Capítulo 45. Mari
En la actualidad
Cabizbaja y con los ojos llorosos, corro hacia la suite nupcial, con un millón de pensamientos que se agolpan en mi mente como autos chocadores.
Entro, cierro con llave y me recuesto sobre la puerta.
Trago varias bocanadas de aire y examino la habitación.
El lugar, decorado para celebrar la boda inminente, se burla de mí en cada rincón.
Copas de champaña, resplandecientes de tan limpias, descansan sobre una bandeja de plata bruñida.
Una canasta con frutas de colores vivos cubierta con celofán transparente espera sobre una mesa.
Mi vestido de novia, todavía en su funda, cuelga del armario.
Pompa y circunstancia. El glaseado de un pastel medio crudo.
La purpurina en un traje de mala confección.
Una canción pegadiza en la voz de un cantante desafinado.
Superficie sin profundidad. Para ser sincera, lo supe desde el principio.
Y aun así, acepté la farsa porque creí que sería más fácil.
Estudiar Derecho, sumarme al estudio de mi padre, casarme con una persona respetada que pudiera concretar mis sueños.
Fin. Eso haría feliz a mi padre. Eso iría en sintonía con lo que los demás esperan de mí.
Eso probaría que los sacrificios de mi padre valieron la pena.
Pero nada es real. Excepto el título universitario, claro; eso nunca podrán quitármelo.
Por Dios, ¿qué hago? Ni siquiera estoy segura de haber procesado lo que escuché por casualidad.
Como mínimo, no iré a sentarme con la familia de mi novio, fingiendo que todo está bien.
Así que le escribo un mensaje a Alex. A pesar del caos en mi cabeza, logro disimular la angustia: «Amor, perdón, pero no me siento bien.
No voy a participar del resto de la cena. Pídeles disculpas por mí».
Me responde de inmediato: «Nada de disculpas. Mañana es un gran día. Ya casi estamos. ¿Necesitas que te lleve algo?».
–Sí –murmuro para mí–, un enema para metértelo en el culo.
A Alex le respondo: «Estoy bien por ahora. Ven a verme cuando hayan terminado».
Porque necesito mirar a ese hombre a los ojos y descubrir qué sabe. Por ahora, dejo abierta la posibilidad de que sea una marioneta en las maquinaciones de mi padre tanto como yo. Pero levanto una coraza ante la probabilidad de que sea cómplice de esta patraña sórdida.
***
Alguien golpea a la puerta, y me paralizo. No estoy preparada para ver a nadie, así que me quedo callada, con la esperanza de que quien quiera que sea suponga que la habitación está vacía y siga su camino.
–Mari –canturrea un trío de voces–, déjanos entrar.
Sasha, Brittany y Chloe son de las personas más insistentes que conozco. Es inútil tratar de evadirlas, y tampoco estoy segura de querer hacerlo.
A duras penas, cruzo la habitación y las dejo entrar.
–Ahí tienen –empieza Brittany, el cabello cubierto por un chal–. ¿Ven? Les dije que estaba bien.
Sasha, que lleva puesta una máscara facial de arcilla y una bata afelpada, empuja a las demás para entrar y se desploma en un sillón.
–Alex nos mandó un mensaje para decir que no te sentías bien. Pensamos que era pánico prenupcial.
–No es eso –digo con una risa amarga.
Los ojos de Sasha se abren como platos. Chloe y Brittany giran la cabeza hacia mí a la espera de una explicación.
–Esperen. Necesito quitarme esta ropa. –Me dirijo al dormitorio mientras bajo la cremallera del vestido recto y recatado que parecía perfecto para cenar con mi futura suegra, pero que resulta totalmente inadecuado ahora–. Vuelvo en un segundo.
Regreso con una camiseta y pantalones deportivos muy holgados.
–¿Cuál es el opuesto de «ser una estrella»? –pregunta Sasha.
–Estrellarse –respondo, antes de arrojarle un cojín por la cabeza.
Sasha lo esquiva sin problemas y se ríe.
–Cuéntanos qué pasa –presiona Chloe, sin dejar de balancear la pierna que tiene cruzada–. Algo no anda bien.
–Esos pantalones cortos son encantadores –digo como respuesta.
Chloe alza las cejas.
–¿Estás drogada?
Mis rasgos se contraen. A decir verdad, no sé si reír o llorar.
–Amiga –interviene Sasha en un susurro–, todo saldrá bien. Cuéntanos.
Es el empujón que necesitaba: las compuertas se abren.
Me pellizco las cutículas mientras repito lo que escuché en el baño de hombres, haciendo las pausas necesarias para responder a sus inquietudes.
Sasha pierde absolutamente de vista el punto central de la historia y se obsesiona por saber qué hacía en el baño de hombres.
–Concéntrate, Sash. –Dejo caer la cabeza entre las manos y lanzo un quejido–. ¿Por qué tiene que pasar esto?
–Es el universo que te advierte que no debes casarte con ese hombre –explica Brittany.
–¿Eso es lo que crees?
–No lo creo; lo sé. –Asiente con la cabeza, enérgica–. Todas lo sabemos.
Las miro a las tres. Ellas me devuelven la mirada con expresión sombría.
–¿Por qué no me dijeron nada?
–Te lo dijimos –me corrige Chloe–. Juntas y por separado.
–Inclina la cabeza hacia atrás y luego hacia adelante, y agrega–: No directamente, pero te preguntamos cuál era la prisa por casarse.
Si estabas segura. Nos aseguraste que sabías lo que hacías.
Entonces, en cierto punto, decidimos confiar en tu criterio.
–¿Por qué piensan que Alex no es adecuado para mí?
–Porque ese es el lugar de Javi –dice Sasha alzando los brazos.
Javi, por Dios. Guardé mis sentimientos hacia su papel en todo esto en una caja con candado. Cada vez que evalúo abrir ese candado, me siento superada. Pero la observación de Sasha es pertinente. Me cubro la boca y contengo el sollozo.
–Siempre ocupó ese lugar.
Mis amigas me miran sin dejar de asentir con la cabeza.
–Estuvimos dando vueltas, uno alrededor del otro, por años –continúo–, pero finalmente me resigné a que nunca me elegiría, a que siempre colocaría vallas en nuestra relación. A su manera, sin embargo, Javi me eligió desde el primer día.
–¡Aleluya, un progreso! –grita Sasha, agitando las manos en el aire como si estuviera escuchando un sermón dominical.
Trago saliva y apoyo una mano contra el pecho. Todo se ordena en mi cabeza.
–En la escuela, optó por ser mi amigo frente a una relación para la que ninguno de los dos estábamos preparados.
Y cuando creí que me había abandonado sin contemplaciones durante mi primer año en la universidad, en realidad fue porque estaba atravesando un momento difícil y porque mi padre lo había presionado para que desapareciera.
Incluso ahora, en la víspera de mi boda, Javi está dispuesto a soltarme porque piensa que el estudio es mi vida.
¿Y por qué pensaría diferente? Nunca le conté lo que siento.
Nunca le di ni un indicio de que me importa tanto como, aparentemente, yo le importo a él.
En todo este tiempo, tuve mucho miedo. De que me rechazara.
De que no me eligiera. No puedo casarme con Alex cuando tengo la verdad frente a mí.
–Estoy enamorada de Javier –concluyo, y los ojos se me llenan de lágrimas.
–Lo sabemos –responden al unísono.
–Aunque Alex no esté al tanto de los planes de mi padre, debo romper con él.
Sasha se acerca desde su lugar en el sillón y me toma la mano con fuerza.
–Sí.
Todas nos damos vuelta cuando alguien golpea a la puerta. Brittany se pone de pie de un salto, espía por la mirilla y lanza un suspiro prolongado.
–Es Alex. –Intercambiamos miradas de preocupación.
–Llegó el momento –digo, y me levanto del sofá–. Sé lo que tengo que hacer. Después voy a su habitación.
Recogen los teléfonos y las tarjetas de acceso y se dirigen hacia la puerta. Sasha se da vuelta y señala una botella de vino.
–¿Nos la podemos llevar? No la vas a necesitar, ¿no?
La miro impávida. Sabe muy bien que no debería beber alcohol.
–¿Y la fruta? –dice, desanimada–. Puedo chupar las uvas e imaginarme que es su versión mejorada.
–La fruta es toda tuya. –Río mientras abro la puerta y le hago una seña a Alex para que pase.
Mis amigas huyen de la habitación sin registrar su presencia; Sasha es la última en salir, con la canasta contra el pecho y la nariz en alto.
Alex eleva las cejas ante la ausencia de saludo, pero enseguida fija su atención en mí.
–Me alegra que te hayan acompañado. Vine apenas pude. –Me envuelve en sus brazos–. ¿Cómo te sientes?
–Estoy bien. –Me libero de su abrazo–. Pero tenemos que hablar.
–Bueno. –Camina tranquilo hacia el sofá; su confianza me fastidia porque tengo mis sospechas de que está respaldada.
Me siento en el sillón que ocupó Sasha e inhalo el aroma suave a loción corporal de cacao que aún flota en el aire.
No hacemos más que mirarnos durante unos segundos incómodos.
Es el primero en pestañear, y yo sonrío por dentro, disfrutando esta señal pequeña pero potente de que tengo el control de la conversación.
–¿Por qué me invitaste a salir en octubre?
La pregunta permanece en el aire, y Alex abre grandes los ojos, desenfocados. Es un milisegundo de pánico que se esfuma tan rápido como apareció. En ese momento, entiendo claramente que Alex me conquistó porque mi padre se lo sugirió.
–Siempre me gustaste, Marisol –dice con voz serena, controlada–. ¿A qué viene esto, muñeca?
Puaj, «muñeca». Nunca me llamó así. Es siempre «princesa» de aquí, «amor» de allá. No me fascina ninguno de esos términos afectuosos, pero «muñeca» está sin duda un peldaño más abajo. Tiene sentido. Es como si la máscara de Alex se precipitara a medida que descubro más acerca de él.
Llevo los hombros hacia atrás y respiro hondo.
–Lo diré sin rodeos. Escuché por casualidad una conversación muy penosa entre mi padre y otra persona, que revela cosas sobre nosotros, sobre el motivo de esta boda, sobre mi futuro.
Me escudriña; su rostro no delata nada.
–¿Quién es esa persona?
Hago un gesto con la mano para desestimar el dato.
–No importa. El asunto es que mi padre tiene ideas muy concretas sobre las implicancias de nuestro matrimonio.
–Bien. ¿Y no deberías hablar con tu padre, entonces?
–Sí, no te preocupes. Lo voy a hacer. Pero, primero, quiero hablar contigo.
Se pasa una mano por el cabello; luego, hace crujir los nudillos.
–¿Qué quieres que diga, Marisol?
–Quiero que me digas la verdad. Me lo merezco. Voy a ser tu esposa.
Esta declaración falsa parece estimularlo. Sus ojos recorren mi rostro mientras se reacomoda. Se pone de pie, se arrodilla frente a mí, me toma la mano. Es un hombre hermoso, pero no es el adecuado para mí.
–Te amo, de veras. –Sus ojos brillan de cariño.
Asiento y completo los espacios en blanco por él.
–Pero… déjame adivinar… es un amor fundado en el afecto y el respeto. No es ese amor que nace de lo profundo del alma. No te da vuelta el mundo.
Traga saliva; la tristeza nubla sus rasgos.
–Es que ese es el punto, Marisol. No quiero que me den vuelta el mundo.
–Yo creí que buscaba lo mismo –admito–. Supongo que tenía miedo.
Tenía miedo de esa clase de amor que llega al núcleo y que puede destrozarte el alma si te lo arrebatan.
Quería una persona en quien confiar. Alguien seguro con quien compartir mi vida.
Ahora me doy cuenta de que lo encaré de la forma equivocada.
–Le tomo el mentón y lo alzo–. ¿Qué tiene que ver mi padre en todo esto?
Alex suspira, se sienta sobre los muslos y regresa a su lugar en el sofá.
–Tres años después de que comencé a trabajar en el estudio, tu padre se interesó en mí, se convirtió en mi mentor.
Comenzó a hacer promesas. Que yo sería su mano derecha.
Que algún día dirigiría el estudio. Hace un año, aproximadamente, le pregunté qué opinabas al respecto.
Tú tienes tu forma de pensar, y yo imaginaba que serías parte del futuro de la firma.
Tu padre dijo que tarde o temprano entrarías en razones y que la transición sería más tranquila si el estudio permanecía en la familia.
No lo dijo expresamente, pero la insinuación fue clara.
–Entonces, me invitaste a salir.
Tuvo la decencia de apartar la mirada.
–Sí.
Es la confirmación que no quería oír pero que tanto necesitaba.
La prueba indiscutible de que mi padre me manipuló durante años.
Soy la participante involuntaria de un matrimonio arreglado…
a mis treinta años. Tengo dinero de sobra.
Una puta tonelada de proyectos. Y, carajo, no soy una carga para nadie.
Me rehúso a que un futuro incierto me atemorice.
Supongo que debería haber sospechado de las motivaciones de Alex, pero, para ser honesta, hizo su jugada en un momento en el que necesitaba con desesperación cortar de cuajo mi conexión emocional con Javi.
Que Alex fuera el protegido de mi padre lo volvía incluso más atractivo, porque nunca dejé de ser esa chiquita que quiere demostrarle a su padre que no es una molestia, que puede enriquecer su vida.
La obsesión por no aceptar migajas de los hombres con los que salía me impidió percatarme de que estaba aceptando migajas de mi propio padre. Bueno, ya basta.
–No voy a casarme contigo, Alex –anuncio en voz baja.
Resopla lentamente y me mira a los ojos.
–Lo intuí.
–Pero necesito que me hagas un favor.
Apoya ambas manos sobre el corazón.
–Me estás matando.
Entrecierro los ojos y le dedico una sonrisa siniestra.
–Piénsalo: si se supiera la razón real por la que no nos casamos, tu imagen se vería mucho más perjudicada que en la narrativa que tengo en mente.
–Por Dios, eres despiadada… Pero te escucho.
–Bien. Esto es lo que pensé…