease .

–Marisol dijo que la haría muy feliz que cantáramos en su boda –agrega Manny–. Así que acá estamos.

–¿Marisol los contrató para que vinieran? –pregunto despacio, intentando entender lo que ocurre.

–Sí –dice Leandro–, lo único extraño es que quiere que cantemos Macarena en la recepción. Está un poco pasada de moda, ¿no?

Ay, esto es diabólico. Y perfecto. Y tan típico de Mari, carajo. Ella sabe lo que esto significa para mí. No será el documental que narra el ascenso y la caída de mis hermanos, pero se le acerca bastante. Si no estuviera enamorado de ella desde antes, quedaría prendado en este momento.

Contengo la risa un momento, pero finalmente dejo salir una carcajada.

Mis hermanos intercambian miradas con el ceño fruncido, lo que solo aumenta mi disfrute.

Xavier regresa con un trago y golpea la barra.

–¿Cómo están, amigos?

–Te presento a Rico y Suave –le digo–. Mis hermanos.

Manny me aprieta la nuca.

–Cuidado. Todavía podemos inmovilizarte con una llave.

–¿Les sirvo algo? –Xavier sonríe burlón.

–Una Corona, si tienes –pide Leandro.

–Tengo. Ya te traigo –asiente Xavier.

–¿Y el tercero del trío? –pregunto–. ¿O está ocupado reemplazando al miembro ingenuo de una familia en otra banda?

–Por Dios, Javier –se queja Manny, mientras se acomoda en el taburete contiguo al mío–. ¿Sigues amargado por eso?

–No –musito entre dientes–. Nada podría importarme menos.

Lo que no es cierto. Mi analista dice que esa experiencia me hizo dudar de lo que valgo, me hizo creer que era un estorbo para la familia.

Desde ese entonces, vivo con el temor de que me aparten.

De que me consideren indigno. Eso me impulsó a tomar algunas decisiones decididamente malas, en especial en lo que respecta a Mari.

Es una carga pesada, y todavía la estoy procesando, pero al menos abrí el paquete, lo que es un buen comienzo.

Leandro se sienta del otro lado.

–Mira, es probable que no hayamos encarado el asunto como debíamos, pero, en mi opinión, fue para mejor. Hubieras detestado cada segundo en la banda.

No debería involucrarme en esta conversación. Voy a terminar furioso y no estoy en pleno uso de mis facultades. Pero lo que dice es una estupidez.

–Eso es manipulación psicológica.

–¿Manipulación psicológica? –Leandro frunce el ceño–. ¿Qué carajo es eso?

–Es reescribir lo que ocurrió. Intentas convencerme de que lo que recuerdo no es lo que en realidad pasó.

Pero estuve ahí. Los Triborough Boys fueron idea mía.

Yo me encargaba de conseguir las presentaciones.

Ustedes aceptaron solamente porque les iba a ayudar a conquistar chicas.

Pero cuando la discográfica habló de dinero y de lo que debían hacer para ganarlo, me descartaron como a una bolsa de basura.

–Tienes razón –admite Leandro, ruborizándose–. Lo que hicimos estuvo mal, Javi. Pero éramos jóvenes también, y vimos la propuesta como una salida. Como una manera de asegurar que nuestros padres no tuvieran que trabajar hasta el último aliento de sus vidas.

–Y si vamos a sincerarnos y toda esa mierda –carraspea Manny–, estábamos celosos.

Tú eras el verdadero talento. Con esas calificaciones sobresalientes y tu habilidad para tocar el piano sin que nadie te enseñara y el vocabulario totalmente ridículo que usabas.

No necesitabas a Los Triborough Boys. Nosotros sí.

–Puede ser que sintieran eso –digo–, pero, al fin y al cabo, me hicieron una trastada.

–No lo negamos –responde Leandro–. Pero crecimos. Y somos más sabios. Quizás sea hora de que nos sintamos hermanos. Hermanos de verdad.

Me habría encantado que dijeran algo así años atrás. Pero, otra vez, no estaba de ánimo para escuchar. No descarto la posibilidad de que dejemos en el pasado el episodio de la banda y la forma en la que me trataron, pero tampoco voy a fingir que me olvidé de todo.

–Quizás. –Es todo lo que logro articular.

Xavier reaparece con una tira de papel en la mano, supuestamente mi cuenta.

–Esta noche invita la casa –me dice–. No puedo permitir que un hombre con el corazón destrozado se pague sus tragos.

Manny se echa hacia atrás.

–¿Corazón destrozado? ¿Quién? –Me señala–. ¿Este tipo?

–Sí. Dice que el amor de su vida va a casarse con otro hombre mañana.

Las mandíbulas de mis hermanos se desploman, y las cejas se alzan por la sorpresa.

–Por Dios, esto es como esas telenovelas que mira mami –reacciona Manny.

–Cuéntanos todo, viejo –me apresura Leandro.

Así es como termino narrando esta historia disparatada a mis hermanos, desde aquel fatídico fin de semana cuando visité a Mari en Los Ángeles hace ocho años. Cuando llego al final, se miran de reojo, las miradas chispeantes, pícaras.

–Raptemos al novio –sugiere Manny.

Revoleo los ojos.

–Es delito. –No es que no lo haya considerado por un milisegundo.

–También podrías decirle a Mari la verdad –sugiere Leandro, con la cabeza inclinada como si ignorara la respuesta más obvia.

–No puedo. Le rompería el corazón saber lo que trama Luiz.

Jamás lo perdonaría. Alex igual obtendría lo que quiere y ella perdería a su padre.

Si me callo la boca, Mari tiene la posibilidad de dirigir el estudio con él.

Es una mujer brillante. Un cerebrito a la enésima potencia.

Tal vez Luiz dé el brazo a torcer cuando entienda lo capacitada que está para el cargo.

–¿Entonces vas a dejar que la mujer que amas se case con otro?

La pregunta me golpea en el corazón y destruye mi espíritu.

–Sí. Eso es exactamente lo que voy a hacer.

***

–¡Hijo de puta!

Contemplo mi reflejo en el espejo de cuerpo entero de la cabaña, intentando no perder la compostura. Para peor, como beber me hace mal, me quedé dormido y ahora solo tengo veintisiete minutos para prepararme para la ceremonia.

Leandro se despierta sobresaltado y se incorpora de un salto en la cama.

–¿Eh? ¿Qué pasó? ¿Qué?

El intruso se apareció en mi habitación anoche, argumentando que estaba demasiado borracho para conducir hasta el hotel, que queda fuera de la finca, y Manny se esfumó con una mujer que conoció en el bar.

Pero no puedo preocuparme por estos cabezas huecas porque estoy lidiando con una emergencia real.

–¿Qué cuernos te pusiste? –pregunta Leandro, mientras se frota los ojos para despertarse.

Me coloco de costado para verme de perfil.

–Pareces la pastorcita de Toy Story .

Por desgracia, enseguida advierto la similitud.

Alex se las ingenió para que usara un traje celeste pastel con volantes en los pantalones ajustados y una camisa plateada, con más volantes en la pechera haciendo juego.

La excusa era que la ropa estaba en la tintorería; por eso me enteré cuál sería mi atuendo recién cuando lo entregaron, hace unos minutos.

–Quizás –Leandro contiene la risa– sea una tendencia que impusieron los raperos que cantan en el Super Bowl.

–No sé de qué carajo hablas.

Leandro toma el teléfono, escribe algunas palabras y luego me muestra una foto en la pantalla.

–Si es tendencia –me quejo–, está mal, y no quiero formar parte.

Leandro sale de la cama con esfuerzo; los calzoncillos le cuelgan de las caderas.

–¿Qué vas a hacer con –señala mi atuendo ridículo– eso?

–Tengo los pantalones de vestir de ayer y una camisa común y corriente. Todo transpirado y con un olor espantoso a alcohol. –Me froto la nuca con la mano–. ¿Alcanzará con eso?

–Mari se va a desilusionar cuando te vea. O cuando te huela, mejor dicho.

Echo la cabeza hacia atrás y suspiro.

–Cierto. ¿Tienes tiempo para…?

Alguien golpea a la puerta, y los dos giramos la cabeza al instante hacia el lugar de donde vino el ruido.

–¿Esperas a alguien?

–No. –Me dirijo a la puerta. Cuando la abro, veo a Manny, con una funda para ropa en la mano izquierda.

–¡Arriba, pendejos ! –grita, y se pavonea hacia adentro–. ¡Estamos invitados a una boda! –Me observa de arriba abajo y hace una mueca–. ¿Por qué te vestiste de elfo?

–Una broma pesada del imbécil de Alex.

–Guau. Supongo que sabe que estás enamorado de Mari. En su lugar, yo te hubiera enviado un servicio a la habitación con laxante en el café.

Lo alejo con un empujón.

–No estás ayudando.

–Tranquilo –se ríe.

Lo empujo otra vez.

–No es momento de chistes.

–No vuelvas a empujarme –amenaza con los puños en alto.

–¿O qué?

–Muchachos –intercede Leandro–, calma.

Pero es demasiado tarde, porque Manny se me abalanza y contorsiona mi cuerpo hasta que quedo atrapado en una llave. Instantes después, vamos a los tumbos por la habitación, como si fuera la primera vez que hacemos esto.

Finalmente, Leandro nos separa. Manny y yo nos fulminamos con la mirada, agitados.

Leandro rompe el silencio, balando como una oveja. Dirijo los ojos hacia él. Extiende una mano; está llorando de la risa.

–Perdón, viejo, pero en serio pareces una pastorcita.

Manny lanza la carcajada y, segundos después, estoy doblado, riéndome.

–Qué bueno que Manny haya encontrado alguien para pelearse –interviene Leandro– que sea de su tamaño.

Leandro y yo miramos a Manny, y luego intercambiamos un gesto cómplice. Los ojos de Manny alternan entre uno y otro.

–¿Qué pasa?

–Préstame tu traje.

–De ninguna manera. No voy a tocar con ese disfraz –se niega y retrocede con las manos en alto.

Me arrodillo a sus pies.

–Puedes conseguir otro traje durante la boda. No tienes por qué ir ahora.

–Pero... –Manny niega con la cabeza–. Mari nos pidió que cantáramos durante la llegada de los invitados, así que no hay tiempo.

–Podemos quedarnos a un costado –propone Leandro–. Nadie tiene por qué vernos hasta la recepción.

Manny articula un «Métete en tus cosas».

–Por favor, Manny –imploro desde mi posición de rodillas–, si realmente quieres resarcirte de tu traición, es un buen momento para empezar.

–Dame ese traje de porquería –suspira.

Me pongo de pie de un salto y me libro de la parte de arriba en segundos.

Le siguen los pantalones. Manny hace una mueca de desprecio ante la cantidad de prendas, las sostiene lejos de su cuerpo y se dirige con ellas al baño.

Leandro abre la funda para la ropa y me presenta el traje con una reverencia.

Me observa mientras me cambio. Al terminar, corroboro mi imagen en el espejo, seguro de que me veo mil veces mejor de lo que Alex pretendía.

–Mierda –dice Leandro–, ese tipo no te quiere nada.

–¿Cómo te diste cuenta?

–Está dispuesto a arruinar su propia boda con tal de hacerte pasar vergüenza.

Leandro no sabe que le di a Alex suficientes razones para querer vengarse.

Aun así, tiene razón. ¿Estas jugarretas no deberían quedar fuera de la boda?

Si su única preocupación fuera garantizar que Mari sea feliz en su gran día, no debería haberme hecho esta broma.

Entonces me doy cuenta: esté al tanto o no de los planes de Luiz, su prioridad número uno no es Mari.

Y esa es una enorme bandera roja que no puedo desestimar.