Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 44. Javi
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Capítulo 44. Javi

Ocho años y cinco meses antes de la boda

Mientras el elevador del edificio desciende hasta la recepción, me toco los labios, como si pudiera recuperar la sensación de los de Mari sobre los míos. Anoche fue un sueño febril y, a la vez, una pesadilla. Besé a Mari. Y fue todo lo que siempre quise reducido a su esencia.

Un momento de claridad absoluta.

Un momento en el que nada, excepto nosotros dos, importó.

Un momento en el que las dudas que cargo como una mochila a punto de estallar se disiparon.

Quizás Mari vio el pánico en mis ojos. Quizás ella también sintió pánico.

Porque lo siguiente que recuerdo es que estaba en la barra, riéndose con un tipo que sin dudas pretendía seducirla, y que ese momento alucinante entre ella y yo había pasado al olvido hacía rato.

Por suerte, me voy hoy. La distancia ayudará a que volvamos a encarrilarnos.

Mari estará ocupada siendo una estudiante estelar, y yo estaré ocupado… tratando de encontrar un puto empleo.

Me acomodo el bolso de viaje en el hombro y atravieso la recepción, donde esquivo a un repartidor que lucha para evitar que los muchos paquetes que tiene entre las manos se caigan. Estoy tan pendiente de su situación que me llevo por delante a otra persona.

–Disculpe –digo, con los ojos aún en el repartidor, quien ahora intenta llamar al elevador.

–Javier –responde la persona–. Qué extraño verte aquí.

Sacudo la cabeza cuando mis ojos descubren al padre de Mari.

–¿Luiz?

Claro que es Luiz. Simplemente mi cerebro no procesa que esté frente a mí. Miro alrededor.

–¿Qué está haciendo aquí?

Se quita los lentes de sol y me examina.

–Necesito hablar con Mari.

–A las nueve de la mañana de un domingo –comento, sin lograr filtrar el tono de sospecha en mi voz.

–Exacto –retruca, las manos cruzadas sobre el pecho como si se aprestara a un desafío.

–Bueno, está bien. Pero hoy se reunía con su grupo de estudio, así que no está. Y yo tengo que llegar al aeropuerto.

–Espera, Javi. Ya que estás aquí, hablemos.

Perfecto. Porque sé que no vino hasta aquí tan temprano para conversar con su hija.

«Es el padre de Mari. No tiene por qué caerte bien. Solo hay que tolerarlo».

Caminamos hasta un grupo de asientos dispuestos para que las personas conversen y nos sentamos uno frente al otro. Corro mi bolso hacia un lado con el pie y me inclino hacia adelante.

–Bien, ¿de qué quiere hablar?

–Mira, Javier, esto no es personal. Pareces un buen chico.

–Pero… –Levanto una ceja.

–Pero los dos sabemos que no estás a la altura de Mari, y me inquieta que le impidas crecer.

No creo que esa sea tu intención. Pero es lo que ocurrirá.

No haces nada. No vas hacia ninguna parte.

Y Mari tiene toda su vida por delante. Ahora necesita concentrarse.

Nada de distracciones. De chicos. De viajes a Nueva York para ver a sus amigos. ¿Entiendes lo que digo?

–Entiendo que, por algún motivo, siente que soy una amenaza.

–¿Una amenaza? No. ¿Una preocupación? Sí.

Sabes que, cuando la madre de Mari decidió mudarse a Brasil, retuve a mi hija aquí.

Porque estaba seguro de que lograría cosas importantes si seguía mis consejos.

Y está funcionando. No le pongas obstáculos.

Dale el espacio que necesita. Esta… amistad fue un asunto de estudiantes, ¿sí?

Tarde o temprano, dejarán de estar en contacto.

¿Por qué no ponerle punto final ahora? Así nos ahorramos dolores de cabeza.

Me froto las manos contra los muslos, recojo el bolso y me pongo de pie.

–Con todo respeto, creo que usted es un imbécil. Ojalá se interesara por su hija la mitad de lo que ella se interesa por usted.

Luiz suspira y también se pone de pie.

–Es una pena que pienses eso. Pero ten en cuenta que nunca te elegirá a ti por sobre mí. Es un hecho.

–¿De qué habla? –digo, calzándome la gorra de béisbol, los hombros más tensos que nunca–. Eso nunca debería ocurrir.

Afirma con la cabeza una y otra vez. Como si finalmente hubiéramos hecho un progreso.

–Exacto.

Lanzo un resoplido de incredulidad. A la mierda con este tipo.

–Que tenga una bella vida, Luiz.

–Tú también, Javier.

Para Luiz, este momento es una despedida definitiva. Considerando que no tengo un empleo al que regresar y que no sucede nada en mi vida, quizás yo también debería tomarlo así.