Capítulo 41. Javi
En la actualidad
¿Cómo no descubrí antes el vino sin alcohol?
–Es bueno, ¿no? –pregunta Alex.
Me golpeo con el puño cerrado en el pecho y lanzo un eructo.
–Buenísimo. –Lo miro y detecto que sus labios forman una mueca sutil, que desaparece en cuanto advierte que lo estoy observando–. ¿Y el tuyo?
Levanta un hombro, aparentemente no muy entusiasmado.
–Está bien. El chardonnay es bueno, pero los blancos no son mis preferidos.
–Deberías hablar de ese tema con alguien –sugiero con total seriedad.
Se me queda mirando, sin gesticular ni reírse.
–Porque soy un latino blanco. –Mira hacia arriba–. Bien ahí, Javi.
En fin, no es un tipo divertido.
Alex da un vistazo alrededor y le hace señas a una camarera. La mujer se acerca enseguida con una bandeja negra en la mano; intercambian unos murmullos y luego ella asiente y se aleja rauda.
Está hermoso aquí afuera. Soleado y todo eso. Formo un círculo con el pulgar y el índice y contemplo el sol a través del agujero. Se ve tan brillante...
Estudio a las personas que están en la mesa y sonrío frente al buen ánimo que exhiben.
Todos parecen muy felices. Hasta da la impresión de que las hermanas de Alex, Cruella y Úrsula, la están pasando bien.
Mari está hermosa. El sol le acaricia los hombros y su voluminosa cabellera se ve muy suave.
Mierda que hace calor. Me desabrocho los dos primeros botones de mi camisa de manga corta.
¿Qué estará haciendo Chocolito? Esa porquería es infernalmente demandante, pero me lo voy a quedar.
Por Dios, ese momento en el que lo alcé por primera vez en el refugio, cuando se acomodó contra mi cuello y se quedó dormido.
Es tan adorable... ¿Esas son abejas? Guau, qué mariposa bonita.
–¡Javi!
Sacudo la cabeza y miro alrededor.
–¿Sí?
–Aquí tienes más para degustar –dice Alex, y apoya una bandeja frente a mí–. Como iremos a visitar los viñedos en un rato, pensé que quizás querías saciarte de esta cosa sin alcohol ahora.
–Gracias por cuidarme con tanto celo, viejo. –Chocamos puños.
Una línea se forma entre sus cejas.
–¿Que estoy en celo?
Pestañeo un par de veces. ¿Hizo una broma?
–Déjalo así. –Vacío la primera copa.
El tipo que conduce la degustación… ¿Cómo cuernos se llama? Me hacía acordar a La sirenita : ¿Flounder? ¿Scuttle? ¡Sebastian!... Silba para atraer nuestra atención.
–Bien, amigos, recojan sus pertenencias y síganme. ¡Nos vamos de paseo!
–¡Iupi! –exclamo y, antes de ponerme de pie, vacío las tres copas restantes.
Mari se materializa de la nada. Doy un salto hacia atrás y trastabillo.
–¡Carajo, me asustaste!
–¿Estás bien? –pregunta, inspeccionándome el rostro.
–Estoy bien. –La corro a un costado–. Embriagado por la vida, nada más.
–Ay, por Dios –sus facciones se aflojan–, eres incorregible. –Me toma del brazo y me arrastra con ella–. Vamos, hay que subir al ómnibus.
–¡Muy bien!
Por favor, debo concentrarme en serio porque los adoquines del sendero parecen moverse.
–Espera aquí –me pide Mari.
Cuando levanto la vista, casi me caigo de espaldas.
–¡Es un ómnibus para fiestas!
Subimos y me aferro al poste; opto por quedarme de pie mientras que los demás se sientan. Por desgracia, la música es horrible. Aun así, sacudo las caderas con cualquier canción que pongan porque estoy muy contento.
Frente a mí, Joel, el primo de Alex, codea a su padre un par de veces y me señala.
–Mira, ¡le está perreando el poste!
–¡No me estoy tirando al poste! –les grito. Todos callan y me miran. Trago saliva, imito la forma de un arma con los dedos y los apunto–. Es una broma entre amigos. Pum, pum, pum.
Mari me fuerza a sentarme en el asiento contiguo a ella.
–Te dije que te comportaras.
–Tengo mucho calor. –Me abanico.
Mari gira hacia Alex, sentado al otro lado del asiento. Tienen las cabezas apoyadas entre sí; ella lo mira con el ceño fruncido, y él alza los hombros. Mmm, ¿qué está ocurriendo ahí?
Ah, ¿ya llegamos?
Bajo del ómnibus y apoyo las manos en la cintura para estirar los músculos flexores de las caderas. El sitio es espectacular. Como un cuadro de Monet.
El guía nos indica que nos acerquemos y armemos un círculo.
Alzo la mano.
–Scuttle…
–Soy Sebastian –se ríe.
–Mierda, tienes razón. –Me palmeo la frente–. Sebastian, ¿estos viñedos son «susteniables»?
–¿Quiere decir «sustentables»?
Bajo la cabeza y apunto un dedo al cielo.
–Exacto.
–Me alegra que haya preguntado. Y la respuesta es que sí. Aplicamos métodos agrícolas orgánicos y sustentables para la siembra y el cultivo. –Señala una zona de los viñedos y nos indica que lo sigamos–. Ahí pueden ver…
Me introduzco por aquí y por allá entre las hileras de parrales, con el deseo de explorar el lugar por mi cuenta.
Está tan calmo. Y caluroso. Hace un calor del demonio.
Me quito la camisa (por suerte me había puesto una camiseta sin mangas debajo), me tropiezo con un montículo de tierra y me envuelvo el cuello con la camisa como si fuera una bufanda.
Ah, mucho mejor. ¿Estas uvas están maduras?
¿Es el momento de extirparlas? ¿Cosecharlas?
¿Cómo cuernos se dice? Me da vueltas la cabeza.
Mierda. Creo que estoy borracho. Pero no bebí ni una gota de alcohol. ¿Cómo puede ser?
–¿Qué estás haciendo acá? –me llama alguien–. ¿Y por qué te quitaste la camisa?
Alzo la cabeza y me tomo unos segundos para aclarar la mente y enfocar el rostro de la persona.
–Ahí estás. La chica más bella del mundo.
–Estás borracho –se enoja Mari–. ¿Cómo es posible?
–Estaba pensando lo mismo. Las mentes brillantes…
–Te deben de haber dado la bandeja equivocada –concluye, sacudiendo la cabeza.
–No lo sé. –Alzo los hombros. Camino hacia ella y la abrazo–. Pero hay algo que sí sé, y es que te quiero.
–Yo también te quiero, Javi –responde, distraída. Se muerde el labio como si intentara resolver algo.
–No, Mari, yo te quiero, te amo.
Inhala un suspiro y mira hacia otro lado.
–Qué desastre.
Después de unos segundos de silencio, me rodea la cintura con el brazo.
–Volvamos al ómnibus.
–De acuerdo –bostezo–, me vendría bien una siesta.
–Y a mí me vendría bien un reseteo –murmura.
Quiero preguntarle qué quiere decir con eso, pero estoy demasiado agotado para pronunciar las palabras.
Alex nos cruza en el camino, y yo hago uso de lo que me queda de fuerza para saltar detrás de Mari.
–Tú me hiciste esto –le recrimino, usando a Mari como escudo.
–No te hice nada. –Hace una mueca–. Fue una confusión.
Mari lo mira de reojo.
–Hubo muchas confusiones este fin de semana.
–Princesa, solo quiere causar problemas –se defiende Alex, con una perturbación poco habitual en él.
–Llevémoslo a la cabaña –dice Mari, solemne.
Yo también quiero defenderme, pero mi mente no coopera. Como si sirviera para algo. Después de todo, le dije que la amaba, y no le importó.