Cuando Javi ghosteó a Mari Capítulo 42. Mari
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Capítulo 42. Mari

En la actualidad

De pie a mis espaldas, Alex busca mis ojos en el espejo.

–¿Quieres ir temprano al restaurante? Podríamos beber un trago antes de que lleguen.

Vamos a cenar con la madre y las hermanas de Alex, y él está extrañamente nervioso por eso. Me da gracia esta faceta de su personalidad; parece ser que mi, en apariencia, imperturbable novio es capaz de perder la calma por algo.

Me cubro los labios con brillo y sonrío.

–¿Un trago para tomar coraje?

–Para relajarnos. –Hace una mueca con la boca–. Te lo advierto: te va a hablar de bebés.

–¿Por qué motivo? Es cierto que fui bebé hace algunas décadas, pero, más allá de eso, no tengo experiencia en el tema.

Me señala con el dedo; sus ojos brillan, alegres.

–No hagas eso –ríe–. No. Solo síguele la corriente. Hazlo por mí.

Me doy vuelta y le tomo el mentón con las manos.

–Todo va a salir bien. Mi comportamiento será de lo mejor. Te lo prometo. –Doy un paso hacia atrás y agrego–: Pero todavía tengo cosas que hacer; ve primero y bebe ese trago. Cuando termine aquí, iré a ver cómo está Javi.

Uno de los músculos en su mandíbula se contrae involuntariamente, y resopla despacio.

–Seguro que está bien.

–Es probable que tengas razón –digo, calzándome los zapatos–. Pero quiero verlo con mis propios ojos.

Además, Javi y yo tenemos que hablar. Tenemos que hablar en serio. Y como Alex no tiene de qué preocuparse, no hay razón para mencionar esa parte.

Alex abre la boca y, luego, la cierra. Tras un instante, se acomoda el puño de la camisa y dice:

–Claro. No llegues tarde, eso sí. Mi madre tiene bastante buen carácter, pero detesta que la hagan esperar.

–Estaré ahí puntual y lista para seducir –digo, y le apoyo una mano sobre el pecho.

Me atrae hacia sí y me estampa un beso en la frente; luego, me mira fijo un rato largo, sin pestañear. Respira hondo y camina hacia la puerta. Cuando está por salir de la cabaña, agrega:

–Nos vemos, princesa.

La frase afectuosa tiene el propósito de servir como recordatorio, y funciona. Me recuerda que va a jurar amarme. Que tiene el deseo de construir una vida conmigo. Que está dispuesto a hacerme promesas para siempre. ¿Qué más podría pedir?

Alguien golpea a la puerta y me sobresalto. Por Dios, necesito en serio distraerme de estos pensamientos tan pesados. Abro la puerta de par en par.

–¿Te olvidaste…?

Me quedo helada, procesando a la persona que estoy mirando. Mi madre también me mira. Llegó. Hace dos años que no estamos juntas, no en persona, no así, no tan cerca como para tocarla. Contengo las lágrimas; las rodillas me tiemblan cuando me envuelve en sus brazos.

–Ay, Marisol, qué bueno verte –murmura.

El contacto con su piel. El perfume dulce. La calidez que me envuelve. Es demasiado. Un sollozo ridículamente fuerte se me escapa. Cuando por fin reúno la fuerza para hablar, me tiembla la voz.

–Pensé que llegabas hoy a la noche. Planeaba recogerte con Alex por el aeropuerto. –Miro detrás de ella–. ¿Y tus cosas?

Me da unas palmadas suaves en la mano, y sus comisuras se curvan en una sonrisa.

–No te preocupes, filha . ¿Puedo pasar?

Me golpeo la frente y la arrastro hacia adentro.

–Perdón, perdón. Es que no te esperaba tan pronto.

–Las personas en Atlanta se portaron de maravillas –cuenta mientras se quita el blazer .

No elige ropa informal para viajar; es más bien elegante–.

Le dije a uno de los empleados que me registró que venía para tu boda, y me consiguió un vuelo más temprano.

–Mueve las cejas y baja la voz–. Y en primera clase.

–Mira tú –respondo con una sonrisa. Estudio su rostro, tratando de descubrir qué cambió. La melena a la altura del mentón es nueva–. ¡Te cortaste el cabello!

Se inclina hacia adelante, se cubre a medias la boca y musita:

–Es una peluca.

–Bueno, te queda muy bien. Y estoy contenta de que hayas llegado. –Giro el torso hacia un lado y hacia otro–. ¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Ir al baño? ¿Algo para comer?

Apoya la mano contra mi brazo y sonríe.

–No necesito nada, filha . Estoy aquí por ti. ¿Hay algo que tú necesites de mí?

–Alcanza con que estés aquí –respondo.

Le brillan los ojos.

–A veces parece que no alcanza, pero gracias por decirlo.

Inspiro apenas y exhalo. Quizás mi madre necesite confrontar sus sentimientos sobre nuestra separación tanto como yo. Quizás podamos desanudarlos juntas. Pero no ahora. No a menos de un día de mi boda.

–Tenemos mucho para hablar, mucho para ponernos al día, pero la familia de Alex me está esperando para cenar.

Endereza los hombros y me dedica una sonrisa.

–No cambies los planes. El viaje fue agotador. No me viene mal descansar. –Los ojos se arrugan en una sonrisa–. Necesito recuperar fuerzas para lidiar con tu padre mañana. No te preocupes; tendremos mucho tiempo para vernos. Me quedo una semana.

–Bien. –Asiento con la cabeza–. Estaremos tanto tiempo juntas que te hartarás de mí.

–Fantástico –remata, con el rostro radiante, pero enseguida frunce el ceño–. ¿No deberías dedicarte a tu flamante esposo?

–Creo que puedo con los dos –río–. No habrá luna de miel, ¿te acuerdas?

–Ah, sí, ya me acuerdo –dice, alzando las cejas.

– Mãe –le advierto.

Simula cerrarse los labios con una cremallera.

Echo una mirada al reloj digital que está detrás de ella.

–¡No! Voy a llegar tarde si no salgo de aquí ya mismo. Debo ir a ver a Javi antes de cenar.

El rostro de mi madre brilla de felicidad con la mención de su nombre.

–Muero por abrazarlo en persona. ¡Ese chico es tan divertido!

–Él también muere por verte.

Minutos después, de camino a la habitación de Javi, un pensamiento impacta contra mi cabeza: mi madre nunca expresó entusiasmo alguno por conocer a Alex. Qué extraño.

***

Javi abre la puerta de inmediato, con huellas de la resaca y hecho un despojo, con una camiseta sin mangas y unos jeans caídos a la altura de las caderas. No dice ni una palabra para indicarme que entre.

–¿Cómo te sientes? –Me envuelvo la cintura con los brazos.

–Como la mierda, pero sobreviviré. –Se frota una mano por la cara. Mira alrededor y señala el sillón–. ¿Quieres sentarte?

–Claro. –Me acomodo y golpeo el cojín con la palma. Se sienta a mi lado, estira las piernas y se restriega las manos por los muslos.

–¿Qué pasó hoy? ¿Cómo fue que te emborrachaste?

Deja escapar un suspiro y sacude la cabeza.

–No tengo idea. Escuchaste lo que le dije a Sebastian: le dejé en claro que no quería beber alcohol, pero eso obviamente no fue lo que ocurrió. –Hace una mueca–. ¿Hice papelones? No me acuerdo casi nada de las estupideces que hice o dije. Carajo, tendré que pedir disculpas a medio mundo.

–No hiciste nada malo. Estuviste un poco bizarro, a veces, pero todo el grupo estaba achispado, así que no desentonaste.

–Gracias a Dios.

–Dijiste algunas cosas, eso sí. Me las dijiste a mí.

Se echa hacia atrás; me recorre el rostro con la mirada.

–¿Algo malo?

–No, dijiste que me querías.

–Qué novedad –reacciona; me da un topetazo con el hombro y una sonrisa baila en sus labios–. Sabes que te quiero.

Podría dejarlo así e irme. Sería fácil fingir que no entiendo lo que quiere decir. Pero si Javi y yo pretendemos permanecer en la vida del otro, debemos poner las cartas sobre la mesa ahora mismo.

–No, dijiste que me amabas.

–Carajo –cierra los ojos con fuerza–, el Javi borracho no puede ser más imbécil.

Contengo la respiración.

–O sea, es cierto –prosigue, frotándose la nuca con la mano–, pero no lo habría dicho de esa forma de haber estado sobrio. Ese era probablemente el plan de Alex. Emborracharme para hacerme quedar como un idiota.

Resoplo. ¿Qué espera Javi que haga? ¿Que le dé la razón?

¿Que me burle con él del hombre con quien voy a casarme mañana?

No hay ninguna posibilidad en el universo de que esta boda no se concrete.

Quizás la vieja Marisol lo hubiese pensado dos veces.

Pero la versión adulta sabe qué es bueno para ella. Y es hora de decírselo.

–Javi, esto ya no es gracioso.

–¿Qué cosa? –Se echa hacia atrás.

–Esto –nos señalo– que estás haciendo. Intentar demostrarme que Alex no es el indicado para mí.

–No es…

–Basta –interrumpo con la mano en alto–.

Ya no es tu tarea dar el visto bueno a la persona con la que decido estar.

Yo te otorgué ese privilegio y te lo estoy retirando en este mismo instante.

Alex me eligió. Tú no. Nunca me elegiste.

Ni cuando quise salir contigo en la escuela de pregrado.

Ni cuando pretendí que siguiéramos en contacto después de graduarnos.

Ni siquiera cuando propuse intentar una relación cuando volvimos a vernos.

Nunca diste un paso al frente. Siempre tuviste una razón para rechazarme.

Para dejarme. Y ahora que encontré a alguien que quiere estar conmigo, que no me considera una carga, armas lío para desbaratar todo.

Javi mira más allá, con la mandíbula tensa. Sé que está escuchando. Un parpadeo por aquí. Un suspiro profundo y los hombros caídos por allá. Espero que lo esté asimilando. Javi es uno de los mejores hombres que conozco, pero hasta los hombres buenos pueden lastimar a aquellos a quienes dicen amar.

Le aprieto la mano.

–Estoy dispuesta a quererte hasta el día que me muera, pero como amiga y nada más. Mañana me caso con Alex. Es mi decisión, y tendrás que aceptarla. ¿Eres capaz de hacerlo?

Una lágrima se desliza por su mejilla, y la seca fastidiado.

–Por supuesto. Soy capaz de hacer lo que necesites. Pero ¿puedo decir algo?

–Claro.

Sus ojos buscan los míos, y su mirada me perfora.

–Nunca, pero nunca en serio, te consideré una carga.

Me preocupaba serlo yo. No es que esto sea una gran revelación o algo por el estilo.

Es decir, mírate. Y, bueno, mírame. O mira al Javi de antes.

Pero sí –se encoge de hombros–, creo que es importante que lo sepas. Es importante para nuestra amistad.

Me recuesto sobre él. Como siempre, sabe decir las palabras justas.

–Gracias por contármelo. Significa mucho para mí.

Y explica muchas cosas. Creías que solo te querría si alcanzabas de algún modo la cima del éxito, pero siempre te quise por lo que eras.

Eso no cambió. –Me pongo de pie y extiendo la mano; Javi la acepta, y jalo para que él también se levante–. Nos tenemos el uno al otro, ¿sí?

Me atrae entre sus brazos.

– Para siempre .

Cierro los ojos cuando presiona sus labios contra mi sien.

– Para sempre .

Me acompaña hasta la puerta; allí giro para mirarlo.

–Come algo. Me dijeron que el restaurante del edificio principal sirve un bistec demoledor.

–Lo tendré en cuenta –responde; abre la puerta y se recuesta sobre el marco.

–Hasta mañana –susurro.

–Hasta mañana –repite, y le tiembla la voz.

No le doy importancia. Debo hacerlo. Es hora de conocer a mi futura suegra.

***

Necesito hacer pis antes de regresar a la cena, pero la fila para el baño de mujeres es de tres kilómetros: una sucesión de invitados a una boda, sus cuerpos apiñados como sardinas.

Carajo, carajo, carajo. No conozco bien a la familia de Alex, pero su madre parece estar en exceso pendiente de las normas sociales, así que si no vuelvo a la mesa en minutos, probablemente lo considere un desplante.

De todas maneras, la cena fue sin dudas esclarecedora.

La aparente animosidad de Mirna y de Danila no tiene que ver conmigo; están de mal humor por la situación.

En resumen, la madre les pidió que no fueran a la boda porque temía que le robaran protagonismo a Alex.

Estoy anonadada, pero lanzo la revelación al cesto de «problemas para otro día».

En este instante, lo más acuciante es mi vejiga.

Un señor sale del baño de hombres, con los dedos todavía en la cremallera.

En primer lugar, qué asco. En segundo lugar, qué suerte.

No hay motivo que me impida usar cualquiera de los dos baños; este lugar debería tener en cuenta algo así.

Hago una nota mental para comentarlo y empujo las puertas vaivén.

Escucho para corroborar que esté desocupado; no quiero sorprender a nadie…

ni que me sorprendan a mí. Tiran de la cadena.

Mierda. Pero luego oigo voces, las dos familiares, las dos exaltadas.

Se me retuerce el estómago porque tengo el presentimiento opresivo de que lo que voy a descubrir no me gustará.